"Ya no se llamará La Majadita" turismo, transferencia territorial y modos de producción en un paraje rural del noreste de San Juan, Argentina.

SP.17: Antropología del turismo y conflictividad social en Latinoamérica y el Caribe

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Diego Javier Garcés CONICET/UNSJ

Introducción

Valle Fértil se encuentra a 250km de la ciudad Capital, en el extremo noreste de la provincia de San Juan y limita hacia el Norte con la vecina Provincia de La Rioja. Esta cercanía permite conceptualizarlo como un espacio fluido de intercambios interprovinciales. Podríamos afirmar que Valle Fértil es institucionalmente dependiente del gobierno de San Juan, pero culturalmente posee estrechos vínculos con La Rioja.

Las características geográficas del Departamento son determinantes para pensarlo ya que, en la porción norte de los llanos, lo que puede verse a simple vista, corresponde a un pedazo de la era triásica, que debido a accidentes geológicos se encuentra en la superficie de la tierra. Esta situación ha sido desde la década de 1990, un elemento que ha reconfigurado el orden político-económico departamental dando origen a la consolidación del Parque Nacional Ischigualasto. El desarrollo y la institucionalización de la paleontología, alcanzó la internacionalización del parque, en el año 2000, declarándolo Patrimonio de la Humanidad ante UNESCO. Los efectos locales de la patrimonialización del parque y las consecuencias del “enigma dinosaurio” en el territorio, han sido problematizadas en otros trabajos (Mamby, 2017), (Garcés 2020).

En simultaneidad con el avance patrimonializador y el crecimiento de la industria turística, Valle Fértil experimenta un creciente proceso de organización comunal, donde lo étnico emerge (re)articulando memorias y experiencias, resguardadas a través de largos períodos de tiempo (Escolar, 2007), constituyéndose, como un nuevo caso de reemergencia indígena en la región y en Argentina. Este proceso se ve atravesado o impulsado también por dinámicas económicas, políticas y sociales propias del contexto provincial, nacional y transnacional. Entre ellas, la búsqueda por parte de distintas agencias y actores por capitalizar las identidades como atractivos para una “industria sin chimeneas”, el turismo.

La situación del departamento Valle Fértil ha permitido que prolifere en el territorio, un extendido imaginario que afirma que el departamento se sustenta económicamente gracias al turismo. Sin embargo, desde el trabajo etnográfico no sólo resulta posible constatar que la población que obtiene réditos económicos gracias a su desempeño de funciones en la industria turística es minoritaria, sino que también resulta evidente cómo es que el avance del turismo, implica entre otras cosas una encrucijada para diversos sectores de la población local, que ven sus relaciones de producción económica afectada por los cambios que el boom turístico genera. La posesión de la tierra es la operatoria en donde se puede apreciar lo que acabo de afirmar. 

La Majadita

La Majadita es un pequeño poblado, situado 8km al Oeste de San Agustín de Valle Fértil adentrándose en las sierras. Actualmente viven allí 141 personas, distribuidas en 29 casas. El poblado se encuentra en un área que corresponde a una reserva natural provincial, conocida como Parque Natural Provincial Valle Fértil y que legislativamente ocupa la figura de “reserva de usos múltiples”. En los últimos 20 años, los registros de los agentes sanitarios del pueblo, permiten evidenciar un proceso acelerado de transferencia de la propiedad de la tierra. Hoy las casas “deshabitadas” superan por más del doble a las 29 casas de locales sumando unas 64[1]. A principios de los años 90, había sólo una casa de personas que no vivían en el lugar.

Gran parte de lo que es entendido alternativamente como La Majadita o como el Parque Natural Valle Fértil, pertenece a Oscar Luis, un hombre que vive sólo en el medio de una estancia colonial en un puesto llamado Los Morteritos.

Los papeles de Oscar Luis

Descendiente de Pedro Pablo de Quiroga, quien en 1788 fundara la Villa de San Agustín de Jáuregui por órdenes del Marqués de Sobremonte, Oscar Luis, vive de forma “austera” en Los Morteritos, en la casa en la que nació, en compañía de una multiplicidad de animales (principalmente aves de corral de diferentes especies). Subsiste económicamente gracias a su jubilación luego de cumplidos sus años de servicio como enfermero de La Majadita y de cánones mineros, debido a que él autoriza a una empresa minera a atravesar su propiedad y explotar una cantera de cuarzo.  Oscar Luis, es junto a dos hermanas, heredero de una gran extensión de tierras en las sierras de Valle Fértil previamente descritas, que comprenden alrededor de 27 hectáreas.

Desde que conocí a Oscar supe que él era descendiente del fundador de la villa, mas no había profundizado su historia hasta poder entrevistarle en reiteradas oportunidades. En su casa, escuchándolo hablar de su historia familiar, entre los sonidos y las plumas de sus 50 pavos reales, pude constatar que la titularidad de sus tierras está asociada a un papel de larga data, una merced real a nombre de: Juan Crisóstomo de Quiroga, un descendiente de Pedro Pablo, más cercano con Oscar.

En una de mis visitas a la casa de Oscar, él se fue para adentro y volvió con una carpeta un tanto desvencijada con las hojas de color amarillento, “Mirá esto no te lo puedo dar, pero le podés sacar fotografías” y puso sobre la mesa el alto de papeles. Atónito, comencé a fotografiarlos mientras él me explicaba que su propiedad es derivada de una Merced Real que sus antepasados habían recibido a cambio de sus servicios a la corona española, entre los que estuvieron la “pacificación” de los indígenas del territorio y la fundación de la Villa de San Agustín de Jáuregui. Me contó que con el tiempo todo ese territorio se había transformado hacia finales del siglo XVIII en la Sociedad Estancia de Usno, un gran polo de distribución de animales para ganado y diligencias que se reproducían y criaban en Valle Fértil y desde allí se distribuían a cada rincón de San Juan e incluso se exportaban a Chile cruzando la cordillera llevando grandes arreos.

Del acontecimiento en el que Oscar compartió esos papeles, intuyendo que a un antropólogo podría interesarle ese material, surgieron una serie de interrogantes ¿Debían ocupar estos papeles un lugar importante en nuestro trabajo de campo? ¿Cómo interpretar la montaña de papeles de Oscar? ¿Cómo es que el resguardo de viejos papeles aparecía frente nosotros como un mapa para reconstruir parte de la historia local? ¿Pueden este conjunto de papeles tener estatus de archivo? ¿Por dónde empezar?

Pues nos vimos frente a problemas puntuales de lo que ha sido catalogado como trabajo de campo en archivos (Nacuzzi, 2002), (Rodríguez, 2020), (Bosa, 2010). Desde cómo leer una caligrafía antigua tan diferente a lo que estamos acostumbrados, hasta pensar en qué tipos de interrogantes es pertinente hacer a estos papeles y cómo es que podemos entrecruzar la experiencia etnográfica presente, con el archivo local. Con el tiempo advertiría que los papeles de Oscar, aún tienen una incidencia performática sobre el territorio y que parte de lo que venía pensando en torno al turismo y sus implicancias, estaba inevitablemente ligado a su propiedad.

 

Implicancias territoriales

Lo que hasta 1890 era conocido como Sociedad Estancia de Usno, es hoy una servidumbre de paso por la que el municipio y el estado provincial proyectan construir una Ruta Provincial, pero que por validez legal e histórica pertenece al ex enfermero, Oscar Luis.

Desde la Villa hacia las sierras, todo el camino que llega a La Majadita y bordea el río es propiedad de Oscar, por lo tanto, es La Majadita un lugar que por alguna razón quedó fuera de lo que hasta 1853 era titulado como un terreno de “noventa y una leguas ochocientas y pies de cuadra”. Perteneciente a la Sociedad Estancia de Usno[2].

Paradójicamente lo que ha protegido lo que es presentado hoy como un Parque Natural Provincial, de una apropiación privada de la tierra en fracciones más pequeñas, no son políticas ambientales o “verdes”, ni una regulación rigurosa del uso del espacio, sino una propiedad privada con validez legal de una inmensa extensión territorial. La implicancia actual de los papeles de Oscar tiene que ver directamente con la preservación de un espacio que en el año 1971 fue declarado Parque Natural Provincial y luego de la reforma de 1994 se cambió la denominación a “Reserva de usos múltiples”. Como dije antes, la mayor parte de su extensión corresponde a una propiedad privada que se hereda familiarmente desde tiempos de la corona española y de la cual Oscar es el principal propietario, porque de los herederos, es el único que vive allí.

Un acontecimiento particular que ha sido narrado por otro colega e investigador como una lucha comunitaria por el medio ambiente (Mamby, 2017), la prohibición de una carrera de Rally conocida localmente como “Zafari tras las sierras”, fue algo motorizado e impulsado por Oscar, quien en su rol de enfermero de la comunidad fue también un líder político capaz de convencer a una minoría de locales, a pelear contra la realización de esa carrera, esgrimiendo razones ambientales, pero fundamentalmente su capacidad de tracción política al interior de las disputas vallistas, es impensable por fuera del hecho de que él es dueño del camino por el que se hacía la carrera. De hecho la carrera dejó de realizarse luego de que Oscar instalara una tranquera durante la noche previa a la largada, la cual fue embestida por el primer auto, poniendo en serios riesgos la vida de los pilotos. Luego de la controversia que esto desató Oscar declaró en el municipio que ese camino era de su propiedad y que podía dar de baja a la servidumbre de paso que él mismo otorga hace años.

Los papeles de Oscar Luis, que poseen validez legal actual en relación a la tierra sobre la cual él ejerce derechos plenos, resultan cruciales para comprender las dinámicas de apropiación de la tierra que existen en Valle Fértil. Si bien Oscar abandonó las raíces nobles de su ascendencia y vive mucho más parecido a un baqueano, es decir, rodeado de animales que él cría, y la diferencia más grande que tiene con los pobladores locales son sus ojos celestes y la tez que lo convierte en el inconfundible joven[3] Oscar, es fundamentalmente la posesión legal sus tierras aquello que lo singulariza. Mientras la mayoría de los pobladores de las Sierras de Valle Fértil, no posee títulos sobre sus tierras, a pesar de vivir desde hace generaciones en el mismo lugar, de forma diametralmente opuesta, Oscar puede traccionar para prohibir un evento popular automovilístico, autorizar a una empresa minera a realizar explotaciones, permitir la construcción de ranchos en tratos de palabra a muchos otros de los locales y prohibir la caza furtiva de animales.

Su legitimidad construida en la comunidad, forjada durante años en su labor de enfermero, lo desplaza de su lugar de terrateniente y “camufla” su lugar en la sociedad vallista, sin embargo, los papeles de Oscar Luis son indisociables de su capacidad de agencia al interior de los grupos y quizás operan como el aura de su performance política en el territorio vallista.

El museo Valle de Catana

Por fuera de las tierras de Oscar, todo parece asociarse al turismo. Si bien hay que reconocer que el desarrollo de esta industria es un proyecto mucho más discursivo que material. Es decir, no existe un fomento a la industria turística que permita que locales monten un negocio capaz de sacar réditos turísticos interesa resaltar algunas cuestiones. Las márgenes del camino y del río cuando la tierra deja de ser propiedad de Oscar, han sido pobladas de casas de gente proveniente de la ciudad de San Juan o la Villa de San Agustín que construyen su segunda casa allí. Esto es muchas veces celebrado como un dato que demuestra el crecimiento local del turismo. Pero un fenómeno que me interesa resaltar con preponderancia es el alcance performático del discurso turístico hacia la población local. El museo Valle de Catana es un ejemplo concreto de cómo una idea puede calar hondo y hacer sentido en las personas más allá de su real eficacia.

Nélida Calivar es una mujer nacida y criada en La Majadita de alrededor de 50 años. En los últimos años gastó todos sus ahorros en la construcción de un museo sobre la historia local llamado “Museo Valle de Catana”. A partir de testimonios de algunos vecinos como Lindor Chávez uno de los hombres más viejos, el guion museográfico construido por Nélida afirma que La Majadita se llamaba antiguamente, en lengua cacana, Valle de catana. Al mismo tiempo que el museo busca recuperar una herencia étnica y Nélida se reconoce como “descendiente” de diaguitas, se exhiben en el museo una multiplicidad de objetos que son presentados como propios de la cultura local. De esta manera, entre algunas puntas de proyectil, tres hachas de mano, un par de boleadoras, una plancha de brasas, cajas metálicas de galletas Bagley de los 60, Nélida presenta la cultura material de los locales.

No interesa aquí señalar la contradicción que habita en Nélida que pone a la vista la complejidad que tiene que una caja de galletas antigua pueda formar parte de la cultura material indígena local. En términos de invención esto no se diferencia casi en nada de la operación narrativa que construye cualquier guion museográfico y sino preguntémonos cómo hicieron los intelectuales de los siglos XIX y XX para convertir en testimonio del pasado nacional, a los indios del norte argentino, que hasta segundos atrás habían sido concebidos como enemigos de la nación (Giudicelli, 2015). Desde el sol incaico en la bandera argentina, hasta la construcción de los calchaquíes como parte del patrimonio ancestral de la argentina, se ha tratado de construir simbologías forzadas, construcciones discursivas equivalentes como ejercicio imaginativo a las operaciones de Nélida. La diferencia entre estos espacios la efectúa el lugar de enunciación y la recepción del público, lo que Urry (1998) llamó la mirada del turista. El Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de La Plata es probablemente una de las instituciones científicas más importantes del país. Salvo antropólogos especializados nadie revisa las operaciones conceptuales realizadas por el museo, casi nadie observa el carácter de construido del guion museográfico del espacio. Sin embargo, en el museo de Nélida, la contradicción aparece instantáneamente. Los turistas salen de ahí pensando en que el museo tiene pocas cosas, que la idea de exhibir el patrimonio local es dudosa si lo que se presenta son objetos modernos asociados a la vida en la ciudad. Resulta sencillo establecer un juicio, que en muchos casos alimenta los discursos que desacreditan la identidad indígena en personas como Nélida. Esto se debe a que la mirada de los turistas (Urry, 1998) crea una expectativa que no puede ser satisfecha por la puesta museográfica de Nélida.

Sin embargo, resulta importante destacar cómo la posibilidad de crear un museo propio, llenarlo de cosas y guionar con un sentido local la exposición de esas cosas, permite operaciones conceptuales muy fuertes en el plano subjetivo. Antes de que Nélida pudiera reivindicar su apellido, Calivar, como un apellido indígena y nombrarse orgullosamente descendiente de los diaguitas del territorio vallista, la había escuchado autodefinirse como pobre. Esto no es poco significativo si consideremos que las transformaciones generadas por la construcción del museo le han permitido reconceptualizarse en términos identitarios e históricos.

 

 

A modo de conclusión

Mucho antes de tener un museo en su propia casa, Nélida, como la mayoría de los majadeños se dedicaba a la cría de animales. Tenía decenas de cabras. Pero en los últimos años ha abandonado totalmente esa actividad y vendió todos sus animales. Esta es una situación generalizada en La Majadita. Debido al incremento en la circulación de automóviles, es dificultoso sostener la cría de cabras porque se espantan o podrían ocasionar un accidente. El municipio ha obligado a los locales a alambrar las orillas del camino para evitar la circulación de animales por el mismo.

Podríamos decir que, al mejor estilo del sistema nervioso, conceptualizado por Michael Taussig (1995), un pequeño pueblo al noreste de San Juan es imaginado como la Tierra de dinosaurios, al mismo tiempo que toda la toponimia que nombra las cosas y muchos apellidos, son de origen indígena y atribuidos a una lengua, que se ha dado por muerta. En efecto en lugar de contexto, parece haber un gran montaje. Ese montaje dicta que la economía local está sostenida en la industria turística. Nélida es capturada por este montaje y eso explica que haya gastado sus escasos recursos en la construcción de un museo y que su apuesta esté desligada ya de la crianza animales para estar a la espera de los turistas que visitarán su museo.

Hablando con Daniel Burgoa, agente sanitario de La Majadita, nacido y criado en el territorio, él me contaba su preocupación sobre la situación en la que se vuelve evidente el abandono de la cría de animales por parte de la población local. Ya no se va llamar La Majadita me dijo Daniel en tono nostálgico. Él que creció y vio a la población local decrecer abruptamente en número, vio a los jóvenes irse a probar suerte a los centros urbanos cuyanos, experimenta como problemática la transformación generada por el discurso turístico. Este discurso ha logrado convencer a las personas de la idea de que tienen que “ofrecer” productos a un turista “fantasma” en los términos en que es acuñada esta noción por Axel Lazzari, que a su vez la toma de Marilyn Ivy. En este sentido describe la lógica del fantasma o de la huella como un “movimiento de algo que está muriendo, algo que se ha ido, pero no del todo, suspendido entre presencia y ausencia, ubicado en un punto en que está y no está aquí, en el proceso repetitivo del ausentarse” (Ivy 1995:20; Lazzari, 2007:3)

Se intentó presentar aquí la paradoja de que una propiedad privada de gran extensión y de larga data es probablemente lo que protegió las sierras de Valle Fértil de una apropiación más acelerada de la tierra. En este sentido los papeles de Oscar han actuado casi al modo de un marco regulatorio la transferencia de la tierra en esta porción de las sierras. Sin embargo, por fuera de la porción de Oscar las casas de gente de la ciudad han doblado en número a las de los locales.

Por otro lado, la narrativa turística en el territorio genera expectativas suficientes como para que una persona de muy escasos recursos, que vive de contratos municipales y changas, invierta todo su dinero y energía en la construcción de un museo, esperando que eventuales turistas le visiten. El caso de Nélida es casi tan paradójico como el de Oscar, pero a raíz de situaciones diferentes. Mientras uno concentró la titularidad de las tierras desde épocas coloniales, eligió vivir allí toda su vida criando animales y tuvo como resultado la conservación de parte del territorio en relación a una baja fragmentación de la tierra. El caso de Museo Valle de Catana permite advertir cómo se materializa el discurso turístico más allá de su eficacia. Si bien el flujo y la concentración de capital parece estar situada en el circuito Ischigualasto vemos a otrora productores caprinos, criadores de animales, dejar sudor y sangre para concretar la construcción de algo que ofrecer a “los turistas”. En este sentido, así como en Capilla del Monte, Córdoba, de acuerdo al trabajo de (Otamendi 2005) se explota todo lo que tiene que ver con la magia y los ovnis de forma institucionalizada, el lugar de los ovnis, en Valle Fértil lo ocupan los dinosaurios. Mientras se transforma al Departamento en la tierra de los dinosaurios, empujando a amplios sectores de la población local a volcar sus actividades al ofrecimiento cosas para vender a hipotéticos viajeros me pregunto: ¿Estamos frente lo que (Comaroff, 2011) han llamado etnicidad S.A.? ¿Está la gente de Valle Fértil siendo empujada a la venta de su propio primitivismo en la industria turística?  De sostenerse o acelerarse esta situación ¿Podría La Majadita dejar de llamarse de esa forma? ¿Habrá algo de profético en la preocupación de Daniel?

Más allá de estos interrogantes abiertos, hay algo claro. El turismo naturaliza las operaciones sobre la tierra. Los escasos fomentos al turismo local, podrían empezar saneando la situación legal de las tierras de quienes serían eventuales “anfitriones” de turistas. La reificación del turismo como una industria con un carácter únicamente benévolo, muchas veces enunciado como “una industria sin chimeneas” está teniendo consecuencias concretas. Borrar el papel que la propiedad de la tierra tiene, da al turismo el principal de los reveses y aquello que supuestamente mejoraría la vida de los puesteros criadores, termina expulsándoles a los márgenes de los centros urbanos. La transferencia territorial de la tierra y el cambio de un modo de producción ancestral, constituyen dos de las principales chimeneas con la que el turismo emana sustancias tan desproporcionadas como una fábrica de carburo.




Notas de la ponencia:

[1] Estos datos poblacionales han sido facilitados por Daniel Burgoa, agente sanitario de La Majadita. Agradezco profundamente a él su gentileza y ayuda.

[2] Extraído de la Merced a nombre de Crisóstomo de Quiroga que Oscar permitió fotografiar.

[3] Joven no es en este caso una categoría que signe la edad de una persona. Oscar es un hombre que se aproxima a cumplir 70 años, sin embargo aún es llamado “joven”. Esto corresponde a su lugar histórico en la comunidad, dónde joven es el hijo del Don, es decir, el patrón. 

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