Procesos de organización colectiva y formas de reproducción de la vida en contextos de desigualdad social y violencia(s)

SP.71: Perspectivas socioantropológicas sobre las desigualdades en el ámbito del trabajo y la vida de las/os trabajadora/es

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Cecilia Cavigliasso ISHIR-CONICET; Antropología en Colabor-CITRA-CONICET-UMET; NET-UNR

Introducción

En esta ponencia se presentarán avances de mi investigación doctoral en curso, orientada al estudio de procesos de organización colectiva y prácticas políticas de mujeres de sectores populares frente a distinta(s) violencia(s) que permean la vida en un barrio periférico de la ciudad de Rosario. En esta presentación en particular procuro analizar la experiencia de organización de un grupo de mujeres que se encuentran al frente de un centro comunitario en Villa Banana, barrio ubicado en la zona oeste de la ciudad. Este centro comunitario surge a fines de los años ’80, como Comunidad Eclesial de Base (CEB), con una fuerte inserción barrial y un gran desarrollo organizativo en distintos frentes. Tras la crisis del 2001, el espacio vio reducida fuertemente la participación, hasta quedar prácticamente inactivo. Hasta que en el año 2017 fue reactivado por un grupo de mujeres del barrio junto con mujeres proveniente de otros sectores sociales vinculadas a la militancia feminista y a la educación popular.

En esta dirección, me interesa reconstruir el proceso de organización de actual que vienen llevando adelante estas mujeres, atendiendo al modo en que se fueron diversificando y ampliando sus prácticas con el fin de hacer frente a diversas problemáticas y necesidades que atraviesan sus vidas. En este proceso analizo cómo la lucha contra la “violencia de género” fue adquiriendo creciente centralidad en el hacer colectivo de estas mujeres. En segundo lugar, recupero los testimonios de integrantes de la CEB durante los años ‘90, para dar cuenta de los vínculos entre esta experiencia y las formas de organización actuales. De esta manera analizo el modo en que esta iniciativa y las prácticas impulsadas retoman formas de organización sociocomunitarias previas que se actualizan, resignifican y transforman a partir de una serie de procesos sociales y políticos más recientes vinculados a la implementación de políticas públicas orientadas a promover trabajo e inclusión social y la influencia del movimiento feminista. Por último, analizo cómo en la práctica cotidiana de esta organización la “violencia” fue asumiendo diferentes formas y contenidos, para referir a diversas situaciones y problemáticas que atraviesan la vida cotidiana en estos territorios y aparecen de manera simultánea y conectada en la experiencia de estas mujeres.

Para el análisis recupero las contribuciones de la antropología política y feminista[i]. En particular retomo los aportes de una serie de estudios que abordaron los vínculos entre mujeres y política considerando una mirada amplia, que entiende la política como una dimensión básica de la vida cotidiana en lugar de una esfera autónoma con lógicas propias (Grimberg, 2009; Grimberg, Fernández Álvarez y Carvalho, 2009; Fernández Álvarez, 2017). Esta perspectiva habilitó el reconocimiento de sujetos, espacios, prácticas y experiencias negadas e invisibilizadas desde perspectivas androcéntricas y racionalistas, incluyendo la vida cotidiana, las emociones, lo doméstico y lo comunitario como dimensiones desde donde se construye la política. En este marco, procuro dar cuenta de las distintas formas en que las mujeres de sectores populares participan y se involucran en política, poniendo en evidencia su presencia en diversas situaciones y experiencias de organización (Masson, 2004; Partenio, 2011; Espinosa, 2011; 2013; Daich y Tarducci, 2018; Sciortino, 2017; 2018; Pacífico, 2019, 2020).

Asimismo, retomo los aportes de diversos estudios antropológicos que propusieron abordar la(s) violencia(s), considerando la multiplicidad de prácticas, significaciones y representaciones que se tejen en torno a la misma según los contextos, sujetos sociales y circunstancias (Tiscornia, 2000; Garriga Zucal y Noel 2010; Pita, 2017; Cozzi, 2018; Garriga Zucal, 2018). Esta perspectiva toma distancia de una mirada esencialista y estática y la reintroduce en el sistema de relaciones sociales contextualmente determinadas, poniendo de relieve que los sentidos de las prácticas violentas son una elaboración histórica y particular de cada grupo social. Esto quiere decir que su carácter no depende de un contenido específico a priori sino que su misma definición varia de un período a otro y es relativa a su contexto sociohistórico (Garriga Zucal, 2016; 2018).

 

“Las chicas me salvaron”: procesos de organización colectiva de mujeres y “violencia(s)”

“Yo a vos te conozco”, me dice Alicia, la mamá de Mariela[ii], apenas entra por la puerta junto con su nieto de la mano. Con Mariela estábamos sentadas alrededor de la mesa, tomando mates y conversando, mientras Sole y Franco cortaban retazos de tela y cosían a máquina una mochila. “Si” le respondo yo, “del Hormiguero” y enseguida se pone a recordar a otros compañeros y compañeras con los que yo venía al barrio y me pregunta por ellos y ellas. “Estamos reconstruyendo la historia de La Comunidad”, le comenta Mariela “podés contar si querés”. En ese momento me dice que ella no estaba participando, que “no se sentía parte, que ese ya no era su lugar”. No comparte muchas de las cosas que piensan y hacen las chicas que están ahora. Ella querría hacer un comedor o copa de leche, ve que hay muchas necesidades en el barrio, que hay hambre. Quedamos en conversar otro día porque en ese momento se encontraba ocupada cocinando: “Yo me entusiasmo y se me olvidan las papas, se me van a pasar”.

Ciertamente el espacio se encontraba bastante cambiado respecto de la última vez que yo estuve ahí. Estaba más lindo y arreglado. Las paredes parecían recién pintadas de blanco y violeta. Se observaban dibujos y distintos símbolos feministas colgados en las paredes decorando el lugar. Habían tapado el antiguo mural despintado que había sobre la pared frente a la puerta, con la imagen de Jesús con unas manos alrededor y las letras CEB bien grandes y un pan que se divide. En su lugar pintaron a Jesús parado junto con “el pueblo”, negro, indígena y campesino y con muchos colores. Me cuenta Mariela que esa fue la intensión. También arreglaron el portón que “ya ni se podía cerrar” y se remodeló allí la imagen del “ángel de la bicicleta”, como se le suele decir a Pocho Lepratti, militante social y sindical asesinado durante las protestas del 2001 por la policía de la provincia, quien solía frecuentar este espacio. A un costado de esta figura se pintó un sombrero de bruja y una escoba de “Aquelarre”, como habían decidido llamarse el grupo de mujeres que actualmente ocupa y habita el espacio.

Con Mariela nos reencontramos en el año 2018 cuando participo de una reunión con las feministas de Abya Yala para organizar el viaje al Encuentro Nacional de Mujeres (ENM)[iii] en Chubut. Para mi sorpresa esta reunión se hacía en Villa Banana en “La Comunidad”, una organización que yo conocía a partir de una militancia previa, que había funcionado en el barrio durante la década del ‘90 como CEB. En la reunión reconozco a algunas de las mujeres con las que en ese entonces nos habíamos vinculado y desde ese momento empezamos a conversar. A lo largo de ese año realizamos diversas actividades para recolectar dinero para ir al encuentro y viajamos juntas a Trelew. A su vez, durante el año 2019 organizamos una serie de charlas feministas en las que nos fuimos encontrando. Yo venía realizando trabajo de campo en el barrio desde el año 2018 con otra organización y a partir de estos encuentros me empiezo a interiorizar de las actividades que venían realizando y el proceso que recorrieron. Es así que, en el año 2019, les planteo la posibilidad de incorporar esta experiencia al trabajo de investigación que venía llevando adelante en el barrio. 

En uno de los intercambios que mantuvimos, Mariela me cuenta que fue en 2017 cuando se empezaron a juntar con la idea de armar un grupo de mujeres: “éramos 7 mujeres que queríamos hacer algo, no sabíamos qué, empezamos haciendo un grupo de mujeres y después dijimos: ¿Qué vamos a hacer?”.

Este grupo se encontraba conformado por mujeres del barrio muchas de ellas con vínculos de parentesco y amistad entre sí -hermanas, primas, amigas, vecinas-, junto con mujeres provenientes de otros sectores sociales (trabajadoras estatales y estudiantes universitarias) que pertenecían en ese entonces a una organización que mantenía una militancia en el mismo barrio pero que luego rompieron con ese espacio y formaron “Aquelarre”. En ese momento cuentan que “quedamos ahí como, ¿qué hacemos? Y dijimos: “Está La Comunidad. Está ahí el espacio.” Es así que decidieron empezar a juntarse allí, espacio que algunas de ellas habían integrado previamente siendo niñas y adolescentes, pero que desde hacía unos años estaba abandonado, sin actividades, por lo que se encontraba muy deteriorado: “No teníamos luz, no teníamos piso, no teníamos puerta, no teníamos nada” (Mariela). Entonces, como primera tarea decidieron comenzar con la limpieza y el arreglo del lugar para poder habitarlo y “cambiarle un poco la cara”. En este sentido, Mariela recuerda:

“era venir a juntarnos a tomar mate, charlar y pensar qué hacer. Hubo días que veníamos y nos mirábamos la cara y decíamos: ¿Qué hacemos? ¿Por dónde empezamos? No chicas, no vamos a poder, no se puede así ¿Qué vamos a hacer? Y después a la semana siguiente, a lo mejor veníamos y bueno, vamos a limpiar, saquemos todo lo que no sirve. Y había otro día que veníamos y estábamos sentadas mirándonos y mal porque no teníamos recursos, nada”.

Al mismo tiempo, en ese entonces, la preocupación que las atravesaba era: “¿qué podíamos hacer para generar algo de plata para nosotras? Porque la mayoría estábamos sin laburo”. Como me explican, la idea que tenían como grupo de mujeres era generar un ingreso para “ser independientes”, tener su propia plata y “no depender de los maridos” que, “por ahí tenes para comprar alimentos y nada más”. En este sentido, inician un derrotero por diversas iniciativas con el fin de alcanzar este objetivo. Recuerdan que primero empezaron vendiendo rosquitas y pan casero. Después hicieron un taller de tejido con una profesora que duró un tiempo hasta que ella no pudo ir más por lo que no pudieron continuar. En el año 2018 empezaron a coser. Ganaron un proyecto Ingenia[iv] y con eso compraron máquinas de coser. Arrancaron con una profesora que les enseñaba, haciendo repasadores, delantales para vender, “cosas simples”, rectas, porque no sabían coser. También a partir del mismo programa impulsaron un año un taller de cerámica y una murga para niños y niñas del barrio. El objetivo que tenían era “armar una cooperativa de mujeres” a partir del taller textil. Sin embargo, este proyecto quedó en suspenso ya que consideraron que no lo iban a poder sostener de manera formal -es decir, adoptando el formato jurídico cooperativo-, en cambio continuaron bajo la modalidad del taller, produciendo por su cuenta, a partir de encargues que le hacían personas particulares y fundamentalmente organizaciones o la municipalidad. Luego, en 2021, este taller pasó a formar parte del programa Nueva Oportunidad (NO) impulsado por la Municipalidad a partir del cual reciben un subsidio mensual para comprar insumos para la producción:

“Y la idea siempre fue armar una cooperativa, pero bueno después vimos que se nos iba a complicar bastante el tema de la cooperativa. Hicimos todo, lo único que a nosotras nos faltaba hacer era ir y presentar los papeles para cooperativa, porque hicimos el curso… Después cuando empezamos a ver que había un par de cosas que no las íbamos a poder sostener como cooperativa, entonces dijimos: “bueno, no, lo dejamos por ahora.” (Mariela)

En este mismo proceso, las instancias de encuentro entre ellas fueron dando lugar a otros asuntos y problemáticas que las atravesaban y que fueron ocupando lugares cada vez más importantes y prioritarios en su hacer colectivo. En este sentido, como relata Mariela: últimamente estábamos laburando mucho el tema de violencia. Era como que nos íbamos tirando para ese lado, ¿viste?” (Mariela)

Recuerda que en ese momento algunas de ellas atravesaban problemas y conflictos de diverso tipo con sus parejas pero que en un principio de esos asuntos (privados) no se hablaban en el grupo, aunque de alguna forma se conocían por ser la mayoría de ellas vecinas y parientes con un vínculo cercano entre sí. De a poco estos temas fueron emergiendo en los momentos de encuentro y de trabajo colectivo. Así, cuando se empezaron a juntar, a pensar qué hacer, a iniciar las refacciones del lugar y proyectar actividades, comenzaron también a compartir sus historias y experiencias de vida, muchas de estas cruzadas por la violencia machista, dando cuenta de que no se trataba de problemáticas individuales, sino que remitían a una misma trama social, común, colectiva. En ese sentido, recuerdan que muchas de ellas pudieron reconocer e identificar diversas situaciones que habían atravesado y atravesaban como formas de “violencia de género”[v]. Esta noción abarcaba una definición amplia de “la violencia” comprendiendo variadas modalidades—no sólo agresiones físicas, sino también psicológicas, económicas y simbólicas—, muchas de las cuales aparecían invisibilizadas y naturalizadas. Así, Mariela cuenta que, si bien su pareja nunca la había golpeado ella se dio cuenta de otras formas en que él era violento con ella: el control, la manipulación, el condicionamiento, “el que para hacer algo tenga que dar algo a cambio”. A su vez, Sole recuerda otros modos de maltrato a partir de la desvalorización, que la hacían “sentirse fea”, le daban inseguridad y falta de confianza.

En este momento fue importante el acompañamiento que hicieron de una compañera que sufría “violencia de género” y decide separarse. Ella recuerda que “estaba muy mal”, “perdida” y “las chicas la ayudaron”, “me hicieron empoderar”. Con el apoyo de sus compañeras, decide irse de su casa y se fue a vivir con una de las integrantes del grupo con quien tenía un vínculo de amistad previa. A su vez, empieza a participar e involucrarse en las diversas actividades y proyectos que venían impulsando con “Aquelarre”. En este sentido, se suma al taller textil y luego se incorpora como “acompañante” en el taller de peluquería impulsado en el marco del programa NO (luego devenido en Santa Fe Más con el cambio del gobierno provincial en el año 2019[vi]) con el que empezaron a trabajar desde el 2018/2019. En este sentido, esta compañera da cuenta de cómo el grupo la contuvo y la ayudó a enfrentar la separación de su pareja y rehacer su vida:

“Yo tuve una pareja complicada, me separé, tenía mi hijo y era como que no tenía salida en nada, era estar sola con mi hijo, mal, estaba perdida. Y me ayudaron las chicas. Me salvaron y estoy acá y voy a poner el cuerpo acá.”

Es así que, ese momento de incertidumbre, de no saber qué hacer ni cómo, de armar proyectos y que queden truncos, fue también un tiempo de encontrarse, de reflexión, de compartir y acompañarse, que produjo modificaciones significativas en la vida de estas mujeres y, al mismo tiempo hizo que se modificaran los vínculos entre ellas mismas que se afianzaron y se volvieron más estrechos. En esta dirección, distintos estudios sobre la participación femenina en procesos de organización colectiva destacaron la importancia del desarrollo de prácticas de encuentro entre mujeres en tanto posee la potencialidad de visibilizar distintas formas de violencia a partir de generar instancias colectivas de reflexión y dialogo que contribuyen a poner en palabras problemas que suelen remitir al ámbito de lo privado y se hallan naturalizados. De esta manera, se habilitan nuevas formas de enfrentar y significar la propia historia, permitiendo problematizar mandatos, roles y potenciando la construcción de solidaridad entre mujeres (Partenio, 2011; Cross y Partenio, 2011, Espinosa, 2013; Pacífico, 2023).

Así, a lo largo del trabajo de campo pude observar el desarrollo de diversas formas de acompañamiento frente casos de “violencia de género” que involucraron no solo acompañar la realización de denuncias en la justicia, el pedido de medidas de protección, también la escucha, la contención, el compartir información, sino que a su vez, estas formas implicaron muchas veces hacerle lugar en sus casas para vivir y el desarrollo de diversas iniciativas de ayuda económica y de generación de ingresos con el fin de garantizar el sustento y tener -como planteaban en un principio- “independencia” económica.

Como parte de este proceso la militancia feminista fue adquiriendo una dimensión cada vez más importante en la práctica del grupo a partir del involucramiento en distintas luchas contra la violencia de género, por la legalización del aborto (aunque este tema dividió a la organización entre quienes estaban a favor y quienes estaban en contra y defendían de “las dos vidas”), participando de marchas, movilizaciones, encuentros de mujeres. Así, en los intercambios que mantuve con ellas era común que nos pongamos a conversar en torno diversos temas y debates presentes en la agenda feminista como la participación en los encuentros de mujeres y disidencias, en marchas, en reclamos de justicia frente a casos de femicidios, etc. En este proceso fueron importantes los vínculos que se fueron tejiendo con otras organizaciones, barriales, de educación popular y feministas en un contexto de crecimiento de la lucha feminista que permeó diversas experiencias de organización colectiva. En este marco, la problemática de la “violencia de género” fue adquiriendo relevancia en el debate público y en la agenda política a partir de las protestas del “Ni una menos” en 2015, las cuales lograron articular e interpelar un conjunto amplio y heterogéneo de actores sociales, dando lugar a un proceso de organización y demanda por derechos que alcanzó una masividad y legitimidad sin precedentes (Daich y Tarducci, 2018; Sciortino, 2018; Natalucci y Rey, 2018; Frega, 2019; Gago, 2019). Es así que, los debates presentes en la organización en torno las formas en que se define y aborda aquello que se entiende por “violencia de género” no puede ser comprendido por fuera de este contexto y de la construcción de redes, vínculos y diálogos con otras organizaciones e instituciones que intervienen en la construcción de su definición y en los modos de enfrentar esta problemática. Los intercambios que reconstruí recuperan una forma particular de comprender la “violencia” que se hacía eco del proceso reciente de masificación de los reclamos pero que, a su vez, formaba parte de las demandas históricas del feminismo, que ha jugado un rol central en la visibilización de esta problemática (Pacífico, 2023). Los aportes de la teoría feminista permitieron reconceptualizar las fronteras de aquello que se define como violencia procurando comprenderla como un fenómeno estructural producto de un sistema patriarcal general de opresión en el cual acciones más visibles y explicitas se encadenan con otras más sutiles u ocultas (Femenias, 2008, Sagot, 2008).

En esta dirección, registré diversas situaciones que se dieron en el marco de los talleres del programa NO, en las que algunas mujeres ponían en duda su participación -o directamente dejaban de participar- porque sus maridos preferían que estén en su casa cuidando de los/as hijos/as y atendiendo de los asuntos domésticos. En uno de los talleres, una de las mujeres compartió una discusión que tuvo con su pareja:

“¿Para qué vas a ir? mejor quédate en casa con los chicos” contó Vane que le dijo su marido cuando decidió anotarse en el taller de carpintería. Ella quería ir y se anotó igual, “yo quiero participar” repitió varias veces. Argumentaba que estaba contenta de tener un ingreso, que, si bien es escaso, “siempre viene bien” y “se necesita”. Pero además planteó que le gustaba ir al taller, porque se encontraba con otras personas, conversaban, de lo contrario pasaba mucho tiempo en su casa sola, a cargo de las tareas domésticas y del cuidado de sus hijos/as y eso le resultaba agotador por momentos. 

Frente a estos casos y otras situaciones similares, en distintas instancias escuché a Mariela debatir con estos planteos que les hacían los maridos advirtiendo que si bien ellos pasaban mucho tiempo en el trabajo, también tenían periodos prolongados de estar en sus casas y en esos momentos podían hacerse cargo del cuidado de sus hijos/as para que las mujeres pudieran asistir al taller. En estos talleres se inscribieron y participaban principalmente mujeres. Por lo que pude relevar, la mayoría de ellas eran madres y no contaban con trabajos remunerados, sino que dependían principalmente del salario de sus maridos para su sustento, por lo que el acceso a este programa les permitía contar con un ingreso propio -aunque mínimo-. De esta manera se planteó la necesidad de generar un espacio de mujeres entre las integrantes del programa, donde reflexionar y abordar la problemática de la “violencia de género”, poniendo en cuestión asimetrías en lo que respecta a la distribución del trabajo doméstico y de cuidados[vii].

A su vez, frente a las dificultades que se presentaban en relación a la participación se procuró llevar adelante diferentes alternativas para que ésta se pudiera sostener. En este sentido, se fueron acordando y definiendo colectivamente horarios flexibles que fuesen compatibles con los turnos escolares, buscando conciliar el funcionamiento de los talleres con la entrada/salida de las y los hijos de la escuela. Así, muchas de las mujeres de este espacio con las que interactué me comentaban que se habían anotado en esos talleres porque tenían la posibilidad de llevar a sus hijos e hijas, -cosa que no sucedía en otras instituciones/organizaciones donde esto no se permitía- o porque se daban en el momento en que sus hijos estaban en la escuela y podían salir unos minutos antes para ir a buscarlos, etc. De esta manera, la existencia de estos espacios cobró particular relevancia en la vida de estas mujeres que en muchos casos presentaban dificultades para acceder al trabajo remunerado ante la ausencia de alternativas de cuidados, siendo la mayoría de ellas las principales responsables del cuidado de sus hijos e hijas.

De esta manera, es posible observar cómo en la práctica cotidiana la problemática de la “violencia de género” se fue enlazando con otros factores que reproducen la desigualdad y la opresión género. Las diversas escenas registradas, dan cuenta de cómo la definición y los alcances de aquello que se entendía por “violencia de género” se constituyó en un proceso abierto que era debatido y problematizado en el día a día de la organización recurriendo a vivencias personales y a diversas situaciones que se presentaban en la cotidianidad de este espacio, dando lugar a un abordaje colectivo de estas problemáticas. Estos abordajes implicaron desarrollar formas colectivas de reproducción de la vida, pero al mismo tiempo un proceso de repensar y problematizar la distribución del trabajo de cuidados que permita proyectar y sostener la vida por fuera de los vínculos violentos.

 

Antecedentes: experiencias de organización colectiva de mujeres en una CEB

El contexto de crisis y ajuste social que transitaba el país durante los años ‘90 encontró resistencia en el surgimiento o fortalecimiento de una serie de movimientos sociales y territoriales en los cuales las mujeres tuvieron creciente participación. En este sentido, en este apartado, recupero los testimonios de Alicia y Alba que describen la experiencia de conformación de un grupo de mujeres al interior de la CEB, dando cuenta de la importancia que tuvo el mismo tanto para ellas mismas como para ayudar a otras mujeres que sufrían “violencia”. En este sentido, considero que las prácticas y repertorios de acción registrados en el apartado anterior se asientan y recuperan experiencias de organización territorial previas desarrolladas en la CEB de la que algunas de estas mujeres participaron siendo niñas y jóvenes y las unen lazos de parentesco.

Alicia formaba parte del grupo inicial que se juntaba a cocinar para la olla popular.  Esta iniciativa surgió a finales del año ‘89 en un contexto de crisis marcado por la hiperinflación y los saqueos que se produjeron a finales del gobierno de Raúl Alfonsín y devino luego, en la conformación de un comedor comunitario. Cuenta que en un principio ella no estaba muy involucrada porque su marido no quería que participe. Cuando sus hijas entraron en la adolescencia decide consultar a las mujeres de este espacio sobre cómo tratar con ellas temas vinculados a la sexualidad. A partir de esta inquietud empiezan a organizar talleres y encuentros entre mujeres del barrio. Así, este grupo estaba integrado por mujeres que, en su mayoría se conocían por ser vecinas y a la vez por personas de organizaciones cercanas y profesionales (psicóloga). En este proceso, recuerdan que la construcción de vínculos de confianza entre ellas fue central:

“hicimos un grupo grande, como 10, 12 éramos y entonces se quedó que ahí, lo que se hablaba ahí adentro no se podía decir a nadie afuera. Si vos querías saber lo que pasaba ahí adentro del grupo, tenía que invitarte alguna. Entonces ahí nos hicimos mucho más amigas de todas, porque fuimos las que empezamos a confiar las cosas, todas, y vos sabías lo que me pasaba a mí, yo sabía lo que te pasaba a vos, porque charlamos. Pero no se podía salir de ahí adentro, no.” (Alba)

En este sentido, como relatan, la condición de no divulgar las cosas que se conversaban en ese espacio con otras personas generó un ambiente de confidencialidad que les permitió compartir y poner en común historias, experiencias de vida, problemas y dificultades que en un principio eran difíciles de hablar. En este marco, se fortalecieron los vínculos entre ellas de afecto, amistad y confianza y se dio un proceso en el que muchas pudieron reconocer y problematizar diversas situaciones de “violencia de género” que atravesaban:

“Fuimos aprendiendo lo que es la violencia, que no es solamente el golpe. Que también es el maltrato psicológico, económico. Esto de: “Vos no servís, no podés hacer eso.” No permitirte hacer otras cosas que no fueran cosas del hogar o de los hijos.” (Lorena).

“éramos mujeres que también veníamos golpeadas, teníamos problemas, tanto de golpes físico como distintas violencias. O sea, algunas decíamos: “Ah, pero a mí no me pega.” Pero te recontra cagaba la vida con otras cosas, éramos todas maltratadas digamos y de una forma o de otra” (Alicia)

Así estas instancias de encuentro y reflexión colectiva contribuyeron a desnaturalizar situaciones vividas atravesadas por distintas formas de “violencia(s)”, así como también a cuestionar roles y mandatos de género, produciendo cambios en sus vidas. En este sentido, Alicia recuerda:

“Era como que no me gustaba lo que pasaba en mi vida. Yo sentía que algo no me gustaba, pero bueno, yo estaba acostumbrada a que: “Es tu marido. ¿Te gustó? Te quedas con tu marido.” Era lo que me decía mi mamá. Te tenés que quedar con él. Y bueno, y después que yo me separé, pude hacer lo que a mí me gustaba hacer, todo lo que yo tenía adentro y que no lo podía hacer, no sé si por miedo. Con el tiempo creo que me di cuenta de que era por miedo a estar sola nada más. Y yo creo que ese es uno de los mayores miedos que tienen las mujeres, el quedarte sola. No sé, no poder con cinco chicos, con tus hijos. Porque antes era el “qué dirán” más que nada” (Alicia).

Según el relato de Alicia, este grupo de mujeres tuvo un impacto muy significativo en su vida y en la de otras mujeres que allí participaron. Algunas de ellas se separaron de sus parejas, pudieron identificar y superar experiencias de “violencia(s)” y darle valor a lo que ellas querían, valorarse a sí mismas, poder desarrollar proyectos propios, adquirir confianza y seguridad en sí mismas como parte de un proceso colectivo.

El grupo de mujeres, muchas, me cuento yo entre ellas, conocimos parte de nuestras vidas que no sabíamos que existían como ser la dignidad. Muchas mujeres, en ese momento, creo que lo único que sabíamos era que el hombre mandaba en la casa y se hacía lo que el hombre decía, y si el hombre te cagaba a palos, estaba bien Y ahí es como que empezamos a aprender que nuestros derechos valían, que lo que sentíamos o lo que queríamos también valía. Entonces bueno, ahí empezamos, pasaron años y cuando nosotras nos empezamos a ver nosotras, las que empezamos a pedir ayuda, empezamos a ver que estábamos un poco más fuertes, empezamos a ayudar a otras mujeres” (Alicia)

En este proceso, el grupo de mujeres fue ampliando los vínculos con distintas organizaciones y actores del territorio. Esta red que fueron conformando les permitió fortalecerse y desarrollar herramientas para ayudar a otras: “Y nos empezamos a hacer cargo de las mujeres maltratadas, golpeadas” (Alba). En este sentido, recuerdan que buscaban acompañar a la mujer que sufría “violencia” de diversas formas, iban a sus casas, las invitaban a formar parte de los espacios colectivos, las acompañaban a hacer las denuncias, procuraban no dejarla sola: “Y nos juntábamos, las acompañaban también a lo que era el médico o se los visitaba seguido para ver cómo estaban, se los invitaba a la Comunidad a que vengan a participar.” (Alicia)

Recuerdan que trabajaron alrededor de casos complejos, que involucraban historias de vida atravesadas por muchos años de “violencia”, que se repetía a través de generaciones. En estos casos procuraban acompañar a las mujeres y de manera conjunta a las familias:

“Se trabajaba con todos, con la familia, no es que buscábamos que se separara o que el matrimonio se disolviera, tratábamos de trabajar tanto con el marido como con la pareja, ¿no? Porque había criaturas también. Y bueno, la idea era trabajar con ellos para que no sigan con eso.” (Alicia)

En las situaciones donde la mujer decidía separarse, una de las problemáticas que debieron afrontar, fue la de encontrar un lugar para vivir. En muchos casos fueron las mismas integrantes de este espacio las que abrieron las puertas de sus casas para alojar a mujeres que sufrían “violencia” y debían abandonar sus hogares porque se encontraban en situaciones donde corrían peligro:

“Teníamos una mujer acá, el marido la andaba buscando con un revólver. Yo nunca me olvido, yo la tenía en mi casa, la habíamos escondido acá y después de día, como yo tenía chicos, la llevamos allá atrás y a la madrugada salimos, fuimos a tribunales a hacer la denuncia, un habeas corpus, me acuerdo”. (Alicia)

En algunos casos también recuerdan que solían pedir ayuda a diferentes contactos y conocidos, entre ellos el cura, para que las ayudaran a conseguir “un ranchito” donde vivir y también generarse un ingreso trabajo que les permitiera independizarse económicamente del marido para no tener que volver con ellos. A su vez, en ese momento contaban con la ayuda de psicólogos y médicos para atender estos casos. En este sentido, destacan que fueron importantes los vínculos que fueron tejiendo con distintos profesionales que participaban del espacio que se contactaban a través del centro de salud o partir de los vínculos con distintas organizaciones sociales e instituciones de la iglesia. Estos fueron parte de las redes de contención y cuidado que fueron creando para hacer frente a la “violencia”.

Estos testimonios permiten advertir acerca las conexiones que vinculan la experiencia del grupo de mujeres de la CEB con el proceso de re-organización que vienen llevando adelante las mujeres desde el 2017. Considero que las prácticas impulsadas y el involucramiento en la lucha feminista se enlazan y recuperan formas de organización sociocomunitarias precedentes en las cuales la construcción de redes de acompañamiento y contención entre mujeres fueron centrales. Distintos estudios reflexionaron en torno a los vínculos entre estos procesos de movilización recientes y la emergencia de un feminismo popular que tiene sus orígenes en la experiencia de lucha de los movimientos de desocupados y organizaciones territoriales surgidas frente al neoliberalismo (Di Marco, 2010; Korol, 2016; Gago, 2019). Estos estudios analizaron cómo en un contexto de crisis y ajuste, el movimiento amplio de mujeres se fortaleció y amplificó a partir de la incorporación de mujeres de sectores populares, dando impulso a una agenda articulada en relación a la lucha contra la violencia de género y la lucha contra la precarización laboral y la desocupación, conectando dimensiones de clase y género que se expresaron en la práctica territorial de estas organizaciones (Di Marco, 2011; Sciortino, 2018; Frega, 2019). En este sentido, es posible observar cómo estas experiencias previas de organización son actualizadas, transformadas y resignificadas en la práctica colectiva en relación a procesos sociales más recientes vinculados a la implementación de políticas públicas orientadas a promover trabajo e inclusión social y la influencia del movimiento feminista. Estos procesos dan cuenta de transformaciones y continuidades en las prácticas políticas de las mujeres de sectores populares, tendientes a garantizar la sostenibilidad de la vida en sentido amplio.

 

“Violencias”, territorio y mujeres

En el año 2022, en una conversación con Mariela, al final del taller de carpintería, me cuenta que se habían empezado a reunir entre diversas organizaciones del barrio con el objetivo de “armar una red contra la violencia”. A partir de esta noción se referían a una heterogeneidad de situaciones y experiencias que se compartieron y pusieron en común en esa instancia.

Por un lado, la preocupación por la “violencia” remitía a los distintos episodios de balaceras que habían tenido lugar en el último tiempo en el barrio. Estos sucesos se inscriben en un contexto marcado por el crecimiento significativo de la tasa de homicidios en la ciudad desde el año 2012, que la ubican como la más elevada del país, alcanzando un récord hacia el año 2022 con 287 muertes. Desde las organizaciones advertían que, si bien estos hechos se extendían por todo el barrio, afectaban más que todo a un sector del mismo, donde en el último tiempo observaban una proliferación y extensión de los espacios de venta de droga. Esta problemática impactaba en la vida cotidiana de sus habitantes y en las dinámicas organizativas que allí tienen lugar, poniendo en riesgo la vida de las y los vecinos.

En este sentido desde esta iniciativa, las organizaciones se habían reunido con el fin de diseñar estrategias e impulsar acciones en conjunto para intentar contener “la violencia” que se vivía en el barrio. Plantean que, si bien ellas no iban a poder enfrentar esta situación y ponerle fin porque era algo “más grande”, que “viene de arriba” y “las excede”, buscaban que se respeten los espacios de las organizaciones, con el argumento de que son lugares que habitan las infancias, donde las y los niños juegan, donde se reparte la merienda y se realizan distintas actividades con un fin social para el barrio. “Que haya ciertos códigos de convivencia con las y los vecinos y las organizaciones, para que no se ponga en peligro la vida de las personas que viven allí” (Mariela).

Por otro lado, en ese mismo encuentro, las mujeres de CR expusieron la situación de “violencia” que atravesaban a partir del conflicto que tenían con un ex integrante de la organización (quien había sido presidente de asociación civil), que había renunciado tras ser denunciado por “violencia de género” hacia otra compañera de este mismo espacio. Esta persona había conformado una nueva organización con cuyos integrantes se presentaron una serie de tensiones y conflictos a partir de los cuales ellas habían sido agredidas y amenazadas en distintas oportunidades con armas de fuego, por lo cual no podían transitar por algunos sectores del barrio donde estaba presente esta organización y tenía influencia. En este sentido una de las mujeres planteaba:

“Yo no tengo que aguantar eso, porque ese es mi espacio donde yo trabajo, yo vivo, tengo mis hijos, nosotros sufrimos amenazas, vino gente allá de la canchita a amenazarme a mí y a mi esposo con revólver, todo, porque él no sé, él vino a la tarde y a la noche pasa esto.” (Rocío)

A su vez, desde “La Comunidad” también dieron cuenta de otra situación problemática que atravesaban a partir de intervenir en un caso de “violencia de género”, donde Mariela había alojado a una mujer que se había ido de su casa y su marido que se encontraba armado la estaba buscando. Estas diversas situaciones fueron compartidas en este espacio de encuentro con el fin de “armar redes” para poder ayudarse y “no estar solas”, estar al tanto de lo que le pasa a cada compañera y cuidarse mutuamente según me explican:

“Para que no estemos solas en este proceso, o sea, porque amenazaban ponele o venían de ahí atrás, ¿entendés? Y bueno, entonces para que esto no pase a mayor y nada (...) Que nosotras teníamos contención con ellas también” (Rocío)

A estas reuniones se sumó posteriormente personal del centro de salud de la zona también afectados por la problemática de “la violencia en el barrio” y de distintos “hechos de inseguridad”. A partir de la participación de las y los trabajadores de la salud la discusión viró hacia una serie de reclamos que tenían las integrantes de las organizaciones respecto del funcionamiento de estos dispositivos estatales que según observaban “había empeorado durante la pandemia”. Así, las organizaciones pusieron de manifiesto una serie de dificultades que atravesaban las y los habitantes del barrio, las cuales estos trabajadores/as se comprometieron a atender: las dificultades para conseguir turnos, el cambio constante de médicos, demoras en la atención, falta de claridad en la difusión de la información, etc. En este sentido, la problemática de la “violencia” quedo en segundo plano frente a estos problemas que se agudizaron en el contexto de la temporada invernal donde hay mucha gente enferma.

A partir de estas reuniones se concretaron dos actividades que tenían como fin recuperar y ocupar el espacio público, buscando visibilizar otras prácticas e iniciativas que tienen lugar en el territorio. Una frente a un club del barrio donde participaron además de las organizaciones sociales, trabajadores del centro de salud y del programa NO. En esta instancia se realizaron charlas de educación sexual, se colocaron puestos para medir la presión, tocaron murgas y se hizo una feria de emprendedores/as, etc.

Otra actividad se realizó en la plaza frente a una escuela del barrio con motivo del festejo del carnaval: “Alegría y Resistencia Carnaval” “Hay que cortar con las malas noticias de los barrios. También tenemos derecho a la alegría. Nos vemos en el carnaval!!!” decía la convocatoria a la actividad. En esta se pintó un mural, hubo murgas, merienda y juegos para las y los niños.

A partir de esta iniciativa observo cómo en la práctica cotidiana de esta organización, la noción de “violencia” se fue diversificando y ampliando, asumiendo diferentes formas y contenidos, que enlazan la “violencia de género” con otras “violencias” que se dan en el territorio y permean la vida de estas mujeres en contextos de pobreza y desigualdad social. Estos registros dan cuenta de las formas en que desde estos espacios barriales feminizados se apropian, disputan y (re)definen los límites de aquello que se entiende como “violencia” para hacer referencia a diversas situaciones y problemáticas que las atraviesan en sus vidas cotidianas donde estas “violencias” aparecen de manera simultánea y conectada en la experiencia de estas mujeres.

Esta experiencia da cuenta, tal como señala Gago (2019), de la construcción un modo arraigado y plural de comprender “las violencias” a partir del cual se busca poner en relación la violencia contra las mujeres y cuerpos feminizados con un conjunto más amplio de violencias. Como plantea la autora, la pluralización de las violencias es una forma concreta de conexión que produce inteligibilidad, procura dar cuenta de su simultaneidad y su interrelación (no una mera cuantificación). Conectar las violencias implica desbordar los confines de la “violencia de género”, para vincular la violencia de género con las múltiples formas de violencia que la hacen posible. Se produce así un desplazamiento de una única definición de violencia (siempre doméstica e íntima, por tanto, recluida), para entenderla en relación a un plano de violencias económicas, institucionales, laborales, etc. (Gago 2019: 62).

A su vez, este modo arraigado de comprender las violencias, habilita a un abordaje que es transversal a distintos espacios dando un anclaje material, cercano, corpóreo. Estas se leen desde una situación singular, el cuerpo de cada una y desde ahí producen una comprensión de la violencia. El cuerpo como trayectoria y experiencia se vuelve así vía de entrada, un modo concreto de localización, desde el cual se produce un punto de vista especifico, como se expresa y como se singulariza la violencia en el cuerpo de cada quien, como la reconocemos (Gago, 2019: 63)

 

A modo de reflexión final

En otros trabajos nos preguntábamos por lo que es considerado “útil” e “importante” en la vida de las mujeres que participan de estas experiencias de organización colectiva: ¿qué vale la pena hacer? ¿qué producen estos espacios barriales?[viii] En el proceso analizado en esta ponencia es posible advertir cómo la pregunta inicial que se hacían las mujeres acerca de “¿qué hacer?”, formó parte de un interrogante cuya respuesta se fue actualizando, redefiniendo y resignificando en distintos momentos frente a las diversas vicisitudes, problemáticas y situaciones que atravesaban sus vidas. La respuesta a esta pregunta involucró una multiplicidad de acciones iniciativas que abarcaron diversas dimensiones de la vida. En ese “que hacer” se fueron anudando diversos asuntos: trabajo, generar ingresos, cuidados, política barrial, feminismos y violencias, que se articulan en las experiencias de estas mujeres, en sus necesidades, prioridades, intereses y deseos, y en la trama de relaciones en la que coexisten dando cuenta de una permanente búsqueda organizativa vinculada al sostén de la vida común.

En este proceso “la(s) violencia(s)” fueron adquiriendo creciente centralidad en el hacer político de estas mujeres modelando estos procesos de organización colectiva. Este concepto fue apropiado y utilizado para referir a una multiplicidad de situaciones y problemáticas que atraviesan la vida de las mujeres en estos territorios y que son experimentadas de forma simultánea y, a su vez, distinta en base al género, clase, edad. En este marco las organizaciones desarrollaron diversas acciones y estrategias como formas de abordaje colectivo frente a estas experiencias de “la(s) violencia(s)”, a partir de las cuales se disputa y construye día a día alternativas que permitan llevar adelante “vidas que valgan la pena ser vividas”.



Notas de la ponencia:

[i] Este trabajo se inscribe en una línea de investigación más amplia desarrollada por el programa de Antropología en Colabor, en el CITRA (CONICET-UMET) y la SEUBE (FFyL-UBA) bajo la dirección de María Inés Fernández Álvarez. Proyecto PICT “Política colectiva, (re)producción de la vida y experiencia cotidiana: un estudio antropológico sobre procesos de organización de trabajadores y trabajadoras de sectores populares en Buenos Aires, Córdoba y Rosario”.

A su vez, esta propuesta forma parte de la línea “Historia y Antropología Social de los trabajadores” que dirige la Dra. Silvia Simonassi en el ISHIR/CONICET. PID 2022-2025 “Procesos de configuración y reconfiguración de las clases trabajadoras en la región del Gran Rosario. Aportes desde la antropología del trabajo”. Secretaría de Ciencia y Tecnología, UNR. Directora: Verónica Vogelmann, Co-directora: Sofía Vitali.

[ii] Los nombres fueron modificados para conservar el anonimato.

[iii] Los encuentros nacionales de mujeres tienen lugar en Argentina desde 1986. Variando su sede año a año, constituyen un punto de encuentro mujeres de una diversidad de pertenencias sociales y políticas, en las que se llevan adelante debates sobre diferentes temáticas tales como sexualidad, derechos reproductivos, aborto, trabajo, identidades, participación política, entre otras. Las dinámicas de estos encuentros se organizan a partir del trabajo en talleres, en los que se discuten asuntos referidos a la situación de las mujeres y luego se arriba a consensos que son expuestos en la asamblea general de cierre. Tras una serie de debates, desde el año 2022 se modifica en nombre del Encuentro que pasa a denominarse “Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries”, incluyendo de este modo a las disidencias sexuales y cuestionando la idea de Nación construida sobre la base del genocidio a los pueblos originarios.

[iv] Es un programa provincial desarrollado por el Gabinete Joven y la Secretaría de Juventudes del Gobierno de la Provincia de Santa Fe cuyo objetivo principal es promover la participación juvenil de grupos, colectivos y organizaciones de jóvenes, a través del financiamiento de sus ideas, iniciativas y proyectos. https://ingenia.virtuagora.org/acerca consultado 6/02/2023

[v] La conceptualización de la violencia hacia las mujeres como parte de la violencia de género remite a los aportes de la teoría feminista y parte del reconocimiento de que las violencias ejercidas contra las mujeres se inscriben en la estructura del sistema patriarcal de opresión y dominación (Segato, 2003; Femenías, 2008). En este trabajo utilizo las comillas para hacer referencia a esta noción como una categoría social cuyo contenido varía según los contextos y sujetos.

[vi] Este programa, impulsado por la provincia, está orientado al trabajo integral y territorial con jóvenes, con el fin de generar inclusión social a partir de impulsar espacios formativos y educativos que brinden herramientas para la inserción en el mundo del trabajo.

[vii] Esta iniciativa finalmente no se llevó a cabo por diversos motivos. La pandemia transformó la dinámica de funcionamiento de los talleres que por un tiempo se suspendieron y luego se volcaron a otras tareas como el comedor y la confección de barbijos.  A su vez, el cambio de gobierno provincial que introdujo modificaciones en el programa que se priorizó los proyectos productivos eliminando el “tercer tiempo”. Por último, los cambios en el grupo de acompañantes del programa que en pandemia volvieron a sus provincias

[viii] Cavigliasso, C. y Reusa, V. (2022), “Un monstruo escurridizo. La “productividad” de los cuidados en espacios barriales de mujeres”. Workshop “(Re)producción de la vida, experiencias de precariedad y dinámicas colectivas: diálogos antropológicos entre Córdoba, Rosario y Buenos Aires”. Buenos Aires, 14 y 15 de Julio de 2022.

 

 

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