Fricciones entre lo local y lo global en las nuevas cadenas de valor del Chile Criollo guerrerense.

SP.42: Debates y disputas para analizar la economía en América Latina

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Abraham Zaíd Díaz Delgado Universidad Iberoamericana

Fricciones entre lo local y lo global en las nuevas cadenas de valor del Chile Criollo guerrerense

Introducción

De diciembre de 2019 a enero de 2021, durante mi trabajo de campo en el estado de Guerrero conocí la localidad de San Miguel Tecomatlán, ubicada en un sitio remoto de la región de Tierra Caliente; ahí pude insertarme en una forma de vida rural aparentemente abstraída de la influencia de agentes externos, el sitio es tan pequeño y aislado que en los alrededores lo conocen como “el pueblito”. Este es un punto sin conexión a internet ni a redes de telefonía, la única calle pavimentada es la que conduce a la iglesia del pueblo, una pequeña cancha de básquetbol funciona como explanada y plaza cívica, hace un par de décadas comenzaron a instalarse los servicios básicos de energía eléctrica y agua potable, en sus calles pueden verse andar libremente caballos, gallinas, burros y perros además de personas. Algunos de los habitantes se sienten muy orgullosos de llevar ese estilo de vida, que definen como “tranquilo”, porque a pesar de que en los alrededores operan con brutalidad grupos dedicados al narcotráfico, hay una tensa calma que produce el temor a ser víctimas de la violencia. En ese lugar crece de manera feral una especie de chile que, a decir de los agricultores, es endémica, y que se conoce coloquialmente como Chile Criollo.

Luego de varias conversaciones informales sobre la gastronomía local y contarles a los pobladores mi pasado laboral como diseñador de proyectos culturales, uno de mis colaboradores más cercanos me dijo: - “Queremos la denominación de origen para el Chile criollo”; a lo que respondí: -No creo que sea tan fácil, supongo que debe pasar por muchos filtros”. Sin embargo, hasta la fecha se han emprendido diversas acciones para posicionar el Chile Criollo de Tierra Caliente en una dinámica de mercado más amplia, generando y expandiendo nuevas cadenas de valor para su comercialización, pero sin desligarla del sentido identitario para la gente de “el pueblito”.

En seguida desarrollaré algunas reflexiones sobre el naciente proceso comercial del Chile Criollo a la luz de las nociones de cadena de valor (Mintz, 1985) y acumulación por desposesión (Harvey, 2006), posteriormente señalaré como estos procesos son parte del capitalismo global como sistema económico hegemónico vigente, más que una incorporación “desde abajo” a este (Lins Ribeiro, 2008), porque la expansión mercantil del chile criollo obedece a un momento crítico donde los calentanos disponen de su último recurso para la supervivencia pacífica.

 

Fotografía 1. Productores de Chile Criollo vendiendo en San Miguel Tecomotlán.

 

La cadena de valor

En Dulzura y Poder Sidney Mintz (1985) desarrolla, entre otras cosas, la forma como se construyeron las cadenas de valor en función de la oferta y demanda de azúcar, esto implicó más que la explotación de la caña como recurso natural, sino también la creación de procesos productivos de orden industrial y vías de comunicación para su distribución, principalmente para las clases altas y medias de Gran Bretaña, pues el azúcar se volvió parte fundamental de su consumo vinculado a la ingesta de té. No obstante, el consumo se hizo extensivo a las clases populares y trabajadoras porque con ella se cubría de forma más eficiente el consumo calórico mínimo para el cumplimiento de las jornadas laborales. Bajo esta lógica su uso se prolongó a todos los espacios de la empresa colonial europea, por ejemplo, en las minas y fábricas para los trabajadores y en las grandes ciudades como un consumo con fines de socialización. De este modo, el azúcar pasó de ser un producto de lujo a uno básico en la dieta alrededor del mundo, creando una necesidad y, consecuentemente, una gran producción y demanda.

El ejemplo del azúcar da cuenta de cómo se genera el valor alrededor de un producto y como este valor es variable en función de las distintas demandas geolocalizadas en diversos puntos del planeta, que también suponen puntos de conexión con el espacio de producción. A las interconexiones que vinculan el lugar de origen del producto hasta su punto final de demanda y consumo se le conoce como cadena de valor, y en cada uno de sus nodos el valor es diferenciado. Es decir que la idea de valor implica no solo el intercambio económico/monetario de acuerdo con la mercancía, sino sus demandas culturalmente situadas y significativas, de ese modo el valor es cualitativo y no solo cuantitativo.

Actualmente la cadena de valor del Chile Criollo es muy corta, está limitada por el sentido de pertenencia regional en Tierra Caliente, pues no se comercializa más allá de la zona, pero tampoco se tiene completa certeza sobre su carácter endémico, de hecho, los estudios de orden biofísico y genético están apenas en desarrollo. Sin embargo, su expansión es una decisión que comunidades como “el pueblito” han tomado con mucha seriedad, porque supone una estrategia para mantener, aunque sea parcialmente, esa forma de vida “tranquila”, en donde las futuras generaciones no se vean forzadas a migrar para vivir o integrarse a las filas de los grupos criminales.

El primer paso para la expansión de la cadena de valor es la creación de una necesidad. Si bien el chile es un producto básico en la dieta de los mexicanos, el Chile Criollo como producto debe competir en el mercado con múltiples variantes que ya cubren la demanda, y que en la región de Tierra Caliente está copada por este tipo específico de capsicum, de tal manera que una de las principales alternativas es reconocer su especificidad biológica como determinante específica de su sabor, por lo que me atreví a hacer una breve descripción de este:

“El Chile Criollo tiene una forma similar a un triángulo isósceles invertido, con longitud entre 5 y 10 centímetros, crece en una planta no mayor a 70 centímetros de alto y los brotes varían en dos coloraciones, morado y verde. Conforme maduran, tienden a teñirse de un tono verde con franjas moradas alrededor, cuando están en ese punto es momento de cosecharlos. Una vez cortados comienzan a secar y cambian de color a tonos rojizos, del más intenso al más oscuro hasta pintar de guinda. Durante todas estas etapas puede ser consumido y mantiene una leve variación en el sabor, siempre muy poco picante, a veces llega a tener un gusto dulce. Comúnmente es mezclado con miel de abeja para formar una salsa dulce que acompaña los mangos verdes, guayabillas y nanches de la región, integrando bocadillos naturales y de fácil acceso” (Diario de campo, octubre 2020; Díaz, 2022: 77-78).

 

Aunque su consumo es popular en sitios como “el pueblito”, hay un valor agregado en la sensación de nostalgia en los migrantes, quienes han aportado dinero mediante remesas para cultivar el Chile Criollo y disponer de él cada que puedan volver de visita, así como transportarlo (casi siempre de forma ilegal) hacia los Estados Unidos (lugar a donde frecuentemente llegan los migrantes). Esa dinámica, sin ser una cadena de valor al estilo de Mintz y el azúcar, ayudó a los productores a pensar en la intensificación de la producción con fines comerciales más allá de Tierra Caliente, en una suerte de nuevo nicho de mercado.

 

Fotografía 2. Decoración alusiva al Chile Criollo en San Miguel Tecomatlán.

 

La identidad glocal

Actualmente es difícil suponer que las identidades sociales no están atravesadas por procesos de hibridación cultural más amplios y propios de la globalidad. Los flujos migratorios y las intenciones de inserción al mercado global de los habitantes de San Miguel Tecomatlán son también ejemplo de ello. Con todo y las intenciones de mantener una vida “tranquila” no pueden aislarse completamente de los entornos de violencia y despojo que avanzan en la región por la demanda de narcóticos. No es casualidad que el Chile Criollo implique para ellos una alternativa económica de subsistencia pacífica, pero también un punto de quiebre para su identidad calentana. Una forma de mediar ambas implicaciones fue con la gestación de la Feria del Chile Criollo, un evento gastronómico y artístico-cultural que sirvió para promocionar el producto más allá de la región.

Incluso en el formato de feria se han incorporado elementos externos a los acostumbrados en “el pueblito” que evidencian aún más su identidad glocal. Lo glocal refiere a “la formación de unir lo global y lo local para hacer una nueva mezcla”, puntualmente en términos de mercado significa “la creación de productos o servicios destinados al mercado global, pero personalizados para adaptarse a las culturas locales” (Khondker, 2004 :4). A su vez hay dos procesos que genera la glocalización, por un lado, la macro-localización, que trata sobre la expansión de los límites de la localidad hasta escalas de orden global y, por el otro la micro-globalización que ilustra la incorporación de procesos globales a un entorno local.

Las nuevas demandas y necesidades tienen que ver con un proceso de macro-localización, en parte, porque la organización de la feria implicó una fuerte movilización de capitales políticos, simbólicos y económicos donde los migrantes originarios de la localidad contribuyeron con donaciones voluntarias para emprender el proyecto productivo, primero desde el reconocimiento de la importancia local del chile criollo como símbolo de identidad de Tierra Caliente y después como mercancía que permita expandir la cadena de valor más allá de la región.

Desde una visión panorámica, cabría hacerse un par de preguntas: ¿Hay procesos productivos aislados de la dinámica mercantil global?, ¿La inclusión de un producto al mercado global puede mantener seguras a las personas de “el pueblito”? las respuestas están todavía por verse, lo cierto es que las vías de acción son muchas y muy variadas, mismas que ya se han iniciado.

 

Hacia una economía glocal

Junto a la búsqueda por expandir la cadena de valor del Chile Criollo, los habitantes del pueblito se encuentran con el reto del incremento de la producción para la cobertura de la creciente y potencial demanda. Si bien, ello implica un necesario cuestionamiento sobre la sustentabilidad a largo plazo del territorio, en este primer momento del proceso emergen cuestiones político-económicas apremiantes que vienen a complejizar la toma de decisiones.

Primeramente, el nexo afectivo e identitario de los productores con el chile criollo refleja la historia del pueblo mismo, ya que la domesticación del producto es una de las razones por las cuales se fundó San Miguel Tecomatlán. Pese a las altas temperaturas que se experimentan todo el año, la tierra provee de alimentos como maíz, frijol, calabaza y ejotes, entre otros, pero es el chile criollo el único producto que se conserva por los calentanos como un símbolo distintivo de su región.

Las intenciones de su incorporación a mercados más amplios permiten tener al menos dos lecturas, una de ellas es lo que Gustavo Lins Ribeiro denominó globalización desde abajo (2008) para referirse a la participación activa, intencionada y consciente de individuos o colectivos en la dinámica económica global, de modo que valores morales como la solidaridad, cooperación y colaboración se integran en una vía común de producción y desarrollo para consolidar cadenas de valor de escala global, tal como lo intentan hacer los productores de chile criollo del pueblito. Este punto de partida común es parte de los indicadores fundantes del capital social (Putnam, 2003; Coleman, 2000).

Por otro lado, los mercados globales no pueden comprenderse únicamente por las mercancías que circulan a lo largo y ancho del mundo, sino también por sus opuestos, al menos como ejercicio hermenéutico, y por lo que la construcción de las nuevas cadenas de valor del chile criollo se expresa de forma más amplia y compleja desde la acumulación por desposesión propuesta por David Harvey (2006). Esta refiere al proceso económico-social e histórico que posibilita la privatización o expropiación de los recursos y medios de vida de una comunidad.

Ciertamente, la iniciativa de expandir el comercio del chile criollo es local, son las condiciones sociales las que a lo largo del tiempo han generado un escenario de rezago y exclusión a tal grado que la inserción al mercado global parece una opción emergente desde fuera del capitalismo global cuando en realidad esa es una de las funciones del mismo sistema económico, la exclusión.

 

Fotografía 3. Presentación de música típica regional durante la 1era Feria del Chile Criollo.

 

Karl Marx había referido de algún modo en El Capital (1979) a estas formas de segregación económica. De acuerdo con la noción de acumulación originaria, con el desprendimiento de los bienes y recursos comunales a partir de la privatización y expropiación de estos, deviene la explotación de la fuerza de trabajo local, es decir que inaugura la división de clases sociales entre proletarios y capitalistas.

En este orden de ideas, es adecuado profundizar el análisis de casos como el del chile criollo, porque deja ver que dinámicas económicas como la globalización desde abajo tiene un componente histórico más profundo, donde localmente se da la acumulación originaria y dicta la economía de los pueblos como San Miguel Tecomatlán. También es necesario resaltar que, pese a su condición de ruralidad, los productores saben que pueden aplicarse más y mejores tecnologías para la producción agrícola, sin embargo, históricamente los recursos que pueden invertir en sus tierras apenas se ajustan a sus necesidades de autoconsumo. El chile criollo, al crecer de manera feral, es el único producto que podría generar suficientes excedentes para producirse y comercializarse a mayor escala.

La agricultura, más allá del autoconsumo, es también una estrategia de supervivencia para la gente de San Miguel, aunque esta alimenta también el proceso económico del capitalismo global desde su posición de exclusión, ya sea vista desde la autodeterminación identitaria de los calentanos o por la desposesión que paulatinamente han experimentado en función del sistema económico imperante.

Así, la necesidad de progreso y supervivencia del pueblito puede decantar en un evento de destrucción creativa (Harvey, 2006) donde la forma de producción local, anclada a la autodeterminación identitaria sea resignificada como una forma obsoleta o inviable para la reproducción de las condiciones de vida materiales básicas del pueblo, dando paso así a la erradicación total del mismo y desplazando el nexo emocional de los productores con este tipo de capsicum a un espacio distinto de la memoria colectiva calentana.

La acumulación por desposesión y la lectura desde la globalidad sostienen esta posibilidad y le dan sentido, porque con la destrucción creativa se justifica y evidencia la explotación de la fuerza de trabajo y de los recursos naturales, pero ya no como forma de persecución de un ideal impuesto de progreso, sino como una forma de supervivencia que es paradójica, pues reproduce en todas sus escalas el sistema económico capitalista, mismo que los ha excluido al sitio de la mano de obra y consumo mínimo de subsistencia, manteniendo un estado latente de crisis donde los agricultores (como proletarios) se ven impedidos de ascender en los estratos sociales.

En suma, los procesos históricos del capitalismo y la globalidad han ido absorbiendo paulatinamente los medios de vida de los productores de chile criollo de San Miguel Tecomatlán, siendo el culmen de este proceso de producción, el desprendimiento identitario de este alimento para mantener la subsistencia pacífica, fuera de la violencia del narcotráfico y del desarraigo territorial que implica la migración, de tal suerte, la necesidad por expandir las cadenas de valor del chile criollo responde a un punto sin retorno de la acumulación por desposesión, del cual los calentanos recién van tomando conciencia, pero esta se ve nublada por la promesa del mejoramiento radical de las condiciones de vida locales, eso a lo que típicamente se le ha llamado “la maldición de los recursos”.

Bajo esta luz, los pobladores de San Miguel Tecomatlán tienen frente a ellos un enorme reto, construir desde su vínculo identitario con el chile criollo, una alternativa económica efectiva y alternativa ponderando sus posibles beneficios en función de factores económicos y culturales. Los productores encargados de este emprendimiento han logrado generar acciones como la Feria del Chile Criollo para dar a conocer su producto y revalorarlo simbólicamente como elemento identitario, pero a su vez disponible para acordar su intercambio comercial.

Aunque este es todavía un momento prematuro de la construcción de nuevas cadenas de valor global, la toma de decisiones idealmente planteada está dirigida a la construcción de una nueva economía glocal, manteniendo los rasgos identitarios de la gente con el chile criollo y que ellos formen parte sustancial de su valor simbólico y, consecuentemente, económico.

 

Fotografía 4. Promoción de la 1era Feria del Chile Criollo.

 

 

La maquinaria global

Stephen Collier y Aihwa Ong (2007) exponen que la sincronía armónica donde todo funciona para el orden global solo puede “articularse en situaciones específicas” donde coinciden aspectos materiales, discursivos y colectivos, a estas configuraciones las denominaron ensamblajes. A diferencia de una maquinaria perfecta, los ensamblajes no son una unidad ordenada y coherente donde cada acción está vinculada con otras y éstas a su vez la activan nuevamente, es decir no hay un ciclo de sinergia en ese todo estructurado, los ensambles pueden entenderse como pequeñas partes de un todo articulado (más no integrado), es decir con efectos compartidos y relaciones discretas dentro de las cuales también existe la tensión. Por tensión habrá que entender los diversos ejercicios de poder que disputan el control y dominio del ensamblaje o de una parte de este.

En escala global, la tensión demuestra la existencia de fuerzas dispares, en oposición o en sentidos distintos que dislocan los fenómenos sociales, donde lo local y lo global no pueden funcionar como engranajes de una misma maquinaria, cuando esto sucede nos encontramos frente a lo que Anna Tsing denominó fricciones (2005). Las fricciones no necesariamente han de entenderse como conflicto, ni como un radical binarismo entre lo local y lo global que esencializa los extremos más claros de la vida social humana, todo lo contrario, para Tsing las fricciones son momentos y espacios concretos de contacto entre lo global y lo local pero no se limita a pensar en un proceso civilizatorio único que remite a Europa como el culmen del desarrollo, de lo eurocéntrico; de tal suerte que la globalidad es una vía idónea para pensar holísticamente en los efectos de estos contactos, que al estar geográficamente localizados tienen un inherente carácter ambiental.

El sistema económico actual, el capitalismo, tiene como una de sus principales objeciones el daño ambiental por las grandes cantidades de materias primas y recursos naturales necesarios para la producción de todo tipo de mercancías, las de lujo innecesario hasta las más elementales para, por ejemplo, la alimentación. Todo proceso productivo de nuestros días debe tener esto en cuenta, principalmente cuando las intenciones son escalar a la competencia del mercado global como lo han planteado las personas de San Miguel Tecomatlán con la exposición de su alimento distintivo, el chile criollo.

Las fricciones, tal como las expone Anna Tsing, son una consecuencia ineludible en el tránsito a la extensificación e intensificación de la producción local, para esta antropóloga, la fricción no solo está relacionada con la incompatibilidad de ciertos aspectos del orden global (y en este caso mercantil) con las condiciones de la vida cotidiana local, son marcos culturales distintos que han de alinearse, su alineamiento depende de las concesiones mutuas para construir alianzas y conformar redes sociales productivas, no solo económicamente sino también que coincidan con uno de los mayores intereses de la comunidad del pueblito, reconocer y mantener su identidad como calentanos, lo que devela la matriz cultural (y si acaso folklórica) de su búsqueda por “salir a delante” sin verse en la necesidad de migrar a los Estados Unidos o incorporarse a las filas del narcotráfico. Todas las opciones tienen en distinta medida, algo de global y de local, pero el trabajo de la tierra es la ruta pacífica viable y para la cual, la ruralidad ha preparado a los calentanos desde hace varias generaciones. Es hasta ahora que las condiciones externas al pueblito han mostrado al chile criollo como un aliado no humano para la vinculación de Tierra Caliente con el resto del mundo.

La propia Anna Tsing ha demostrado como se pueden amalgamar necesidades y saberes locales con intereses y potencialidades a nivel mundial. En el libro The Mushroom at the end of the World: On the possibility of life in Capitalism ruins (2015) expone como el hongo matsutake introducido a Japón generó un aroma particular en la temporada otoñal y con el tiempo los hongos fueron convirtiéndose en mercancías de lujo hasta que la demanda devastó su crecimiento feral, posteriormente, para mantener la conexión emocional de los japoneses con la época se comenzaron a producir industrialmente en otros lugares del mundo, incluso a generar químicamente un aroma similar al del matsutake, creando así redes comerciales y de producción de escala global para satisfacer una necesidad culturalmente determinada.

En el caso descrito, se pueden reconocer varios factores esenciales, el primero (y uno de los más relevantes) tiene que ver con las consecuencias ecológicas de la producción a gran escala en el marco actual del capitalismo, el segundo es el sentido de pertenencia de las personas hacia recursos naturales finitos y el tercero tiene que ver con las concesiones y acuerdos que debieron realizarse para poder mantener un rasgo identitario local en función de la mercantilización y producción a escala global. Este último punto es, a todas luces, una consideración política y del ejercicio de poder en el cual se expresan las fricciones a las que refiere Tsing.

 

Poder. Hacer que la maquinaria funcione

Para Manuel Castells, “El poder es la capacidad relacional que permite a un actor social influir de forma asimétrica en las decisiones de otros actores sociales de modo que se favorezcan la voluntad, los intereses y los valores del actor que tiene el poder” (Castells, 2009: 33). De la forma que lo expone Castells, todo sujeto dentro de una sociedad discreta y estructurada tiene un potencial de poder dado, es decir, que puede influir, aunque sea ligeramente las decisiones de instituciones omnipotentes como las que integran el Estado.

Siendo estricto con la definición de poder institucional, hemos de validar la posición de poder y legitimidad sobre al arte y las letras, por mencionar un par de ejemplos, la tarea teórica y metodológica será la de construir discursivamente el contexto social y la especificidad de estas dimensiones con el objetivo de desarrollar una vía pacífica y sustentable de explotación territorial.

El Chile Criollo es más que un producto de la canasta básica de los pobladores de San Miguel Tecomatlán y de la región de Tierra Caliente en general, ante la creciente y siempre latente amenaza de la violencia indiscriminada producida por los grupos del narcotráfico, ha devenido un temor bien fundado por el despojo de las tierras donde crece y se cultiva el chile. La resistencia que pueden poner los actores humanos a esta clase de perjuicio es mínima por el diferencial de poder de letalidad que están dispuestos a producir los grupos criminales, además de las tecnologías y pericia para hacerlo.

Sin embargo, el Chile Criollo, como ente no humano y proveedor de una identidad calentana por su presencia diaria en las mesas de las personas ha emergido como el actor clave en la proyección de la vida a futuro en la zona, al menos así me lo han hecho saber los productores del pueblito. Ellos, los productores del chile, son en su mayoría adultos mayores que no tuvieron oportunidad de migrar o que fueron orillados a regresar a San Miguel, de modo que son los más interesados en heredar condiciones de vida digna para el futuro, ellos mismos son los primeros alumnos de las técnicas agrícolas con las que se logró domesticar el Chile Criollo y por ello, su nexo es en buena medida emocional, no por considerarlo un producto o alimento que dio la naturaleza, sino porque significa el mejoramiento de la vida local a futuro, es una forma de garantizar la cultura y economía local.

 

Fotografía 5. Sombrero conmemorativo otorgado a los productores de Chile Criollo.

 

Considerar al Chile Criollo como el actor más relevante de la vida (en el amplio sentido del término) de los calentanos implica el borramiento de las fronteras entre naturaleza y cultura, y entre humanos y no humanos. Supone una visión compleja y sistémica de entender y actuar en, sobre, con y para el mundo, una lógica de orden cósmico, en donde el cosmos “comunica directamente con algo verdadero que se opone a los artificios, vacilaciones, divergencias, desmesuras y conflictos asociados a los desórdenes humanos” (Stengers, 2014: 31).

Como actor, el Chile Criollo está fungiendo una posición política insustituible, conecta y vehiculiza las necesidades humanas con las no humanas, es el presente en el sentido que evoca el pasado silvestre y lo proyecta al futuro productivo de formas poco claras para quienes no han formado vínculos con este. Tal como lo refiere la propuesta cosmopolítica de Isabel Stengers, quien la define como “Una política en la que el cosmos se refiere a lo desconocido constituido por mundos múltiples y divergentes y a la articulación que pueden alcanzar” (2014: 21).

El potencial ecológico, político, cultural y económico (por no decir cósmico) es lo que Elizabeth Povinelli (2001) describiría como “inconmensurable”, esto es que, desde la razón humana, su trayectoria todavía se encuentra en una zona ennegrecida por los límites de nuestras propias mentes y cuerpos como sujetos sociales con limitaciones devenidas del marco cultural en el que hemos aprendido a vivir. En el marco del sistema económico capitalista, las alternativas hasta ahora razonadas y decisiones tomadas por los pobladores de San Miguel Tecomatlán, están insertos en la reproducción de mismo, aunque claro, sus intenciones están orientadas hacía el cumplimiento del futuro pacífico deseado.

 

Reflexiones finales

El poder y la globalización tienen una forma muy particular de generarse mutuamente. La globalización desde abajo es una de las formas más socorridas conceptualmente para dar cuenta de la incursión activa de la población en la economía local, y en el caso del chile criollo, en las intenciones de su potencial como producto comercializado a nivel nacional e internacional.

Cabe preguntarse si el chile criollo se encuentra fuera de una cadena de valor de escala global, pues la resistencia a la comercialización de este también genera relaciones mercantiles específicas, si bien, como producto aún no ha logrado consolidarse nacionalmente, identitariamente tiene un valor particular. En estos casos, sirve para pensar, la idea de globalización desde abajo de Gustavo Lins Ribeiro, la cual se vale de confianza, correspondencia y cooperación como fundamentos de la economía global pero reflejada en contextos específicos.

Para Lins Ribeiro, la globalización desde abajo implica la construcción emergente de soluciones para la subsistencia de las personas ante la voracidad del sistema capitalista y la globalización. Sin embargo, cabe preguntar si los productores de chile criollo son conscientes de las implicaciones que tiene la introducción de su cultivo al mercado global porque más allá del posible repunte económico que se espera para la región de Tierra Caliente, con su comercialización global, hay incidencias de orden ambiental que pueden suponer la perdida de las propiedades naturales del cultivo e identitario donde se genere el borramiento de los vínculos afectivos de los productores con el chile criollo, todo ello entendido como parte de un proceso de destrucción creativa (Harvey, 2006).

En ese sentido, la globalización no parece ser un fenómeno que va desde abajo hacia arriba, sino que la globalización parece haber copado todos los espacios sociales, ecológicos, culturales y alimentarios a tal grado que la única opción viable para subsistir es la venta del chile criollo. Es decir que la globalización es un fenómeno holístico, que ya había permeado en la gente de San Miguel Tecomatlán, y que solo a partir de la resistencia al mercado global, se ha logrado sacar de ese escenario al chile criollo, pero eventualmente iba a ser necesaria su inclusión a los parámetros de negociación para conseguir el mejoramiento de la vida y de la economía.

Visto de este modo, la globalización no parece ser un fenómeno “desde abajo” sino hacia arriba, conducido por la acumulación originaria y la acumulación por desposesión, pero delimitado geográficamente, de modo que los efectos de la globalización avanzan a ritmos distintos, quizá con menos celeridad, en sitio como el pueblito. Así, la diferencia está en el entorno en que se observa, por un lado, la globalización desde debajo se vale de categorías de escala comunitaria, devenidas de la teoría del capital social como la cooperación y la solidaridad, y tiene una valoración positiva, mientras que la globalización como macroproceso económico-político (o desde arriba) supone la competencia entre partes por ejercer ciertos derechos o libertades como la privatización o expropiación de los medio y recursos para la producción capitalista, es decir, que finalmente acaba reproduciendo un esquema de segregación y división de clases sociales de forma discrecional y arbitraria, imposibilitando la construcción de cadenas de valor benéficas para los agricultores.

La disposición del chile criollo de tierra caliente para formar parte de un mercado global es todavía un camino por andar, del cual emergerán escenarios donde habrá que tomar decisiones ante las inminentes fricciones futuras, porque hay un debate profundo en lo que toca al mantenimiento de la identidad local como calentanos y productores del chile criollo junto con la necesidad y crisis económica que demanda emplearlo como un recurso explotable. No obstante, la simple alternativa permite a las personas de San Miguel Tecomatlán imaginar un futuro pacífico, donde la migración a Estados Unidos y el narcotráfico no sean las primeras opciones para lograr una vida digna.

Finalmente, es necesario mantener en observación constante casos como el del chile criollo de la tierra caliente guerrerense, porque en ellos pueden brotar alternativas económicas benéficas para los sectores de población comúnmente marginados del ideal de desarrollo económico global. Ubicados en las periferias del ideal de crecimiento económico y mejora de la calidad de vida, pueblos como San Miguel, están recientemente participando, desde sus propias visiones del mundo, en la transformación económica regional, nacional y global que se reflejará de formas todavía inciertas.

 


Bibliografía de la ponencia


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