Etnografiando a la familia, por una antropología de los silencios simbólicos y el despojo identitario.

SP.72: Antropología, violencia y paramilitarismo. Lecturas desde los contextos de América Latina y el Caribe

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Zharic Hernández Universidad del Magdalena

¿Cómo romper con los silencios y por dónde comenzar la búsqueda de una historia hecha retazos? 

La problemática de los silencios es que se perpetúa y con el tiempo sumerge todo en el olvido. Para algunos, esto representa un intento frágil de construir una barrera protectora contra las connotaciones y huir de las consecuencias de asumir ciertos roles en una sociedad desigual. Pero para otros, es un total desconocimiento de las razones de todo lo que los rodea, dejándoles una suma de preguntas sin respuestas. Así, me embarco en la aventura de navegar por los silencios y olvidos simbólicos para recuperar historias desde lo que no se dice y las razones para no hacerlo.


Principalmente, tenemos que categorizar los silencios, ya que existen tipos que corresponden a circunstancias diferentes. Aunque el tema es poco transitado por la academia, existen teorizaciones y categorías, como las ofrecidas por Cuellas (2004) en "Los efectos de lo no dicho" y Bretom (2001) con sus tipologías de los silencios. Sin embargo, para este ejercicio, he planteado mis propias categorizaciones del silencio, construidas según los causantes o motivaciones de mis sujetos.


Silencio por miedo.

Una familia, al igual que cualquier organización o grupo, estará cruzada por múltiples realidades, diferentes circunstancias y matices que llevarán las narrativas a temáticas diversas y, en momentos, hasta desconocidas entre ellas. Pero esto no quita que en conjunto todas estas narrativas particulares construyan unas lógicas colectivas.


Lo que pude entender al estructurar estas letras es cómo las personas están "muertas de miedo", asustadas de sus propias historias, con el terror latente de exteriorizar lo que pasa. Creen que sus miedos se harán reales si se expresan. Esto se repitió tanto y en tantas circunstancias diferentes que estuve a punto muchas veces de detener la investigación, de dar un paso al lado y evitar el momento incómodo. Pero no, no me lo podía permitir. Luego de retirar la venda de los ojos y chocarme con el problema, ya se hace imposible volver a ignorarlo.


Además, no sé qué sería más doloroso, los momentos incómodos, las historias punzantes, las circunstancias que me llenaron de amargura o enfrentar realidades impotentes y secretos violentos. O, por el contrario, hacerme la vista gorda, ignorando las problemáticas en mi propia historia que denunciaba en historias ajenas, siendo consciente de que cada dos días en cada esquina encontraría un detonante que me recordaría mi deuda.


El hecho de que llegaran hasta mis palabras deja clara mi decisión: luchar contra los miedos que nos impiden contar las historias. Entendiendo que las heridas que no son curadas y sanadas con determinación sangrarán para siempre. Por eso, los primeros miedos a enfrentar son los míos. "Lo personal es político". Me dedicaré a explicarlo con historias.

"Tomé mis muchachos, las cuantas monedas que guardaba del mercado y me fui mientras todos dormían". 

Siempre me pregunté, ¿por qué no conocía nada de mi familia, por qué a los tantos nombres que escuché en algún momento por casualidad no les podía colocar un rostro? Así sea una imagen borrosa, de esas que se producen cuando el recuerdo no es muy claro. Pero sí reconocía el tono amargo con el que más de la mitad de todos esos nombres y lugares eran pronunciados. Eso sí lo conocía: dolor, miedo, angustia, impotencia y rabia. Esa fue la única respuesta silenciosa que obtuve. Por estas cuantas decenas de mi vida, aprendí a escuchar pacientemente, a atar cabos, construir historias en mi cabeza, a retazos. Y es así, a retazos, que un día entre cafés, galletas y las lágrimas suficientes para ahogar los miedos, rompimos el silencio. Entre esas mujeres que iban y venían de la cocina, subiendo y bajando cosas del fogón como si creyeran fielmente que entre esos platos podrían encontrar consuelo a mi alma, se encontraba mi tía abuela. Tomaba su café y, a ratos, me miraba a los ojos, como para saber si la escuchaba, como intentando descifrar qué era lo que buscaba, sin poder entender del todo qué era lo que quería escuchar. Pero cuando tomó mi mano y vi correr por su mejilla dos solitarias lágrimas, supe que ya lo había entendido.


Mi abuela paterna, creo, es el centro de toda esta historia. Todo comienza o termina con ella. Es el punto de partida por el cual comienzo a tejer esta historia, y si algo motiva a que mi tía abuela ayude a construir esta, es que es lo único que me queda de ella. Mi abuela hace algún tiempo ya no se encuentra con nosotros, y si algo me ha regalado esta vida de investigar, conocer, aprender y escribir, es ver el mundo de mil formas diferentes y empezar a apreciar hasta las circunstancias más dolorosas con amabilidad y sentido. En un viaje, alguien me compartió que en su comunidad se recibía la muerte como una manera superior de transitar la existencia, no como el fin de esta, que nuestra existencia se perpetúa en cada cosa y en cómo vamos dejando huella. Es por esto por lo que, aunque mi abuela no está, y que estoy totalmente en contra de construir historias que no nos pertenecen, ella, desde su ausencia y sus silencios, me dio una forma de narrar.


Volviendo a la charla anterior, en el café número dos, descubrí lo que podía ser el punto de partida para esta historia. Porque para investigar y poder contar, hay que trazar un mapa, entender qué es lo que falta, hacia dónde vamos y por qué lo hacemos. Desde que mi tía abuela, con aquella crudeza que la caracteriza, me dijo: "Mira, hija, lo que yo le pueda contar de eso es muy poco. Mi hermana era una santa, era muy sumisa, eran pocas las veces que una la escuchaba chistar, pero uno sabía que ella estaba escuchando aunque no dijera nada, porque con esos ojotes que tenía no perdía detalle. Yo creo que se percataba de los suspiros. Era una mujer muy inteligente, muy centrada. Siempre andaba pensando en que todos estuviéramos bien y en ahorrar los problemas lo más que pudiera. Pero cuando se metían con sus muchachos, era a otro precio. Se convertía en una leona. Ahí sí no pensaba dos veces, para comerse vivo al que fuera... Yo no sé si usted lo sepa, pero su abuelo no es el papá de sus dos tíos mayores. Mi hermana, antes de tener a su papá, vivía en la gloria, de allá donde somos nosotros, y vivía con un señor, un cachaco él. Lo recuerdo, bueno, él es el padre, pero resulta que el señor, además de que le daba muy mala vida a mi hermana, era un hombre mayor. Un día le dio un infarto y murió... Que Dios lo tenga en su gloria. Pero ese no fue el mayor problema. El cuento es que, además de dejarla sola con dos criaturas, a las cuales mi hermana trabajaba como una burra, lavando ajenos, para alimentar, el señor también le dejó el problema de que la familia de él le quería quitar a los hijos a mi hermana. Un día, le apareció la hermana al señor por allá por el pueblo, diciendo que eran lo único que le quedaba a ella y a su mamá de su hermano y por eso se iba a llevar a los niños para un pueblo de esos fríos por allá lejos. No recuerdo muy bien el nombre. Mi hermana, tanta la admiro yo, se hizo la boba y cuando en la finca todos se durmieron, ella empacó lo justo y necesario, agarró a sus muchachos y cogió carretera... Después de eso, se fue para Morales, pero eso no está muy lejos y la encontraron por allá y la iban a hacer regresar, pero yo no sé cómo se les escapó. Ella me contó que luego se fue para Cartagena, que allá la contrataron en una casa de familia, que la explotaban a más no poder y que el pago no era casi nada. En realidad, creo que le pagaban con dejarse quedar y dándole de comer. Pero, imagínate, con dos muchachos y en una ciudad donde no conocía a nadie, que la recibieran con sus pelaos y tener para tragar y dormir ya es bastante... A partir de que mi hermana se fue del pueblo, yo perdí contacto con ella. Sabía poco, solo lo que los rumores del pueblo decían. Nadie sabía dónde estaba. Como tú sabes, mi hermana era la menor, así que si ella ya tenía dos, yo también ya tenía muchachos e historias con maridos encima. Fueron muchos los años que no supe nada de mi hermana y solo podía incluirla en mis oraciones... Yo sabía que estaba viva, porque las malas noticias son las primeras que llegan y en el pueblo solo se escuchaba que la condenada muchacha huérfana de los García se le había volado a los cachacos... No fue sino hasta muchos años después, yo creería que como unos 6 u 8 años, que llegó una amiga que no veía mucho al pueblo y me dijo que nos fuéramos para Santa Marta que allá había buen trabajo. Las cosas no estaban bien, ya nada era lo mismo y no tenía mucho a qué aferrarme en el pueblo. Por eso, yo empaqué mis trapos sin miedo y arranqué para acá. Ya yo también había deambulado mucho. Había trabajado en Bogotá, en Medellín, en pueblos cercanos, donde sea que hubiera trabajo, yo estaba ahí y siempre con la esperanza de encontrar a mi hermana... Cuando me vine para Santa Marta, lo hice con esta amiga, pero era porque otra ya estaba acá. Llegamos a trabajar en un hostal, recuerdo que quedaba por ahí por el centro y la bahía. Tú sabes, cerca de donde pasan las busetas. Aunque nada de eso era como lo que es ahora, pero para que te hagas una idea. Para la familia que trabajábamos tenía dos propiedades y nos turnábamos para ir y venir. En esas, un día la otra muchacha me dice que habló con unos conocidos y que creían que mi hermana también estaba en la ciudad, que la habían visto, pero que no sabía dónde trabajaba o con quién vivía... Desde ahí, yo siempre salía muy pendiente, con la esperanza de cruzármela, hasta que un día Dios se apiadó de mí, porque yo no la vi, ella fue la que me encontró. Iba en un bus y yo venía de hacer las compras. Esa mujer formó un escándalo, se bajó del bus y me alcanzó. Por fin nos encontramos. Sentí que una parte de mí volvía a sentirse completa... Ya cuando eso tú abuela se conocía con tu abuelo y estaban empezando a vivir, los pelaos tendrían que tener como unos 7 y 10 años... Cuando tu tía tuvo que entrar a estudiar, mi hermana la quiso matricular en un colegio de monjas, pero el problema fue que pedían el registro civil y de a dónde hija, si por él corre y corre, nunca se había registrado tus tíos y tampoco es como que se pudiera, ese señor era de por allá lejos, ya hace tanto había muerto y no era como que mi hermana pudiera llamar a la familia a pedir un favor, así que no tocó más que tu abuelo los registrara con el apellido de él. Al fin y al cabo, ellos eran unos niños y mi hermana vivía con él. Pero hasta ahí te puedo contar yo, porque de eso no se habla, hija. Tus tíos siempre supieron que ese no era su papá y tenían una idea de quién fue el papá de ellos, pero hasta ahí, nunca se buscó más, ni andar preguntando. Creo que mi hermana prefería cualquier cosa que le quitaran a sus muchachos y aunque ellos ya estaban grandes, siento que ella siempre tuvo miedo de que si esa gente se la volvía a encontrar sería para problema. Pobrecita mi hermana.


Esta conversación fluyó más de lo que me esperaba. En unos cuantos minutos saltaron sobre mí heridas a medio sanar de décadas. Por mi lado, yo solo me dediqué a escucharla, como siempre todos tuvieron que hacerlo, sin hacer juicios o preguntar de más. Aunque me calaba la zozobra del porqué la negativa ante tantas cosas, la repulsión por hablar de circunstancias donde puedan ser entendidas como víctimas, de llamar las cosas por su nombre. Parece ser que el silencio puede ser una fosa profunda y bien tapada o unos paños tibios sobre la conciencia. En cualquiera de los dos casos, arrasa con todo hasta dejarlo en momentos en el olvido. A favor de quien está el olvido, es lo que denotará su calificativo. A pesar de todo esto y poder ponerle mil categorías y sacar a reducir el sin fin de estudios y teorías sociales, ese no era el fin, como lo deja claro desde el principio, esta historia sería contada por esas mujeres, por las mujeres de mi familia, y aún no tocaba mi turno, así que dejaría que sus propias historias fueran dando razón al porqué silenciarlo todo. Es así como continúa:


"Pero no creas, yo también la entiendo. Uno, cuando crece solito, aprende a andar por la sombrita, evitando problemas, cuidándose. Por ejemplo, a mí nunca me pasó nada, porque yo sabía cómo era, no andar hablando de más, ni exponiéndose saliendo por ahí. Por el contrario, yo era una muchacha muy recelosa del mundo. Yo no bailaba ni nada así... No, hija, yo no tuve nada que ver con esas cosas de la violencia. Gracias a mi Dios, a mí nunca me violaron ni nada. Uno tuvo sus maridos borrachos y maltratadores, pero uno se iba de la casa y ya. Al final, yo siempre he trabajado. Pero sí recuerdo que cuando andaba en la zona bananera, ya eso de la guerrilla y los paracos estaba sonando y aparecían esos folletos para asustar a la gente. Alguna gente, recuerdo, andaba perdida y por allá por el restaurante donde yo trabajaba en una parada de buses, de esos planchones donde comen los muleros, hija, bueno, por allá comenzó a ir mucho un señor bastante mal humorado él. La gente decía que era de esos grupos raros que estaban saliendo y que se quería llevar a los muchachos que trabajaban por ahí en la vía y que para trabajar, nadie le daba muy buena espina. Usted sabe que en pueblo chico, infierno grande, todo se sabe y todo se dice. Me tocó atenderlo muy pocas veces y solo me preguntaba que si yo trabajaba ahí, que si tenía marido, que si estaba bien ahí o quería otro trabajo. La verdad yo siempre lo evitaba... Pero, mija, resulta que las cosas por allá se comenzaron a poner duras. La gente perdida, nada que llegaba, todo se comenzó a poner caro, los lugares comenzaron a cerrar y la gente a vender. Yo creo que la gente andaba asustada. Yo nunca supe si las amenazas eran verdad o si la gente apareció, porque antes de buscar lo que no se


 me había perdido, yo cogí mis dos trapos y, pidiendo chance, me vine hasta Santa Marta. Al final, yo sabía que mi hermana ya estaba acá. Yo traía unos maíces y unas vainas que me habían regalado. Con eso me puse a hacer bollos con su abuela, que como siempre ha sido mi ángel, usted sabe cómo somos nosotras...".


Si algo tuve en común con esta parte de la historia es la necesidad de huir, de ignorar lo temido, resiliencia frente al dolor más puro, la normalización de la violencia, el olvido y las injusticias. Es que parece ser que entre el temor de recibir represalias y el sentimiento de sentirse merecedor de tales bajezas, hay una interrelación monstruosa.


- Silencio por vergüenza y/o dolor -


También, a lo largo de buscar esta historia y luchar con todos estos silencios, logré entender que hay cosas de las cuales las personas no desean hablar, ya que presionan hasta flaquear lo más profundo de sus susceptibilidades y lo traducen en temas que simplemente quisieran evitar hasta borrarlos de sus propias mentes. Esto parece ser lo más razonable y esperado, pero lo que no esperaba es que sucediera con cosas que mezclan más de un solo sentimiento, como si cuando el amor, el dolor, la desesperanza y el remordimiento se juntan, solo quedará guardar para sí mismo el recuerdo, los sentimientos y pensamientos, para tener la posibilidad de dejar solo para sí mismo el derecho a razonar el cómo se debe sentir, contar y pensar del tema.


Continuando con el rompecabezas de este mapa para desmontar los silencios, logré juntar a todas las mujeres que se encontraban en la casa. Creo que al final interiorizaron que esas inquietudes no eran solo mías y que todas teníamos preguntas. No logro descifrar si sentí tranquilidad y respaldo al descubrir que mi búsqueda no era inútil, que no estaba batallando por una causa injusta, ni que era un ser egoísta, una rebelde natural que solo deseaba meter sus narices donde nadie la ha llamado o, por el contrario, sentí tanto dolor y pena al pensar en las tantas veces que todas las mujeres sentadas en esa sala no tuvimos una respuesta aclaradora, que nos diera luz a las razones de las características de nuestras vidas. Es que todos nos hemos preguntado en algún momento, ¿por qué a mí? Pero en nuestro caso, esta pregunta rodeaba lo más básico de nuestro ser: ¿por qué tengo este apellido?, ¿a qué se debe mi color de piel?, ¿por qué mi cabello es de esta manera?, ¿quién es mi familia?, ¿cómo llegué a esta ciudad? En mi caso, estas circunstancias me regalaron una motivación personal y me dirigieron hasta una vocación poco común: la de buscar historias.


Es así como, una a una, de manera tímida y desordenada, comenzaron a aportar pequeños pero valiosos vivencias que habían venido callando.


"La gente critica muy duro y nunca saben el porqué hacemos las cosas, pero siempre están ahí, listos para atacarte, más todavía si haces eso que se cree incorrecto. Ahí todos se creen con derecho de ser tus jueces y creerse mejores que tú. Por eso es que nunca hablo del papá de mis hijos. Cuando intentan poner el tema, siempre lo evito. Hablar de que está preso no es fácil. La gente no puede evitar preguntarte sin pena, ¿por qué está preso?, ¿por qué sigo con él?, ¿cómo vivimos? Después de eso, la gente no te ve igual, ya te comienzan a ver por encima del hombro y a darte consejos que no has pedido. Porque aun sin saber por qué está preso, ya se lo imaginan como un ser despreciable y yo, por estar con él también. Claro, me da vergüenza tener que explicar y no saber cómo, sentir que siempre te juzgan y están esperando que te equivoques, pero con los que más vergüenza me da es con mis hijos, que tienen que soportar todo esto y que no puedo decirles nada para hacerlos sentir mejor. La gente es muy mala y más con los pelaos."

- Silencio por desconocimiento -


Pero además, las personas no solo callan como estrategia para ocultar cosas, en ocasiones realmente no tienen nada que decir, aunque se trate de sus propias historias. Como en las narraciones anteriores, también sucede que una persona nunca se reconoce como víctima porque no comprende cuándo lo es o cuándo las circunstancias se salen de lo "normal". Es que las mujeres somos violentadas de tantas maneras diferentes y con tanta frecuencia que nuestras mentes lo van convirtiendo en algo que simplemente pasa aunque no nos guste y que "no tiene importancia".


También pude encontrar otros casos donde en realidad no tenemos nada y lo sabemos. Ese es el caso de mi madre.


"Hija, yo no te puedo decir quiénes eran mis abuelos porque tampoco lo sé. De mis papás, tampoco es que sepa mucho. Tu abuela nos dejó cuando éramos muy pequeños y mi papá, en pocas semanas, se encargó de repartirnos con los familiares como si hubiera tenido una gata parida y estuviera regalando a los animalitos. A cada uno lo acomodaron como pudieron. A los más grandecitos los llevaron a las fincas, ya que podían ayudar con los animales y a sembrar, pero yo, como era una de las últimas, me dejaron en la casa de un tío que vivía más cerca del pueblo y que tenía unas hijas que eran profesoras. Por eso, estudié. Pero todos tuvimos suertes diferentes. Quedamos bien retirados uno del otro y casi nunca nos cruzamos, entonces tampoco sé cómo fueron sus vidas, solo lo poco que me contaron cuando nos encontramos ya de adultos en Santa Marta. No sabemos con certeza ni nuestra fecha de nacimiento, ya que al irse del pueblo mi mamá, nadie estaba seguro de cuándo nacimos y nos registraron con lo que quisieron. Tanto es así que dos de mis hermanos aparecen como si fueran gemelos, les pusieron el mismo día y el mismo año, cosa que no es verdad. Rosa es mucho mayor que el mono, yo me acuerdo. Al igual que nunca supimos por qué ella se fue, la gente soltaba muchos comentarios, pero todos al aire, a la final nunca le decían nada a uno."

- Silencio por derecho al olvido y la sanación -


Quede claro que, por encima de todas las cosas, entiendo que las historias solo deben buscarse, contarse y recuperarse cuando estas acciones persiguen un fin y los implicados se benefician. No siempre es así; el morbo por contar, por desnudar "verdades" no puede sobrepasar los límites de la humanidad de nadie. Si hay circunstancias en las que las historias han cerrado su ciclo, se han contado muchas veces y han cumplido su función, y donde se necesita seguir adelante, no podemos arriesgarnos a revictimizar a una persona, revolver cosas que no desea que sean tocadas, si al final todo continuará igual.


- El silencio como herramienta de resistencia y supervivencia -


Perdí la cuenta de cuántas veces escuché a alguien decir: "Colombia es un lugar difícil; uno debe aprender a andar con cuidado; hay cosas de las que simplemente no se hablan".


Así, el silencio se convierte en una herramienta de protección cuando estar fuera del margen establecido puede ser un riesgo para la supervivencia. Ser el negro, el gay, la solterona, la bruja o cualquier otra forma de ser el "otro" en voz alta no es una opción. Pero esta supervivencia no se trata solo de callar por callar de forma sumisa e inconsciente. Por el contrario, es un juego firme de resistencia y resiliencia, una manera pasiva de darle la vuelta a la trama social para que, a nosotros, los señalados, "nos sonría un poco más la vida".


En estos momentos, las mujeres, y en particular las madres, juegan un papel fundamental. Desde la educación hasta la implantación del discurso y las estrategias para sobrevivir, nos van abriendo el camino.Quizás no de las maneras esperadas ni las más aplaudidas, pero todo modelo de supervivencia es y debe ser considerado válido. Lo que Louder (2003) expresa como: "Para las mujeres, la necesidad y el deseo de apoyarse mutuamente no son patológicos sino redentores, y hay que partir de este conocimiento para redescubrir nuestro auténtico poder. Esta conexión real es la que despierta miedos en el mundo patriarcal. Pues la maternidad es la única fuente de poder social a disposición de las mujeres en el marco de la estructura patriarcal".


Mientras que mi tía lo siente como: "Yo aguanto y lucho en silencio, para que no les toque mis hijos".


Así como vendré considerando las maneras en las cuales mi abuela se las arregló para cumplir a cabalidad con la imagen de la negra trabajadora, la sirvienta confiable y la esposa sumisa para asegurar ciertos privilegios para la época difíciles de alcanzar a sus hijos, librarlos de sospechas, comentarios y persecución. Como era asegurarles un apellido, un cupo en un colegio y la obligación de aprender un oficio. Es así como utiliza el mismo discurso que la oprime para librar a sus hijos y más en específico a sus hijas, poder alejarlas del trabajo doméstico, de mantener matrimonios tóxicos, el acceso a herramientas anticonceptivas, enseñarles la gastronomía como modelo de sustento, de manera que no solo les ofreció con sus esfuerzos y el silencio de estos la oportunidad de lo que ella consideraba una mejor vida, sino, además, unas libertades corporales y oportunidad de decisión sobre las maneras que deseaban construir familia y sus estilos de vida y/o sustento.


"La gente como nosotros tiene que esforzarse el doble, así sea para tener la oportunidad de competir por ocupar un lugar importante y demostrar que somos más de lo que piensan. Ya con solo competir, hacerles la guerra, un ratito, es suficiente, para que nos noten ahí y no a la sombra como nos quieren tener".


De igual forma, es como mi mamá, ya desde un punto de la historia diferente, comienza a construir para mis unas lógicas del quién soy, unos lugares de privilegio, que se traducen también en libertades. Resistiendo desde la lucha por impulsarme hasta los espacios competitivos, aunque para ella no se entienden como un "puedo ser", sino como un "merezco ser". Razón por la cual, me encuentro haciendo uso de este lugar privilegiado que es la ciencia, para contar nuestra historia, en total desarmonía con lo que el orden machista, clasista, racista, opresor guardaba para mí. Una mujer "mestiza", de familia negra y campesina, proveniente de los sectores más abandonados y criminalizados por el "estado", perteneciente a una clase media empobrecida, que de igual manera es blindada desde la propia absorción del discurso hegemónico, para por medio del silencio como herramienta de resistencia y supervivencia, construir un camuflaje que me permita "competir" entre los privilegiados, formando así, la fachada de igual manera racista y clasista, de joven clase media, mestiza, no racializada, culta, competitiva y no problemática. Aunque todos estos calificativos de valor y diferenciación social son importantes, todos se reducen en la posibilidad de mezclarse entre el montón con tanto éxito, que de una vez y por todas, no dé sospechas de ser otra problemática.


Lo que refleja los efectos del silencio y sus resultados de una manera transgeneracional, entendiendo a estos no como estáticos, sino como algo que, aunque se transmita, no es estático y cada persona lo reflejará según sus contextos. En lo observado, se entiende como la primera generación (mis abuelas y tía abuela) es la miembro raíz, a la que le ocurren los hechos no expresados y formula las herramientas para su no transmisión. En la segunda generación (mi mamá y tías) se absorbe aunque conozcan parcialmente los hechos, pero son obligados a hacerlos innombrables, y por último, la tercera generación (mis primos y yo), los hechos se hacen impensables, nunca han sido escuchados y desconocen totalmente dichos sucesos.


Pero a partir de aquí comienzo yo a personarme de la historia y en primera persona narrar, provocando el desmantelamiento progresivo del silencio y como tal de los traumas transgeneracionales, desde mi privilegio, ganado a costa de los sufrimientos, sometimientos y olvidos de las historias de mis raíces. Que me dieron un lugar cómodo para ahora sí diseñar unas nuevas herramientas. Ya mi abuela, mi tía y mi madre no tuvieron que ser académicas para tener razón en que haciéndome ajena a todas estas opresiones, gracias a la comodidad que me otorgaba una estructura capilar y un color de piel entre los márgenes aceptados del mestizo, nosotros que, por un simple azar genético, "ganamos" salvarnos de ser vistos como negros y todos los atropellos que esto concierne en una sociedad estructuralmente racista.


Así que no critico las herramientas de mis mayores, pero no las seguiré reproduciendo. Esclarezco que cuando señalo mis privilegios, no los hago por orgullo de poseer estos, sino, por el contrario, para continuar con un trabajo de "deconstrucción" que debe comenzar por reconocerlos y afrontar los lugares en los que estos nos han puesto en comparación con los que no los poseen. Así que, entendiendo que solo me encuentro a la mitad de una escalera gigante de presiones, donde todos somos opresores y oprimidos al mismo tiempo, asumo que nunca un desconocido se ha dado el derecho de otorgarme un calificativo, asumir mi lugar de nacimiento, capacidades económicas y académicas, hasta rasgos de mi personalidad y vida privada, solo por mi color de piel. De igual forma, tampoco han desconfiado de mis actitudes, ni otorgado sin sabor un rol dentro de un conflicto que desconozco, solo por ser de "x" vereda, pueblo o corregimiento. En cambio, me han dejado hablar en nombres de otros que sí podrían hablar con


 mejor propiedad del tema, por yo "si ser blanca, citadina y educada". Aunque en otros contextos sea yo la que calle y se encuentre en desventaja, como cuando es en relación con hombres, extranjeros "primermundistas" u otras mujeres con cargos académicos más altos, al igual que sus posiciones sociales. Ya que no debemos olvidar que la "meritocracia" solo es un engaño para que vivamos compitiendo unos con otros en el afán de sobrepasar al otro por la ilusión de obtener lo que solo le ha pertenecido al 1%.


Siendo así, agradezco, respeto, reivindico y rescato del olvido las luchas de mis dos generaciones pasadas, pero entendiendo que puedo hacer algo mejor con la comodidad que esas luchas me regalaron. "Quemo las herramientas del amo", con todo y las que me favorecen, entendiendo que nadie, además de yo misma, debe salvarme de la ignorancia o educarme sobre lo dañino de todo este discurso. Al mismo tiempo que me abandero de la idea de Bouvery (1949) que "debemos extraer la fuerza para vivir y las razones para actuar del conocimiento de nuestras auténticas condiciones de vida". Así que comenzaré a escribir como feminista, "caribeña", "latinoamericana", birracial, disléxica, abrazando mis ideales, mi historia, las consecuencias de mis privilegios, utilizando la rabia, el dolor, la angustia, la soberbia, la soledad, la impotencia y demás sentimientos como arma de guerra para deconstruir mi historia de silencios.


Ya que, como lo expresa magistralmente Louder (2003), las que estamos fuera del círculo de la definición que esta sociedad da de mujeres aceptables; las que hemos sido forjadas en las encrucijadas de las diferencias - las que somos pobres, que somos lesbianas, que somos negras o que somos más viejas - sabemos que la supervivencia no es una habilidad académica. Es aprender cómo estar en pie sola, impopular y a veces vilipendiada, y cómo hacer causa común con esa otra gente identificada como ajena a las estructuras, con el fin de definir y buscar un mundo en el que todas nosotras podamos prosperar. Es aprender cómo coger nuestras diferencias y convertirlas en potencias. Porque las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. No permitirán ganarle provisionalmente a su propio juego, pero jamás nos permitirán provocar auténtico cambio. Y este hecho solo resulta amenazador para esas mujeres que todavía definen la casa del amo como su única fuente de apoyo.


Quemo la casa del amo y llevo conmigo las heridas de mi abuela negra que nadie sanó y que se fue a la tumba con ellas, las cargas de mi tía que se sobrepuso con las herramientas que tenía a su disposición, de las violencias, abusos, muertes y abandono que ni siquiera le permitieron afrontar que vivió y como tal merecía que fueran reparadas. Me llevo conmigo a mi madre, para acompañarla desde nuestra doloridad a sanar los olvidos, las preguntas sin respuesta, el abandono y los despojos. Sí, y mil veces sí, no puede existir una etnografía a la familia, sin un encontronazo con los traumas transgeneracionales, por eso las llevo conmigo, porque ellas, sus historias y resistencias son mis aliados, mis raíces y cimientos.

Conclusiones: 

Silencio como despojo, callar para sobrevivir a una historia de violencias desde lo no contado 


Una reflexión inicial nos lleva a reconocer que el despojo no se limita solo a la pérdida de tierras; abarca mucho más, incluyendo aspectos intangibles como conocimientos, prácticas y tradiciones que constituyen nuestra identidad y nos definen como individuos y como comunidad ((Vanegas, 2016)). Es un acto que arranca lo propio, lo esencial, lo que nos da forma y nos conecta con nuestras raíces.

Al concluir esta etnografía sobre los silencios simbólicos en la familia, descubrimos que el silencio conlleva una carga de responsabilidades, causas y motivaciones que impactan en la historia de formas profundas y complejas. El acto de silenciar a alguien es, en sí mismo, un acto de violencia, aunque no siempre conlleve violencia física o muerte. El silencio implica violencia simbólica, represión social, incertidumbre y miedo.

No obstante, también reconocemos que el silencio puede ser una herramienta de supervivencia. En ocasiones, los individuos se adaptan a las condiciones impuestas por el sistema, utilizando las mismas "herramientas del amo" para reconfigurar sus vidas y circunstancias. Aunque esto no signifique escapar por completo de la opresión, demuestra una resiliencia notable y una capacidad para enfrentar las dificultades dentro de los límites impuestos.

La familia emerge como un terreno fértil para comprender las complejidades de las estructuras sociales. Es necesario entender las motivaciones detrás de estas estructuras antes de criticarlas, ya que solo al comprender las razones subyacentes podemos enfrentar efectivamente los sistemas de opresión. Conocer las dinámicas de género, clase social, orientación sexual y raza nos permite luchar contra los monstruos que nos oprimen, dándoles rostro y nombre y desafiando sus fundamentos ideológicos.

En última instancia, este análisis nos invita a explorar más allá de los silencios, a desenterrar las verdades ocultas y a reconstruir nuestra identidad desde una posición de poder y resistencia. En este proceso, honramos las voces silenciadas, recuperamos lo que nos han arrebatado y reclamamos el derecho al legado y la reparación. 

por mi abuela que murió en silencio y mi mama que aun esta en busca de poder decir mas, hoy no me cayo . 

Bibliografía de la ponencia

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       Eddo-Lodge, R. (2021). Miedo a un planeta negro En Por qué no hablo con blancos sobre racismo. Ediciones Península.

 

         Eddo-Lodge, R. (2021). Raza y clase En Por qué no hablo con blancos sobre racismo. Ediciones Península.