Movimiento y modos de existencia en la producción de conocimiento; posibles coordenadas para pensar una cosmoecología barrial

SP.65: Corporalidades, ontologías relacionales y metodologías colaborativas

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Camilo Rivas Moar Instituto Superior de Educación Física - Universidad de la República.

Movimiento y modos de existencia en la producción de conocimiento; posibles coordenadas para pensar una cosmoecología barrial



Introducción


El presente trabajo se enmarca en el proyecto de investigación aún en despliegue El cuerpo como expresión de la territorialidad barrial de Flor de Maroñas, aprobado por el ProMEF. Se toman las notas de campo realizadas particularmente a partir de dos controversias surgidas; por un lado entre dos territorialidades barriales dentro de Flor de Maroñas nombradas como Nueva Estrella y Nuestro Amanecer; y por otro en Las Cabañitas

En el último año Nueva Estrella se transforma en el primer asentamiento cooperativizado en la Ciudad de Montevideo, lo cual genera muchos movimientos afectivos, no solo a la interna de la barrialidad sino también a su alrededor; durante varios años de proceso hoy en día Nueva Estrella pasa a llamarse Cooperativa Nueva Estrella. Dentro de varios efectos, como por ejemplo la dignificación de la vivienda y con ello de la vida, surge una propuesta de la propia cooperativa vinculada a su cerramiento con efectos vinculados al lugar en el que queda la barrialidad de Nuestro Amanecer, la cual particularmente se encuentra entre una cañada y la Cooperativa Nueva Estrella. Esto significa que la entrada y la salida al barrio se realizaba hasta hace unos meses casi exclusivamente atravesando Nueva Estrella. Con el cerramiento, surgen dos controversias que demandan negociación y movilización de actores; por un lado un incendio en Nuestro Amanecer el cual no fue adecuadamente solventado, ya que los camiones de bomberos no pueden pasar por los caminos disponibles actualmente, ya que no se pueden utilizar los que atraviesan Nueva Estrella. Por otro lado, el pasaje a pie de niños y niñas de Nuestro Amanecer hacia Nueva Estrella donde se realizó un reacondicionamiento de un espacio; hoy en día hay bancos, algun juego pintado, aro de basquetbol y una pérgola, llevada adelante por la Intendencia de Montevideo. Este intercambio genera conflictos en la manera de uso de los equipamientos por parte de niños y niñas lo cual deviene en la necesidad de conversar entre adultas de una y otra territorialidad barrial. 

La otra controversia que permite pensar algunas coordenadas conceptuales aquí expuestas, está remitida a Las Cabañitas, territorialidad contigua a Nuestro Amanecer pasando la cañada antes nombrada. El diagrama geoterritorial dispuesto presenta tres calles prácticamente paralelas que tienen conexión a pie en un extremo -a espaldas de Nuestro Amanecer- y del otro lado por Pantaleón Pérez -una calle transitada de la ciudad de Montevideo. Una de las consecuencias de este diagrama tiene que ver con la consolidación de territorialidades dentro de Las Cabañitas, vecinas y vecinos nombran tanto de un lado como de otro de la calles una barrialidad común, pero hay prácticas cotidianas marcadas que muestran intensidades distintas. Particularmente interesa aquí considerar una controversia suscitada a partir de la necesidad de cuidar un foco de luz puesto entre la cañada y Las Cabañitas


Controversia 1


Una tarde de recorrida por Nuestro Amanecer un grupo de niños relata que no los dejan ir a jugar al espacio de plaza en la Cooperativa Nueva Estrella. Ante algunas preguntas parece que hay descontentos en la manera en la cual adultas de la cooperativa maneja los usos del espacio por parte de niños y niñas, lo cual impide que adultas referentes de lo mismo les permitan ir a jugar. Esto hace proliferar conversaciones con adultas que remarcan las complejidades que implica el perder salida desde Nuestro Amanecer hacia el casco histórico del barrio donde se encuentran los principales servicios, dentro de ellos el pasaje del transporte colectivo. El suceso del incendio y otros más relatados demandan generar un encuentro entre adultas de un lado y del otro de las rejas o lo que es mayoritariamente nombrado como aquellos que son de la cooperativa y los que no. 

En la previa a este encuentro se genera un intercambio entre vecinas tendiente a consolidar la idea de la reunión prevista unos días después, el cuál tenía como trasfondo las maneras de habitar que estaban siendo señaladas pero que no energía con dicha claridad. En un momento determinado, entra un perro a la cooperativa desde Nuestro Amanecer lo cual genera gran revuelo por parte de los otros perros de la cooperativa lo cual da ingreso a algunas dimensiones del conflicto puesto sobre la mesa. ¿De qué maneras se habitan estos espacios?

Podríamos pensar en un esquema similar al siguiente: rejas y ladrillos configuran un emplazamiento cerrado que actúa de umbral entre quienes viven de un lado y del otro; equipamiento nuevo en un espacio libre que se dispone por parte de la Intendencia de Montevideo para su uso; niños y niñas que lo utilizan de diversas maneras; adultas que no están de acuerdo en la manera en la que se usan y por lo tanto despliegan estrategias para la desestimación del tipo de uso que se le da; otras adultas que no están de acuerdo con las estrategias desplegadas por las primeras adultas; perros que se encuentran y generan revuelo en la cooperativa. 


Controversia 2


Se coloca un foco de luz en Las Cabañitas, justo al costado de una vertiente del arroyo que corre a espaldas de Nuestro Amanecer. Vecinas y vecinos se reúnen para pensar estrategias que impidan que el foco de luz sea sacado y usado para vender por parte de otros vecinos y vecinas también de Las Cabañitas. Una de las referentes barriales más sólidas de la barrialidad, sostiene junto a otras vecinas la olla merendero del barrio, con lo cual reunirse para pensar y discutir dichas estrategias no puede ser en horario previo y consecutivo al almuerzo y/o merienda -dependiendo de las posibilidades de la olla en ese momento. Antes del almuerzo es muy temprano, sobre todo por la logística familiar de ida los centros educativos, la cual se lleva sobre todo la tarea de cuidado de las adultas mujeres del barrio -quienes son primordialmente quienes sostienen también los encuentros para pensar estrategias de solución de conflictos, quienes llevan adelante la olla y quienes en general están presentes para cualquier dimensión del cuidado en Las Cabañitas

Ante este panorama la mañana no es utilizable para reunirse y posterior a la merienda, caída la tardecita las tareas domésticas vuelven a caer sobre los cuerpos dispuestos a conversar de estos temas. El espacio-temporal que resta es la media tarde, es decir, el momento en el cual el sol está pegando fuerte sobre los cuerpos allí desparramados. Esto hace emerger la pregunta de dónde se reúnen, la cual es respondida gestualmente indicando el único lugar de sombra que da en Las Cabañitas, durante el verano: un sauce al lado de la cañada. El espacio de olla es pequeño e incómodo para conversar, seguido de que muchas adultas desde ese punto pueden ver sus hogares y muchas veces quedan algunos niños en él o directamente jugando en la única calle asfaltada que desemboca en el sauce con su sombra. 

No es intención de esta descripción querer invisibilizar todo aquello que se despliega para esta reunión, pero sí darle lugar al rol que ocupa ese sauce llorón, no solo a nivel de las aguas que corren por la cañada, sino también en este encuentro de claro despliegue político en Las Cabañitas. Las preguntas en torno a cómo generar acuerdos de convivencia, cómo crear maneras de habitar el barrio que tengan relación con el cuidado del lugar entre otras, parecen ser poco pensadas sin la presencia del Sauce Llorón, al menos en alguna de sus dimensiones. 

Si realizáramos un ejercicio similar al anterior de esquema de actores podríamos decir que se ponen a jugar: Un foco de luz que es colocado y puesto en discusión a partir de ser considerado como objeto a ser sacado para vender por parte de algunos vecinos; vecinas, mujeres, que participan de espacios de cuidado como por ejemplo esta reunión; un Sauce Llorón que permite reunirse al aire libre en un espacio-tiempo determinado.


Despliegue ontológico relacional

El presente trabajo parte de la idea de que lo que existe, un piojo, una mesa, una gaviota o un humano, lo hace en tanto práctica; cúmulos de relaciones que conforman madejas y que se efectúan en nodos, de los cuales puede nombrarse una cañada o una persona caminando por la plaza. Dichos cúmulos adquieren consistencias de mayor o menor intensidad, es decir, que toman mayor o menor duración y ello tiene connotaciones directas en su extensión. Lo que sea que podemos nombrar o experimentar -aquí no se establecen escalas jerárquicas de existencia, es decir, un sueño no es menos existente que un banco, sino que espesa la realidad de otro modo- remite a gradientes materiales que configuran existencialidad en la producción de mundo. Esta configuración se entiende a partir del materialismo relacional propuesto por John Law y Annemerie Mol (1994) donde la heterogeneidad de constitución relacional de la materia demanda pensar en la producción de su continuidad o duración. En este sentido, las madejas no están ya construidas esperando a ser nombradas, sino que por el contrario, hay que producirlas, dejándose entrever un inminente cambio en la agentividad de aquello que la coordina. 

Timothy Morton (2019) en un breve pasaje hace notar que la ontología puede pensarse en tanto lógica paradojal acerca de cómo existen las cosas, con lo cual se puede decir que no está remitida a una esencia trascendente sobre la cual apoyar una idea de tal o cual ser y a partir de allí los accidentes que sufre en su actualización. Muy por el contrario, lo que emerge es un ser en tanto devenir (Deleuze, 2017), es decir, un estar siendo constante que en lugar de remitir a una posición ya estipulada, propulsa al ser al porvenir. Si tomamos la dimensión de lógica paradojal (sin profundizar en este texto lo que ello demanda) inmediatamente contamos con algunos corrimientos interesantes para el despliegue de la ontología relacional. Por un lado, los principios de no identidad, no contradicción y tercero excluido pierden consistencia; a propósito del materialismo relacional podemos decir que una persona caminando en una plaza está a la vez caminando en una plaza y su vez pensando en que va a comprar en el almacén, y a la vez lo caro que están las cosas. Así como no podemos decir que no está caminando, no podemos decir que a su vez no está haciendo otras cosas. De hecho la compra que hará en dicho almacén tiene su propia figurabilidad, es decir, es ubicable cognitivamente en tal o cual góndola, para pasar por las heladeras de lácteos  y terminar en las cajas, pero siempre en el mismo lugar, es decir que, lo que sí podemos decir es que lo que se hace implica movimiento y a la vez reposo, movilidad y quietud a la misma vez. ¿Por qué jerarquizar una sobre la otra?

De este punto se desprende un segundo movimiento, y es que se torna evidente que el asunto no es dilucidar si algo es verdadero o falso, sino si adquiere mayor o menor intensidad real, o -tomando algunos atajos- si está bien o mal construida. Bruno Latour () plantea trabajar sobre el hecho de que las redes, o las madejas antes comentadas, están construidas, de varias maneras y varios materiales, pero construidas. Así como si se escarba un poco en medio de la ciudad-cultura se llega a que sus elementos constituyentes son propios de otro conjunto moderno naturaleza-sin intervención humana, lo mismo sucede si se siguen los rastros de castores y se entiende que no tienen suerte de vivir en un ambiente ameno para su vida, sino que son los artífices de ello. De este modo, el autor propone una nueva herramienta de discernimiento para la ciencia: todo está construido, sea por castores, hormigas o arquitectos, solo que algunas cosas están bien y otras mal construidas. Es claro que no se trata de considerar estos aspectos bajo parámetros morales, sino considerarlos en tanto aumento y disminución de potencia vital, a la spinozana. Algunas construcciones permiten mayor o menor durabilidad, o en términos del materialismo relacional, algunas relaciones logran asociaciones que intensifican su existencia y otras no tanto; es posible que si le preguntamos a quien describimos como caminando por la plaza rumbo al almacén, si encontró a tal o cual vecina en su caminata, nos responda que él no caminó por la plaza. Bajo esta perspectiva esto no es ni falso ni verdadero, sino que es lo que adquirió menor intensificación en su expresión real de lo acontecido. 

Poder pensar en una lógica de cómo existen las cosas, por un lado tiene plena relación con considerar al ser en tanto devenir, ya que se actualiza en sus existentes, y ello no es en detrimento de un accidente o deformación o copia, sino en tanto producción, el ser se produce en su existente, su actualización. Y ello se ubica en nuestro nodo en la madeja, en tanto efecto de producción relacional, con lo cual, el existente es una relacionalidad, un grado de intensidad que adquiere mayor o menor extensión dependiendo de sus asociaciones. El hecho de que algo exprese una manera de cómo existe ya denuncia la inaplicabilidad de si esto entra entre lo verdadero o lo falso, si es posible e incluso inevitable que lo que se modifique cada vez sea ese algo que se constituye espacio-temporalmente a partir de su configuración, su propio ritmo. ¿Cómo existe una esquina? ¿Cómo existe un campito? ¿y una calle?.

El asunto a subrayar es que tanto en el materialismo relacional como en la propuesta de Morton de una ontología orientada a los objetos (ooo), lo que se pone en jaque es que algo pueda adquirir existencia en sí mismo y por lo tanto pueda ser categorizado; los bosques, las casas, los relojes, las ideas, se componen de todo tipo de cosas “las partes de la biosfera no andan por ahí siendo sólo partes de la biosfera, escriben poemas, tienen una apariencia sexual y te molestan cuando piden comida y se hacen amigas de los peces de colores de un estanque” (Morton, 2019, p. 173). El hecho es que se torna inevitable considerar a los no-humanos dentro de nuestros esquemas epistémico-metodológicos, es decir, en tanto aumentan la realidad de nuestras investigaciones. 

El hecho de no considerar de qué manera participa un Sauce en una reunión, o qué pasó justo allí donde un perro hace ladrar a otros parecería ser un error ontológico que demanda pensar la incidencia epistémica. Se torna evidente que pensar un objeto de estudio ya no responde a considerarlo desde un paradigma positivista (en un dualismo sujeto-objeto y sus consecuencias) ni tampoco en torno a determinadas perspectivas que se operan a partir de considerar que de fondo ya está consensuada una especie de esencia investigativa. El gesto inmediato demanda considerar un objeto en tanto multiplicidad, siendo las relaciones a las que es capaz de entrar, su propia producción inmanente. No es que el sauce ya contenía sobre sí mismo la posibilidad de actuar en una reunión, es que el sauce se actualiza en su singularización; deviene cobijo para el encuentro entre cuerpos. 

Movimiento, espaciotemporalidad e individuación


Entendiendo al movimiento como lo que produce espaciotemporalidades y no se remite a la homogeneización de su recorrido (Deleuze, 2009), se propone pensar que el mismo es quien da lugar al sujeto del conocimiento y no viceversa, lo cual se sostiene a partir de entender que lo que desprende el movimiento son procesos mínimos de individuación (Simondon, 2015). 

En las tesis de Bergson retomadas por Gilles Deleuze (2009) sobre el movimiento, se subrayan algunas coordenadas claves para continuar con este trabajo. Por un lado, el espacio divisible no se debería confundir con el movimiento; este último remitido a su duración, es decir, aquello que no cesa de diferir y en su diferir se produce, en una variación continua. De ello deviene el hecho de que no se reconstituye el movimiento a partir de que se sucedan instantes. La idea de que puedo crear cortes en el espacio y medirlos en el correr de los instantes remite a una idea abstracta y homogénea del tiempo que se puede uniformizar. El movimiento, recuerda Deleuze, es lo que se hace siempre entre-los-cortes. 

La segunda tesis bergsoniana propuesta por Deleuze, tiene como efecto el hecho de que lo importante está remitido a la manera en que un movimiento se continúa, no su detención, sino justamente, la continuación de un instante en el siguiente. Esto hace que “el instante siguiente no sea la repetición del precedente” (Deleuze, 2009, pp. 58). Este aspecto se apoya más concretamente con la idea de un todo abierto que sostiene en tanto duración; el todo es lo que se crea, lo que se hace, y ello se desprende de la creación y el advenimiento de lo nuevo en la duración, de lo cual se desprenden dos categorías que interesan para la continuidad de esta escritura: la creatividad en tanto posibilidad de que emerja lo nuevo; la concrescencia en tanto producción de lo nuevo en la propia creatividad. 

Por último, esquemáticamente, la tercera tesis retomada por el autor remite a que el gesto de realizar cortes inmóviles al movimiento formulados en instantes, no refleja el hecho de que el propio movimiento es corte de la duración, siendo este último un corte temporal y no espacial. 

El movimiento es justo lo que se da entre; entre una esquina y otra, entre una mirada y otra. Esto significa que lo que se da desde una esquina a la otra es un desplazamiento configurado desde un esquema sensorio motor habitual, biomecánicamente calculable y homogeneizable, pero dos aspectos emergen de ello. Por un lado, como lo plantea Bruno Latour (2015) lo que se pierde en dicha configuración es la acción; al desagregar la misma a puntos y desplazamientos, la acción queda invisibilizada. Por otro lado, dicho ejercicio se transforma en una narrativa descriptiva de sucesos que nada dicen del propio desplazamiento, como si andar pudiese ser extraíble en aquello por lo que se anda y de la manera en la que se anda. La acción plegada en el movimiento actúa en la propia acción que se transforma para emerger como acción, no es desagregable entre coordenadas sujeto-objeto: alguien se desplaza a tantos metros por segundo de una plaza hacia la parada del transporte colectivo y demora tanto tiempo. Si bien estas coordenadas funcionan en lo cotidiano, es decir, dan la ilusión de funcionar -calcular cuánto tiempo se demora en salir de casa para llegar a la parada del transporte y así llegar a tiempo al trabajo o a un encuentro de ocio- nada explica del lugar que ocupa el trabajo, de los recorridos de los transportes colectivos en la ciudad, ni tampoco la configuración de su emplazamiento urbano. Pareciera por momentos que nada de eso participara en el andar. 

El movimiento como corte de la duración, como aquello que interviene directamente en lo real, nos permite entender que el andar, por ejemplo, o la gestualidad emergente en un encuentro con un vecino conocido, con una ex pareja amorosa, o con un grupo de personas del club deportivo rival, no es explicada únicamente por la intención de un yo, ni tampoco es obligada por un contexto que estaría allá afuera y que hiciera que tales gestualidades fueran unas y no otras. El movimiento es lo que hace mover, y no lo describible fenomenológicamente (una niña corre detrás de una pelota) y aquello que hace-mover es en sí mismo performativo. Con esto se quiere decir algo muy preciso, y es que no se trata de considerar que ante un movimiento pudieron existir otros -quizá esto sí podria hacerse pensando desde el desplazamiento- como si se tratara de una simbolización del movimiento de los cuales emergen una pluralidad de ellos pero que siempre son en tanto movimiento inalcanzable que siempre se escapa al movimiento real. Tampoco se trata de considerar que el movimiento puede interpretarse de varias maneras, y alguien puede considerar que se está caminando, desplazando, andando, corriendo, pero siempre sobre la base de un único movimiento que se pluraliza en función de sus interpretaciones. 

El movimiento aquí considerado no es una esencia de la cual emergen varias interpretaciones -pluralidad de movimiento- ni tampoco posibles de los que se realiza uno -pluralidad invertida arrojada al pasado. El movimiento es en tanto multiplicidad, y se produce de manera inmanente a las relaciones que se anudan en su entramado; no es ni uno ni múltiple, es fuerza que agencia y en su des-pliegue desprende bloques espaciotemporales donde se anidan focos simpoiéticos orientados a la producción de lo real. En tanto corte temporal, el movimiento ofrece un plegado en el caos, en las fuerzas intempestivas desterritorializantes, operando condiciones problemáticas de existencia sobre las cuales devienen rasgos individuantes. No hay movimiento previo al movimiento, sino desprendimientos intensivos que se actualizan con cada expresión, cada mover-se. 

Lo que se despliega de la controversia 1, el cerramiento de la cooperativa, no se explica únicamente por la necesidad de tener que caminar más, ya que la vuelta a dar para salir de Nuestro Amanecer es más larga, ni tampoco porque un camión de bomberos ocupe un espacio que alcanza con los pasajes que le quedan para su tránsito una vez adentro de Nuestro Amanecer. No es una cuestión de medición o cálculo sino de ciertos diagramas que constriñen el habitar, el diseñar ambientes para la vida (Ingold, 2012); “antes íbamos y veníamos, estábamos juntos, ahora nos dicen los de allá abajo” (Vecina de Nuestro Amanecer). Parece que lo que se juega no es el recorrido en un espacio, sino la producción de un lugar, que empuja maneras de ver y de decir, de pensar, de imaginar, todo un proceso de subjetivación. 

En el andar de vecinas y vecinos que se trasladan de una territorialidad barrial a otra dentro de lo que podemos denominar como Flor de Maroñas, no solo el cuerpo opera una transformación en la propia acción, sino que también lo hace la gramilla a sus pies en los tramos donde no está asfaltada la calle, o ni siquiera hay una calle marcada para transitar. Tampoco quedan indemnes los espacios amplios donde cuerpos se reúnen a considerar solicitar al gobierno de la ciudad que se mejore el pasaje entre una barrialidad y otra; no quedan afuera los vínculos que la necesidad de organizarse y pensar juntos y juntas demanda ni las colillas de cigarrillos que inundan el círculo determinado para dicho encuentro. Y por fin, tampoco queda indemne el espacio mejorado, con la vegetación cortada y el camino allanado. La madeja de relaciones y los nudos que se acontecimentalizan puede llamarse movimiento. 

Evidentemente al considerar al movimiento en su estatuto ontológico lo que se desprende es cierta problematización de las consideraciones que habitualmente sostenemos sobre el espacio. En este sentido Tim Ingold (2015) propone que dichas consideraciones están vinculadas a cierta producción moderna y que pueden ser entendidas en tanto “lógica de la inversión” (p.9). De este modo el autor desarma la idea de que exista un espacio plausible de funcionar con la praxis cotidiana, siendo la idea de lugar no su correlato sino la imagen que mejor despliega lo que sucede, lo cual sucede en algún lugar y no en el espacio siendo que de la manera en la cuál eso sucede y cómo sucede son relaciones inmanentes a la propia configuración dónde ello sucede. Un lugar no es un cerramiento en el espacio, sino un despliegue constante el cual configura un estar de paso, un atravesamiento y no un continente donde se desplegaría un contenido.

Al pensar en la controversia 2, puede no sólo pensarse paradojalmente que un foco de luz no está presente en lo que allí sucede, sino que a lo sumo el movimiento que produce el encuentro entre vecinas es al rededor de él. Por el contrario, no se trata de delimitar un tema en torno al foco, sino de pasar por el, el foco no explica todo lo que acontece cuando vecinas se encuentran en Las Cabañitas; el cansancio producido por las labores de cuidado, la incomprensión de los centros educativos a la hora de pensar por qué un niño o niña de Las Cabañitas no asiste cuando hay lluvias intensas, si hay o no hay comida para abrir el merendero. Todas estas líneas se tejen en la conversación cuando un grupo de mujeres se encuentra bajo un sauce a pensar estrategias de convivencia a propósito del cuidado de un foco de luz. 

La inversión planteada anteriormente permite considerar que una territorialidad barrial no necesariamente privilegia en su composición el hecho de configurarse en torno a cierta identidad en relación a tal o cual lugar, sino por el contrario, pensarla en torno a una producción en devenir, donde son necesarios muchos rituales para establecer arreglos mínimos de consistencia que permitan nombrar Nuestro Amanecer o Cabañitas. Lejos de pensarse en tanto cerramiento espacial, dichos lugares no solo son múltiples, es decir que se componen en determinada singularización espacio-temporal, y que en ocasiones responden a determinados parámetros que permiten su caracterización, sino también que no están ahí esperando a ser nombrados o caracterizados; una territorialidad barrial se constituye en determinada tensión relacional que sostienen determinados nodos de la madeja, o en los términos de Ingold (2015) un barrio está en-mallado. De esta manera es que lo que se despliega ante la constitución de una territorialidad barrial pareciera estar más vinculado a una involución, es decir, las entidades que sostienen tal o cual ritmo barrial lo hacen diferenciándose cada vez en líneas diferentes sin remitirse a una mismidad.

Esta malla no está a la espera de que algo se tope con ella para devenir tal, sino que es creada acontecimentalmente, y en sus anudamientos desprende bloques espacio-temporales donde anidan modalidades existenciales singulares. Este asunto es quizá una invitación pensar que el lugar no está en el espacio, sino en el repliegue del tiempo. La malla funciona en la actualización de relaciones las cuales generan un espesamiento temporal, una curvatura en las fuerzas caóticas intempestivas ofreciendo un enlentecimiento que permite un ritmo existencial determinado. Es este ritmo lo que podemos nombrar como territorialización (Deleuze, Guattari, 2015); un pliegue en el tiempo que mantiene una relación inmanente con modos de existencia que le son contemporáneos.

Este plegado del tiempo puede pensarse en tanto acumulación tensil de fuerzas caóticas involutivas; cuando por insistencias dichas acumulaciónes traspasan un umbral intensivo derraman cascadas transicionales que dan lugar a lo individuado y campo de individuación, individuo y entorno son contemporáneos (Simondon, 2015) estando siempre en constante devenir. Los bloques espacio-temporales cargan mundos y sus modos de existencia adjuntos siendo desprendidos en torno al derrame de dichas cascadas intensivas y pueden pensarse desde aquí cómo lo que toma consistencia en territorios existenciales a partir del movimiento. Este aspecto es quizá el que se desprende de pensar al movimiento en tanto corte de la duración bergsoniana y ofrece pistas para pensarlo en tanto condición problemática de existencia de los procesos de territorialización, estos procesos se efectúan en una dimensión urbana en tanto territorialidades barriales.


Cosmoecología barrial


Despret  y Meuret (2015) trabajan sobre el concepto de cosmoecología generando atravesamientos a líneas de orden político que no se sostienen por el ideal aristotélico del animal racional. Inevitablemente considerar que actuación, intencionalidad, agencia, no son caracteres esenciales que hablan del animal racional, sino que demandan ser pensados a la luz de cierta pragmática existencial de lo ordinario. Lo que hay son relaciones, y dichas relaciones producen lo real; lo que hay son prácticas y los modos de existencia que ingresan en aquello que diagrama las maneras de encontrarse no son únicamente portados por una estructura del lenguaje. De hecho si pensamos en la política en tanto régimen de construcción de mundo común, lo que emerge es un paisaje composicional que se configura con entidades heterogéneas; la vegetación que crece en los bordes de la cañada y que permite aminorar el efecto del calentamiento de los cuerpos por el sol veraniego de enero, participa de las relaciones que sostienen el encuentro entre cuerpos en las territorialidades barriales contiguas las cañadas y que no han sido equipadas urbanísticamente para este tipo de encuentros. 

Se torna evidente este aspecto cuando consideramos la intervención que hace-hacer el perro entrando a la cooperativa y disponiendo accesos directos a las cuestiones en conflicto. El ruido que esto despertó permitió el ingreso de imaginarios concedidos al cuidado de dicho perro, a la manera de transitar que tienen niños y niñas que no son de la cooperativa y a la manera en que las adultas y los adultos tienen de conversar de ello. Tanto el perro como la vegetación participan en la manera en que se produce política, se colocan diferencias en común y se despliegan mundos comunes. 

La imagen cosmoecológica permite pensar al barrio a pesar de las insistencias simbólicas e identitarias con las que se carga habitualmente a la hora de pensar la producción barrial. Por un lado, demanda considerar la dimensión material y artefactual como partícipes de la dimensión común, es decir como entidades que actúan en la puesta de las diferencias en común. A su vez,  La dimensión cosmoecológica desconfía de los grandes relatos de la historia que, aferrados a determinados regímenes de veridicción, afirman cual ha sido el por qué se llama de tal manera un barrio, o quienes tienen la potestad para hablar de esta historia y dónde es que se encuentran los lugares que dan cuenta de ello. El desconfiar no está aquí remitido a desacreditar un relato, sino a su relocalización; un relato se constituye en serie con otros y efectúan el por qué, el quién, el dónde, y no viceversa. Más que sostener los grandes relatos, pensar en una cosmoecología barrial nos permite crear atención en lo cotidiano, en los gestos mínimos que enmallan una territorialidad, sosteniendo las diferencias que la componen sin ahogarla en sus semejanzas. Es este aspecto el resaltado por Despret y Meuret, pensando una ciencia de lo ordinario y tiene como fortaleza considerar una política necesariamente multiespecie que le da lugar a los perros de Nuestro Amanecer y Nueva Estrella y a los sauces llorones de las cañadas.

De esta manera, lo que emerge es la necesidad de considerar que lo real remite a una constante y variable simbiogénesis multiespecie y que por lo tanto brinda herramientas para la recomposición del real simbiótico aportado por Morton (2019). Este autor utiliza este término para referirse a la hibridez y heterogeneidad de las mallas que nos componen; lo humano, así como un bosque o un gato solo pueden ser entendidos en tanto holobiontes; basta con separar las comunidades bacterianas de aquello que puede nombrarse como humano para darse cuenta que no existe algo como lo humano previamente estipulado. El autor nombra a la separación entre lo humano y lo no humano como Desgarro y esto tiene efectos sociales, ecológicos y psíquicos. 


¿Es posible una epistemología más que humana?


De lo anterior se desprenden algunas inquietudes, que no logran ser en este apartado más que balbuceos que sostienen el reconocimiento e de crear preguntas que pongan en común la heterogeneidad que compone las relaciones que producen mundo; las diferentes modalidades de existencia que componen la experiencia del movimiento en Flor de Maroñas. Una consecuencia de esto es la consideración de que el conocer no es ni una actividad específica de ser humano, ni un efecto de la constitución subjetiva. Parecería tener más consistencia el hecho de que los procesos de subjetivación se desprendan de estrategias de conocimiento, y que estas últimas no se restringen a quien se inscribe a un programa de investigación, sino que enrolan a quienes producen cotidianamente aquello que puede nombrarse como objeto de estudio. 

Este último aspecto demanda considerar las estrategias metodológicas que se despliegan en torno a aquello que se investiga. ¿Cómo crear preguntas con una esquina, un foco de luz, o una cañada? Evidentemente esto no significa hacerle una pregunta a una cañada y esperar una respuesta, lo cual sería una trampa al solitario dentro del esquema hegemónico racionalista, desarrollista y dualista sobre la cual se sustentan todas las catástrofes eco-socio-políticas modernas -desde la modernidad a esta parte- actuales. Sino que implica un corrimiento a la ilusión sujeto-objeto, activo-pasivo, dentro-fuera; no se trataría, en este caso, de que un sujeto -quien investiga- le hiciera una pregunta a un objeto -un árbol-, esperando que este último le devolviera una respuesta, sino de que una pregunta crea procesos individuantes donde emergen algunos vinculados a la subjetivación y objetivación,  aunque ninguno fuese de los más interesantes. 

¿De qué manera una pregunta pone a trabajar sobre una línea investigativa a vecina, foco, árbol, quien investiga. No se trata de que un polo activo-sujeto, le aplique estrategias a un polo-pasivo perro, sino de seguir las líneas que adjuntan modalidades diversas de existencia, de las cuales un perro, o un investigador, no solo no explican dichas líneas, sino que las detienen. Pareciera conveniente, a partir de considerar lo real simbiotico aportado por Morton (2019), evitar atajos como dentro-fuera, ellos-nosotros. No alcanzan las líneas aquí restantes para darle la claridad demandada a este aspecto, pero se trata de acceder a la malla existencial que compone a perros, árboles, cañadas, vecinas, niños y niñas, ideas, sueños, miedos y juegos, lo cual permite experienciar las líneas que nos componen cotidianamente sin la necesidad de clasificar y jerarquizar la manera en la que se actualiza tal o cual nodo. 

El pensar en aquello que hace-hacer, por ejemplo el perro en el ingreso a la cooperativa, no significa que el perro tuvo la idea de ir a ladrar para que la vecina pusiera sobre la mesa cuestiones de convivencia hasta entonces invisibilizadas. Implica pensar junto al pragmatismo de Wiliam James, que en el estar haciéndose de las cosas no es posible -por fuera de la racionalidad tan costosa a nuestros métodos investigativos- estancar el proceso en un polo sujeto y otro objeto. Esta dimensión adquiere plena relevancia a la hora de seguir aquello que participa de lo agenciado, sea un sauce, un perro, un foco, una vecina o las cianobacterias durante el verano. Participar implica un hacer-hacer a otros actores sosteniendo las diferencias que son puestas en común. 

En este sentido, se subrayan aperturas a la producción de conocimiento o al quién del conocimiento, a propósito de dar lugar en la estrategia metodológica a seres no humanos e incluso a los considerados seres no vivientes. En este sentido, toma vital relevancia los aportes vinculados a la dimensión expresiva de la materia que permiten relocalizar la dimensión vital de la misma (Bennett, 2022). La autora permite, pensando con Deleuze y Guattari (2015), considerar a la materia como participante de la política, en tanto cosmopolítica (Stengers, 2014). Una de las prácticas habituales de ver en niños y niñas ahora que parte del espacio de juego en la cooperativa está pintado, es acostarse en el piso y hacer movimientos de fricción. Esto hubiese sido imposible previamente, ya que este lugar tiene, fuera de estas manchas de pintura, zonas rugosas con piedras de pedregullo desperdigadas, lo cual no torna disfrutable dicha fricción. ¿Es posible pensar que la pintura está creando relaciones que crean cuerpos que diseñan un habitar afectivo? ¿Acaso la pintura de piso no participa en prácticas corporales disidentes en relación a las hegemónicas? y si esto fuera así, ¿no participa en la composición de mundo común, es decir en la emergencia de la puesta en común de las diferencias que nos componen? Y en ello, ¿no tensa nuestras reflexiones sobre el método y grillas intelectivas?


Bibliografía de la ponencia

Referencias bibliográficas


Bennett, J. Materia vibrante. Una ecología política de las cosas. (2022) Buenos Aires, Caja Negra.

Deleuze, G. Diferencia y repetición. Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2017.

Deleuze, G. Guattari, F. (2015) Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia, Pre-textos. 

Despret, V. Meuret. M. (2016) Cosmoecological Sheep and the Arts of Living on a Damaged Planet. Environmental Humanities 8, no. 1. p. 24-36.

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