Trabajar en la feria, ¿para qué?: trayectorias laborales y familiares de las trabajadoras de la Feria de los Patos en Córdoba, Argentina (2018-2024)

SP.38: Antropologías Latinoamericanas del trabajo: pendientes, agenda de trabajo y desafíos

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Camila Pilatti Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (UNC-CONICET)

Introducción[1]

La Feria de los Patos es un mercado ambulante gestionado, principalmente, por mujeres peruanas residentes en Córdoba, Argentina. Se monta cada domingo, por la tarde, en un espacio público urbano próximo al centro de la ciudad. Participan entre 40 y 50 feriantes que son, en su mayoría, “madres solas”. La Feria data, aproximadamente, del año 2007. Su localización ha variado unos pocos metros manteniéndose cerca de la Isla de los Patos, que le presta el nombre.

La oferta es principalmente gastronómica: “platos típicos peruanos”[2]. No obstante, hay unas cuantas feriantes dedicadas a la reventa de juguetes, “bijouterie”, accesorios y cosméticos. La cantidad y las características de los puestos es variable, pues depende de los elementos que cada feriante traslade esa jornada. Por ejemplo, en días soleados suelen llevar sombrillas y gazebos; los días ventosos instalan barreras de plástico o chapa para protegerse; cuando llueve, algunas directamente no montan el puesto, suponiendo que las ventas serán bajas.

En ocasiones, organizan “eventos” para atraer visitantes y así incrementar las ventas. Ellas gestionan el escenario, los premios, la difusión y los números artísticos, generalmente convocan músicas y músicos peruanos. Muchas veces estos “eventos” se ajustan al calendario festivo peruano, que tiene algunas diferencias con el argentino: día de la madre, la “yunza”, día de la virgen de La Puerta, día de la canción criolla, entre otros.

En otros trabajos hemos analizado los procesos de apropiación del espacio público durante el desarrollo de la Feria (Pilatti, 2022; Pilatti, Abate Daga y Capdevielle, 2020). En ese sentido, es importante resaltar que las feriantes tornan productivo el espacio público, asociado a lo recreativo y deportivo. Los domingos, en la Isla de los Patos, conviven la búsqueda de lucro con el ocio, el “encuentro con compatriotas”, la recreación de las infancias, los deportes, el esparcimiento, etc. Las feriantes, mientras trabajan, comparten con sus hijas e hijos, se reúnen con familiares y amistades y consumen “platos típicos”.

La inquietud que guía esta ponencia es explorar la relación entre la condición de “madre sola” y el trabajo ferial. En escritos previos he destacado la presencia de niñas, niños y jóvenes en la Feria, así como la denominación “familiar” que las feriantes emplean para caracterizarla (Pilatti, Abate Daga y Capdevielle, 2020). En esta oportunidad me interesa problematizar los modos en que se vincula el trabajo ferial con el proceso de escolarización[3] de sus hijas e hijos ¿por qué llevarlas y llevarlos a la Feria?, ¿buscan transmitirles el “oficio”?, ¿pretenden heredarles sus puestos?, ¿qué proyectan para sus hijas e hijos?, ¿cómo se relaciona ese trabajo con la escolarización?, ¿cómo se relaciona con “ser educada/o”[4]?

En esta ponencia ensayaré algunas líneas interpretativas posibles a partir de dichas preguntas. Con ese norte, el texto se ordena de la siguiente manera: un primer apartado de apuntes teórico-metodológicos; luego una breve caracterización de cuatro feriantes, que son “madres solas”; en tercer lugar, presentaré un incipiente análisis de la relación entre procesos de escolarización, experiencias formativas[5] y trabajo ferial; finalmente, algunas reflexiones que surgen de este proceso de escritura.

 

Algunos apuntes como punto de partida

Esta investigación, en proceso, es de corte etnográfico. En un primer momento, correspondiente a la elaboración de mi Trabajo Final de Licenciatura, la etnografía fue conjugada principalmente como un método, adaptado a al campo disciplinar de la Geografía. El proyecto actual, en cambio, plantea un diálogo íntimo entre teoría y etnografía. Como explica Mariza Peirano (2019), “la etnografía es una forma de ver y oír, una manera de interpretar, una perspectiva analítica, la propia teoría en acción” (p.173, traducción propia, cursiva del original)[6]. En ese marco, la estrategia predilecta para la construcción de datos es la participación observante, que vengo realizando de 2018 a esta parte, con mayor intensidad durante los años 2022 y 2023. También, he realizado algunas entrevistas abiertas y cerradas, como parte de otros proyectos científicos y artísticos sobre venta ambulante, sobre Economía Popular y sobre las historias de la Feria[7].

Mi diario de campo se compone principalmente por observaciones. Busco acompañar a las feriantes en cualquier instancia que ellas que me conviden, en sus casas, en fiestas, en actos políticos, en un comedor comunitario, cuando hacen compras, en viajes, etc. Generalmente no registro nada in situ, sino que al retirarme grabo en mi celular audios que me ayuden luego a recordar lo acontecido. Ese mismo día, o lo antes posible, transcribo y completo esos audios valiéndome de un procesador de texto. De esta manera intento vivenciar fragmentos de sus vidas, en su propio discurrir.

Diversos estudios sobre migraciones, antropología del trabajo, Economía Popular nutren mis interpretaciones. Entre ellos, destaco los estudios de Denise Zenklusen (2022; 2020), que realiza su trabajo de campo con jóvenes peruanas y peruanos que residen en Córdoba. Procurando romper con el adultocentrismo, aporta pistas para pensar la importancia que las feriantes le dan a los estudios de sus descendientes. La autora observa que las familias apuestan a la educación de sus hijas e hijos como medio para mejorar sus condiciones de vida. La gestión de la escolarización (averiguar y buscar escuelas, acompañar y supervisar el proceso) recae en las madres, aunque las decisiones pueden tomarse en pareja. Lo que se considera de calidad, muchas veces, es de gestión privada: varones en colegios técnicos o preuniversitarios; mujeres en escuelas religiosas solo femeninas. Señala que las y los jóvenes también valoran los estudios universitarios como una vía de escape a las experiencias laborales de sus familiares. Propone pensar esta apuesta a la escolarización superior como “activismo”, “en el sentido de evitar repetir trayectorias laborales de sus padres y madres y, de esta manera, reproducir la desigualdad heredada (…), es parte de un proyecto familiar, alentado por los adultos, como una forma de dar sentido a la migración” (Zenklusen, 2020, p.18).

Zenklusen (2022; 2020) pone el foco en las y los jóvenes, en cambio, yo pretendo ponerlo sobre las madres. Me interesa identificar los esfuerzos que ellas hacen, sus estrategias y aspiraciones. En alguna medida, busco reconstruir cómo engendran en sus hijas e hijos ese proyecto, esa valoración de la escolarización, y qué papel tiene el trabajo ferial en ese proceso. Para ello, me propongo analizar cómo el trabajo en la Feria se ensambla con los procesos de escolarización, de ellas o de sus descendientes.

En línea con mi objetivo, presento algunas características del trabajo ferial y el mercado laboral cordobés. Las posibilidades de inserción laboral de las migrantes peruanas en Córdoba son acotadas, se restringen principalmente a las siguientes tareas de cuidados remunerados:

 

“el trabajo doméstico remunerado, orientado fundamentalmente a la limpieza; la asistencia de niños y ancianos remunerado en casas particulares; y el cuidado comunitario, también remunerado, dirigido al sostenimiento de los espacios barriales destinados al cuidado de los niños (guarderías) y a la alimentación infantil (comedores y merenderos)” (Magliano y Zenklusen, 2021, p.163).

 

Las autoras (2021), señalan en Córdoba procesos de segregación laboral que legitiman la concentración de las poblaciones migrantes en ciertos sectores del mercado de trabajo, marcados por la precarización. Es el caso de las migrantes peruanas en el sector de cuidados remunerados. Las trayectorias laborales de estas mujeres están marcadas por continuidades generacionales y escasas opciones de movilidad.

Todas las feriantes tienen experiencia en el sector de trabajo doméstico remunerado, en diversas modalidades: por hora, cama adentro, registradas, no registradas, que realizan tareas de limpieza y cocina, etc. Muchas han trabajado en espacios de cuidado comunitario. Algunas han cambiado de rubro, y otras tantas, combinan aquellos trabajos con la Feria. Trabajar en la Feria de los Patos les permite obtener ingresos los domingos, y distribuir las tareas previas[8] orientadas al sostenimiento del puesto, durante los demás días de la semana, intercaladas con otras actividades, productivas o no.

 

“Madre sola”: experiencias de cuatro feriantes

Para pensar la articulación entre el trabajo ferial y los procesos de escolarización de sus hijas e hijos describiré las experiencias de cuatro feriantes. Intencionalmente escogí recorridos diferentes que convergen en la apuesta por los estudios formales, como medio para mejorar sus condiciones de vida a futuro. La preocupación por que sean personas “educadas” va en paralelo, les señalan continuamente las conductas que consideran erróneas (vocabulario, trato hacia las y los adultos, cuidado de la vestimenta y la presentación en general). Para resguardar el anonimato emplearé nombres ficticios y alteraré algunos datos.

Joana tiene 49 años, vino sola desde Chimbote a principios de los años 2000. Se define como “artesana” y “comerciante”. En la Feria es “polirubro”, vende accesorios y “bijouterie” de producción propia y de reventa. Alquila una casa en un barrio alejado del centro donde vive con sus dos hijos de 8 y 10 años. De lunes a viernes, por la mañana, los acompaña de ida y vuelta a un colegio ubicado en el centro de la ciudad. Mientras están en clases, Joana aprovecha para recorrer la zona comercial comparando precios y comprando mercadería. A pocas cuadras de su vivienda, alquila un pequeño local comercial que atiende por las tardes, allí ofrece juguetes, accesorios y “bijouterie”. Ajusta el horario y los días de atención en función de los estudios de sus hijos: escuela primaria y academia privada. Al terminar los deberes escolares se dirigen al local y solo en situaciones excepcionales los realizan en el negocio. Si bien su hijo mayor sabe vender y el menor ayuda en otras tareas asociadas al montaje del puesto (cargar las valijas o guardar los productos), Joana no quiere que ellos trabajen todavía. Quiere “que estudien”, que vayan a la universidad, “que sean alguien”. Me comentó que uno de ellos le ha dicho que quiere ser policía, aunque prefiera otra profesión dice que lo apoyará en lo que él elija.

Rita es vendedora de postres y tiene 37 años. A sus 23 años vendió “todo lo que tenía” en Lima y se vino a Córdoba con su madre y sus dos hermanas. Alquila una casa lejos del centro, en una zona de “ampliación”, donde aún las calles no han sido pavimentadas. Vive con su hijo de 10 años. Sus hermanas viven en el mismo barrio y la ayudan con el cuidado del niño. Los domingos, mientras trabaja en la Feria, su hijo queda bajo la tutela de las tías. De lunes a viernes Rita se desempeña como empleada doméstica por hora. Realiza tareas de limpieza en tres viviendas, considerablemente alejadas de su casa y escasamente conectadas a la red de transporte público. Cada mañana, antes de ir a trabajar, Rita le prepara el desayuno y el almuerzo a su hijo. Cada movimiento que el niño realiza se lo comunica por celular a su madre: al despertar, vestirse, desayunar, salir, regresar, etc. Un transporte privado lo busca para llevarlo al colegio. Mientras Rita trabaja, hablan por teléfono continuamente. Lo acompaña de manera remota, por ejemplo, le recuerda cómo abrir y cerrar cada puerta. Ella desea poner un local de comidas fuera de la Isla, aspira a que el trabajo ferial sea transicional. Eso puede conectarse con la exclusión de su hijo en este ámbito, no pretende “heredarle” su puesto. Quiere que aprenda a cocinar para difundir las comidas peruanas con sus amigos.

Gladys tiene 58 años, vino desde Barrancas en 2012, con sus seis hijas e hijos, para que puedan estudiar, “para salir adelante”. Ella trabaja en un comedor comunitario[9] y en la Feria. Antes, durante sus primeros años en Córdoba, trabajaba como empleada doméstica por hora. Actualmente, reside en la misma pensión que tres de sus hijas. Esta se ubica cerca de la Isla de los Patos, que también está cerca del centro. Comparte habitación únicamente con su hija menor, a quién ayuda para que estudie “contaduría”. Sus otras dos hijas (Tamara y Marcelina) también trabajan en la Feria. Ambas son madres y alquilan habitaciones independientes, para ellas y sus respectivas hijas. Mientras atienden sus puestos, la que estudia en la universidad se queda en la pensión cuidando a sus sobrinas. Las mayores aprendieron el “oficio” a través de familiares directos: Gladys, su padre y su abuela. Les enseñaron a vender, a “llamar clientes” y les pasaron sus “secretos” (recetas de “platos típicos”). De hecho, todas han llegado a la Feria a través de la madre de Gladys, que trabajaba allí años atrás.

Tamara tiene 25 años, es la hija mayor de Gladys. Es “madre soltera” y su hija tiene 3 años. Ha trabajado como empleada doméstica, pero prefiere la “atención al público” (venta de ropa, frutas y verduras, etc.). Tanto en el país de origen como en el de destino, ha trabajado en ese rubro (comenzó a trabajar a con 14 años). Recientemente ha retomado la secundaria porque quiere estudiar en la universidad, aclara que lo hace para tener algo mejor para su hija. “Yo pienso otro futuro para ella, no la veo en la Feria, quiero que estudie”. Trabaja, junto a su madre, dos veces por semana como cocinera en un comedor comunitario, por esas tareas cobran un plan social (Potenciar Trabajo).

 

Procesos de escolarización y trabajo ferial: una apuesta a futuro

Los niveles educativos de las cuatro son diferentes: Joana estudió enfermería, Rita terminó la secundaria, Gladys completó los primeros años de secundaria y Tamara está cursando los últimos años de secundaria. Sin embargo, todas apuestan a la escolarización de sus hijas e hijos.

Es común escucharlas, a ellas y a las demás feriantes, justificando sus extensas jornadas laborales por el bienestar de sus hijas e hijos. Dicen que se esfuerzan para “dejarles algo”[10], para que “sean alguien”. Lamentan ausentarse de sus casas muchas horas, pero consideran que sus descendientes “entienden” que lo hacen por ellas y ellos. Inclusive, “salir adelante”, mejorar las condiciones de vida de las futuras generaciones está en la base de sus proyectos migratorios.

Gladys dice que dejó su país con sus seis hijas e hijos, atraída por las universidades gratuitas y las posibilidades de trabajo mejor remunerado. Pone énfasis en el hecho de haber emprendido el viaje como única responsable del traslado de seis menores, fue un gran esfuerzo el que realizó, apostando a ofrecerles mejores condiciones de vida a sus descendientes.

Como Gladys, muchas feriantes hacen explícito su interés por la educación superior que ofrece el país de destino. Me interesan particularmente algunas maneras más sutiles de transmitir a otras generaciones esa valoración de la escolarización, señalada por Zenklusen (2020). La autora advierte que las y los jóvenes encuentran en el acceso a un título universitario una vía de escape a las experiencias laborales de sus progenitoras y progenitores, a la vez que las expectativas y los esfuerzos económicos de las y los adultos les generan cierta presión.

La apuesta por la escolarización de nivel superior implica un proceso largo, atraviesa transversalmente la crianza. Entienden que la escuela primaria y secundaria siembra las bases para el acceso al nivel superior. Así es que ellas procuran acompañar todo ese proceso. Ese proyecto justifica pagar maestras particulares, academias privadas y escuelas de gestión privada. La escolarización de sus hijas e hijos, para muchas feriantes, es una cuestión prioritaria.

Gladys mantiene económicamente a su hija menor para que estudie en la Universidad. Tamara, la mayor de sus hijas, explica que retomó los estudios por su hija. Las mejorías se vislumbran en la descendencia. Los esfuerzos del presente se proyectan en las mejores condiciones de vida del futuro. Los esfuerzos de las madres feriantes se condensan en la escolarización de sus hijas e hijos.

Rita señala que trabaja en la Feria por su hijo, de lo contrario se dedicaría sólo al trabajo doméstico en días hábiles. El trabajo ferial le permite reducir su jornada laboral durante la semana para dedicarle tiempo a su hijo. Ella explica en términos de “sacrificio” su trabajo dominical y el hecho de ausentarse muchas horas, dejando a su hijo al cuidado de sus familiares. Dice que lo hace para “ganarse el peso”, lo hace para su hijo.

En la rutina de Rita la centralidad de la crianza queda a la vista. Ajusta, tanto como puede, su trabajo a los tiempos del niño. Así, el tiempo que lo deja al cuidado de otras personas implica un “sacrificio”. Podemos notar que, para ella, el proceso de escolarización también tiene un papel importante por el dinero que invierte en un transporte privado, mismo en una escuela de gestión privada. Aún con ingresos magros, Rita destina dinero a la comunicación (por celulares), al transporte de su hijo y a la cuota de la escuela.

La trayectoria laboral de Joana también deja ver la incidencia del ser “madre sola” en su vida. Antes de que nacieran sus hijos ella vendía “bijouterie” y accesorios en eventos: fiestas patronales, colectividades, festivales, etc. Compraba mercadería en Buenos Aires y recorría el país vendiendo. Todo eso cambió a partir del nacimiento de sus hijos. Abastecerse en Buenos Aires dejó de ser una buena opción: recorrer los mercados mayoristas con dos niños no es aconsejable y costear tres pasajes de ida y vuelta encarece el viaje. Respecto a la venta en eventos, la escolarización de sus hijos marcó el límite. Solamente puede viajar en las vacaciones, durante el año no está dispuesta a que pierdan clases. Aun pagando pasajes para ella y sus dos hijos, sostiene que la venta en festivales es rentable. Probablemente por eso no dejó por completo esa modalidad de trabajo, sino que la relegó a los períodos de receso escolar.

Ser “madre y padre”, como dice ella, condiciona sus posibilidades de trabajo. A las restricciones de la segregación laboral se integran las dificultades asociadas a sostener una familia monoparental. Ella adecuó su trabajo a las necesidades de sus hijos, reformuló su modalidad de abastecimiento y de comercialización. Al observar las estrategias diarias de Joana para ensamblar el trabajo con la crianza, la centralidad del proceso de escolarización queda en relieve.

Todos los días, por la mañana, los lleva en colectivo a un colegio público ubicado en el centro de la ciudad. Espera en la zona hasta la siesta, que es el horario de salida. Tal como fueron, regresan. En su barrio hay instituciones educativas a las que podrían asistir sin necesidad de gastar tiempo y dinero en el transporte público. No obstante, ella está dispuesta a invertir su tiempo y dinero en una escuela, según sus criterios, de mejor calidad. Asimismo, para uno de ellos costea una academia internacional de enseñanza (Kumón), que complementa y refuerza lo que estudia en la escuela.

Sus trabajos actuales le permiten cierta flexibilidad, que contribuye al acompañamiento de las trayectorias escolares de los niños. Así, cuando deben estudiar o adeudan muchas tareas, ella puede abrir más tarde su negocio de juguetes y accesorios. Inclusive, en situaciones críticas realizan las actividades escolares en el local comercial. Su madre supervisa todo mientras atiende la clientela.

En la Feria sucede algo parecido, que se complejiza por las características del trabajo al aire libre. En ocasiones no asisten, por dedicarse enteramente a tareas escolares. Otras veces, Joana decide no montar el puesto para no exponer a sus hijos al frío, a la lluvia o a cualquier otra condición adversa. Explica que, cuando uno enferma, ambos deben faltar a la escuela pues no cuenta con nadie que pueda acompañar al convaleciente mientras ella lleva al otro hasta el colegio. Por lo tanto, ante la dolencia de uno, los dos faltan a clases y ella falta a su trabajo, no abre el negocio. Además, las tareas de ambos se acumulan con cada inasistencia. Con ese panorama, sin ingresos y con tareas abultadas, Joana prefiere perder un día de trabajo ferial, a correr el riesgo de que sus hijos se resfríen.

La “educación”[11] y la escolarización de sus hijos son cuestiones prioritarias, que emergen continuamente en nuestras charlas. “Ser educado” es un imperativo, Joana los corrige cuando emplean un vocabulario que considera inapropiado, cuando no me saludan, cuando tienen sus manos sucias o lucen alguna mancha en la ropa. La escuela aparece en todas las conversaciones: sea porque se siente orgullosa (por los actos escolares, las producciones, las calificaciones) o porque está preocupada (por la falta de atención, los deberes no realizados, la desprolijidad, el precio de los útiles o las manchas del guardapolvo).

También, sus rutinas, su organización diaria y las alteraciones en sus tiempos de trabajo, dan cuenta del lugar privilegiado que le da al proceso de escolarización. El valor de la escolarización es palpable, no queda en el plano de lo que está bien decir. Ellas hacen. Eso que Rita llamó “sacrificio”, el esfuerzo diario que realiza Joana, las frustraciones que debió afrontar Tamara para regresar al colegio, a mi entender, son materializaciones de su apuesta por la educación formal. Esos actos ilustran aspiraciones. Las “madres solas” de hoy, esforzándose por el futuro de sus hijas e hijos. Esa proyección que las impulsó a dejar su país persiste como inercia, las empuja a invertir en instituciones educativas privadas, a ajustar sus trabajos, a montar un puesto en la Feria.

Como ya mencioné, en mi trabajo final de Licenciatura en Geografía (Pilatti, Abate Daga y Capdevielle, 2020), orientado a analizar los procesos de apropiación del espacio público en la Feria de los Patos, registré una marcada presencia de niñas, niños y adolescentes. Tal es la afluencia de personas de corta edad que hay un puesto orientado exclusivamente a su recreación[12]: castillo inflable, cama elástica y taller de pintura. También, hay unos cuantos puestos dedicados a la venta de juguetes y “sorpresas” (paquetes opacos con diversos objetos en su interior) y una “escuelita cristiana”, es decir, una instancia de formación religiosa para niñas y niños, en la que les ofrecen algún alimento o golosina. Con esto pretendo señalar que la presencia infantil es visible y tomada en consideración por las feriantes. Son ellas mismas quienes, ante peleas o disturbios asociados al consumo de alcohol, reclaman que es una feria “familiar”, que deben evitar esas situaciones que ahuyentan a las “familias”.

Muchas feriantes llegaron a la Feria, primero, como consumidoras. Joana llevaba a sus hijos para que conocieran las comidas de Perú y jugaran con otras niñas y niños. Comenzó a vender para costear los gastos de la jornada: traslado y comida. Es decir, su trabajo surgió de la búsqueda de un espacio de esparcimiento para sus hijos. Muchas niñas y niños crecieron acompañando a sus madres en la Feria y así fueron aprendiendo el “oficio”. Esto permite pensar la jornada ferial en tanto experiencia formativa. Hay quienes heredaron los puestos de madres o abuelas. Más allá de esa continuidad generacional, las expectativas de “pisar la universidad” persisten. Algunas son drásticas y prefieren mantener lejos del puesto a sus descendientes, sostienen que deben concentrarse solo en los estudios.

El trabajo ferial, concentrado los domingos, durante la semana les permite ensamblar múltiples actividades. Por ejemplo, Tamara, por la mañana cuida a su hija, por la tarde trabaja en un comedor comunitario y por la noche asiste a la escuela. Entre esas tareas ella logra comprar los ingredientes y los envases descartables, para luego preparar los jugos que venderá el domingo. El trabajo ferial se filtra durante la semana de manera intermitente, tornándose maleable y compatible con otros trabajos y quehaceres.

Trabajar en la Feria les permite diversificar sus ingresos o distanciarse momentáneamente del rubro de cuidados remunerados. El trabajo por cuenta propia es valorado positivamente entre las y los migrantes peruanos, aparece como una escapatoria a la segregación laboral. Les permite dedicar a sus hijas e hijos más tiempo durante la semana, así como brindarles una jornada al aire libre, en compañía de otras infancias y juventudes, en la Isla de los Patos. También, aparece como un “lugar de encuentro” (Pilatti, Abate Daga y Capdevielle, 2020) para la comunidad peruana, es decir, para ellas y para su grupo familiar. A su vez, este trabajo puede constituir un elemento transicional, en vistas de montar sus negocios independientes. En esas expectativas se conjuga la valoración del cuentapropismo, con la proyección de sus descendientes fuera de la Feria. Si bien hay cierta herencia de puestos, al indagar en las aspiraciones de las madres, todas quieren que sus hijas e hijos sean profesionales. Son contundentes al señalar que, para ellas y ellos, el saber hacer de la Feria puede constituir un recurso ante situaciones de crisis, pero no el proyecto laboral. Inclusive, pensando en ellas mismas, no ven la Feria más que como un espacio laboral provisorio, aunque no tengan vistas de dejarlo en el mediano plazo y lleven más de diez años allí.

 

Reflexiones finales

 

Mi primer acercamiento a la Feria fue en 2018, en el marco de una materia de la Facultad. Me alucinaron sus comidas y su organización. Paralelamente, estaba compungida por haber desconocido su existencia durante tantos años, probablemente esto se asocia a la segregación socioespacial que caracteriza a Córdoba. Al compartir más con las feriantes fui notando cómo se constituye como un “lugar de encuentro” para la comunidad peruana, como un espacio de reconocimiento de “lo peruano” para las y los más jóvenes. A pesar de mi preocupación por las condiciones materiales de las feriantes, una ilusión romántica del trabajo ferial permeaba mi mirada. Esperaba encontrar cierto orgullo de ser feriante, vinculado a ser parte de la Feria como colectivo y a heredar el puesto a sus familiares. En contrapartida, cuando pude profundizar los vínculos con mis interlocutoras, esa hipótesis tácita se comenzó a desvanecer. En el entramado que me proponía analizar aparecieron puntos y nudos que no había previsto, que complejizaban toda la trama.

Entendí que el trabajo ferial puede ser una buena opción en un mercado laboral acotado, marcado por la precarización y la sobrecarga de responsabilidades para las mujeres. También la Feria es un espacio en el que, eventualmente, pueden disfrutar “platos típicos” y compartir tiempo con compatriotas. El tiempo y espacio de recreación para las y los más pequeños, puede ser otro punto a favor. Así como lo es la flexibilidad del trabajo ferial, la posibilidad de distribuir en diferentes días y horarios las actividades previas al montaje del puesto. A la “libertad” que asocian al trabajo por cuenta propia, se oponen los riesgos de las ventas bajas. A mi visión romántica de la Feria, se opone su visión de trabajo pasajero. Montar un puesto puede hacer de trampolín para luego abrir otro negocio, ya no en el espacio público, ni en articulación con otras feriantes. A su vez, el trabajo ferial puede compatibilizarse mejor con la escolarización de sus hijas e hijos, al permitirles reducir la jornada laboral en días hábiles. Esto favorece el acompañamiento de las cuestiones escolares y la trasmisión de la “educación”. En otras palabras, propicia una mayor incidencia de las “madres solas” en los procesos de escolarización y en las experiencias formativas.

La continuidad del puesto no es un fin en sí. Se trata, más bien, de un recurso que las feriantes activan para sustentar su núcleo familiar, aspirando a mejores condiciones de vida y a que sus descendientes accedan a títulos universitarios. El proyecto de la “casa propia” y de que sus hijas e hijos “pisen la universidad”, sirven de motor para este grupo de mujeres migrantes que se entraman en la Feria. Las expectativas de un futuro mejor se bosquejan en las generaciones venideras. Proyectan “salir adelante” en un registro de temporalidad intergeneracional.

Pensar en términos de experiencias formativas me permite identificar cómo las feriantes, con sus “sacrificios”, le transmiten a sus hijas e hijos la importancia de la escolarización. A la vez, les enseñan sus “secretos”, como recursos disponibles ante emergencias. Y, paralelamente, se ocupan de señalarles cómo “ser educadas/os”.

Este proceso interpretativo deja algunas líneas abiertas. Encontré nuevas posibilidades en las categorías nativas “madre sola” y “madre y padre”, para pensar la reacción entre el trabajo ferial y la crianza de sus hijas e hijos. Identifiqué un nudo a problematizar en la relación entre procesos de escolarización y “ser educadas/os”. Comencé a delinear qué implica “ser educada/o” entre estas mujeres, una cuestión que excede la educación formal y que trasciende las fronteras nacionales. Esto, además, pone en relieve mi participación en el campo y la pregunta por ¿cómo me ven mis interlocutoras?

Notas de la ponencia:

[1] Las citas y referencias bibliográficas se ajustan a las normas APA 7ma edición.

[2] Se trata de recetas peruanas, adaptadas a los ingredientes disponibles en Córdoba, algunas opciones son: papa rellena, anticucho, tamal, pollo broaster, ceviche, combinado, kekes, leche asada, picarones, entre otros.

[3] En este contexto la escolarización implica todas las etapas de estudio formal, desde el jardín hasta la Universidad. Me refiero a procesos de escolarización para incluir otras actividades que se realizan en pos de la escolarización, pero la exceden. Por ejemplo, costear una academia particular para reforzar contenidos, realizar un seguimiento de las tareas y evaluaciones, etc.   

[4]Las feriantes eventualmente se corrigen entre ellas, “que mal educada, no hay que decir así”, y permanentemente corrigen a las y los más jóvenes. Objetan las palabras que emplean (por informales, irrespetuosas o incomprensibles en Córdoba), el trato hacia las y los adultos, sus juegos, su apariencia, etc. Inclusive, procuran intervenir en sus vínculos, señalando con quienes pueden reunirse y con quienes no. Las madres intentan regular a las y los menores, tal como sus madres lo hacían con ellas, restringiendo las actividades y amistades permitidas.

Es importante señalar que mi participación puede intervenir en esas correcciones, tanto por mi rol de externa e investigadora entre las feriantes, como por mi nacionalidad y mi trayectoria académica que implica un vocabulario diferente al que ellas suelen emplear. En varias ocasiones han comentado que no saben cómo decir lo que quieren decir y que yo hablo muy bien.

[5] Experiencias formativas (Rockwell, 1997) hace referencia al saber hacer transmitido por las feriantes a sus hijas e hijos. Esto incluye la preocupación por “ser educada/o”, que hablen bien, que muestren respeto a las personas mayores, que tengan una buena presentación (ropa sana, limpia y prolija). También implica la trasmisión del “oficio” y los “secretos” relativos a la cocina y la venta ambulante.

[6] En su idioma original: “Desta perspectiva, a etnografia é uma forma de ver e ouvir, uma maneira de interpretar, uma perspectiva analítica, a própria teoria em ação” (Peirano, 2019, p.173).

[7] En el orden que fueron mencionados: (1) Proyecto “La venta ambulante frente a los efectos de la pandemia COVID-19: contribuciones al diseño de políticas públicas incorporando la perspectiva de las y los trabajadores” aprobado y financiado por el Programa de Investigación sobre la sociedad Argentina Contemporánea II (PISAC II). RESOL-2021-746-APN-MCT. Directora: María Inés Fernández Álvarez. (2) Proyecto ImpaCT.AR “Estudio interdisciplinario de la economía popular en la provincia de Córdoba: generación de conocimientos y herramientas de intervención orientadas al ámbito público” aprobado y financiado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación para el Programa de Fortalecimiento de la Economía Popular del Ministerio de Hábitat y Economía Familiar de la Provincia de Córdoba y calificado como Proyecto de Desarrollo Tecnológico Social por Resolución N° 2022-2017 del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Directora: Julieta Quirós. (3) “Proyecto Migrante - Ed. Córdoba: La isla de los patos”, coproducido por Fundación La Parisina, Cooperativa La Tinta y la Feria Cultural Peruana Isla de los Patos, proyecto beneficiado con el “Fondo Gestionar Futuro II” del Ministerio de Cultura de la Nación Argentina. Algunas producciones se encuentran disponibles en el siguiente enlace: https://latinta.com.ar/tag/isla-de-los-patos/

[8] Comprar insumos y descartables, remojar las legumbres, preparar las salsas, hornear los budines, decorar las tortas, etc.

[9] Mediante el programa del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación Potenciar Trabajo, cobra una suma equivalente a medio Salario Mínimo Vital y Móvil por su trabajo en aquel comedor. Se trata de un programa orientado a promover la inclusión social plena para personas que se encuentren en situación de vulnerabilidad social y económica. Dirigido a personas físicas de entre 18 y 65 años, sin rentas ni trabajo registrado -excepto trabajos temporarios o servicio doméstico-. Esta remuneración se asocia a alguna de las siguientes contraprestaciones: estudiar, desarrollar una actividad sociocomunitaria o socioproductiva.

[10] “Dejarles algo” refiere a bienes materiales y a títulos profesionales. Entre los bienes materiales se destaca la “casa propia”.

[11] Refiere a la categoría nativa “ser educada/o”.

[12] Antes de la pandemia había 2 puestos de características similares.

Bibliografía de la ponencia

       Magliano, M. J., y Zenklusen, D. (2021). Las largas trayectorias de cuidado remunerado de las familias peruanas en Córdoba, Argentina. Polis (Santiago), 20(58), Article 58. https://doi.org/10.32735/S0718-6568/2021-N58-1583

       Peirano, M. (2019). A eterna juventude da antropologia: etnografia e teoria vivida en R. Guber, C. Eckert, M. Jimeno y E. Krotz (Coords.). Trabajo de campo en América Latina. Experiencias Antropológicas Regionales en Etnografía (169-181). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Sb editorial.

       Pilatti, C. (2022). Trabajar y hacer pública la feria: Producción, reproducción y bienes comunes. La Feria de los Patos de Córdoba, Argentina, 2018-2020. Estudios Socioterritoriales. Revista de Geografía, 32, Article 32. https://doi.org/10.37838/unicen/est.32-126

       Pilatti, C., Abate Daga, M. y Capdevielle, J. (2020). La feria de los Patos de la Ciudad de Córdoba. Economía urbana y apropiación del espacio público, 2018- 2020. [Trabajo final de Licenciatura en Geografía]. Universidad Nacional de Córdoba.

       Rockwell, E. (1997). De huellas, bardas y veredas: Una historia cotidiana en la escuela. En E. Rockwell (Ed.). La escuela cotidiana (pp. 13-57). México: Fondo de Cultura Económica.

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