Compartir lo escrito sin dejar de escuchar: reflexiones en movimiento al terminar la tesis doctoral.

SP.28: Memorias y comunicación indígenas: construcción de espacios de organización y visibilización de luchas en contextos de subalternización

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Ayelen Fiori UNPSJB
mariel veronica bleger CONICET-IIDyPCA

Resumen

Este simposio se nos presenta como la primera oportunidad para pensar juntas aquello que ocurre cuando las tesis doctorales se terminan. Durante nuestra formación como antropólogas hemos buscado realizar un trabajo académico y militante capaz de acompañar procesos de lucha y reivindicaciones que llevan adelante distintas comunidades mapuche y mapuche tehuelche en Nor Patagonia. La construcción de una agenda abierta fue un desafío que se nos presentó desde el día uno por los contextos de urgencia en los que nuestros trabajos se desarrollan, la posibilidad de pensar el campo como un estado de la mente y no como un recorte social nos ha acompañado todos estos años. Sin embargo durante el momento de escritura de la tesis hubo un lapsus de tiempo donde pudimos reconstruir de manera artesanal las conversaciones y escenas que en la cotidianeidad de nuestras investigaciones se habían producido de manera acelerada. En esa temporalidad donde por primera vez eran nuestros tiempos los que determinaban las horas frente a una computadora, entrevistas, fotografías y mapas se nos volvió imperante la necesidad de compartir con nuestrxs interlocutores aquello que habíamos logrado sistematizar. Y fue entonces donde volvió a surgir la importancia de pensar la tesis como un documento capaz de producir conocimiento y aportes, pero también un insumo para los procesos y personas que acompañamos. Ambas queríamos volver a los territorios a leer estas producciones, pero también debíamos dar cuenta de los registros de escrituras académicos correspondientes a una investigación doctoral. Este trabajo se inscribe en el proceso de reflexión sobre cómo acercar nuestra producción a lxs protagonistas de nuestras investigaciones, las estrategias que fuimos ensayando, y las situaciones y preocupaciones que vivimos luego de poner el punto final de la tesis. En este trabajo nos proponemos reflexionar sobre el doble proceso que nos ha implicado escribir y ordenar ciertas memorias que por distintos motivos parecían indecibles y lograr, por otro lado, comunicarlo a nuestrxs interlocutores en un texto capaz de convertirse en herramienta disponible para las luchas y proyectos políticos que llevan adelante.


Preludio

Quienes escribimos esta ponencia hemos compartido nuestra formación y primeras entradas a los campos donde las investigaciones se llevaron a cabo. Ambas trabajamos con comunidades mapuche y mapuche tehuelche que llevan adelante recuperaciones territoriales, restauración de sus memorias y restablecimiento de sus vínculos ancestrales. Y por esos tiempos marcados por la academia nos encontramos también mientras escribíamos nuestras tesis doctorales.Las ideas que aparecen en esta ponencia son el resultado de muchas conversaciones que fuimos teniendo cuando nos preparábamos para defender nuestra tesis. Fueron muchas las veces que nos miramos y dijimos sobre esto también hay que escribir.  

Cuando hablamos de la defensa de una tesis, estamos dando por sentado que debemos demostrar que una idea en la que venimos trabajando hace años debe ser ordenada, explicada, y visualizada por unos otres que evaluaran la cantidad de verdad y objetividad que hemos logrado establecer en aquello que quisimos demostrar. La idea de defensa siempre nos ha implicado una incomodidad ¿Cómo es posible defender de manera individual algo que se ha hecho desde la primera mirada como algo colectivo? En esa incomodidad nos paramos para pensar qué y cómo podíamos aportar desde nuestra experiencia como tesistas. En un primer momento esto nos pareció un ejercicio simple, casi de compilación de experiencias y saberes adquiridos en los últimos años. Pero al comenzar a hablar sobre lo que queríamos compartir con otras personas nos dimos cuenta que en los distintos momentos de nuestras investigaciones la noción de cuidado como una categoría que hasta el momento no había sido central en ninguna de nuestras producciones se nos volvía facilitadora para pensar los procesos que cada una había vivido en el transcurrir de estos años académicos.

Decidimos volver a nuestros escritos,  pero no a aquello que había sido publicado, pulido y mostrado. Sino a las anotaciones que durante seis años fuimos realizando en los márgenes de los cuadernos, en las notas de los celulares, en los mensajes a nosotras mismas sobre cosas que sabíamos no debíamos olvidarnos pero tampoco podíamos contarlas. 


Esta ponencia es un ejercicio en donde separamos tres momentos del proceso de escritura de la Tesis doctoral: la investigación, la escritura y la transmisión de lo producido. En este sentido en un  primer momento, reconstruimos los contextos y recaudos que hemos debido adoptar en la producción de corpus, entrevistas, preguntas y datos. En segundo lugar pensamos las estrategias que fuimos construyendo para escribir aquello que queríamos decir. Y en tercer lugar esbozamos una primera reflexión sobre los modos en los que las Tesis fueron compartidas en las comunidades donde realizamos nuestros trabajos como antropólogas. Los tres momentos que describimos han estado intervenidos por nuevas preguntas que aparecieron en torno a aquello que en este trabajo llamamos estrategias de cuidado en la labor académica.


En el actual contexto donde nuestras investigaciones y nuestras carreras profesionales son puestas bajo lupa y perseguidas con mentiras y políticas de desfinanciamiento, la tarea de reflexionar sobre los aspectos afectivos del cuidado --como motor de las agendas que reúnen, movilizan y afianzan articulaciones-- puede ser un aporte importante a la puesta en valor de una ciudadanía participativa y a la reinvindicación de los espacios políticos de la ciencias sociales y humanas.


Contextos y disponibilidades


 Nuestras etnografías se enmarcaron siempre en escenarios de urgencia, de criminalización a la protesta y de racismo a las personas mapuche con las que trabajamos. Hubieron cortes de ruta, represiones, encarcelamientos ilegales, persecución política y física, atropello a las infancias por parte de las fuerzas de seguridad y además de eso hubieron vínculos de amorosidad, amistad y ternura que perduran en nuestras cotidianidades que hacían que el lugar de la pregunta antropológica cobrara nuevas dimensiones. Sobre este aspecto hemos ya reflexionado (Fiori y Bleger 2022) al preguntarnos cuándo empieza y cuándo termina un campo, concluyendo que el mismo es más un estado de la mente que un recorte socio espacial.

En relación al contexto, tampoco estuvo determinado por el lugar únicamente. Las más de las veces los niveles de urgencia mencionados respondían a aquello que las agendas mediáticas decidieran contar sobre los territorios en los que trabajabamos. La agenda de nuestras investigaciones siempre estuvo abierta, no tanto por una elección a conciencia y con certezas. Es decir, no fue por la convicción de hacer la llamada investigación participante o en colaboración. Sino más bien porque no tuvimos mucha elección. De hecho uno de los grandes aprendizajes que adquirimos es que cuando una está realizando una investigación activista o militante no tiene que estar aclarando mucho cuán participativa u horizontal es. Porque la mayoría de las veces no logramos meter en la agenda ninguna pregunta o actividad que en nuestro plan de trabajo ideamos. Sino más bien vamos obedeciendo y confiando en los ritmos que las personas con las que trabajamos van marcando y señalando como importantes o ineludibles. Sobre esto, Mariela Rodríguez (2019) plantea que la colaboración –y, por lo tanto, la posibilidad de co-teorizar con las personas con las que trabajamos-- solo puede suceder a través del tiempo, puesto que es algo que implica confianza y honestidad entre las partes involucradas. Esto no quiere decir que se desdibuja el rigor científico sino que las estrategias para recorrer los espacios que se fueron construyendo no eran anecdóticas sino centrales para poder en medio de la vida y el riesgo sistematizar, pensar y producir categorías que sirvieran para entender procesos y luchas que se llevan adelante.

A lo largo de nuestros trabajos de campo (iniciados en el año 2017) nuestra labor fue adquiriendo una modalidad de compromiso en la investigación, la cual se centró en “acompañar investigando” (Fernández Álvarez 2019: 81). Si bien ambas realizamos trabajo de campo en comunidades específicas. Ayelen terminó realizando su corpus antropológico a partir de talleres realizados en una comunidad mapuche situada en el noroeste de la provincia de Chubut. En este sentido trabajó fuertemente con entrevistas direccionadas, pero sobre todo con lo que se iba produciendo en el espacio compartido de conocimientos y recuperación de las memorias y las trayectorias familiares (Fiori 2023). Mientras que Mariel realizó un trabajo más orientado a la historia de vida de cinco mujeres pertenecientes a cinco comunidades distintas en la ciudad de San Carlos de Bariloche. Para esto se sirvió de entrevistas, encuentros y una etnografía itinerante (Bleger 2023). En ambas investigaciones la búsqueda de la historia del lugar, del territorio, de las personas que narraban y de cómo esas trayectorias individuales estaban ligadas a una historia de pueblo requirió un trabajo artesanal de poner a hablar distintos eventos y narrativas que se nos iban compartiendo. Además de un trabajo de muchos años para poder entender los marcos de significado que delineaban los por qué y los cómo acompañar las luchas que estas comunidades encarnaban.


En este sentido nos hacemos eco de la propuesta de Favret-Saada (1990) quien se enfoca en el carácter involuntario del trabajo de campo, en lo que emerge y nos transforma. Su propuesta nos abre la posibilidad de entregarnos al movimiento que implica “habitar otro lugar” y ser “bombardeado con intensidades” (Favret-Saada 1990:7) que generalmente no son significadas, ni incluidas en nuestras reflexiones o producciones académicas.

En nuestras primeras entrevistas pautadas, en las que no nos conocíamos tanto con nuestres interlocutores, los nervios pasaban por pedir permiso para prender el grabador. Luego comprenderíamos que lo más difícil no era tanto encuadrar el encuentro como un intercambio orientado a la investigación, sino decidir qué de aquello que se nos confíaba podía ser contado y qué no. Justamente porque, cuando las conversaciones recorren y fluyen en historias de vida, se expanden hasta rincones que a veces nuestros interlocutores sólo habilitan a quien está escuchando. Cuando se decide qué transcribir y qué no, ya no se hace pensando en tal o cual teoría o pregunta de investigación, sino decidiendo artesanalmente el modo de contarle al mundo quién es la persona que nos narró su vida.

Y reflexionando sobre esto último apareció por primera vez la posibilidad de pensar el lugar del cuidado en la investigación. No solo el cuidado por estar rodeadas de situaciones donde la vida tal como quería ser vivida estaba en riesgo. Sino el cuidado como marco desde el cual construir un intercambio y una escucha, para nada armoniosa o romanizada. Sino en la mayoría de las veces salvaje y en cascada.


Las ideas asociadas al “cuidado” y los criterios con los que se lo practica son tan heterogéneos como personas lo teoricen y actúen. En los últimos años, y particularmente en el campo de los estudios sociales (y específicamente en los Estudios de Género), se empezaron a reunir prácticas, pensamientos y sentimientos en una noción amplia de cuidado, para comprender procesos de construcción del ser juntos y, sobre todo, para pensar la política y, las formas de hacer política, más allá de ciertas definiciones tradicionales. En líneas generales, se ha acordado que su dimensión político-afectiva abarca aquella “actividad genérica que comprende todo lo que hacemos para mantener, perpetuar, reparar nuestro ‘mundo’ de manera que podamos vivir en él lo mejor posible. Este mundo comprende nuestro cuerpo, nosotros mismos, nuestro entorno y los elementos que buscamos enlazar en una red compleja de apoyo a la vida” (Fisher y Tronto 1990:40). 

Ahora bien, son varios les autores que exhortan a buscar definiciones precisas y acotadas acerca de qué entender como cuidado, argumentando que un uso excesivamente amplio devendría tan inespecífico como poco explicativo. Encontramos estos debates sumamente inspiradores para pensar en términos políticos y comprometidos el trabajo de la investigación antropológica así como la forma en la que transmitimos el conocimiento producido.


Hablar de cuidado en el trabajo de campo, puede sonar raro o poco preciso. Incluso podría ser asociado a cierto sesgo paternalista en el que la disciplina se ha posicionado muchas veces frente a sus interlocutores. Sin ir más lejos dentro de los debates del feminismo decolonial una de las principales denuncias es la que trae por ejemplo Julieta Paredes (2010) cuando propone que las mujeres blancas dejen de explicar cómo cuidarse a las mujeres marrón. Asumir entonces que en la relación con nuestras y nuestros interlocutores se construyó un puente donde los cuidados organizaron relatos ha sido para nosotras revelador. E incluso por momentos incómodo, puesto que ahí donde pensábamos que estábamos dirigiendo algunas conversaciones, primaba un orden distinto al propuesto. Y una vez terminada las tesis volvimos a pensar ciertos procesos que se habían dado de manera automática o naturalizada. Y pudimos entender que en cada una de las preguntas y decisiones que habíamos tomado existía una serie de estrategias de cuidado que habían sido desplegadas. 


Tanto en los espacios de talleres, como en las charlas individuales, muchas veces pasaba que se nos contaban cosas que sabíamos que no debíamos reproducir (los momentos donde se apaga el grabador). Pero se nos contaban para que podamos entender contextos más amplios o más profundos que veíamos en los territorios donde nuestras investigaciones se desarrollaban. Relatos que tenían que ver con violencias domésticas, con momentos de tristeza profunda y desamparo. Narrativas que la mayoría de las veces enmarcaban la tenacidad con la que desde el presente defendían un modo de vida determinado. Durante nuestras escrituras fueron varias las veces que quedamos paralizadas en preguntas (Bleger y Fiori 2022). Distinto a cualquier expectativa de que una vez terminada la tesis esas preguntas se disiparían lo que sucedió fue que volvimos a las mismas pero desde otra óptica. Ya no tanto paradas en la quietud de no poder resolverlas, o de la angustia que nos producía ese límite entre lo decible y lo no decible. Sino pensando cómo cada una de las respuestas que fuimos improvisando (no sin equivocaciones) estaban rodeadas o motivadas por estrategias de cuidado. Cuidado propio, pero también cuidado de los mundos que se inauguran al compartir historia de vidas que nos hablan de ancestralidades, fuerzas, y memoria.


Respecto al cuidado propio Foucault nos dice en la Hermenéutica del sujeto: “uno se preocupa de sí para sí mismo, y es en esta preocupación por uno mismo en donde este cuidado encuentra su propia recompensa” (Garcés y Giraldo 2013: 190). El cuidado de sí expresa una actitud consigo mismo, pero también con los otres  y con el mundo.

En suma, la posibilidad de pensar las formas de cuidado inmersas en nuestras prácticas como investigadoras sin restringirlas a una práctica o representación en particular, nos ha ayudado a comprender un poco mejor sus formas políticas de aparecer y organizar la vida social (la nuestra y la de aquelles que nos rodean) en la academia y fuera de ella.


La escritura cuidada


Nuestras investigaciones fueron realizadas en contextos relativamente pequeños. Si bien ambas hablan de procesos más amplios y que abarcan tanto temporal como espacialmente problemáticas que exceden a nuestros interlocutores. Al momento de escribir nuestras tesis debimos pensar distintas estrategias para referirnos a las personas con las que trabajamos para evitar situaciones de conflicto o disconformidad sobre aquello que se nos había contado. En este sentido desde el hecho de no usar pseudónimos, de georeferenciar los lugares de los que hablábamos, de hacer dialogar conflictos familiares con escenarios nacionales de construcciones de alteridad. Implicó un desafío constante. Y volviendo a analizar decisiones y estrategias es donde el lugar del cuidado en la escritura volvió a aparecer. Pero no tanto desde lo que la categoría de cuidado nos proponía, sino desde una posibilidad de recrear códigos de entendimientos compartidos entre quienes debíamos escribir y quienes habían confiado en nuestros análisis. El cuidado pensado en la tarea de escritura terminó de confirmarnos su potencial político. Sin perder de vista que las dimensiones relacionales y emotivas del mismo hacen que no sea reductibe a una simple tarea mecánica (Pérez-Orozco y López-Gil 2011).

 Es decir, no se trata pues de solamente elegir qué contar y qué no. O de pensar cómo citar una entrevista y mejorarla desde una estética literaria. Sino que la posibilidad de pensar todas las situaciones de cuidado a la que nos habíamos visto expuestas nos dejó ver que allí donde se habían manifestado prácticas de cuidado se estaban produciendo conocimientos. Cuando nos contaban de los horarios en los que podíamos estar o no en un territorio determinado, o si nos compartían que determinado animal había avisado nuestra llegada, o nos hacían participar de alguna ceremonia para sanar un dolor, o alzaban a nuestros hijes para calmarlos de un mal sueño. Así como también nos pedían que no digamos ciertas cosas por teléfono, o que llevemos a algunas personas en el auto para hacerse un tratamiento. Cantidad de situaciones que iban siendo escritas en nuestros “márgenes cerebrales”, porque no estaban enmarcadas en el trabajo de campo o en la pregunta precisa. Sino que iban llegando a nuestras vidas y nuestras etnografías casi como instrucciones para circular entre mundos que no eran tal vez con los que habíamos crecido. Solo las pautas que le dan sentido a un modo de vida pueden hacernos llenar de mayor profundidad las preguntas. Y es en esa profundidad donde radican las respuestas que en el diálogo devienen en categorías intermedias. 


Entonces al sistematizar y construir de manera artesanal los diálogos, las producciones de los talleres y en las conversaciones enmarcadas en entrevistas más formales nuevamente el cuidado fue delineando los por dónde de cada una de las conclusiones que íbamos construyendo. Al volver a nuestros propios procesos intelectuales comenzamos a discutir las nociones hegemónicas de cuidado,  que limitan al mismo al ámbito privado. En este sentido la producción escrita de una tesis doctoral es una instancia de carácter público. Es la exposición de aquello que se hizo , al menos en nuestros casos, a través de la sumatoria de muchas escenas íntimas (en las casas, en las comunidades, en los talleres, en los recreos, en los autos, en las rutas). Es decir que nuestras investigaciones, y al menos es lo que hemos empezado a preguntarnos están asociadas  a la definición que mencionamos al inicio de esta ponencia que entiende el cuidado como  aquellas actividades que realizamos para “mantener, continuar y reparar nuestros cuerpos, nuestros seres y nuestro entorno, todo lo cual buscamos para entretejerlo en una red compleja que sustenta la vida” (Fischer y Tronto 1990, 40). 


Con la Tesis en mano


Al terminar el proceso de escritura ambas nos decidimos a volver a los territorios donde habíamos trabajado para compartir con nuestros interlocutores aquellos que habíamos escrito. Lo hicimos antes de defenderla e incluso antes de presentarla. Teníamos mucho temor de no haber estado a la altura de los procesos que habíamos acompañado durante tantos años, de la confianza y de los vínculos que cada una en su lugar había podido construir. No es algo de lo que se hable mucho en la academia. Los terrores nocturnos que nos asaltan por sí dijimos algo que no debíamos, o por si alguien puede enojarse, o por si habíamos escrito de más sobre una práctica ancestral que necesitaba más cuidado y mesura al ser descrita. Tuvimos distintas respuestas y reacciones, habíamos ensayado decenas de formas de leer y mostrar lo que habíamos escrito. O el producto casi final. Pero estando con las personas volvimos a un lugar que ya conocíamos y que en nuestros ensayos no habíamos tenido en cuenta. Era un lugar bisagra que creemos solo se accede luego de estar un tiempo largo pensando y hablando con las personas: una intimidad construida y situada. Porque hay algo de la investigación y de la producción de la tesis que tampoco se dice a viva voz. Durante seis años una intercambia y conversa con las mismas personas sobre distintos temas. Pero en el momento de escribir aún cuando el proceso se de en la soledad de una  frente a su computadora sigue hablando con estas personas. Seguimos preguntándoles en ausencia cómo quieren que contemos algo, qué podemos decir de eso que grabamos, cuánto de eso ayudará a la causa que viene levantando y sosteniendo hace años. Entonces, al momento de compartirles nuestros escritos algo de todo esto apareció portando una autoridad puesto que como señalan Giddens (1998) e Illouz (2007), la producción de lo íntimo requiere necesariamente de una simetría de poder. No existe la posibilidad de lo íntimo si no hay una apertura y receptividad equivalente entre las partes: “no es ser absorbido por el otro, sino conocer sus características y dejar disponible lo propio de cada uno” (Giddens 1998: 59). Y en esa disponibilidad, que tal como venimos diciendo no siempre fue armónica, encontramos las herramientas para comunicar aquello que habíamos escrito. Cómo nos habíamos animado a encontrar puntos en común, lugares de conflicto, dificultades y nuevos saberes. Al compartirlas recibimos de distintas maneras nuevas orientaciones de qué hacer con estos trabajos. Cómo difundirlos o ponerlos al servicio de determinadas luchas o copiar y pegar para complementar determinadas consignas o proyectos comunitarios. Empezamos a sentir que ya no se trataba tanto de ser cuidadas o cuidadoras. Sino que en este material que habíamos producido había indicios de algo que en el clamor de la escritura y la famosa pregunta antropológica se nos había pasado de largo. Nuestras investigaciones leídas a contrapelo también estaban dando cuenta de distintos sistemas de cuidado dentro y fuera del pueblo mapuche y por lo tanto narrando su forma de estar en el mundo.


Palabras finales 

Vivimos a pocos kilómetros de los lugares donde realizamos trabajo de campo. No nos alejamos miles de kilómetros para reflexionar sobre tal o cual proceso sino que continuamente estamos encontrándonos con las personas y transitando esos territorios. Durante estos años estrechamos vínculos afectivos con muchas de las personas con las que trabajamos, con quienes compartimos mucho más que trabajo de campo, y a quienes acompañamos en un montón de situaciones que exceden los límites de nuestras investigaciones. Acompañamos tan de cerca que estuvimos en muchas de las situaciones que fueron ocurriendo en los territorios. Estas “situaciones” fueron organizándose en nuestras agendas como “el acampe”, “el operativo”, “la ruca”, “las audiencias”, por nombrar sólo algunas. Como entendimos tiempo después, en cada una de estas instancias las personas con las que trabajamos fueron restaurando memorias, articulando experiencias del pasado propias o heredadas, pero también fueron desplegando profundas estrategias de cuidado.

Entender nuestros trabajos de campo como fluidos, porosos e inseparables de las otras dimensiones de la vida. Esto, nos permite entender nuestras Tesis no como un producto final y acabado sino como una parada transitoria en un proceso mucho más largo y complejo. En este sentido, la Tesis no termina una vez escrita porque en la lectura compartida, las anotaciones al costado del papel y las reflexiones que surgen acerca de nuestros escritos se abren futuras líneas de investigación y se actualizan esos compromisos. Como explica Quirós: “las herramientas etnográficas me enseñaron no tanto a ‘ver las cosas de otra manera’ sino a ‘ver cosas (creándose) donde no veía nada” (en Fernández Álvarez, Gaztañaga y Quirós 2017: 294). 

Siguiendo a Myriam Jimeno (2012), la etnografía supone una proximidad caracterizada por un acercamiento a nuestros interlocutores, un cuidado para adentrarse a sus modos de actuar, pensar y sentir, pero esta proximidad está también definida por las emociones que emergen en el contacto con les otres, en la empatía y el compromiso. Pensar nuestras etnografías desde el cuidado --desde sus múltiples aristas (hacia el territorio, hacia adentro de la comunidad, hacia nosotras mismas)-- nos permite ampliar la mirada sobre el trabajo de campo y comprender cómo cuidan, cómo nos cuidan y cómo cuidamos. Encontramos prácticas de cuidado en nuestros trabajos de campo, en nuestras escrituras, y en la transmisión de los resultados de nuestras investigaciones. Las prácticas de cuidado están fuertemente enmarcadas en interrelaciones y vínculos de reciprocidad y solidaridad por lo que entender nuestros propios trabajos de campo desde este marco, nos invita a ensayar formas más horizontales de relacionalidad a la hora de hacer etnografías comprometidas. 


Bibliografía de la ponencia

Bibliografía

Bleger, M. y A. Fiori (2022). “Habitar lo incómodo: metodologías para una etnografía de lo sensible”. X Jornadas de Investigación en Antropología Social Santiago Wallace, “Experiencias cotidianas en horizontes inciertos: implicancias para el quehacer antropológico”. Sección de Antropología Social. Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Buenos Aires 22 al 25 de noviembre de 2022.

Bleger, M. (2023). Atravesar el viento blanco: recuperar territorio en clave femenina. (Historias de desujeción de mujeres mapuche). (Tesis de Doctorado no publicada). Universidad de Buenos Aires.

Favret-Saada, J. (1990). “Être affecté”. Gradhiva. Revue d’Histoire et d’Archives de l’Anthropologie 8: 3-9. 

Fernández Álvarez, M. I., Gaztañaga, J. y J. Quirós (2017). La política como proceso vivo: diálogos etnográficos y un experimento de encuentro conceptual. Revista mexicana de ciencias políticas y sociales, 62 (231), 277-304.

Fernández Álvarez, M. I. (2019). De malestares, búsquedas y algunas propuestas en torno a la antropología colaborativa, Instituto de Desarrollo Económico y Social, 63-83.

Fiori A. (2023). “Las luchas que heredamos”: Una etnografía sobre la reconstrucción de memorias en Boquete Nahuelpan (Chubut). (Tesis de Doctorado no publicada). Universidad de Buenos Aires. 

Fischer, B. y J. Tronto (1990). “Toward a feminist theory of care”, en E. Abel y M. Nelson (dirs.), Circles of Care: Work and Identity in Women’s Lives. Albany: SunyPress, pp. 36-54.

Giddens (1998).Sociedad de riesgo: el contexto de la política británica. Estudios demográficos y urbanos , 517-528.

Garcés, L. F., y Giraldo, C. (2013). El cuidado de sí y de los otros en Foucault, principio orientador para la construcción de una bioética del cuidado. Discusiones filosóficas, 14(22), 187-201.

Illouz (2007). Intimidades congeladas: las emociones en el capitalismo. Katz editores.

Paredes, J. (2010). Hilando fino, desde el feminismo comunitario. Bolivia: Comunidad Mujeres Creando Comunidad.

Pérez-Orozco, A. y López-Gil, S. (2011). Desigualdades a flor de piel. Cadenas globales de cuidados. Santo Domingo (RD): ONU Mujeres.

Rodríguez, M. (2019). “Etnografía Adjetivada ¿Antídoto contra la subalternización?” En, L. 

Katzer y H. Chiavazza (Eds.), Perspectivas etnográficas contemporáneas en Argentina. Mendoza: Instituto de Arqueología y Etnología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, 274- 332.