Resolver el trabajo en momentos de crisis: la cooperativa como forma de ganarse la vida.

SP.74: Desigualdades, ilegalismos y violencias: ¿cómo pensar el estado en esta encrucijada?

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Antonella Delmonte Allasia Universidade de Buenos Aires

Introducción

En Buenos Aires durante la crisis económica, social y política del 2001-2002, las obreras del vestido tuvieron un rol destacado como fueron los casos de la fábrica Brukman, convertida en fábrica recuperada-cooperativa y Gatic, hoy cooperativa textiles-Pigue (Fernández Álvarez y Partenio, 2010).[1] Luego de la crisis, el año 2003 representó un punto de inflexión para la economía argentina y la industria de la confección presentó un rápido crecimiento. De acuerdo con un vasto conjunto de estudios (Ferreira y Schorr, 2013; Montero Bressán, 2018; Salgado, 2012, entre otros), tal crecimiento se asentó en la profundización de las transformaciones del proceso productivo que se venían desarrollando desde los años setenta y, con mayor fuerza, desde los noventa. Estos cambios se resumen en el abandono por parte de las grandes marcas de la tarea de confección y su derivación a fábricas que trabajan para terceros y a pequeños talleres informales, en donde se emplea principalmente a mano de obra migrante de Bolivia, Paraguay y Perú. Este proceso encuentra un quiebre en el 2008 y da lugar a un periodo regresivo para la industria entre los años 2015 y 2019 cuando, a partir de la apertura de las importaciones y la baja del poder de compra del mercado interno, disminuye el empleo en el sector, cierran unidades productivas y se desplaza el consumo hacia la ropa de menor costo (Matta y Montero Bressán, 2020; Fraschina, 2018). Durante la pandemia generada por el COVID-19, la situación para la industria se agrava: cae en más del 30% y se pierden el 10% de los puestos de trabajo formalizados, lo que tuvo un impacto diferencial en los distintos actores presentes en la cadena de valor (Aranda y Matta, 2022). 

Como expresión de la crisis desatada por la pandemia, en el 2021 una fábrica de lencería histórica situada en el barrio de Villa del Parque de la Ciudad de Buenos Aires declaró el cierre. La fábrica estaba dedicada a la corsetería y lencería y tenía su propia marca. Fue fundada en 1931 por un migrante polaco y en 1969 consiguió el licenciamiento de una reconocida marca extranjera lo que la hizo crecer considerablemente. En la década del noventa, expandió su producción y en el 2008, llegó a tener más de 300 empleadas posicionándose como una fábrica referente a nivel nacional en la rama. En un estudio sobre el sector (Graña, Liseras, Gennero de Rearte y Barberis, 2010), se la analiza como un caso modelo en lo que hace a la competitividad y, de acuerdo con su facturación anual, se la define como una empresa grande orientada a segmentos de altos ingresos. En el 2012 fallece el dueño fundador y heredan la fábrica sus tres hijos, quedando dos efectivamente a cargo. Allí los/as trabajadores/as encuentran un cambio de política empresarial debido a la falta de inversión, ausencia de mantenimiento de las maquinarias, entre otras. En diálogo con el mencionado contexto de crisis de la industria, en el 2016 los/as dueños/as despidieron a 40 personas quienes rápidamente consiguieron la reincorporación. Un año después la empresa llama a concurso preventivo de acreedores. Durante el primer año de la pandemia por COVID-19, la empresa suspende a la mayoría de los/as trabajadores/as sin goce de sueldo y hasta diciembre del 2020 les paga solamente el salario complementario impulsado por el Estado Nacional a través del Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP). Finalmente, en el 2021 declararon el cierre. En ese mismo año, luego de un proceso de organización política por parte de sus trabajadoras, en su mayoría mujeres, fue convertida en cooperativa. Al pensar la “cooperativa” tomo a cuenta las ideas propuestas por María Inés Fernández Álvarez (2015) quien prefiere la categoría descriptiva de “prácticas de gestión colectiva del trabajo” porque contribuye a dejar a un margen las nociones teóricas que constituyen repertorios modelos de lo que debería ser una cooperativa para poner el foco en las prácticas contingentes, contradictorias, múltiples “y proponer una mirada situada atenta al carácter (in)puro de estas experiencias” (39). Con vistas a problematizar categorizaciones dicotómicas entre el trabajo con patrón y la cooperativa, en estas líneas se pone el foco en las prácticas y sentidos (Fernández Álvarez, 2015; Señorans, 2020) que van cotidianamente definiendo y redefiniendo los significados colectivos en los modos de hacer el trabajo y ganarse la vida.

En los últimos años un conjunto de investigaciones teóricas y etnográficas tiene como tema central la incertidumbre y esperanza en tanto aborda las distintas formas de concebir el futuro y, en base a ellas, cómo se configuran orientaciones de acción cotidianas en el presente (Visacovsky, 2019). Esta ponencia considera dicho campo de estudios en formación y, siguiendo a Visacovsky (2019), comprende el estado de incertidumbre en referencia al futuro como algo desconocido, imprevisible.

Entre las situaciones de incertidumbre, se encuentran aquellas vinculadas con las crisis económicas, ambientales o la difusión de enfermedades. Dice el autor, “un programa de investigación antropológica sobre situaciones de incertidumbre debe preguntarse cómo las personas identifican, comprenden y manejan la incertidumbre en términos de su conocimiento de las consecuencias y probabilidades de que ciertos eventos peligrosos sobrevengan (Boholm 2003:166)” (Visacovsky, 2019: 8). En particular, las crisis implican una discontinuidad temporal tal que el futuro resulta por definición incierto en un tiempo que se percibe estancado (Visacovsky, 2011). Advirtiendo la carga de la herencia médica en el término crisis, incluso en su uso antropológico, plantea que su interpretación debe estar fundamentada en los modos en los que las personas piensan y actúan en estas situaciones sociales. Atender las interpretaciones de nuestros interlocutores/as sin desconocer los límites externos que condicionan sus decisiones. En suma, la noción de crisis permitió pensar desde la antropología los problemas generados por la suspensión de la cotidianeidad, las percepciones de las incertidumbres, así como los modos de resolución (Visacovsky, 2011). La toma de la fábrica que deviene en cooperativa, además de proyectar al futuro, fue tiempo de “espera”. Por tanto, también resultan de interés aquellos trabajos que en los últimos años han problematizado y puesto como tema central a la espera, alejándose de la idea de espera algo natural o como tiempo “perdido” (Auyero, 2013; Mallimaci y Magliano, 2020; Perelman, 2020, entre otros). Aun más, la incertidumbre resulta una dimensión central de las esperas (Auyero, 2013, Mallimaci y Magliano, 2020). Al tiempo que la espera configura relaciones jerárquicas (Mallimaci y Magliano, 2020) y al decir de Auyero (2013) constituye un mecanismo de dominación.

Susana Narotzky y Niko Besnier (2020) proponen una mirada amplia y holística acerca de la economía, entendida como los procesos implicados en “ganarse la vida”. La esperanza/el futuro también cobra, desde este enfoque, una relevancia significativa en tanto “la economía consiste en proyectar hacia el futuro” a sabiendas de que la mejoría futura, el sueño de un futuro mejor, se expresa de maneras diversas porque la “mejora” está condicionada local y espacialmente. De alguna manera, la cooperativa implicó el esfuerzo de imaginar y gestionar una forma posible de gestión colectiva del trabajo para “ganarse la vida” y también implicó, entre relaciones de cooperación y enfrentamiento, la formación de “colectivos que dan sentido a una vida que valga la pena” (2020: 27).

La investigación postdoctoral tiene por objetivo analizar desde una perspectiva etnográfica la experiencia obrera situada durante el mencionado proceso de transformación de fábrica con patrón a cooperativa, entre 2021 y 2024. La ponencia analiza el proceso de la toma de la fábrica, en particular, la incertidumbre, la espera y las formas de legitimación que implicó. Este primer ejercicio propone interpretar los emergentes del campo a la luz de las ideas de la antropología de las incertidumbres y las formas de ganarse la vida y de esta manera busca contribuir a las investigaciones sobre el trabajo textil.

Las primeras exploraciones en el campo se hicieron en el marco de la tesis doctoral e iniciaron en el 2018 cuando entrevisté a las dos delegadas del sector de costura y, tiempo después a quien fue, por muchos años, el metodista de la fábrica. En el 2021 durante el proceso de toma de la fábrica, he realizado un recorrido por sus distintas áreas, diálogos informales, así como registros fotográficos. A inicios del 2023 reinicié el trabajo de campo como parte de la investigación postdoctoral. He realizado dos nuevas entrevistas a las ahora ex delgadas y he iniciado el contacto con la comisión directiva de la cooperativa. De esta manera, tuve la posibilidad de realizar otras observaciones más en el interior de la fábrica y mantener diálogos informales con varios/as trabajadores/as. Este intercambio se vio interrumpido por parte de mis interlocutores/as por una clausura que tuvieron en septiembre del 2023. 

Tomar la fábrica y esperar. 

En julio de 2020 realicé la primera observación en el interior de la fábrica de lencería. Sobre el final del recorrido le pregunto por los uniformes de trabajo a la delegada de costura que me guiaba y, al mismo tiempo que entramos al vestuario, ella responde “Tenemos unos guardapolvos. Ahí está el mío colgado, con las sandalias. Me quedó colgado del verano.” Entre el verano y la escena habían pasado varios meses, pero allí seguía el uniforme, a un costado de la puerta de salida, como detenido en el tiempo. La producción en la fábrica estaba en pausa y la actividad política, en alzas.  

Dos meses antes de aquella foto, cerca del mediodía, el empleado de seguridad recibe la orden de colgar unos carteles que anunciaban el cierre de la fábrica hasta nuevo aviso. Los problemas venían desde mucho antes. A resumidas cuentas, comienzan desde la muerte del dueño de la fábrica que implicó un cambio en la política empresarial, se profundizan con el gobierno macrista y se acentúan durante el 2020, primer año de la pandemia y del aislamiento, cuando la empresa siguió funcionando con menos de la mitad del personal. Para esto convocaban a quienes tenían menor antigüedad y les pagaban solo por el día de trabajo. Vale reiterar que desde el inicio de la pandemia, la empresa abonó solo el ATP y no pagó los salarios, aguinaldo| ni vacaciones. Entre diciembre del 2020 y mayo de 2021 se abre una etapa de negociación en la que los/as trabajadores/as intentan, sin éxito, cobrar lo que les adeudaban. En este sentido, considero significativo señalar que luego de un año más que inestable, para algunos/as de los/as empleados/as, el cierre de la fábrica estaba dentro del horizonte de expectativas (Narotzky y Besnier, 2020). Acerca del día del intento de cierre, el 05 de mayo de 2021, la delegada de costura recuerda:

“Ay me acuerdo que era una cosa tremenda cuando llegué, ¿viste? Parecía un velorio. Llegué, entré y estaban llorando todos. Lloraba la gente, lloraba la supervisora. Ay, a mí me dio tanta bronca. ¿Por qué tuve esa reacción? No lo sé. Dije, no lloren más. ¿Por qué lloran? (sube la voz) Y me decían, pero esto es el final o sea todo lo que nos deben, no podemos llegar a un acuerdo y ahora ponen que está cerrado. No nos vamos a ir. No nos vamos a ir, nos vamos a quedar acá. Nadie se va a ir. Y ahí empecé a gritar y a decirle a todos, nadie se va a ir, nos vamos a quedar acá. Vamos a seguir trabajando” (Entrevista con trabajadora exdelegada, 29/05/2023)

Aunque el proceso de vaciamiento y la falta de trabajo habían comenzado bastante tiempo antes, el día del cierre marca un punto de inflexión que acentúa la crisis previa y abre un periodo de incertidumbre aún mayor. Los/as trabajadores/as presentes lloraban porque entendían el cierre como el final de la historia de la empresa. A pesar de los gritos de la delegada, los/as “nuevos/as” -así los llama ella- consideraban que no parecía haber futuro posible allí. En lugar de irse, ella convoca a trabajadores/as “antiguos” en quienes encontraba mayor consenso para quedarse adentro de la fábrica al resguardo de las máquinas. Recordemos que había trabajadores/as que desde hace meses no tenían trabajo en la fábrica. Los/as “nuevos”, quienes tenían menor antigüedad, contaban con cinco años de trabajo, pero en gran parte eran trabajadores/as con más de veinte años en la empresa (hasta 36 años). Más allá del sentido de pertenencia construido durante décadas de trabajo en la lencería, estos trabajadores/as que tenían entre 40 y 60 años, con motivos de su edad, veían remota la posibilidad de conseguir otro empleo que garantice su subsistencia. Esto último, de acuerdo con sus relatos, resultaba determinante a la hora de tomar la fábrica.

Así, desde el mismo día del intento de cierre, un grupo conformado principalmente por costureros/as antiguos/as, cortadores y administrativos decide quedarse, incluso a dormir, hasta tener novedades sobre la situación. Para poder llevar adelante la toma, luego de una negociación, consiguen que el sindicato SOIVA les pague la comida durante un mes. Aunque fue un tiempo breve, el aporte resultó significativo porque se realizó en un momento en que carecían de cualquier tipo de ingresos. También estuvieron presentes los otros dos sindicatos de la rama (SETIA y UCI).

En un principio y por un breve rato, los/as trabajadores/as estaban esperanzados en que la fábrica se volviera a abrir a manos de otro empleador y con esa expectativa se centraron en tomar las instalaciones y “cuidar” las máquinas. Tanto en las entrevistas y las conversaciones informales como en las noticias periodísticas, las delegadas y otros trabajadores/as se encargan de subrayar que la idea de la cooperativa no fue una opción que hayan considerado desde el inicio. Por su parte, los hasta entonces dueños presentan una propuesta en el juzgado que incluía una reducción salarial del 35% y un régimen de retiros voluntarios. La desdeñable propuesta fue rechazada por los/as trabajadores/as. A pocas semanas del cierre, el dueño pide la quiebra que rápidamente es autorizada por la jueza a cargo:

“Me agarró un ataque de angustia. Porque primero sabía que él había pedido la quiebra, y yo estaba segura que la jueza no le iba, no sé por qué. Yo no esperaba que la jueza le diera la quiebra, porque tenía para seguir. Porque vos podías seguir trabajando en esa empresa, podías contratar a una persona que quisiera trabajar, y vos podías seguir trabajando” (Entrevista con costurera exdelegada, 29/05/2023)

Esto vuelve a cambiar el rumbo de la situación. Cambia la jueza a cargo y envía a un administrador en quien los trabajadores/as no confían porque intuyen que quería vender la empresa. El personal administrativo decide irse de la toma mientras que un grupo de trabajadores -entre los que se encontraban tanto las delegadas de confección como los delegados del área de corte-, con el correr de los días comienzan a pensar la formación de una cooperativa como una alternativa futura factible, en lugar de continuar esperando un nuevo patrón. Así, frente al agotamiento de otras alternativas, la cooperativa se abre como la única forma de resolver y sostener el trabajo. Un trabajo que venía hace más de un año amenazado y en un contexto en que la rama textil en su conjunto venía decreciendo. Al cabo de un mes realizan una asamblea y se autodeclaran cooperativa. La historia hasta aquí propuesta da cuenta de cómo las crisis no sólo exhiben que las estructuras económicas resultan frágiles, sino que también empujan a las personas adaptarse a condiciones variables y a proyectar y crear nuevas formas de vida (Narotzky y Besnier, 2020). En este caso suponen la amenaza de perder definitivamente el trabajo en la fábrica en un periodo en el que el empleo en la rama era escaso y, al mismo tiempo, la creatividad de pensar y gestionar nuevas formas para sostenerlo.

En el proceso de conformación de la cooperativa, los/as trabajadores/as tuvieron el acompañamiento del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES). Destacaban que se sucedía durante un gobierno nacional que, de alguna manera, apoyaba este tipo de iniciativas. De acuerdo con mi reconstrucción, la intervención de militantes de la agrupación La Alameda también fue clave. Al margen de la agenda programática de la organización, sus militantes habían apoyado activamente el conflicto del año 2016 en el que se consigue la reincorporación de los despedidos/as. Por tanto, con ellos se había construido un vínculo previo, especialmente con las delegadas de costura.

No son difíciles de imaginar las tensiones que hubo alrededor de la decisión de impulsar la cooperativa. En la primera asamblea en que se debatió, algunos/as decidieron abandonar el proceso debido a que preferían la opción de vender la empresa con la esperanza de cobrar lo adeudado o porque simplemente creían que la cooperativa no funcionaría porque algunos/as de sus compañeros/as no trabajarían. Mientras que otros/as hasta el momento ausentes, al enterarse de la posibilidad de conformar una cooperativa, se iban sumando. Las conversaciones e intentos de convencimiento eran personalizadas porque el recuento era “voto a voto” hasta que finalmente consiguen juntar las firmas necesarias para el proceso judicial. Por contar con el consenso mínimo necesario y depender de la palabra final de la jueza, estos meses también fueron caracterizados por una gran cuota de incertidumbre, tal como atestiguan los carteles que pude registrar en la puerta de la fábrica, las noticias periodísticas de aquel entonces y los recuerdos conmigo compartidos. 

Desde allí se inicia un segundo periodo de espera hacia la decisión de la jueza. Lo interesante es que la espera se visibiliza, se hace pública activamente. En uno de los reportajes, uno de los delegados de la fábrica dice: “Ahora bueno, nos constituimos en cooperativa, fue la única salida que teníamos. Estamos a la espera de la decisión de la jueza para poder negociar la marca, o sea tener la marca y la continuidad laboral acá en la empresa (…) No estamos produciendo, no, no, no, estamos sí o sí a la espera de la decisión de la jueza. (….) Tenemos toda la fe en que la jueza nos va a dar la continuidad acá”. En consonancia con este discurso, al costado de la puerta de ingreso, los/as trabajadores/as cuelgan un cartel que dice “Somos 122 familias esperando que se expida la jueza” (Cartel en la fachada, registro propio, 13/06/2021. Negrita resaltada en el cartel). Visibilizar la espera aparece dentro del repertorio de acciones políticas.  

En los discursos, la fe y la espera se entremezclan. La espera implicaba una cuota de esperanza en que la decisión de la jueza resulte favorable y, al mismo tiempo, una considerable cuota de incertidumbre debido a que, en concreto, era imprevisible. La espera también suponía relaciones de poder, en este caso, entre quienes esperan (los/as trabajadores/as) y quienes hacen esperar (la jueza). Más allá, posicionarse públicamente como “sujetos que esperan” -mientras estaban ocupando una fábrica- era una forma de resaltar esa relación y el poder de acción de la jueza a quien, de alguna manera, se le delegaba el futuro de la cooperativa. Así, visibilizar la espera en el marco de la toma puede entenderse como un ejercicio de acción política que se contrapone con la idea de tiempo perdido. Terminar la espera, significaba concluir la toma.

Mariano Perelman (2017) en su análisis sobre el periodo que se abre luego de la toma del predio del Parque Indoamericano, argumenta que las reuniones y el tiempo de espera fueron momentos de producción de sentidos colectivos y formación de grupos:

“en las reuniones se fueron configurando los tomadores legítimos. Fue allí donde a la noción de “necesidad” se fue transformando en un argumento moral legítimo. Así los meses posteriores a la toma fueron un momento de espera, como un tiempo de pensar el futuro en un contexto de incertidumbre e impredictibilidad (L’ESTOILE, 2014) así como un tiempo de formación de sujetos como tomadores legítimos” (Perelman, 2017: 242).

En diálogo con el autor, considero que los meses de espera que transcurren entre el cierre de la fábrica con patrón y el inicio de la cooperativa, estuvieron lejos de ser inertes. Al margen de las acciones y negociaciones políticas ya enumeradas, la legitimidad de la toma y de la cooperativa en sí misma estaban en construcción. El argumento que legitimaba la toma se basaba, precisamente, en la necesidad de resolver el trabajo frente a la crisis causada por la pandemia y luego por el cierre y pedido de quiebra: “Hoy ante esta situación de incertidumbre y sin cobrar los sueldos, las deudas se acumulan en el hogar de cada uno de nuestros compañeros” (Comunicado de Unión de Cortadores de la Indumentaria titulado “Empleados en defensa de sus puestos de trabajo”, pegado en la fachada, registro propio, 13/06/2021). Algunas investigaciones sobre ocupación de fábricas permiten ver cómo la legitimidad de la acción directa se fundamenta en la vinculación que se construye entre el trabajo y la dignidad (en oposición al desempleo) o entre el trabajo con derechos y el trabajo sin derechos (Fernandez alvarez, 2015; Señorans, 2020). Aquí se dibuja la idea de que sin cooperativa no hay trabajo.  

¿Era necesario un patrón en la fábrica? ¿Qué actividades y relaciones implica una cooperativa? ¿Cómo se entiende el trabajo? Con mayor o menor grado de notoriedad, algunos de estos debates circulaban en la fábrica por aquellos días de “espera” en tanto hacer una cooperativa implicaba, justamente, su construcción. Con esta idea, no pretendo borrar la historia previa de cooperativas textiles ni tampoco desmerecer el contacto que por esos días tenían con algunas otras experiencias contemporáneas. Más bien subrayar la construcción cotidiana y situada de esta experiencia cooperativa particular.

Otro eje por considerar es que la espera-activa envuelta por la toma y la negociación judicial, había habilitado una serie de novedosas actividades con el fin de conseguir dinero. Estas ponían entre paréntesis la tarea habitual de corte y confección: “Cambiamos de rubro, somos cartoneros ahora. De costura a cartoneros” “Y a la noche somos gitanos (Me señala una bolsa grande con almohadones) A la noche ponemos todo eso acá en el piso, parecemos gitanos” (Registro de observación en la cocina, trabajadoras costureras exdelegadas, 01/07/2021). Durante el tiempo que duró la toma los/as trabajadores/as comenzaron a realizar tareas como la venta de cartones y plástico que les permitían tener unos limitados ingresos. También realizaron pedidos de costura para otros fabricantes, pero no prosperaron porque les realizaban pagos exiguos, lo que ellos/as interpretaron como un “aprovechamiento” de su situación. Estos intentos por conseguir ingresos se ensayaban de manera conflictiva y algunas de las tareas como “vender cartones” no eran bien vistas en la fábrica. En el reportaje anteriormente citado, en referencia a este tipo de actividades, uno de los delegados habla de “changuitas” para diferenciarlas del “trabajo”. Estas actividades económicas fueron limitadas temporalmente y motivadas por la coyuntura del cierre y consiguiente espera.

“De esas cenizas nos rehicimos y acá estamos” (Registro observación, 13/06/2023, trabajador cortador). En diciembre del 2021, la jueza autoriza la conformación de la cooperativa y la utilización de la marca y del inmueble y así da culminación a una espera cargada de conflictos. En la cooperativa participan alrededor de la mitad de los trabajadores/as que tenía la fábrica (56 personas). Al tiempo de su conformación se suman algunos extrabajadores/as que si bien no habían participado de la toma continuaban desempleados o inclusive habían sido contratados en fábricas similares y deciden renunciar al ver que la cooperativa funcionaba.

Al hacerse cooperativa, rápidamente dejan a un lado las “changuitas” y retoman la producción de lencería tal cual la realizaban anteriormente. Para esto, deciden continuar con los proveedores de materias primas a sabiendas que eran de los más caros del mercado. Una de las costureras afirma de manera contundente “Nosotros no queremos perder la calidad y el prestigio, esto no es un taller. Hay que valorar al trabajo costurero”, (Registro de observación, 13/06/2023, trabajadora costurera). Desde las primeras observaciones, percibo que los trabajadores/as compartían y construían una estima alta de la lencería que producían tanto en sí misma como de manera relativa, comparada con otras marcas reconocidas, talleres o centros comerciales de ventas de ropa (mencionan a Sol y Oro, Caro Cuore, Cocot, Avellaneda, La Salada). Este argumento se basaba no solo en la buena calidad de la materia prima, la tabla de talles, la variedad de tasas o en la cantidad de hilos utilizados por prenda sino también en el proceso de trabajo: se destacaba la revisión pormenorizada y manual de las telas, la tensión de las costuras, el control de las costuras, entre otros.

Partiendo de la idea de que lo considerado socialmente como “valioso” puede variar de acuerdo con el caso (Narotzky y Besnier, 2020), a diferencia de otras fábricas que había estudiado, aquí me encontré con que el trabajo de confección de lencería era representado como un trabajo “artesanal” y a partir de allí se lo (re)valorizaba. En otras palabras, bajo la categoría artesanal se enaltecía el propio trabajo separándolo de la confección de ropa general y de otras fábricas de lencería: “Acá en este espacio hay que coser (me muestra una pieza muy chica) acá entran cinco puntadas (...) este es un trabajo artesanal (...) Acá se hace un trabajo artesanal. Esto no es Cocot, no es Sol y Oro. Acá se hace todo y se revisa todo” (Registro de observación, 01/07/2021, trabajadora costurera).

Fanny Gallot (2014), antropóloga francesa que investigó en la lencería Chantelle, habla de orgullo obrero para destacar cómo las obreras se identificaban con el producto que realizaban considerado un “producto bien elaborado”. Por esta vía, dice la autora, aparece la mercancía en sí como forma de defensa del empleo en momentos de crisis. Estableciendo una conversación con Gallot, puedo decir que durante el trabajo de campo percibí cierto orgullo en los cortadores y las costureras tanto por el producto que hacían como por la pertenencia a la fábrica. “En todo el país, no hay otra fábrica de lencería como esta”.  Me arriesgo a decir que la legitimidad de la cooperativa que se construía sobre la necesidad de conservar el trabajo, no se apoyaba en la idea de un trabajo en términos abstractos, sino que, al mismo tiempo, se construía una imagen de un trabajo valorizado concebido como artesanal, en oposición a otras actividades consideradas “changuitas” realizadas de manera invisibilizada durante la espera.

Así, la cooperativa no solo fue una manera de resolver un ingreso monetario en un contexto económico sensible sino también era la posibilidad de resguardar un trabajo que era colectivamente valorado. En este sentido, a pesar de los cambios en la organización del trabajo que implicó pasar de una fábrica con patrón a una fábrica gestionada de forma colectiva, se puede establecer cierta continuidad alrededor de la idea de un trabajo que es concebido como “artesanal”. Esto explica que frente a otras opciones posibles como el abandono de la fábrica, la reconversión de la producción o el abaratamiento de los costos, los/as trabajadores/as hayan puesto su empeño en conservar la fábrica y la marca y en mantener “intactos” los productos fabricados (materia prima utilizada, control de la producción) y, por esta vía, también conservar sus clientas.

Conclusiones

Al analizar la acción de toma, tengo en consideración que el año anterior la mayoría de los/as trabajadores/as habían tenido mínimos ingresos por su empleo en la fábrica. En este sentido, aunque la cooperativa está efectivamente posibilitada por el cierre de la fábrica y el pedido de quiebra, se constituye como una forma de resolver el trabajo en un contexto de crisis vinculado con la pandemia y con el sector textil en particular. A su vez, resulta significativo señalar que entre el pedido de quiebre de la empresa y la conformación de la cooperativa, los/as trabajadores/as se posicionaron públicamente como sujetos a la espera de la decisión de la jueza. De este modo, se quitaba peso a la toma y se ponía el acento en el poder de decisión en la jueza. Pese a que parecía un tiempo detenido, con máquinas y uniformes en desuso, para los/as trabajadores/as la espera implicó una serie de discusiones y acciones que la constituyeron en un proceso vivo.

Los meses en los que la fábrica fue ocupada estuvieron, por un lado, atravesados por una fuerte incertidumbre en torno a la posibilidad o no de conservar los puestos de trabajos. Por otro lado, también abrieron la imaginación de otras formas de ganarse la vida en la fábrica y la emergencia de la gestión colectiva del trabajo como una manera factible de encausar la situación. Finalmente, en este ejercicio etnográfico emerge la idea de trabajo “artesanal” -en un entorno industrial- como sentido colectivo que pone en valor el trabajo en tiempos de crisis y da cuenta de cierta continuidad entre la fábrica con patrón y la cooperativa expresada en el esmero por conservar las tareas realizadas y el producto confeccionado.




Notas de la ponencia:

[1] Sistema de referencias bibliográficas utilizado: Estilo APA, 7ª ed. 

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