Repensar el trabajo y las juventudes a la luz de una antropología de la incertidumbres.

SP.14: Etnografiar la transformación: géneros, patrimonios y rituales en Latinoamérica

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Antonella Delmonte Allasia Universidade de Buenos Aires
María Rosa Privitera Sixto Universidade de Buenos Aires

Introducción


Los cambios en el mercado laboral, los modelos de acumulación, las políticas regulatorias del espacio urbano, las tecnologías y, más recientemente, la pandemia del COVID-19 junto con las políticas de confinamiento, han tenido un impacto profundo en la manera en que las personas viven el presente y proyectan el futuro. Algunos de estos cambios son de larga data y se han desarrollado de forma progresiva, lo que ha permitido mantener cierta previsibilidad y conservar expectativas sobre el futuro. Aún así, la incertidumbre puede suscitar la adopción de nuevas prácticas y la modificación de los horizontes de expectativas. Otros, sin embargo, son cambios abruptos que alteran los supuestos que organizan la vida cotidiana. En este sentido, las crisis representan cambios que escapan a las expectativas de las personas y, al ser consideradas como una forma de incertidumbre radical, intensifican la falta de certeza respecto a cómo se presentará el futuro inmediato. 

Las crisis pueden dar lugar a variedad de respuestas, entre las cuales se encuentra el desarrollo de estrategias colectivas para la obtención de recursos, el fortalecimiento de redes preexistentes o, en contraste, la prevalencia de intereses individuales. Al mismo tiempo, los cambios no son experimentados de la misma forma por los distintos y desiguales grupos sociales, sino que se encuentran íntimamente vinculados a la trama social de la que forman parte las personas (diacríticos de clase, género, generacional, étnico-nacional). Las experiencias pasadas y las condiciones en las que se vive influyen en la formación de expectativas a futuro y en las formas de transitar la incertidumbre. Estas experiencias pueden llevar a las personas a redefinir prácticas y decisiones, forjando nuevas expectativas en torno a lo que se considera una vida digna de ser vivida. Sin embargo la posibilidad de concretar expectativas de futuro depende necesariamente de relaciones sociales y condiciones materiales de vida que van más allá de la voluntad individual. 

La ponencia propone realizar un recorrido por las principales categorías e ideas que permiten conformar el campo de la Antropología de Las Incertidumbres. En específico, indagaremos en las categorías de incertidumbre, esperanza y crisis, tanto como en la contribución de repensar la temporalidad y la vida cotidiana desde esta clave analítica. Asimismo, nos interesa la vinculación con dos núcleos temáticos en los que venimos investigando desde hace un tiempo: el mundo del trabajo y las juventudes urbanas. Consideramos imperioso incorporar estos renovados debates teóricos en nuestras investigaciones a la luz de los profundos y progresivos cambios que se vienen desarrollando a nivel global, tanto de manera histórica y con mayor énfasis en las últimas décadas, en el mercado laboral y en las juventudes urbanas. Desde una mirada etnográfica, percibimos que estas transformaciones aunque dialogan con procesos globales y de amplio alcance, tienen su expresión particular en los espacios locales. Por tanto, en su análisis demandan estudios de campo que recuperen y profundicen en su singularidad. De forma que nos detendremos en los aportes de la teoría de la incertidumbre para pensar los cambios en el mundo del trabajo y en las juventudes urbanas. Ello, del modo en que han sido halladas en el transcurso de nuestras investigaciones que tienen como objetivo principal estudiar, por un lado, las experiencias y relaciones de trabajo en la industria de la confección de indumentaria y, por otro, los modos en que juventud y espacio urbano se producen mutuamente. En pocas palabras, nos preguntamos de qué manera dialogan estas grandes transformaciones y las maneras en que las personas proyectan y perciben el futuro, tanto como accionan y reflexionan en el presente. Partimos de la idea de que las expectativas sobre el futuro y la posibilidad de una vida digna de ser vivida pueden llevar a los y las trabajadoras y a los y las jóvenes a (re)definir las prácticas y decisiones del presente. A fin de cuentas, nuestra intención es reponer los debates teóricos aquí propuestos para generar nuevas preguntas de investigación centradas en la esperanza y la incertidumbre que resulten en aportes a los campos de estudio del trabajo y de las juventudes.

En la primera parte de este escrito nos dedicaremos a comprender en qué estamos pensando cuando hablamos de incertidumbre así como a plantear la perspectiva metodológica-etnográfica desde la que serán abordadas dichas categorías. En los siguientes dos apartados nos abocaremos a reflexionar sobre las maneras en que la(s) incertidumbre(s) son pensadas en algunos núcleos temáticos en los que la incertidumbre emerge como problemática, poniendo el foco en el trabajo y las formas de ganarse la vida y en los modos de habitar la juventud en marcos de segregación socioespacial. Con este recorte, que surge desde nuestras propias experiencias de investigación etnográfica, nuestra intención es partir de las definiciones teóricas hasta el momento desarrolladas para, desde allí, generar preguntas en ambos campos de estudio, más que dar respuestas acabadas sobre la incertidumbre, la esperanza y las expectativas a futuro. Es preciso subrayar, además, que buscamos diferenciarnos de las concepciones morales respecto de qué es la incertidumbre y comprender los términos en los cuales las personas elaboran experiencias cotidianas ligadas a la incertidumbre.


Principales categorías e ideas para una Antropología de Las Incertidumbres. Perspectiva teórico-metodológica. 


Los problemas de estudio vinculados con la incertidumbre pueden ser rastreados en los estudios clásicos de la Antropología, sin embargo, es en los últimos años que el futuro se constituye como tópico de investigación. Este campo supone que pesquisar la temporalidad futura es nodal para la interpretación de fenómenos sociales actuales lo que contribuye al cuestionamiento de la centralidad del presente (en el campo disciplinar antropológico)  (Visacovsky, 2019). 

Una contribución relevante acerca de la temporalidad futura como tópico antropológico surge del programa desarrollado por Appadurai (2015 [2013]) que busca asirlo como hecho cultural, no reductible al cálculo racional, ni a las oscilaciones de la naturaleza. Como antecedente, el autor jerarquiza los desarrollos de Mary Douglas en torno a un campo volcado al análisis de lo que las sociedades tratan de evitar, por temor al riesgo en que el orden social es puesto allí, y posteriormente los desarrollos que toman por objeto a las sociedades occidentales, donde la autora (en colaboración con Aaron Wildavsky) se aleja del interés en el peligro para dedicarse al riesgo y de modo explícito al “futuro como una dimensión de la vida humana organizada culturalmente” (2015: 387). No obstante, subraya Appadurai, el énfasis que Douglas continuó poniendo en el estudio de las taxonomías y la clasificación, legó en términos disciplinares “un fuerte interés en el riesgo, pero solo una débil concepción de probabilidad, incertidumbre y la manipulación de grandes números” (2015: 387), cuestiones que se han vuelto dominantes en la vida moderna-contemporánea. 

El autor avanza proponiendo, entonces, la existencia de una tensión en la sociedad de los flujos (globalización). Una “lucha tectónica” entre lo que da en llamar “la ética de la posibilidad” y “la ética de la probabilidad”. La primera designa “las maneras de pensar, sentir y actuar que amplían los horizontes de la esperanza, que expanden el campo de la imaginación, que producen mayor equidad en lo que he llamado la capacidad de aspiración y que ensanchan el campo de la ciudadanía informada, creativa y crítica”, y que expresa en términos generales “la política de la esperanza”; la segunda ética “designa las maneras de pensar, sentir y actuar (...) vinculados, por lo general, con un crecimiento del capitalismo de casino que se beneficia de la catástrofe y tiende a apostar al desastre”. 

Con ello, la popularidad de la “incertidumbre”, como categoría, responde en parte a la hegemonía de “las técnicas y mentalidades orientadas a manipular o tolerar el riesgo”, definido este último como “representación estadística [calculable] de todas y cada una de las incertidumbres de la vida” (2015: 388). Frente a ello, el autor insiste en considerar la forma en que la anticipación, la imaginación y la aspiración toman parte en el trabajo de construcción del futuro. O mejor, en la necesidad de examinar de manera informada culturalmente, las zonas y prácticas mediante las cuales ambas éticas entran en contacto en contextos regionales, históricos y culturales específicos. Esto es, conectar las concepciones nativas de incertidumbre, riesgo y proyección como prácticas de la vida cotidiana con, “las ciencias de la anticipación”, “las nuevas tecnologías que han surgido para manejar el riesgo en sus formas acumuladas y catastróficas y para aprovecharlo mediante nuevos y sofisticados mercados e instrumentos financieros” (2015: 393). 

En confrontación al tópico de la incertidumbre, dentro del naciente campo disciplinar que pone su atención en cómo las personas y grupos sociales orientan sus vidas cotidianas presentes hacia determinados fines futuros, también se jerarquiza el tópico de la esperanza (Visacovsky, 2019). Distintos autores coinciden en señalar que la Antropología tiene mucho por contribuir al campo de las incertidumbres debido que a partir del conocimiento empíricamente sustentado que nos permite la etnografía, podemos acercarnos a los modos en que las personas “construyen mundos previsibles, perciben los riesgos y las formas de controlarlos, afrontan diferentes formas de incertidumbre y son capaces de producir esperanzas en una variedad de sentidos.” (Visacovsky, 2019: 21).

La esperanza, desde la visión de Susana Narotzky y Niko Biesner (2020), conjuga las expectativas y capacidades de proyección futura de las personas con las posibilidades reales de llevarlas a cabo. Estos autores ponen el acento en la economía y tienen por objetivo repensarla partiendo desde la Antropología. Para esto proponen estudiar lo que las personas hacen para ganarse la vida, “una vida que valga la pena ser vivida”, en especial en contextos de crisis entendidos como condiciones de incertidumbre radical.  La esperanza y el futuro cobran, desde este enfoque, una relevancia significativa en tanto “la economía consiste en proyectar hacia el futuro” a sabiendas de que la mejoría futura, el sueño de un futuro mejor, se expresa de maneras diversas porque la “mejora” está condicionada local y espacialmente. En suma, comprenden la economía desde una mirada amplia y holística como un esfuerzo por producir y sostener las vidas a lo largo de las generaciones. 

Otro antecedente relevante lo hallamos en Benoît de L’Estoile (2020[2014]) quien recuperando la distinción entre incertidumbre radical (aquella que está fuera del control de las personas) y la incertidumbre relativa (admite agencia humana sobre sí), pone atención en las relaciones y recursos que las personas movilizan para responder a las expectativas sobre el futuro, de acuerdo a sus marcos de referencia y campos de oportunidades, los cuales cambian a lo largo del tiempo, y con ello las configuraciones de incertidumbre. En común con les autores citados previamente, su referente es la situación de vida de los grupos sociales empobrecidos, para los cuales considera que “en un entorno de imprevisibilidad generalizada, el área en la que se puede lograr reducir la incertidumbre es la de las relaciones interpersonales. Movilizar los vínculos personales es un recurso tradicional para los pobres”.

Así, el futuro puede implicar lo desconocido, imprevisible e incierto por lo que contiene una cuota variable y dinámica de incertidumbre, o como muestran muchas investigaciones etnográficas, ella no puede pensarse como excepcional o un síntoma de crisis sino que, por el contrario, puede ser el estado “normal”, la experiencia más común (Kleist y Jansen 2016). De conjunto entonces, estas investigaciones (entre otras) iluminan e invitan a problematizar el lugar que las incertidumbres poseen en las formas de actuar en el presente y hacer lo social de manera desigual.


INCERTIDUMBRE-MUNDO DEL TRABAJO


Desde mediados de los años setenta, el capitalismo atraviesa profundas transformaciones que implican distintos cambios en las relaciones laborales de los países del Norte y Sur global. Estos cambios varían cualitativa y cuantitativamente de acuerdo al lugar en el que nos ubiquemos. A grandes rasgos, en los países centrales las relaciones del trabajo se tienden a individualizar y se tornan más flexibles, fragmentadas, adaptables y frágiles. Aumentan los empleos precarizados y emergen nuevas formas de contratación que quedan por fuera de la protección social tradicional. Con la desestabilización de las regulaciones colectivas, el estatuto y compromiso social del trabajo asalariado entra en crisis (Alonso, 2007; Méda, 2007). El sentido hegemónico en torno al trabajo y la vida laboral deja de ser único y lineal y, en la vida cotidiana de las personas concretas, se produce un incremento de las “incertidumbres” y de las referencias acerca del “riesgo”, en sus múltiples sentidos (Castel, 2011). Así, tal como puntualiza Munck (2017), entre los académicos del norte con el desarrollo de la globalización surge la hipótesis que determina la constitución de un nuevo actor social: “el precariado”. (nota 1) Concebido en términos de clase “peligrosa”, con un marcado acento negativo y reduccionista, termina por quitarle complejidad al proceso histórico de transformación del capitalismo. Al margen, como veremos a continuación, la “precariedad” no resultaba igualmente novedosa en el Sur Global y, mucho menos, una excepción . 

Específicamente en América Latina ya desde la segunda guerra mundial, comenzaron a aparecer asentamientos precarios e informales en las periferias de los grandes centros urbanos y a partir de los años setenta, se desarrolla un avance del modelo neoliberal que concierne formas de reestructuración productiva limitada y, en algunos países, el avance de la flexibilidad laboral (De la Garza, 1997). Así, en una trama que envuelve capitalismo y colonialidad, resulta difícil pensar la reproducción de la vida sin incorporar trabajos por fuera de la lógica salarial con otros registros que exceden a la racionalidad económica y que tienen larga data en la región (Belmont Cortés y Rosas Raya, 2020). Retomando los balances de Munk (2013), acordamos con Wacquant (2022) en que en el sur poscolonial 'la superexplotación, la acumulación por despojo y la acumulación primaria permanente" han sido la norma (191).

En Argentina en particular, se desarrolló un proceso local con algunas divergencias con el resto de América Latina si tenemos en cuenta que el peronismo había colocado en un lugar central al trabajo y los derechos sociales, constituyendo una configuración de alguna manera equiparable a los Estados de Bienestar del norte global (Perelman, 2020). Desde los años setenta y en mayor medida desde los noventa, con el avance del neoliberalismo, aumenta el desempleo y se pierden conquistas laborales históricas, promoviendo situaciones de precariedad dentro de la formalidad o, incluso, situaciones en que conviven empleo y pobreza. Asimismo, en las últimas dos décadas, aumentaron las formas de acceder a recursos por fuera del mercado formal y la construcción de los movimientos sociales como trabajadores (Capogrossi, 2020; Perelman, 2020). 

Tal como escriben Ana Bella Pérez Castro Raúl Contreras Román y  Jessica Itzel Contreras Vargas en la introducción al libro “Ganarse la Vida” (2021): la reproducción social en el mundo contemporáneo”, en el contexto actual de avance del capitalismo global y de la precarización del empleo, la propuesta radica en un acercamiento a las formas concretas que tienen las personas de lidiar con la incertidumbre y hacer posible la vida. En el mismo libro, Perelman propone repensar lo económico desde una visión amplia y argumenta que las perspectivas que se centran en las formas de ganarse la vida (más que en el trabajo) permiten “centrarme en los modos en que las personas de carne y hueso construyen formas dignas de vivir o pugnan por ellas para dar cuenta de las múltiples maneras en que nuestros interlocutores generan prácticas sociales.” (239). A decir del autor, los modos de ganarse la vida implica otra serie de actividades que van “más allá” del empleo, y que deberían resultar centrales para una antropología preocupada por las formas de ganarse la vida, ya sea que permitan obtener recursos o no. En coincidencia con anteriores, la temporalidad (que excede al presente) resulta central para comprender los modos de ganarse la vida.

El trabajo de campo con personas que trabajan en la industria de la confección bajo distintas relaciones -formalizadas, informalizadas o cooperativas- me llevó a la idea de que no hay una dicotomía entre estas economías sino una continuidad plagada de zonas grises, límites difusos (Munck, 2017: 32). En las experiencias cotidianas analizadas, la “incertidumbre” en torno al propio trabajo y en las formas de ganarse la vida, estuvo presente de manera casi transversal aunque se ha manifestado de diversas maneras. 

En algunas ocasiones, en el marco de las relaciones laborales formalizadas que normalmente se combinaban con otras actividades (en la confección o en otros rubros) de una de las fábricas estudiadas en profundidad, la incertidumbre se vinculaba con el desconocimiento sobre las condiciones de trabajo próximas (salario, ascensos de categorías, suspensiones). En otro momento, en la misma fábrica, la incertidumbre emerge y se constituye como parte de acciones de lucha en las que las transformaciones en torno al trabajo son un potencial inminente. Así la incertidumbre implicaba tanto el riesgo de quedar desempleado/a como, al mismo tiempo, la posibilidad de mejorar condiciones de trabajo fabriles. Más allá del segmento formal, exploré el sector textil informal y entre las personas que tenían talleres en sus propios domicilios encontré una casi constante incertidumbre. Esta estaba ligada con situaciones de mayor estructuración como la estacionalidad de la producción y la forma de organización de la producción basada en frágiles vínculos con proveedores de trabajo (marcas, feriantes) así como con situaciones más coyunturales como la presión inflacionaria o los cambios de gobierno. Al mismo tiempo, no es menor subrayar que la incertidumbre también implicaba la emergencia de distintas estrategias de subsistencia en su respuesta. Desde el ajuste de la economía familiar, el pluriempleo y la complementación con otros trabajos (como enfermería, Uber, empleo en otros talleres) hasta movilidades y cambios de residencia (migraciones circulares a países de origen). Por último, en el estudio actual de un proceso de cooperativización que desarrollaron los trabajadores y trabajadoras de una fábrica de confección de lencería que se declara en quiebra, encuentro que incertidumbre y esperanza se movilizan  especialmente en situaciones de espera de procesos judiciales que tienen sus propios ritmos. La espera, en tanto proceso activo, habilitó la proyección y la gestión de formas de organización colectiva del trabajo. En otras palabras, cuando la fábrica cierra, frente a la posibilidad concreta de perder el empleo en un contexto de crisis sectorial y de la economía en general, los/as trabajadores/as deciden ocuparla -mientras realizan actividades en su interior como la venta de cartones o confección para terceros- y como resultado conforman una cooperativa de trabajo que fue imaginada y construida en los meses de toma. 

Este breve repaso por algunas experiencias económicas vinculadas a la confección da cuenta, por un lado, de las múltiples formas de ganarse la vida que encuentran los/as trabajadores/as de la confección en la actualidad constituyendo economías reales. Por otro, muestra a las claras como todas ellas, de distintas formas y con distintos grados, se ven atravesadas por la incertidumbre que por lo tanto resulta más una norma que una excepción. De esta manera da cuenta de la importancia de los estudios etnográficos ocupados en las formas de ganarse la vida que permitan aproximarnos a los distintos sentidos y acciones colectivas motivados por la incertidumbre. 


INCERTIDUMBRE, JUVENTUD y ESPACIO URBANO


Las categorías de riesgos, crisis, incertidumbre y su opuesto, la esperanza, no resultan novedosas cuando se mira a la juventud. Porque en el “debate en torno a quiénes son, qué piensan, cómo actúan” las y los jóvenes en la región Latinoamericana, los polos narrativos que históricamente se han opuesto y complementando han sido los de la romantización/enaltecimiento (en particular cuando se trata de “estudiantes”) y el pánico moral (en particular cuando se asocian a “la calle”), pasando por la figura intermedia del “llanero solitario” que triunfa a pesar de todo (Reguillo, 2012: 12). Por otro lado, y de forma más elemental, porque la noción de juventud en sus acepciones más tradicionales invoca la representación de crisis al definir esta etapa de la vida, al tiempo que categoría transicional que vale en tanto futuro (adulto), negando y negativizado el presente y las prácticas de las y los agentes que la habitaban (Chaves, 2010[2005]; Reguillo 2012[2000]). 

Asimismo, en las perspectivas críticas de esencialismo tales, las incertidumbres (y riesgos) vuelven a dominar el campo de definiciones en torno a las juventudes. Situándonos desde el diagnóstico elaborado por el pensamiento social en los países centrales, desde donde se enfatiza “la emergencia de una sociedad del riesgo y la incertidumbre” vinculado fundamentalmente a “una crisis profunda de las instituciones que organizaron y dieron cohesión a la vida social durante la modernidad”, la familia, la escuela, el trabajo, la política, etc., en el campo de los estudios sobre juventud se subraya un resquebrajamiento del modelo lineal de transición a la vida adulta  (Saintout, 2007). En este sentido, la tendencia es a caracterizar las trayectorias (educativas y laborales mayormente) de las y los jóvenes en términos de lo diverso, no lineal y discontinuo (Macri, 2013), o también de camino a la exclusión, enfatizándose la vulnerabilidad de las transiciones de jóvenes que acumulan desventajas sociales (Saraví, 2010). 

De forma más explícita y reciente, Machado Pais (2020) invita a mirar a las juventudes desde la lente de la crisis entendida como “contexto”, y no como como irregularidad (Vigh, 2008), es decir, en términos de un campo de acción y significado. Ello pone en primer plano las “estrategias defensivas” de las “generaciones que no creen en el futuro o que lo temen” (2020: 31): por un lado, “mecanismos de posesión dirigidos al presente”, donde “el tiempo de espera [es sustituido] por el aquí y ahora del éxtasis”, “un presente que evita la memoria y el futuro que no se deja anticipar” (2020: 54); por otro, “utopías” que unos alimentan con la esperanza de realizarlas y otros transforman en refugio mediante el cual huir “de la realidad que puede deshacerlas” (2020: 54). Pero también hace lugar a “la capacidad de muchos jóvenes para explorar creativamente los intersticios de las crisis”, esto es, a “la creatividad contingente” que “tiende a crear realidades alternativas a las que producen fatalidades” (2020: 198). 

Frente a esta ubicuidad con la que se presenta la categoría de incertidumbre cuando se mira y se piensa a las juventudes en general, surge el interrogante en torno a la incertidumbre como “experiencia vivida” (Williams, 1977), más que como ente o realidad con pre-existencia a las personas, sus prácticas, significaciones-emociones y relaciones. Máxime si se toma en cuenta que en América Latina, la crisis de los “pactos modernos” se articuló a contextos de creciente pauperización y desigualdad, desmantelamiento de los Estados y la crisis del proyecto denominado como nacional popular (Saintout, 2007: 30). Para el caso específico de Argentina, además, la crisis institucional, económica y social expresada en forma de estallido para 2001, constituye un hito a partir del cual las categorías de incertidumbre, riesgo y esperanza reclaman sentidos locales particulares (Visacovsky, 2018; Perelman, 2021). 

En particular, la propuesta es problematizar el carácter espacial de la incertidumbre, a partir del caso de jóvenes habitantes de la comuna 8 de la ciudad de Buenos Aires. Respecto a la comuna 8 cabe señalar que los datos estadísticos elaborados por las agencias de Estado local (EAH) y nacional (Censos), históricamente la destacan por concentrar los indicadores sociales más críticos. Los datos más recientes (2022) expresan la persistencia de la tasa de desocupación más alta a nivel ciudad y el más bajo promedio de años de escolaridad de la población de 25 años y más, así como la distinguen por concentrar en las mediciones de 2021 y 2019 el más alto porcentaje de población en condición de pobreza multidimensional,(nota 2) alcanzando esta categoría al casi 60 % de la población de la comuna. Por su parte, los estudios socio-antropológicos urbanos consideran este fragmento urbano como el epítome de la segregación residencial, que viene alimentándose de la desigualdad de dotación de equipamiento e infraestructura (vivienda, empleo, servicios) en el territorio de la ciudad (Di Virgilio, 2008), y afecta diferencialmente las movilidades cotidianas (Brikman, 2020; Najman 2020). 

A partir de lo hallado en la tesis de doctorado, se plantea la hipótesis de que en los soportes y circuitos agenciados colectivamente por las y los habitantes de la comuna 8, y más ampliamente, de una ciudad moralmente cartografiada, se expresa un ejercicio de “las artes de aspiración”, donde se elabora visión y horizonte de futuro a estrategias y elecciones inmediatas, al tiempo que se da inmediatez y materialidad a deseos y anhelos abstractos (Appadurai, 2015). A modo de advertencia, la pregunta no versa tanto sobre el modo en que las y los agentes concilian sus aspiraciones con sus posibilidades “efectivas”, en coyunturas específicas. Lo que interesa es analizar las diversas y desiguales aspiraciones y anticipaciones que se negocian y conflictúan en la producción de lo urbano, expresadas en nociones de riesgo, incertidumbre, crisis, azar, oportunidad, entre otras. Ello involucra, potencialmente, atender a situaciones/procesos en que las aspiraciones irrumpen en un campo en el que las condiciones de existencia se han visto uniformizadas, generando una deriva para sí mismos, para los pares y para las nuevas generaciones, ofreciendo con ello también a las anteriores, formas heterogéneas de vivir el presente. 

Focalizando en el vínculo entre juventudes y espacio urbano, el riesgo y las incertidumbres aparecen asociadas al miedo, la desconfianza que despertarían las interacciones con desconocidos, que alimentan más propiamente una urbanidad entre pares, haciendo predominar experiencias urbanas de segregación en la ciudad. En este sentido, cuando se mira a las y los jóvenes residentes de la periferia estigmatizada de la ciudad de Buenos Aires, epítome de la segregación residencial, el “salir” se torna una categoría nativa fuerte, interpretada bajo el signo de un movimiento defensivo, un escape a los horizontes degradados y degradantes que el territorio proyecta sobre sus trayectorias (desprestigio). Una hipótesis subsiguiente que propongo es entonces que el territorio, en tanto configurado a partir del entrelazamiento de relaciones entre distintos lugares (Massey, 1991) y a través de una compleja red de prácticas y memorias (Gordillo, 2010: 19; Perelman, 2015), modela actuaciones que no solo suponen vectores espaciales expresivos de segregación, sino además temporales, que involucran la anticipación y el desafío de un futuro degradante de la subjetividad y la sociabilidad, capaz de invocar la potencia creativa: “salir (a)” vs “parar (en)”. Podemos pensar estas categorías nativas como opuestos que hacen culturalmente tangibles ciertas tensiones sociales (Gordillo, 2010), formando parte del repertorio de categorías e imágenes sociales en que la “experiencia urbana” puede realizarse, y naturalizar el orden de las relaciones que les son socialmente permitidas a los actores con el espacio, pero “no la agotan” (Segura, 2017: 131). 

De modo que, si un programa de investigación etnográfico que intente constituir al par incertidumbre-esperanza en objeto susceptible de ser analizado, trata de entender las condiciones específicas que hacen posibles sus formas históricas y culturales particulares, su funcionamiento y efectos (Narotzky y Besnier 2014; Jansen 2016; Kleist y Jansen 2016: 373-374; Boholm, 2003; Visacovsky, 2019; Samimian-Darash, 2013, entre otros), la propuesta es aquí explorar la contribución específica del territorio en la configuración entre diversas formas de vincular pasado, presente y futuro. 


Reflexiones Finales


Este escrito ha intentado partir de las definiciones teóricas, elaboradas en el marco de análisis etnográficos en torno a la incertidumbre, la esperanza y las expectativas a futuro para, desde allí, generar preguntas y arriesgar algunas hipótesis de trabajos en los campos de estudio de trabajo y juventudes urbanas. 

En el contexto de incertidumbres que propicia el modo de producción hegemónico, principalmente nos interrogamos de qué manera las personas  (jóvenes y trabajadorxs) localmente situadas, proyectan y perciben el futuro, elaboran cursos de acción y reflexividad sobre su presente, (re)definiendo para sí y convidando a sus otros (diacríticos de clase, género, generación y étnico-nacionales) la posibilidad de una vida digna de ser vivida 





Notas de la ponencia:

Nota 1. Tiene un rol discursivo similar a las ideas previas de “subclase” y “marginalidad” (Para mayor desarrollo ver Urban Underclass de Perelman, et. al. (en prensa))

Nota 2.  La ficha técnica define la medición de la “pobreza multidimensional”, en alusión a la “población en hogares que sufren carencias concretas de determinados bienes, servicios y actividades considerados necesarios para vivir dignamente en la Ciudad de Buenos Aires”, identificando cinco dimensiones: “alimentación, salud y cuidados, vivienda y servicios, equipamiento del hogar, y privación social y educación”.

Bibliografía de la ponencia

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