Parranda a dos tiempos

SP.72: Antropología, violencia y paramilitarismo. Lecturas desde los contextos de América Latina y el Caribe

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Pierina Lucco Universidad de Santander

Introducción

Los matachines, personajes enmascarados que juegan a golpear a las personas con una vejiga de res inflada y seca, se encuentran en varios países de Latinoamérica y en diferentes regiones de Colombia. En algunas regiones, como por ejemplo Boyacá, son conocidos como “diablos”. En Santander, región perteneciente al nororiente colombiano, la parranda de matachines es parte fundamental de las fiestas decembrinas particularmente para algunos municipios de la provincia de García Rovira y en especial para Capitanejo, un pueblo que habita en lo profundo del cañón del Chicamocha y en el que las fiestas de diciembre se viven entre el olor de las vejigas secas, la brisa del río, las verbenas y los matachines, mientras los murciélagos revolotean entre la gran ceiba del parque principal.

En Capitanejo, la parranda de matachines se encuentra dividida en dos tiempos. La parranda actual se presenta como un “simulacro” de la parranda “verdadera”, que fue primero anulada y después reformulada por la llegada de la violencia guerrillera y paramilitar al municipio desde los años ‘90. Las dos parrandas guardan múltiples y profundas diferencias, con una implicación directa en lo que significó el matachín y la parranda antes de la violencia y lo que significa y representa hoy. Cuáles son estas diferencias y qué implican, son las preguntas que se responden en esta ponencia.

Sin duda, la diferencia estructural es la relación de la parranda con el poder: antes, era una fiesta campesina que, organizada por las veredas, “bajaba” al pueblo a lucir la bonanza del campo; ahora es una fiesta organizada por la administración municipal, poniendo en tensión el componente político, de sátira, de crítica y de status que parece estarse perdiendo; la fiesta de la parranda de los matachines, a simple vista,  ha perdido su vocación como mundo al revés, potencia y sentido de las fiestas y carnavales (Bajtín 1989 [1987]). Sin embargo, esta relación con el poder de la parranda institucionalizada resulta sumamente compleja pues es latente a partir de los silencios de la fiesta misma.

Este escrito es un viaje a través de los recuerdos de matachines de los abuelos y abuelas que conversaron conmigo, y de mis propias percepciones de los cambios de las parrandas en los últimos años. Así las cosas, empezamos con qué es una parranda y qué es un matachín hoy en día (apartado 1), seguido por los recuerdos de los mayores sobre la parranda “de antes” (apartado 1). Posteriormente, nos adentraremos brevemente en la historia del conflicto armado reciente de Capitanejo (apartado 3) para luego aventurar unas conclusiones en el último apartado.

Ser matachín

Los matachines son unos personajes enmascarados, que dan vida en este plano terrenal a las brujas, los diablos, las josas, los indios Pielroja. Ser matachín implica la necesidad de un atuendo: un traje casi siempre de satín de confección local, una máscara hecha con papel y engrudo elaborada localmente y una vejiga de res inflada y seca atada a una pita. Las vacas, propietarias originales de las vejigas, son de origen variado, pues las vejigas son llevadas directamente desde el matadero en Bogotá. La vejiga debe ser inflada, una tarea difícil pues se corre el riesgo que el aire “se devuelva”, en cuyo caso se terminaría aspirando aire de vejiga: una experiencia y un sabor inolvidables por su cercanía atmosférica a la muerte, a lo podrido; es aspirar el vaho de lo descompuesto y llevarlo por dentro. Para esta tarea se suele utilizar una especie de pitillo, que puede ser el palo de cualquier colombina y, dado que la mayoría de personas le huye porque el olor dura varios días a pesar del agua y el jabón, suele ser realizada por alguna persona experta.

Una vez inflada, la vejiga debe ponerse al sol para secarla. El nivel de secado depende del gusto del matachín y del tipo de daño que se quiera priorizar: entre más seca más duro pega, pero entre más húmeda más feo queda oliendo el oponente. Las vejigas secas, además, tienen el riesgo de reventarse más fácilmente. Pueden diferenciarse observándolas con atención pues, por ejemplo, las vejigas húmedas son más rosadas y suelen tener moscas encima. En cualquier caso, no suelen sobrevivir un día de parranda; si lo hacen, son puestas en remojo para ablandarlas en un balde de aspecto y olor que condensa la experiencia olfativa y sensorial de la parranda, cierta atmósfera de “pichera” que la constituye. Es necesario ablandarlas para volver a inflarlas y secarlas, pues las vejigas se desinflan de un día para otro. También a gusto del matachín, las vejigas pueden meterse una dentro de otra –hay vejigas “de a 3” o “de a 5”; entre más vejigas tenga más duro será el golpe–.

Capitanejo es el único lugar en el mundo donde existe el matachín Pielroja. Por su vocación tabacalera, la Compañía Colombiana de Tabaco abrió una sede en los años 20 para incentivar la siembra de tabaco negro. Como la mayoría de empleados era de “Capi” o de pueblos cercanos, decidieron unirse a la parranda de fin de año con una comparsa única en su tipo haciendo alusión al producto estrella de “la Colombiana”: el cigarrillo Pielroja. No se sabe exactamente cuándo ocurrió, pero los Pielroja hacen parte del recuerdo de las infancias de la década del 50. El Pielroja se convirtió en un ícono de Capitanejo que entrelaza de una manera casi mágica la bonanza tabacalera –que marcó la historia de la auto nominada capital tabacalera de Colombia– y el matachín. Hoy en día la mayoría de matachines son Pielroja. Para satisfacer los gustos de color de los dos partidos políticos tradicionales de Colombia, existen también los Pielroja azules, para que los conservadores se pudieran disfrazar sin el escozor del color rojo propio del partido Liberal. Hoy existen también Pielroja dorados, amarillos, blancos y verdes que ofrecen una amplia variedad para escoger.

El Pielroja es acompañado por brujas, diablos, animales y josas. Las josas, también conocidas como “josas chirosas”, son unas osas enormes, la mayoría de las veces de color blanco con un gran atuendo de pequeños flecos que anteriormente se hacía con musgo. Lleva por garras caña brava que hace chocar entre ellas para asustar a la gente. La josa va amarrada por un cazador; entre los dos se encargan de agarrar y enredar con el lazo a algún toreador, esperando que llegue un matachín a golpearlo.

La fiesta en torno al matachín: la parranda

El matachín hace parte de un ritual y de un fenómeno más amplio conocido como “la parranda”. Sin duda, los matachines son la base fundamental de la parranda, conocida también como “parranda de matachines”. Sin embargo, son los otros elementos los que le dan sentido a la fiesta. La parranda se compone de dos momentos claros: el desfile y la “correteada” o “toreada”. Cada día un barrio de Capitanejo organiza la parranda, por lo que el desfile sale de lugares diferentes, acordes al barrio organizador e identificado por los quintos (voladores) que son lanzados al aire para anunciar que ya sale la parranda. El desfile es encabezado por la banda de música del municipio, seguida por las personas disfrazadas. Hay disfraces de todo tipo –Mario Bros, Minnie, V de Venganza–, la mayoría traídos de San Andresito (centro de comercio en Bogotá) y hechos en China. La espectacularidad de estos disfraces, y la facilidad para acceder a ellos, hace que cada vez sean menos los disfraces de matachín; cada vez es menos fácil diferenciar la parranda de matachines de Capitanejo de un día de Halloween en cualquier lugar del mundo.

El desfile recorre las principales calles del pueblo, hasta llegar al parque. En las casetas se amontonan los matachines a pedir su refrigerio, refresco de cerveza Águila o Poker y jugo Hit para los niños. Todos desenmascarados toman un respiro luego del desfile pues bajo la máscara la respiración se reduce y el intenso calor de lo que pareciera ser una olla a orillas del Chicamocha, semeja la bienvenida al infierno. Y sí: en efecto, se está rodeado de diablos.

Luego de un breve descanso, inicia entonces “la correteada”. Los más entusiastas vuelven a bajar las máscaras de la cabeza a la cara y empiezan a buscar a los toreadores que suelen asomarse por las esquinas del parque, aunque, a diferencia de otros momentos, en los últimos años la correteada se realiza en el parque mismo en el que se hace una especie de círculo de matachines al que entra el toreador en un acto de auténtico masoquismo. Los matachines con trajes más grandes se quedan sentados a la sombra de los árboles para seguir hidratándose. En algunas ocasiones el barrio organizador realiza una especie de show en la tarima del parque; estas presentaciones suelen ser las parrandas más recordadas y por lo tanto las más exitosas. El éxito consiste en divertir a la gente y hacer que se ría para que digan que la parranda estuvo buena.

A las seis de la tarde, tal vez por las altas montañas que rodean a Capitanejo, suele estar bastante oscuro. Algún miembro de la alcaldía se sube a la tarima y a través del micrófono pide el favor de devolver los trajes. Empiezan a sonar las campanas de la iglesia y en el piso comienzan a acumularse máscaras de Pielroja, animales, brujas y diablos que serán prestadas a la parranda del día siguiente. Cuando empiezan los cantos de la misa, la parranda está totalmente concluida, a excepción de algunos niños pequeños que siguen jugando a perseguirse y pegarse y que, por unos momentos, juntan los tiempos de los diablos y de Dios.

La violencia de la correteada o toreada del matachín, resuelve tensiones sociales de una forma controlada; es una agresión que cobra sentido en tiempos de paz. El carácter de la fiesta ha dado pie a expresiones que contienen violencia; se trata de un juego que asume en su expresión toda la carga emocional represada en los jóvenes por un entorno nutrido de expresiones de violencia política desde los diferentes actores armados que se han asentado en el territorio en diferentes momentos de la historia reciente de Capitanejo, pero también de las rencillas labradas en el tiempo entre grupos diferentes. La fiesta exorciza al tiempo que pone en evidencia la violencia. La acción dura escasas horas, pero contiene la fuerza de la liberación y sirve como válvula de escape. Acto seguido, las personas del pueblo vuelven a sus rituales que, como en un guion, siguen el ritmo de la celebración entre misas, bailes y verbenas que convocan a todos por igual. Los mismos que se enfrentaron, luego bailan y ríen en medio de la fiesta que cierra con el jolgorio, el encuentro y la alegría.

Las parrandas de antes

Decía Rosalbina Bermúdez, unos años antes de morir luego de un tiempo de agonía y ahogos por respirar el humo de los hornos de tabaco: “Antes se bailaba mucho, cada grupo bajaba tocando tiple, echando pólvora, con tamboras… era bonito. Ahora es aburrido, ahora no se parece en nada. No envidio nada de lo que hay, porque es gente como muerta que no hacen nada alegre ni nada, no me pesa no bajar po’ allá a mirar. Dios gracias que disfruté de mi juventud, tuve un libertinaje sano, divertí a la gente, hice algo. Ahora la fiesta es de hambre”.

Doña Rosalbina recordaba así las parrandas, sentada en una silla tejida con plásticos de colores, a la sombra de un gran mamón, rodeada de cachorros y gatos pequeños. Doña Rosalbina era un referente matachín de Capitanejo. Fue famosa por organizar muy buenas parrandas, montar a caballo con revólver en cinto, apostar millones en los partidos de microfútbol y por haber sido una de las grandes comerciantes de melón. Hacia el final de la vida, la lotería del trabajo en el campo no había caído a su favor.

Doña Rosalbina era la organizadora de la parranda de la vereda del Datal, que a veces se unía con la vecina vereda de La Loma. Estas dos veredas son las únicas que siguen sacando parrandas de manera permanente (Foto 24). El papel de las veredas en la organización de la parranda es uno de los puntos de quiebre. “Hace unos días” la parranda estaba organizada enteramente por las veredas; era una especie de exhibición de la riqueza del campo en el centro urbano. Se creaba una competencia por demostrar cuál vereda tenía las mejores tierras, en cuál había más riqueza. Se trataba de una especie de Potlatch (Mauss 1976) en el que el prestigio no era otorgado por la destrucción sino por la exhibición y el compartir de la cosecha. Cada vereda organizaba su grupo de música, sus disfraces y matachines y “bajaban” a lucirse al pueblo. Dice doña Limbania Corredor: “Se venían, a ver qué vereda era más lujosa. Entonces nosotros en el almacén, vendíamos cintas para los sombreros, eran llenos de cintas, para bailar la trenza. Había días en los que no había nada, porque eran veredas más pobres, que no tenían plata; claro tocaba comprar chocatos nuevos, cintas, la ropa. Pero la mayoría de días había, y ellos mismos tocaban, traían su flautica de caña y su tiple” (Limbania Corredor, conversación personal, diciembre de 2014).

Actualmente son los barrios los que organizan las parrandas. Enmarcado en el fenómeno de abandono del campo por parte de los jóvenes en Colombia (Rodríguez 2021), los campesinos parecen ser cada vez menos y son pocos los que bajan a la parranda. Como dice doña Rosalbina: “La mayoría se murieron, otros se van a estudiar, sacan una buena profesión, qué se van a estar en este pueblo, eso es lo que pasa. Ya po’ aquí no habemos más sino viejos, aquí ya no hay nadie que sirva, unos son tuertos y otros son mancos, no vamos quedando más sino los que nos dejan cuidando el rancho”.

Esta competencia veredal fue heredada por los barrios, que se esfuerzan por superar la parranda del día anterior. Cada uno busca sacar la mayor cantidad de personas disfrazadas, con estrategias que incluyen evitar la entrega de los disfraces prestados por la alcaldía para que el barrio del día siguiente no tenga con qué disfrazarse. La competencia comprende también el día de la parranda pues entre más se acerque el 24 de diciembre más personas habrán llegado al pueblo, por lo que todos los barrios se pelean las parrandas del 21 en adelante para tener un público numeroso ante el cual lucirse. La Secretaría de Cultura es la encargada de definir el orden. Usualmente inician con la parranda de La Loma y El Datal porque sacan unas 50 personas disfrazadas y dejan el reto para los días siguientes.

Que la parranda de matachines ya no sea organizada en el campo transforma su significado y representación. Los Pielroja dominan el paisaje, eliminando casi por completo a los gatos, perros, cerdos y otros animales que representaban un vínculo con la ruralidad. La parranda urbana se hace de espaldas al campo capitanejano en el que la gente que queda está por fuera de las dinámicas comerciales de este plano: al acabarse el cultivo de tabaco por el cierre de Coltabaco en el 2019, y por no hacer parte de la fiesta que interactúa con otros mundos, los habitantes rurales viven una especie de doble ausencia. La parranda de matachines organizada por el centro urbano, pierde así potencia porque no dialoga con todas las dimensiones de un municipio con vocación agrícola. Es una parranda que ya no representa la fiesta del campo en lo urbano, ya no significa la hermandad o el desafío entre los campesinos y los comerciantes. La parranda ahora representa y significa otra cosa. ¿Qué sentido tiene ahora ser un matachín?

Las palabras de doña Rosalbina resumen el sentir general con respecto a los dos tiempos de la parranda: lo que se vive actualmente no es una parranda; sin música y sin baile no hay parranda que exista.

La música de antes era la música campesina, la música de cuerdas. Las veredas bajaban con su parranda, tocando tiple, tamboras y guitarras. Esta música de cuerdas campesina era fundamental en cuanto permitía el intercambio entre los matachines y el público, tanto durante el desfile como en el parque. La gente salía no solo a ver la parranda sino a hacer parte de ella. Por el contrario, ahora “todos se amontan y no hacen nada”.

El baile y su ausencia hablan de otro elemento que ha desaparecido: las madamas. Estos personajes hacían parte del complejo de la parranda, constituida entonces por músicos, matachines y madamas. Hoy en día se encuentran los músicos de la banda, los matachines y los demás disfraces, como si las madamas hubieran sido reemplazadas por los disfraces tipo Halloween pero su papel hubiera quedado ausente. “Madamas eran unas personas, hombres y mujeres, que se vestían con su falda y unos sombreros de jipa, y en frente les ponían un espejo; eran llenos de meras flores, de cintas de papel. Iban al parque y bailaban con las josas. Les gustaba vestir la trenza… ahora es que se acabó y eso tan bonito que era” (Miguel Cótamo, conversación personal, diciembre de 2014). Las madamas eran una especie de portal que unía los dos mundos y permitía a los comunes espectadores entrar a la parranda. Sin ese portal, hoy la parranda pareciera existir por la inercia del tiempo, como en una burbuja que la gente sale a mirar pasar, con la que no se relaciona y que por lo tanto no pareciera representar más que la contemplación.

Las madamas representaban también una figura que encarnaba lo femenino, representado generalmente por hombres disfrazados de mujer. Se trataba de una subversión de lo normalizado, en tanto en medio de la fiesta se legitimaban estas acciones que en el diario vivir de la cotidianidad eran imposibles de representar. Lo femenino de las madamas salía a la escena pública en su mayoría personificado por hombres que bailaban con otros hombres, estos sí muy caracterizados con su traje masculino de campesino enfiestado. Los disfraces de matachín casi nunca eran lucidos por mujeres; aunque no era una norma, se trataba casi de un acuerdo implícito: los hombres hacían la fiesta de los matachines. La presencia de las mujeres era muy evidente y asumida con toda propiedad en los demás disfraces del desfile y en el baile de parejas que salían con los músicos, los unos y los otros salían completamente ataviados y caracterizados para la fiesta y el baile.

Actualmente la presencia de las mujeres sigue siendo mayor durante el desfile y prácticamente inexistente durante la correteada. Lucen trajes variados y, cada vez más, trajes tipo Festival de Río de Janeiro, por lo que son muy pocos los matachines mujer. La inversión del orden establecido entre hombres vestidos de mujeres, y en algunas ocasiones al contrario, sigue haciendo parte de la construcción de otro mundo que emerge todos los días de la fiesta.

La relación del matachín con su disfraz, en específico con la máscara o careta, permite ver el cambio de sentido de lo que implica ser un matachín. Los matachines de antes conservaban con absoluta rigurosidad su anonimato, no solo llevando la careta bien puesta, sino incluso disfrazándose en otras casas para evitar salir de su propia puerta. La ofensa más grande para un matachín era gritarle “¡matachín conocido!” pues perdía el poder del anonimato e inmediatamente dejaba de ser un matachín completo. Como recuerda Chejo, perteneciente a la familia Blanco, reconocida por sacar buenos disfraces y comparsas: “Anteriormente eso a las 8 o 9 de la noche estaban por ahí molestando con los disfraces, e incluso algunos se iban a las cantinas y amanecían, con la máscara siempre. Eso antiguamente usted no quería que supieran quién era el matachín, y eso era un misterio completo, pa’ tomarse uno una cerveza eso era por allá en un rincón”.

El abandono del anonimato parece tener un origen político. En tiempos de la violencia bipartidista (de la cual Capitanejo fue un cruento escenario) el anonimato del matachín era aprovechado para saldar rencillas políticas, siendo frecuente que las parrandas dejaran como consecuencia un par de apuñalados. Actualmente, la cara descubierta pareciera ser una promesa tácita de no agresión –más allá de los golpes de la vejiga–. Ahora la careta se conserva durante la mayoría del tiempo del desfile, aunque el calor infernal que se respira debajo obliga a muchos matachines a ponerse la máscara sobre la cabeza, como si se tratara de una cachucha. Una vez llegados al parque la mayoría de matachines se quitan la máscara por completo.

El matachín sin careta representa una contradicción porque a la vez es y no es un personaje, dando paso a la ausencia de una representación real. El personaje no se asume con la entereza que requiere una representación y eso le quita el carácter dramático que reclama un personaje o un matachín que no termina por encarnarse. El rostro descubierto de la persona y la máscara puesta sobre la cabeza evitan que la gente reconozca a un personaje, y delatan la ausencia de intención del mismo actor; se anula, de esta forma, la posibilidad de multiplicidad de subjetividades del matachín y el análisis del personaje como un “otro” dentro del “yo” (Amoras 2021). Nuevamente, el sentido, no solo del matachín sino de la parranda misma, pareciera haberse transformado.

El abandono del anonimato como una promesa de no agresión puede estar relacionado con quiénes son los matachines. En los tiempos de antes los matachines solían ser hombres adultos retados por “toreadores”, que eran hombres jóvenes. No dejarse pegar, descubrir la identidad del matachín, raparle la vejiga o peor aún lanzar al matachín a la pila del parque eran parte de una lucha generacional que se hacía latente en las parrandas. Hoy en día la mayoría de matachines son hombres jóvenes y niños que corretean y son retados por otros hombres jóvenes rompiendo con esa dinámica y lucha generacional y excluyendo de la fiesta a los adultos.

El Conflicto

La noche del 30 de agosto de 1996 no dejó dormir a Capitanejo entre los ruidos de fusil y la bomba que quemó la plata de la Caja Agraria. Quedaron también destruidas la Alcaldía, el cuartel de Policía y el Banco Popular Cooperativo luego de la toma organizada, como una suerte de alianza para distribuirse el territorio, por el Frente Efraín Pabón del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Frente 46 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP).

La toma de Capitanejo se inscribe dentro de las nuevas estrategias decididas durante la Octava Conferencia de las FARC-EP (1993) y el II Congreso del ELN (1990), en las que se ratifica la decisión de crear “corredores estratégicos” que comunicaran el Magdalena medio con el Frente Oriental, siendo la parte alta de Santander un lugar de paso obligado en la conexión con Arauca (Comisión de la Verdad 2022).

Un par de años después, la guerrilla fue desplazada por los paramilitares del Frente Patriotas de Málaga, una facción del Bloque Central Bolívar de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) creada para operar en toda la provincia de García Rovira, a la cual pertenece Capitanejo. Los paramilitares instauraron un régimen de terror en Capitanejo ajusticiando cada fin de semana a supuestos colaboradores. En el municipio de Málaga, capital de la provincia, todos los días había un muerto (Verdad Abierta 2014). La cantidad de muertes y desplazamientos se reflejan en que hoy en día Málaga sea sujeto de reparación colectiva.

Esta violencia es la causa de los dos tiempos de la parranda de matachines de Capitanejo. La violencia, como en la mayoría del territorio nacional, fragmentó el tejido social (Segura 2002), dejando visibles consecuencias en la forma de relacionarse y por supuesto de divertirse. Al igual que en otros campos colombianos, la violencia obligó a los campesinos a desplazarse; solamente en Málaga hubo más de 300 desplazados durante el 2000 y el 2001 (Verdad Abierta 2014). Como relatan los testimonios de Málaga: “Hay veredas donde vivían 30 familias y ahora usted no encuentra más que seis. La gente no ha querido volver”, “Es difícil ver que todavía hay muchas veredas vacías. La gente no ha retornado y los daños son incalculables. Las familias quedaron incompletas y divididas” (Verdad Abierta 2014).

Contaba don Pedro Núñez, que se le adelantó un par de años a doña Rosalbina al encuentro con el Dios que tanto defendieron desde su Partido Conservador: “después de que empezó a cambiar el tiempo, se acabaron las parrandas, por ahí si acaso la misa, y eso que iba uno con miedo, pero bendito mi Dios que volvió a renacer eso, pero no como antes sino como un simulacro, por no dejar perder la tradición, porque en otros pueblos era lo mismo, pero empezó el tiempo maluco maluco, y se acabaron. La tradición es de este pueblo aquí porque a última hora no se acabó porque lo volvieron a revivir, pero en otros pueblos sí ya no”.

Don Pedro menciona un elemento crucial y es la parranda actual como un simulacro de la parranda de antes, de la parranda real. Durante la violencia paramilitar se cancelaron las parrandas. Recuerdan los adultos que en una verbena de diciembre bajaron al parque a bailar y encontraron a los comandantes de la guerrilla, del Ejército y de los paramilitares sentados y tomando cerveza juntos; ante tal panorama y su peligrosidad potencial, el baile quedó totalmente cancelado.

Cuando empezó a vivirse una calma relativa en el municipio, finalizando la primera década del 2000, la parranda es rescatada por la administración municipal. La Alcaldía asumió el rol de motivar la organización de las parrandas: es la plata pública la que paga la pólvora, el refrigerio, las cervezas, los disfraces, las máscaras y las vejigas (Foto 29). Ante esta realidad es posible afirmar que la parranda de antes se encuentra oficialmente extinta y que la que existe hoy en día significa y representa otras cosas.   

La institucionalización de la parranda implica su total dependencia: si la Alcaldía no pone la plata, la parranda no existe; no existen, en otras palabras, matachines por fuera de la institución. Este paternalismo, como lo llaman los adultos de Capitanejo, tiene múltiples consecuencias. Una de las más evidentes es que la gente ya no hace sus disfraces y han olvidado, en el curso de un par de generaciones, cómo se hacen y qué significan. En las parrandas de antes cada persona realizaba su disfraz, o se unían entre varios vecinos a apoyar al más talentoso para realizar los disfraces de la vereda.

La institucionalización implica, por fuerza, un profundo cambio de sentido. La parranda se convierte en un elemento de exhibición de la alcaldía, con la que antes no tenía ninguna relación. La lucha por el prestigio, anteriormente entre las veredas, es complejizada al convertirse en el prestigio de la máxima autoridad del poder ejecutivo del pueblo. En este sentido, el prestigio en la parranda de matachines de Capitanejo tiene un carácter doble: por un lado está en juego el prestigio del barrio, cuya parranda debe superar la del día anterior y debe dejar un reto para la parranda del día siguiente; por el otro, está en juego el prestigio del organizador de la parranda que, para este caso, es el alcalde.

Estas dos escalas de prestigio, la de los barrios y la de la alcaldía, dependen íntimamente la una de la otra. Si el alcalde tiene una mala relación con algún barrio, éste no sacará parranda como un acto de protesta. Es decir que de entrada el alcalde debe tener una buena relación con los barrios para asegurar que todos participen, logrando unas parrandas nutridas y de esta manera ratificando su prestigio. La ausencia de conflicto con la alcaldía es la clave para que un barrio decida participar; entre más matachines saque un barrio más prestigio consiguen para sí mismos y para el alcalde. En este sentido, el poder de otorgar o sustraer prestigio, recae en los barrios.

De esta manera, en ocasiones puede verse que en el primer año de mandato todos los barrios participan con parrandas muy nutridas, entusiasmo que decae en los siguientes años de mandato en los que empiezan a surgir conflictos y oposiciones ante la administración, que implica la ausencia de barrios enteros como símbolo contundente de su descontento con el alcalde. Como si fuera una consulta tácita, el nivel de legitimidad del alcalde en turno puede medirse a partir de la cantidad de matachines en las calles.

La fuerza política de la parranda de matachines, que subyace a toda fiesta popular, ha transformado su lenguaje: ya no son los matachines y la parranda los que representan un elemento de sátira, de burla o de contrapeso político; es su ausencia y su silencio. La ausencia de alguno de los barrios que históricamente ha sido organizador de parrandas es un grito de oposición política, que no puede ser escuchado por turistas, curiosos o distraídos. Las personas que no viven la cotidianidad de Capitanejo no se darán cuenta de la ausencia de alguno de los barrios; podrán ver el desfile, sentarse en el parque a ver a algunos matachines correr y a algunas personas recibir golpes, mientras el sol cae al otro lado del río; volverán a sus casas sin sospechar nunca que lo que no vieron era también un mensaje.

Conclusiones

La parranda de antes, que incluía una demostración de la riqueza del campo, una lucha generacional entre jóvenes y adultos y proveía de un escenario de confrontación política, sufre un cambio de sentido al ser institucionalizada.  La parranda deja de ser un escenario en el que se tejen las relaciones y tensiones urbano-rurales, generacionales y políticas, para convertirse en una fiesta institucional. La violencia acaba con esa transgresión social propia de la parranda de antes en la que lo rural desafiaba a lo urbano, los jóvenes desafiaban a los adultos y los opositores políticos podían encontrarse; una parranda en la que el pueblo era el protagonista. La violencia elimina la posibilidad de imaginar otros mundos, otras alternativas políticas. La gravedad de lo acontecido en Capitanejo con su parranda de matachines es que la violencia guerrillera y paramilitar acaba con la fiesta como lugar de imaginación política, de transgresión social. De esta forma, institucionalizar la parranda es alargar y profundizar su silencio político, creado en un contexto de violencia y ahora sostenido por la dependencia económica, casi como si la parranda sufriera un continuum de violencia, una primera física y política, una segunda económica.

Sin embargo, la estética matachín sigue viva, la diversión de la parranda puede complejizarse con significados más profundos a partir de estrategias que promuevan la organización de la parranda de manera independiente de la Alcaldía, para devolverle su potencia de mundo al revés. Los elementos de base siguen existiendo, como a la espera de ser re pensados, re significados y re sentidos, para que cada diciembre no siga siendo el escenario de la muerte lenta del matachín.    

Notas de la ponencia:

Sistema de referencias Chicago

Bibliografía de la ponencia

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