Ruralidad y diversidad cercana: revisar las tramas de nuestra propia historia como clave metodológica

SP.16: Antropologías rurales en Latinoamérica y El Caribe: desarrollo, articulación y proyecciones en contextos urgentes de privilegios y desigualdades

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Martin Caruso CIC - UNQ /UNR

Introducción

Este trabajo se divide en dos apartados que describen un estado de situación de nuestra investigación doctoral enmarcada en el Doctorado en Cs. Sociales y Humanas de la Universidad Nacional de Quilmes y financiada a través de una beca doctoral obtenida en la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires(1). Para este espacio de escritura e intercambio colectivo, proponemos mostrar la batería teórica desde la cual partimos y algunos interrogantes de investigación. 

Abrimos el primer apartado explicando, en el ítem 1.A, nuestra problemática de investigación y mostramos los principales estudios previos a partir de los cuales revisamos nuestra problemática. Finalizamos este espacio con algunas preguntas clave que impulsan nuestro trabajo.

En los apartados 1.B, 1.C y 1.D, nos proponemos mostrar el corpus teórico desde el que comenzamos a transitar nuestra investigación. A partir del cruce de ciertas categorías y conceptualizaciones metodológicas, se pretende mostrar al lector de qué manera abordaremos esas preguntas iniciales y cómo organizamos nuestra perspectiva de trabajo. 

En el segundo espacio, indagamos en lo que para nosotros compone un elemento conceptual de vital importancia para nuestra investigación, en particular, pero pensando en nuestra labor en tanto antropólogo/cientista social, en general: el concepto de “diversidad cercana” inicialmente abordado por Ratier y que nosotros retomamos brevemente en este espacio con el objetivo de fomentar el debate colectivo y enriquecer así nuestra futura utilización del mismo. 

Hacia el final del texto, proponemos algunas reflexiones parciales.


  1. Nuestro enfoque y algunas consideraciones teórico/metodológicas

1. A. Estudios previos y preguntas iniciales

Nuestra investigación se centra en las disputas y tensiones identitarias en localidades del noroeste de la provincia de Buenos Aires, signadas por una impronta agraria en sus identidades locales. En las últimas décadas, el funcionamiento del sector agrario muestra un predominio simbólico y productivo del modelo de los agronegocios posicionándolo como articulador contemporáneo de una reconfiguración en términos de transformaciones científico-productivas, actores sociales, y nuevas formas de acceso y explotación de la tierra. En este sentido, el primer interrogante que nos surge es en qué medida esta reconfiguración de lo agrario habría impactado en las identificaciones locales. Ese perfil agrario fue distinto históricamente según qué agro se reivindicaba (por ejemplo, más "chacarero", más "gaucho", o más "estanciero"). Además, no todos en las localidades sentían tan fuertemente la identidad "agraria"; especialmente en ciudades más grandes, "lo industrial" o "lo ferroviario" también marcaban la identidad local. 

Por otro lado, en las últimas décadas, estas cuestiones se han retensionado a partir de los problemas ligados a la contaminación ambiental generada por ciertas actividades agropecuarias. Nos interesa analizar cómo impactan hoy estas múltiples tensiones en la dinámica local. En primer lugar, cómo se configuran las identificaciones de los sujetos en las localidades de estudio, qué representaciones tienen de los otros y, por el otro, en qué medida ese discurso tradicional “agrario” de la región tensiona las identificaciones de los actores agrarios y no agrarios, considerando también la posible existencia de otras identificaciones. Indagaremos, en una segunda instancia, en potenciales acuerdos y consensos en torno a medidas y proyectos que compatibilicen lo agrario con lo socioambiental en proyectos comunes de identificación para las comunidades y que aporten a la discusión en torno a modelos de desarrollo productivo alternativos.

Sobre el noroeste bonaerense existen trabajos que examinan, fundamentalmente, el impacto del neoliberalismo en los modos de producción y en las relaciones laborales rurales y urbanas (Martínez Dougnac, 2008; Moreno, 2022; Sánchez, González y Tamagno, 2018); las consecuencias para la salud y el medioambiente por uso de agroquímicos en actividades agropecuarias (González, 2016; Lucero, 2019, 2020); y, desde nuestro Instituto (IESAC, UNQ) existen investigaciones que, sobre estos territorios, indagan acerca de la construcción de hegemonía y los modelos de desarrollo agrario (Liaudat, 2017a, 2017b, 2019c; Liaudat, López Castro y Moreno, 2020). 

Entre los trabajos que han prestado más atención a lo identitario encontramos algunas agudas observaciones tempranas realizadas por Taylor (1948) y por de Imaz (1965). Por su parte, Balsa (2006) ha analizado cómo la no estabilización de una identidad chacarera incidió, entre otros factores, en la desaparición del “mundo chacarero” pampeano y en la radicación urbana de la enorme mayoría de los productores agropecuarios, modificándose también el perfil identitario de esas urbes. Ratier (1997, 2003, 2004) y Ringuelet (1986) se han abocado al estudio del mundo rural bonaerense, el primero indagando sobre el campesinado y las corporaciones agropecuarias focalizando en sus reconfiguraciones en el marco del neoliberalismo y la globalización, en las regiones centro y sur de la provincia, mayoritariamente; por su parte, Ringuelet, se centró en el desarrollo rural durante los últimos 30 años en un campo de confluencia entre las políticas públicas y la identidad e intereses de los pobladores rurales.

Es por ello que nos surge el interrogante acerca de ¿qué tensiones y disputas existen al interior de estas identidades? ¿En qué medida estas identificaciones vehiculizan un discurso de identidad local? ¿Lo agrario y lo local siguen siendo rasgos relevantes en las identificaciones/identidades de las poblaciones del noroeste bonaerense, históricamente asociadas en su dinámica social y referencia simbólica al agro? Y si así fuera ¿qué peso tiene el discurso asociado al modelo dominante? ¿incide en las formas de identificación? ¿Entra en tensión con otras discursividades? ¿sobre qué tópicos aparecen consensos y tensiones? ¿Aparecen tensiones ambientales? ¿cómo se manifiestan? ¿Se traducen en el surgimiento de nuevas voces?

Nuestra investigación se encuentra dando los primeros pasos, en una instancia exploratoria tanto a nivel empírico como a nivel teórico/metodológico. En este espacio, pretendemos adelantar, a modo de discusión y reflexión, nuestro estado de cuestión, habiendo realizado un primer acercamiento al campo entre septiembre y diciembre de 2023, información que aún se encuentra en estado de procesamiento y  conversión a dato por lo cual no está incluida en esta presentación.


1.B. Ciudades ruralizadas, territorios e identidades

Para comenzar a transitar estos interrogantes, nos parece pertinente el concepto ciudades ruralizadas porque coincidimos con Ratier (2003) en cuanto a que nuestra región de estudio, así como las suyas, posee un gran componente rural en su estructura sociocultural (Ratier, 2003). Esa “impronta rural” excede lo estrictamente productivo y económico, moldeando el paisaje local con características singulares según dónde nos situemos. Si bien el contexto geográfico y temporal en el cual Ratier utiliza este concepto, tomado de Jean (1986), es distinto al nuestro nos interesa retomar esta idea específicamente en relación a que las localidades donde realizamos nuestra investigación se caracterizan por una zona de influencia agropecuaria fuerte que generaría una articulación fluida entre poblaciones cercanas medianas y pequeñas (Ratier, 2003). Y, sumado a este punto, lo siguiente que nos interesa retomar del modo en que Ratier utiliza el concepto de ciudades ruralizadas, es la cuestión de la interacción entre rurales y urbanos donde ya no se percibe como antaño la separación entre el campo y la ciudad como dos realidades distintas (Ratier, 2003).


En poblaciones medianas, con un importante hinterland agroganadero, las redes sociales enlazan campo y ciudad en una trama única que es menester considerar en el análisis social. Eso es fundamental si queremos pensar lo rural no en términos dicotómicos como opuesto y contracara de lo urbano, sino como continuidad entre dos realidades emparentadas e intercomunicadas. (Ratier, 2003: 238)


Este razonamiento de Ratier es de suma importancia para nuestros objetivos generales(2), orientados a indagar en las tensiones, disputas, discursos y prácticas que hacen a la identidad bonaerense, o dicho de una manera que se aplica mejor a nuestra perspectiva, las identidades/identificaciones (Hall, 2003) del noroeste de la provincia de Buenos Aires. 

Es por ello que recuperamos a Ratier, esperando aportar en la superación cierta tensión ficticia entre el “interior” de la provincia, muchas veces representado como totalmente asociado a entidades “ruralistas” y, el conurbano bonaerense como universos separados e incluso opuestos. Es decir, aportar a favor de proyectar nuevas maneras de trazar lazos sociales que desarmen la vieja disputa  campo/ciudad, entre otras, y que permitan diagramar nuevas conceptualizaciones identitarias en las que, paralelamente y situándonos necesariamente en el “clima de época en nuestro país”, podamos encontrar respuestas al resurgimiento de los discursos de odio, la emergencia de ideas que atentan directamente contra la vida de los conciudadanos, el resurgimiento de las derechas en todo el mundo y la emergencia de ideas que atentan directamente contra la vida de los conciudadanos. Nos preguntamos por la interacción entre los diversos actores, sus ocupaciones, los diversos territorios y sus particularidades intentando descubrir los elementos que los amalgaman en pos del sentido de comunidad o comunidades. 

Para ello, consideramos necesario definir cómo entendemos el territorio y, más precisamente el concepto de región(3). Resulta clave para nosotros definir estos conceptos para, por un lado, comprender las identidades sociales territorializadas y, por el otro, describir fenómenos como el apego, el arraigo y los sentimientos de pertenencia socio-territorial. 

Entendemos por territorio el espacio apropiado(4) por un grupo social para asegurar su reproducción y satisfacción de sus necesidades materiales; los territorios pueden ser materiales o simbólicos (Raffestin, 1980; Di Meo, 1998; Scheibling, 1994; Hoerner, 1996).

Partiendo de esa definición, como investigadores, lo que nos interesa de los territorios es que los podemos analizar a través de múltiples escalas geográficas: local, regional, nacional, plurinacional, mundial. Nos interesan especialmente el nivel local y el regional. El nivel local, es habitualmente lugar de afección y apego, y cuya función central sería la organización “de una vida social de base: la seguridad, la educación, el mantenimiento de caminos y rutas, la solidaridad vecinal, las celebraciones y los entretenimientos” (Di Meo, 1998:101). El siguiente lo comprenden los “territorios intermediarios” entre lo local y el “vasto mundo” (Moles y Rohmer, 1998: 100), cuyo arquetipo sería la región. Coincide siempre con un espacio intermediario, no necesariamente contiguo, situado entre el área de las rutinas locales y el de las aventuras o migraciones a “tierras lejanas”. Armand Frémont (1999) lo define así:


De una manera general, la región se presenta como un espacio intermedio, de menor extensión que la nación y el gran espacio de la civilización, pero más vasto que el espacio social de un grupo y, a fortiori, de una localidad. Ella integra los espacios vividos y los espacios sociales confiriéndoles un mínimum de coherencia y de especificidad. Éstas la convierten en un conjunto estructurado (la combinación territorial) y la distinguen mediante ciertas representaciones en la percepción de los habitantes o de los extranjeros (las imágenes regionales). (Frémont 1999: 189)


La región constituye una forma de territorio, por lo cual no es un espacio exclusivamente material, es decir, es una forma de apropiación del espacio a escala intermedia (Moles y Rohmer, 1998). En este sentido, una región debe “cumplir ciertas condiciones”:


Conviene, en primer lugar, que el espacio regional posea los caracteres de un espacio social, vivido e identitario, delimitado en función de una lógica organizativa, cultural o política. Se requiere, en segundo lugar, que constituya un campo simbólico donde el individuo en circulación encuentre algunos de sus valores esenciales y experimente un sentimiento de identificación con respecto a las personas con quienes se encuentre (Di Meo, 1998: 132-133).


La cuestión de las identificaciones es lo que nos convoca esencialmente a hacer este trabajo, partiendo de la base de que no existe una corriente sólida de estudios sobre las identidades de la región noroeste de la provincia de Buenos Aires. Lo cual nos parece significativo considerando que estamos hablando de la mayor región productiva del país (Kicillof, et. al., 2019) y, sin embargo, la enorme cantidad de estudios realizados sobre esta región, desde el amplio abanico de disciplinas científicas, no se han interesado directamente por quienes habitan estos territorios. No sabemos demasiado, o al menos no de manera sistematizada, qué piensan, cómo se identifican, qué rechazan quienes habitan esta región que encabeza la producción agrícola nacional. En este sentido, nos posicionamos en favor del concepto identificación (Hall, 2003) entendido como un proceso. Una identificación que opera en las fronteras, que está sujeta al juego de la diferencia y “necesita lo que queda afuera, su exterior constitutivo, para consolidar el proceso” (Hall, 2003: 16). Por ello, paralelamente se vuelve útil el concepto de identidad, ya que su uso es “estratégico y posicional”, no es una síntesis cerrada, acabada, a-histórica o atemporal (Hall, 2003) y, en la propia práctica cotidiana hace que se construyan identidades complejas con tensiones internas, no cerradas (Bhabha, 1994). 


1.C. Identidades regionales y paisaje

Consideramos importante para lograr una concepción más profunda de estas identidades, la inclusión del término paisaje entendido a la manera que lo hace la geografía cultural que se interesa en la “percepción vivencial del territorio” conceptualizando al paisaje como “instancia privilegiada de la percepción territorial, en la que los actores invierten en forma entremezclada su afectividad, su imaginario y su aprendizaje socio-cultural” (Gimenez, 2005: 14). En este sentido, el paisaje pertenece al orden de las representaciones siendo también construido, tal y como todo territorio, a través de acciones humanas sobre el mundo natural. Para nosotros, el paisaje o, la definición de paisaje desde la cual partimos, pretende encuadrarlo como “un punto de vista de conjunto sobre una porción del territorio, a escala predominantemente local y, algunas veces, regional” (Gimenez, 2005: 14). Esta definición nos interesa ya que como afirma Gilberto Giménez:


se enfatizan dos aspectos: 1) en primer lugar, la idea de algo que se ve, de una realidad sensorialmente perceptible, en contraposición a los territorios ideales o de muy pequeña escala, inaccesibles a nuestra mirada y a nuestro aparato perceptual; 2) en segundo lugar, la idea de un conjunto unificado, es decir, de una multiplicidad de elementos (peculiaridades del relieve topográfico y del hábitat, boscosidades, lugares de memoria, objetos patrimoniales, jardines, etc.) a los que confiere unidad y significación” (Gimenez, 2005: 14).


Lo cual, entendemos, nos ayudará a la hora de aprehender esos sentidos propios de cada lugar, de cada localidad y que, puestos en juego por los actores que los vivencian, -para quienes componen parte de su vida cotidiana-, cristalizan el entramado simbólico de sus mundos sociales. En este sentido, entendemos con Gimenez que los paisajes se convierten en “vectores eficaces de la identidad” ya que “como espacio concreto cargado de símbolos y de connotaciones valorativas, el paisaje funciona frecuentemente como referente privilegiado de la identidad socio-territorial” (Giménez: 2005:15). 

Nos interesa pensar que los paisajes sirven como instrumento que permite modelar las subjetividades territorializadas. Éstas transcurren siempre en un territorio concreto signado por identidades regionales (Bassand, 1981)(5) en disputa, donde nos interesa “la interpretación simbólica que los grupos y las clases sociales hacen de su entorno, las justificaciones estéticas o ideológicas que proponen” (Geertz, 2003: 20). Esta postura interpretativa de Geertz, complejiza el análisis al permitirnos distinguir dos modos de existencia de la cultura (Bourdieu: 1985: 91), por un lado, el estado objetivado (objetos, instituciones y prácticas directamente observables) y, por el otro, el estado internalizado(representaciones sociales, habitus distintivos e identificadores que sirven como esquemas de percepción de realidad y como guías de orientación para la acción). Esta doble conjugación de la cultura nos permite distinguir niveles en la cultura territorial: el ecológico, el etnográfico y, el de los procesos identitarios vinculados con el sentimiento de pertenencia socio-territorial (Gimenez, 2005: 17). En este punto, estamos introduciéndonos en las difíciles relaciones entre la cultura y el territorio, discusión para la cual esta investigación aún no se encuentra avanzada. Sin embargo, nos atrevemos a teorizar brevemente sobre ello, en función de nuestro propio trabajo, diciendo que para una comprensión totalizadora de un fenómeno, cualidad destacada de nuestra disciplina, son necesarias las explicaciones que ponderan estudios sobre la cultura objetivada tanto como las que indagan en formas internalizadas de cultura. Es decir que nuestra visión integra ambos planos ya que se consideran necesarios, no sólo para cumplir el mandato disciplinar sino, y fundamentalmente, para una caracterización lo más completa posible de las identidades regionales.


1.D.  Nuestra perspectiva metodológica

Nuestra metodología se compone de una triangulación de tres técnicas cualitativas de producción de datos. Como punto de partida, haremos observación participante, proyectando estancias de mediana y larga duración, para adentrarnos en el territorio y conocer en profundidad a los habitantes de estos poblados. Este primer registro nos permitirá mapear la zona de estudio a partir de una descripción que genere una base sólida en torno a actores sociales, perfil de las urbanizaciones, situación productiva y discursos en relación con la “identidad/identificación agraria” y otras posibles visiones, voces, emergentes. A partir de este registro apuntalaremos los datos necesarios para, en segundo lugar, realizar entrevistas abiertas en las que indagamos acerca de la memoria histórica de los sujetos sociales agrarios y no agrarios, y la construcción de sentidos en torno a la historia local más reciente. Paralelamente, haremos análisis de discursos locales para rastrear qué discursividades sobre el agro, en primer lugar y, sobre lo local circulan, buscando captar qué niveles de consenso tienen esos discursos públicos en los habitantes de estas localidades.


Siguiendo estas directivas, nuestras búsquedas tienen que ver con identificar qué hace del noroeste bonaerense una región, según nuestra perspectiva asumida. Esta tipificación nos abrirá camino para, paulatinamente, responder las preguntas que guían nuestro trabajo, indagando en las tensiones y disputas político-ideológicas que pudieran surgir.

En términos nacionales, las disputas tuvieron una clara intensificación durante los gobiernos kirchneristas y, un punto casi inicial en torno al conflicto del 2008 que, justamente, retensionó la relación de lo urbano y lo rural. Tensiones que, indudablemente, impactaron sobre las identidades locales. Ello nos habilita a generar más interrogantes, que intentaremos responder a lo largo de nuestra investigación, vinculados a las pujas y tensiones por la hegemonía tomando el año 2008 como momento de “quiebre” que comenzaría a tensionar esas identidades locales, y que como vimos en algunos estudios (Liaudat, 2020, 2019; Moreno, 2021) surgirían nuevas formaciones discursivas (Foucault, 2008, Balsa, 2017b), tales como el discurso ambientalista, el discurso nacional y popular, por nombrar algunas, que entrarían en disputa de ciertas identificaciones “tradicionales” o valoradas positivamente por los actores locales en cuanto a su propia identidad.

Estas formaciones discursivas se abren paso a través de juegos de interdiscursividad (Fairclough, 2001), que son típicos de las disputas por la hegemonía. Así, algunos actores alineados con el agronegocio, recuperan una discursividad agrarista-chacarera (Liaudat, 2022), o una defensa de lo local (Moreno, 2022; 2014; 2010). Del mismo modo, el discurso nacional-popular intenta retomar elementos de la discursividad agrarista-chacarera (Balsa, 2020, 2017). Indagaremos en la capacidad interpelativa de las distintas discursividades sobre el agro en disputa en las diferentes esferas sociales (Bajtín, 2002) tanto sobre identificaciones como en los posicionamientos políticos de los actores. Para ello, nos valdremos del enfoque de Laclau quien explica que las disputas por la hegemonía implicarían “dominar el campo de la discursividad” a través de la articulación de significantes de en cadenas equivalenciales (Laclau y Mouffle, 1987: 129). La construcción discursiva de estas cadenas posibilitaría “ir anudando significantes de forma de construir e integrar demandas en torno a algunos significantes clave para la dominación” (Balsa, 2017: 232).

Así, retomamos el enfoque teórico-metodológico, desarrollado por Balsa y Liaudat (2021, 2020, 2019), para estudiar la eficacia interpelativa de las propuestas que procuran ser hegemónicas. Este enfoque nos permite visualizar los diferentes niveles de consentimiento con el discurso dominante en la esfera pública, como así también considerar los niveles de reacción de los sectores subalternos, que pueden implicar no sólo formas de resistencia sino adhesión a proyectos alternativos que disputan la hegemonía. A partir de la articulación de cuatro planos de análisis (cómo los sujetos interpretan los discursos públicos, la percepción de la dominación, el lugar que los actores le reservan a su propia capacidad de transformar la realidad y la actitud con que acompañan sus posicionamientos discursivos) se propone una gradación de los niveles de consentimiento que comienza con el consenso pasivo bajo y termina en el nivel máximo con el consenso activo total o militante (Balsa, 2022, Balsa y Liaudat, 2021). La no aceptación es lo que se observa por fuera de esta gradación, en tanto el orden propuesto por los discursos en disputa.

En esta línea, y con la idea de profundizar aún más nuestra propuesta de operacionalización del estudio de la eficacia interpelativa, recuperamos la propuesta analítica de Therborn (1991) en relación a su “percepción de la dominación y el lugar que los actores le reservan a su propia capacidad de transformar la realidad”. Nos servirá para observar la enunciación en el discurso y las actitudes (pasiva o activa) que lo acompañan en la consolidación de una hegemonía. Cruzaremos estos planos de análisis para medir la eficacia de los discursos que pretenden constituirse como hegemónicos. Paralelamente, sumamos a nuestra batería conceptual a James Scott (2000) quien introduce el concepto de una discursividad oculta para pensar la eficacia hegemónica. En los espacios “autónomos” de los sectores subalternos surgirían discursos que los distanciarían del discurso hegemónico de la esfera pública, agudizando aún más nuestros cuestionamientos en torno a las formas que adoptan las distintas identificaciones locales. En este sentido, queremos destacar que nuestro aporte al campo disciplinar de la antropología y en particular campo de los estudios rurales pretende arrojar luz en tanto que “los estudios antropológicos enfocados hacia la propia sociedad intensificaron y condujeron a replantear el sentido de las tensiones ligadas a la coexistencia de saberes diferentes” (Ortale, 2019:48) que, funcionando articuladamente y en contextos específicos, son interpretados en términos de hegemonía/subalternidad” (Ortale, 2019).


El trabajo etnográfico es nuestra herramienta esencial para indagar en las perspectivas de los actores sociales (Guber, 2004), que se ve complejizado por el reordenamiento que la disciplina ha sufrido desde la segunda mitad del siglo XX. Este reordenamiento significó, puntualmente, la modificación del objeto de estudio, su corrimiento. Un movimiento que desplazó el campo de análisis antropológico a la propia sociedad del investigador.

Este interés, nos lleva hacia el siguiente ítem planificado para esta presentación, el cual tiene que ver con las maneras de acercarnos al campo para quienes nos abocamos a este tipo de investigaciones, que presenta ciertos rasgos propios del desarrollo de la profesión en general y en Argentina en particular. Nos referimos, específicamente, a la cuestión -imposible de obviar para cualquier antropólogo- referida a estudiar no la otredad lejana y exótica con la cual nos formamos, sino la propia sociedad donde el investigador creció y seguramente pasó buena parte de su vida.


4. Diversidad cercana, revisar las tramas de nuestra propia historia 

Habiendo hecho estas consideraciones teóricas, pasamos a “ponerle nombre a las cosas”, es decir, mostraremos brevemente en dónde se desarrolla nuestra investigación. Como mencionamos al principio, nuestro trabajo se circunscribe a las pequeñas y medianas ciudades de la región noroeste de la provincia de Buenos Aires(6), seleccionadas a partir de dos criterios. Por un lado, la diversidad de tamaño, para lo cual se recortará en dos “agrociudades” (General Arenales y Junín). Por el otro, la dispersión geográfica y el perfil productivo, eligiendo localidades (y sus zonas de influencia cercana) predominantemente agrícolas, en consonancia con la historia productiva de la región. De modo que estudiaremos esos dos partidos del noroeste bonaerense, lindantes y con perfil agrícola, pero con distinto tamaño de sus cabeceras (General Arenales 4.300 hab.; y Junín, 93.000 hab.). 

Dentro de ellos, se entrevistarán a los habitantes de sus ciudades cabeceras, pero también de una pequeña localidad por partido: Arribeños (en General Arenales) y Saforcada (Junín). Para desarrollar este análisis se recuperarán las voces tanto de sujetos directa e indirectamente vinculados a la actividad agropecuaria, como de aquellos sin relación con el agro.


Ubicación del noroeste en la provincia de Buenos Aires y localización de los partidos en los que realizamos nuestra investigación:













                                         Ambos mapas fueron tomados de Principi, 2012.



Nos parece importante destacar, entonces, que la experiencia de vida en tanto investigadores es un elemento que enriquece nuestro trabajo ya que 


 “en la vida de muchos urbícolas hay una infancia y una adolescencia vinculadas a lo rural, aunque se habite en la ciudad y se practique una profesión urbana […] Inclusive en nuestro propio equipo algunos integrantes se incorporaron a la temática tal vez más por factores vivenciales que por simple interés abstracto en la problemática, con las consiguientes consecuencias metodológicas que merecen análisis” (Ratier, 2003: 239). 


Las localidades que antes mencionamos, donde situamos nuestra investigación son parte de nuestro pasado individual, subjetivo. Nuestra experiencia de vida está ligada a ellas por haber vivido ahí, así como la de nuestra familia y, por lo tanto, nuestra historia. Lo que nos interesa resaltar de esta situación es que estaríamos ante uno de los grandes giros epistemológicos de la antropología contemporánea, observando una diversidad cercana (Ratier, 2004), que toma forma en un otro cercano, que vehiculiza las identidades y que se sedimenta en un territorio

Como antropólogos, nuestra manera de adentrarnos en esa cercanía es, principal pero no únicamente, a través del trabajo etnográfico. En este sentido, coincidimos con Geertz (2003) en lo referido al valor de la etnografía para nuestra disciplina y, por lo tanto, para nuestras investigaciones en particular:


… hacer etnografía es establecer relaciones, seleccionar informantes, transcribir textos, establecer genealogías, trazar mapas del área, llevar un diario, etc. Pero no son estas actividades, estas técnicas y procedimientos los que definen la empresa. Lo que la define es cierto tipo de esfuerzo intelectual: una especulación elaborada en términos de, para emplear el concepto de Gilbert Ryle, “descripción densa”. (Geertz, 2003: 20)


El trabajo etnográfico es coincidente con la definición de cultura que plantea Geertz, a la cual adherimos y, por consiguiente, desde la cual leemos nuestra práctica investigativa:


El concepto de cultura que propugno y cuya utilidad procuran demostrar los ensayos que siguen es esencialmente un concepto semiótico. Creyendo con Max Weber que el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido, considero que la cultura es esa urdimbre y que el análisis de la cultura ha de ser por lo tanto, no una ciencia experimental en busca de leyes, sino una ciencia interpretativa en busca de significaciones. Lo que busco es la explicación, interpretando expresiones sociales que son enigmáticas en su superficie. Pero semejante pronunciamiento, que contiene toda una doctrina en una cláusula, exige en sí mismo alguna explicación. (Geertz, 2003: 19)


Tomamos casi de manera literal el enunciado de Geertz sobre que “el hombre es un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido…” en el sentido explícito, sintáctico de esa afirmación: investigamos las propias tramas de significación, no las de la sociedad balinesa o samoana, y éste es el valor “renovado” de la investigación antropológica: indagar en la propia cultura. El desafío está en seguir consolidando y sistematizando esas trayectorias.

La diversidad cercana de Ratier consiste en zambullirse en la propia sociedad, escarbando, indagando en las múltiples capas significativas en las que están inmersos los actores con el objetivo de comprender la totalidad de sus acciones, para modelar respuestas que se acerquen a las búsquedas que, como científicos sociales, nos llevaron a hacer etnografía en un primer momento. 

Consideramos que existe una singularidad en la descripción densa que pudiera realizar un investigador abocado a las interpretaciones no solo de su propia cultura -en un sentido amplio-, sino de su propia comunidad de origen. Este valor puede plasmarse, por ejemplo, en la confianza de quienes operan como informantes, en la posibilidad de acceder a lugares -reales e imaginarios- que de otra manera no se habilitarán. En síntesis, entendemos a la diversidad cercana como un medio que habilita o que es posible de habilitar un acceso más profundo a las diversas capas de significación social y, a ese discurso oculto al que muchas veces es dificultoso llegar.

Cuestión que nos lleva a reflexionar acerca de las singularidades, posibilidades y límites de este “giro antropológico” en general y, su “puesta en práctica” en particular a partir de este “enlace” que sería, para nosotros, la idea de “diversidad cercana”, pero, más profundamente nos impone la pregunta acerca de quiénes componen esa otredad cercana donde, como hemos expuesto, el investigador no es un otro externo que llegó desde el otro lado del mundo para buscar quién sabe qué cosa. Investigador y sujetos investigados, comparten, en diversas medidas, un mundo geográfico/cultural pero, en palabras de Guber (2004) 


El antropólogo y la población provienen de dos universos de significación, de dos mundos sociales diferentes. Esto sucede aun cuando el investigador pertenece al mismo grupo o sector que sus informantes, y ello porque el interés del primero -la investigación- difiere del de sus interlocutores, y su mirada no es como la de alguien en la cotidianidad. (Guber, 2004: 50)


De manera que, en términos de Ortale (2019), la antropología “iniciada con el estudio del otro pensado como radicalmente diferenciado -espacial, cultural e históricamente- respecto de la cultura del investigador, transitó hacia el estudio de otredades cada vez más inmediatas, inclusive provisionales y coyunturales” (Ortale: 2019: 47). Este “giro”, complejiza no solo las bases teórico/metodológicas de la disciplina sino, fundamentalmente, las conclusiones a las que los estudios antropológicos arriban actualmente al investigar la sociedad del propio investigador.

Sin ánimos de iniciar una descripción teórico/epistemológica acerca del desarrollo antropológico a través del tiempo, discusión para la cual no nos creemos enteramente capacitados y que excedería los límites y objetivos de este espacio, nos interesa dejar planteada la transformación y complejización del trabajo antropológico, hoy y, en el caso de este espacio de trabajo, dejar abierta la pregunta a la reflexión colectiva en torno a las diversas y particulares formas de transitar estas vicisitudes en las diversas antropologías latinoamericanas entendiendo que el debate y la discusión entre colegas es lo que enriquece estas palabras.

En este sentido, consideramos que en medio de esta complejización de la labor antropológica, existen dos ejes que no debemos perder de vista y que, entendemos, continuarán guiando hacia buen puerto nuestras preguntas: por un lado la idea de diversidad y, por el otro, la perspectiva del actor


Si la antropología social no ha desaparecido con la progresiva extinción del ‘salvajismo’, si sus objetos de estudio empírico son hoy más que diversos en el mundo contemporáneo, es porque su objeto de conocimiento es de naturaleza teórica […] cuando hablamos de diversidad no aludimos a meras diferencias empíricas -por ejemplo, formas de vestir, de elegir un jefe, de sanar un paciente-, aunque estos referentes constituyen la materia prima de la investigación antropológica. Aludimos, más bien, a la construcción teórica que asigna a la diversidad algún papel en la explicación. (Guber, 2004: 40)


Esta explicación de la diversidad, se ancla en las “manifestaciones” en donde la diversidad se arraiga, que son de índole social, llevadas a cabo por los sujetos. En esta línea, es clave la noción de perspectiva del actor para explicar “el proceso social en su diversidad y singularidad”  (Guber, 2004: 40) ya que 


Los significados desarrollados por los sujetos activos entran en la constitución práctica del mundo y por eso se trata de un ‘mundo preinterpretado’ (Giddens, 1987: 19). A ese universo de referencia compartido -no siempre verbalizable- que subyace y articula el conjunto de prácticas, nociones y sentidos organizados por la interpretación y actividad de los sujetos sociales, lo hemos denominado ‘perspectiva del actor’. La perspectiva del actor no está subsumida exclusivamente en el plano simbólico y en el nivel subjetivo de la acción, puesto que tomamos la acción en su totalidad, es decir, considerando el significado como parte de las relaciones sociales. (Guber, 2004: 41)


Estas dos nociones, tan centrales para nuestra profesión, permiten hoy actualizar la posibilidad y singularidad del trabajo antropológico. En este sentido, y pensando ya no solamente en el plano interno de la disciplina y llevando la discusión a la realidad social, por fuera del mundo académico, estamos en un mundo en constante cambio, que muta y que se transforma al ritmo voraz del capitalismo globalizado. 

La labor antropológica hoy, tiene como tareas principales navegar en estas aguas, considerando que las sociedades a las que estudia están impregnadas, en diversas medidas, por el sistema capitalista y, por lo tanto, los sujetos analizados no escapan a las lógicas propias del capitalismo. Lógicas que delinean, moldean la percepción de mundos posibles de una comunidad. Sobre todo, si es una comunidad donde el capitalismo pisa fuerte, por ejemplo, en los pueblos rurales donde nos toca hacer trabajo de campo: pequeños poblados de no más de 8 mil habitantes e incluso mucho menos(7), en donde se han instalado a lo largo de las últimas tres o cuatro décadas poderosas aceiteras, cerealeras, etc(8).

Indagar en esas lógicas de subjetivación y de elaboración de horizontes sociales es tarea de quienes hacemos investigación social. 


Reflexiones finales

A modo de cierre dejamos planteadas algunas ideas que han ido surgiendo con la escritura de este trabajo. Al adentrarnos en las propias sociedades donde el investigador tiene arraigo, donde hay una trayectoria de vida, su propia biografía impacta de lleno en lo que investiga, en esos sujetos y territorios que conoce o conoció y que, también, fueron/son suyos, de su familia, que habitan su memoria y que, consideramos importante de indagar, en qué medida componen su vida presente, lo cual intuimos, necesariamente tiene consecuencias teóricas, metodológicas y, por lo tanto en su práctica antropológica misma. 

Lejos de interpretar esto como una aparente “desventaja” o “problema”, consideramos que, al contrario, la cercanía del investigador para con los lugares y sujetos que investiga, propicia un acercamiento posiblemente fructífero en tanto elemento capaz de habilitar conocimientos ocultos e incluso inaccesibles de otra forma. Pensamos que esa cercanía también habilita el entendimiento de codigos y simbolos, de tradiciones, ritos y costumbres que de otra manera, siendo el investigador un “completo ajeno a esa cultura”, habría una distancia, una lejanía o un extrañamiento que, sin impedir la interpretación de los fenómenos, puede hacer engorroso su entendimiento o inclusive hacer que se pierdan detalles, elementos que podrían ser significativo para la construcción de conocimiento. En relación a esto último, creemos que la principal virtud de esta diversidad cercana a la cual se expone el investigador que “vuelve” a su pueblo, a su ciudad natal o donde pasó parte de su vida, lo involucra necesariamente de una manera singular a la hora de plasmar en su trabajo esas vivencias y esos conocimientos adquiridos. Conocimientos que, en algún punto, no son del todo novedosos. En ese juego entre lo “sabido previamente” y lo nuevo, entre lo que conoció viviendo ahi y lo que conoce ahora “como investigador”, estaría esa clave que el mismo Ratier advirtió. Qué consecuencias o qué elemento de valor le agrega esta situación al trabajo antropológico en general y al trabajo en contextos de ruralidad en particular, aún es pronto para decirlo pero intuimos que tiene que ver con esto que decíamos antes, de poder acceder a esos mundos locales como con una especie de llave simbólica, invisible que nos facilita el diálogo, el transitar estos territorios y nos acerca a quienes ahí habitan.

En síntesis, pensamos que el investigador abocado a estudiar las identidades locales, sus características regionales y los procesos de subjetivación en el marco de ciudades o pueblos ruralizados, encontrándose en esta situación de “diversidad cercana”, tiene la posibilidad de, partiendo de esta situación, usar su posición a modo de “mapa” y entonces tomar decisiones que afectarán su trabajo de una manera singular, signada por esa historia que lo vincula con esa región. 


Notas de la ponencia:

1. Nuestro lugar de trabajo es el IESAC de la UNQ, Centro Asociado a la CIC.

 2. Esta investigación doctoral se propone analizar y comparar las identificaciones/identidades de la población de localidades del noroeste bonaerense (partidos de Junín, Gral. Arenales y Colón) entre el 2008 y la actualidad, con énfasis en la presencia de lo agrario y lo local como componente identitario nuclear en las identificaciones de los actores agrarios, las representaciones de los actores no agrarios sobre el agro y las disputas y tensiones que atraviesan tanto identidades como representaciones. Para ello indagaremos en el peso del discurso asociado al modelo agrario dominante y de otras discursividades, los tópicos en torno a los cuales surgen consensos y tensiones y si existe la construcción discursiva de alteridades asociadas a la “cuestión ambiental”, focalizando en las pasiones político-ideológicas que tienden a surgir en torno al discurso del modelo productivo de agronegocios. En base a ese análisis se examinarán posibles proyectos alternativos que propongan articulaciones novedosas entre lo agrario y lo socioambiental y los grados de acuerdo/ consenso que podrían encontrar en las poblaciones que participan de la investigación.

3. Desde la geografía cultural las divisiones territoriales comprenden no solo el territorio y la región pero, para el caso concreto de este trabajo focalizamos en nivel local y región ya que son las escalas que más aplican operativamente a nuestros argumentos sin descartar, claro está, el resto de las escalas para el desarrollo ulterior de nuestra investigación.

4. La apropiación supone productores, actores y “consumidores” del espacio, como son entre otros el Estado, grupos locales, empresas, individuos, etc. (Scheibling, 1994)

5. Este autor define a las identidades regionales como la imagen distintiva y específica (dotada de normas, modelos, representaciones, valores, etc.) que los actores sociales de una región se forjan de sí mismos en el proceso de sus relaciones con otras regiones y colectividades. Esta imagen puede ser más o menos compleja y tener por fundamento bien un patrimonio pasado o presente, un entorno natural valorizado, una historia, una actividad económica específica, o bien, finalmente, una combinación de todos estos elementos. (Bassand, 1981 en Gimenez, 2005: 18).

6. Como vimos anteriormente, la delimitación de una región se logra a través de la toma de múltiples decisiones en las que convergen datos, objetivos y medios para lograrlo. Siguiendo la caracterización hecha por Principi (2013) integrante del Grupo de Estudios sobre Geografía y Análisis espacial con Sistemas de Información Geográfica (GESIG) de la Universidad Nacional de Luján, entendemos que la región noroeste de la provincia de Buenos Aires está compuesta por 18 partidos: Carlos Casares, Carlos Tejedor, Chacabuco, Florentino Ameghino, General Arenales, General Pinto, General Viamonte, General Villegas, Junín, Leandro N. Alem, Lincoln, Nueve de Julio, Pehuajó, Pellegrini, Rivadavia, Trenque Lauquen, Bragado e Hipólito Irigoyen. Esta regionalización nos interesa de manera utilitaria más no abrir el debate en torno a las diversas formas en las que puede concebirse el noroeste. Es un punto de partida a partir del cual territorializamos nuestro campo de trabajo y desde donde le haremos otras preguntas, singulares a nuestra investigación.

7. Saforcada, localidad ubicada en el Partido de Junín, en la Provincia de Buenos Aires registra 431 habitantes según el último censo del INDEC (2022). 

8. En esta misma localidad de Saforcada, funciona COFCO International, una agroindustria con casa matriz en Ginebra, Suiza. Esta multinacional se dedica al procesamiento y comercialización de productos agrícolas “con 50 naciones mientras damos a los productores agrícolas un acceso único al creciente mercado de China” -  https://ar.cofcointernational.com/quienes-somos/que-hacemos


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