ETNOGRAFÍA DE LA CERÁMICA TRADICIONAL EN COMUNIDADES DEL ESTADO DE VERACRUZ DE IGNACIO DE LA LLAVE, MÉXICO.

SP.14: Etnografiar la transformación: géneros, patrimonios y rituales en Latinoamérica

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Daniel Nahmad Molinari ,Centro Veracruz del Instituto Nacional de Antropología e Historia

ETNOGRAFÍA DE LA CERÁMICA TRADICIONAL EN COMUNIDADES DEL ESTADO DE VERACRUZ DE IGNACIO DE LA LLAVE, MÉXICO.

Ponencia al VII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Antropología

Rosario Argentina marzo 2024

 

Daniel Nahmad Molinari

Coordinador del Cuerpo Académico de

Etnoarqueología del Golfo de México[1]

 

 

Introducción

La cerámica es producto del desarrollo tecnológico que la humanidad logró desde de los primeros procesos de sedentarización, a partir de entonces ha jugado un importante papel en la cultura y la civilización humana, desde las primeras pruebas por unir el barro y el fuego para crear figurillas simbólicas de osos, leones y zorros que hizo el Hombre de Cromañón, veinticinco mil años antes de Cristo, hasta los poderosos superconductores cerámicos de la era moderna.

En Mesoamérica se desarrolló una rica tradición alfarera a partir de los primeros complejos de la costa del Pacífico chiapaneco, llamados complejos Barra y Ocos,  con claras influencias de las cerámicas del Caribe colombiano, particularmente de las costas de Valdivia y Cachanilla y que datan de alrededor de cinco mil años de antigüedad. A partir de ahí se dará un proceso civilizatorio que incluye a diversos grupos sociales, los cuales siempre tuvieron en la cerámica a un importante elemento para la resolución de diversos aspectos, tanto de la vida cotidiana, como de la religiosa o suntuaria.

La cerámica tiene la cualidad de conservarse por largos periodos de tiempo y resistir casi todas las condiciones ambientales, es por ello que es un elemento material que ha servido a la arqueología para el estudio de las sociedades antiguas, ya que sus restos nos hablan de las técnicas de hechura, tanto como de los gustos, las modas o los problemas de cada época.

La cerámica no se ha conservado solamente como bien material antiguo, todos los pueblos indígenas mesoamericanos lograron conservar, a través de la transmisión de la cultura, elementos importantes de la producción cerámica prehispánica, que siguieron y siguen usando en su vida cotidiana y ha sido un elemento importante en la cultura de las comunidades indígenas y campesinas de nuestro país, muchos de sus rasgos tecnológicos tienen su origen en la cerámica prehispánica, aunque no es de despreciar los aportes impuestos o adoptados por y de las cerámicas del nuevo mundo.

Sin embargo, a pesar de que este elemento es de tal importancia para la construcción de la historia cultural, se encuentra muy poco estudiado de manera sistemática en los pueblos contemporáneos, a no ser por registros etnográficos de forma muy general.

Por qué hacer la etnografía de la cerámica.

Siempre hay un fin para la indagación científica, el nuestro tiene sus orígenes en la pregunta de quienes construyeron la ciudad arqueológica de El Tajín, el debate sobre el origen totonaco, huasteco o nahua de esta civilización antigua nos llevó a cuestionarnos la presencia de pervivencias culturales, es decir:

“La práctica de hábitos culturales, típicamente inmersos en la vida cotidiana de determinado modo de vida, que subsiste aún cuando las condiciones ambientales, económica, políticas e incluso sociales sean transformadas. Estas prácticas lejos de permanecer inmutables o permanentes en su forma original, se transforman y refuncionalizan a lo largo del tiempo […] de tal modo que su presencia se garantiza mediante las actividades de los actores sociales que las llevan a cabo en el transcurso del tiempo” (García, 2008: 32).

Así, inspirados en el método conocido como etnoarqueología, iniciamos trabajos entre los pueblos de los entornos de El Tajín para registrar la cultura material de estos, particularmente la cerámica, que consideramos susceptible de ser comparada con aquella de los periodos antiguos de la región y poder emplear la analogía para resolver problemas de identidad cultural y periodicidad histórica.

Este fue el motor principal del estudio, pero en el andar nos percatamos de la acelerada pérdida de esta tecnología milenaria por efectos de la modernidad en los pueblos indígenas, la cual se ha propiciado por la introducción de nuevos materiales, y tecnologías que sustituyen el uso tradicional del barro, por nuevos conceptos, materiales y patrones de consumo y por otros diversos factores; aunque continúa la producción de algunos elementos que resisten, la producción de autoconsumo familiar está casi liquidada. Así, siguiendo un concepto de Guillermo Bonfil, desarrollamos una antropología de urgencia, dice este autor con respecto a los retos de la disciplina antropológica en la actualidad:

…esto que se llama globalización consiste fundamentalmente en la actuación de factores nuevos que están provocando cambios cualitativamente distintos en las sociedades que afectan…Este primer reto sería la obligación ineludible que tendría nuestra disciplina de documentar el estado actual de muchas sociedades que van a ser afectadas, probablemente en forma inevitable por esta globalización. Pero que este momento todavía mantienen, no digamos una cultura prístina, pero si por lo menos unas culturas que tienen una serie de rasgos y de características, una matriz cultural, digamos, que no corresponde al modelo de sociedad moderna que se está implantando. Yo diría que aquí lo que se nos plantea es una antropología testimonial de urgencia” (Bonfil, 1991: 79).

De esta manera nuestro trabajo, además de indagar en aspectos de identidad y cambio y de proponer análisis de estas problemáticas desde los materiales culturales que acopiamos en la etnografía,  también practicamos el coleccionismo y la museografía, buscando el acopio de piezas que quizá sean las últimas en fabricarse y en las que al integrarse a una colección etnográfica en formación, complementada con el registro de los contextos culturales, a través del trabajo de campo, en los que las piezas son fabricadas, usadas, intercambiadas, reusadas y desechadas.

Las colecciones cumplen un fin educativo al integrar exposiciones que pueden ser observadas por un público amplio en las salas de los museos y permiten su estudio en el laboratorio bodega de bienes etnográficos que integramos[2]

Planteamientos teóricos y metodológicos.

Malafouris dice con relación a la materialidad y su estudio: “El artefacto no es una pieza de materia inerte sobre la cual uno actúa, sino algo activo con lo cual uno se involucra e interactúa” (2013: 149).

La materialidad ha sido un elemento fundamental, presente siempre en el estudio de la sociedad y su cultura, ya sea desde los planteamientos marxistas de las condiciones materiales, o el desarrollo de la filosofía de la tecnología y los estudios de lo que se ha llamado la cultura material. Para la arqueología la materialidad se presenta como un elemento fundamental en el estudio de sociedades sin historia escrita, aunque también contribuye al estudio de sociedades con registros escritos (véase por ejemplo la arqueología industrial o histórica).

 La materialidad de los objetos les da personalidad propia, pueden hablarnos de la vida y la sociedad de sus usuarios y nos permite entender el desarrollo cultural de los pueblos. En este sentido los objetos están dotados de una agencia (Latour) que les permite ser parte activa, actantes, de los hechos sociales, imposible realizarse sin ellos, y que para la investigación social y cultural es fundamental por lo que dicen de los pueblos que los crearon.

Esta agencia de los objetos les da capacidad de contribuir en la construcción de la historia cultural de los pueblos, para ello hacemos uso de un recurso metodológico que ha tomado fuerza en tiempos recientes, nos referimos a la etnoarqueología. Desde esta subdisciplina de la arqueología y de la antropología (David, 2002), se parte de la premisa de que es posible la interpretación histórica y cultural, a partir de la analogía de los datos que aportan los elementos materiales arqueológicos y etnográficos, de las sociedades presentes y pretéritas, y se puede dar respuesta a interrogantes de la antigüedad con los elementos presentes en la actualidad (Hernando, 1995; Rattray, 2005; González Rubial, 2003).

Nos apoyamos de manera fundamental en la teoría del control cultural que postuló Guillermo Bonfil (1988), que nos permite el estudio de los elementos materiales dentro de la cultura propia y los procesos por los que se van integrando en ella. El control cultural analiza los elementos culturales como un patrimonio y que pueden ser propios o ajenos y se constituyen en cuatro campos: cultura autónoma, cultura impuesta, cultura apropiada y cultura enajenada y que se desarrollan conforme a seis procesos que dan dinamismo a las relaciones interétnicas y al cambio cultural: resistencia, apropiación, innovación, imposición, supresión y enajenación.

Bajo estas premisas teóricas hemos desarrollado una metodología que llamamos etnografía de la cultura material, particularmente desarrollamos la etnografía de la cerámica, aplicando las técnicas de la antropología con trabajo de campo por largos periodos en los pueblos, observando en la vivencia cotidiana la fabricación de las piezas cerámicas, registrando el uso, reúso y desecho de lo que hemos llamado vajilla, siguiendo las nomenclaturas arqueológicas. No es un registro simple de los objetos, sino el de los objetos con relación a la complejidad social y cultural de sus usuarios en la relación con éstos.

En el andar de la investigación nos ha llamado el nombre de las cosas, la designación dice mucho de las piezas, por lo que hemos requerido de la lingüística para entender las palabras y las cosas, como diría Foucault (1968 ) y obviamente es necesario observar los elementos materiales etnográficos desde los ojos de la arqueología, para entender su correlación analógica, pero también es necesario conocer el desarrollo social, a través de técnicas de la historia y la etnohistoria, para comprender los periodos que vinculan lo contemporáneo con lo antiguo. Así nuestra propuesta metodológica se funda en la interdisciplina, aunque la etnografía es el eje rector de la práctica interdisciplinaria.

Desde esta perspectiva acopiamos información en las viviendas de los pueblos que amablemente nos reciben y nos permiten meternos hasta la cocina, literalmente. Observamos cómo se construyen las piezas, ya que la fabricación es doméstica, y también vemos como son usadas en los distintos espacios de la vivienda, el solar, el altar, la cocina y en los espacios externos a la vivienda, como la iglesia y el panteón, o en las ofrendas que se realizan en los lugares sagrados y en las áreas de cultivo, registramos también su intercambio, su reúso y su desecho.

Así, ollas, cajetes, platos, comales, incensarios, candeleros y otra gran cantidad de formas que los artesanos dan a la cerámica, nos hablan no solo del objeto en sí mismo, sino de sus funciones con relación a sus usuarios y nos permite de manera analógica contribuir a la construcción de la historia cultural de los pueblos en los que trabajamos. Con ello la etnografía de la cerámica es parte de la etnografía de los pueblos indígenas, de su arqueología y de su historia misma.

Desarrollo de la investigación

En 2018 se presentó un primer resultado de investigación desde esta perspectiva, producto de cinco años de investigación en las comunidades totonacas del entorno de El Tajín (Nahmad, 2018). Este trabajo etnográfico nos llevó a cuestionarnos y a plantear la necesidad de abrir los estudios a otras regiones o áreas culturales para poder comparar y poder desarrollar interpretaciones desde la diversidad cultural y el cambio. Pero no solo se planteó la necesidad de la comparación intercultural, se sintió la necesidad de la interdisciplina, de la creación de un cuerpo académico que se abocara a construir la interpretación y descripción especializada de las diversas facetas de una investigación cultural compleja como a la que nos enfrentamos al estudiar la cerámica.

Es así que en 2022, y gracias a la convocatoria de la Coordinación Nacional de Antropología del INAH para respaldar proyectos, en el marco del Programa Nacional de Etnografía, tuvimos la oportunidad de ampliar perspectivas territoriales para la investigación etnográfica de la cerámica, pero también para la integración de un grupo académico interdisciplinario. Presentamos y fue apoyado el Proyecto de la Etnografía de la Cerámica de la Huasteca y el Totonacapan, con lo cual se formó un equipo integrado arqueólogos, antropólogos, lingüistas y etnohistoriadores y se ha contado con colaboración de geólogos y ambientalistas.

Avanzamos en 2022 y 2023 en el trabajo de investigación de dos áreas particulares, el Totonacapan meridional, que habíamos llamado región de Misantla por encontrarse en esa área los últimos hablantes de la variante totonaca del misanteco, y por otra parte trabajamos el municipio pluricultural de Ixhuatlán de Madero en el sur de la Huasteca y norte del Totonacapan, regiones lejanas y contrastantes que nos han aportado una rica información de la cual presentamos una síntesis.

Planteamiento del problema

El Totonacapan del siglo XVI y el actual según Kelly y Palerm (1952)

Para presentar los resultados con que contamos a la fecha, haremos uso de un plano que muestra la situación de la lengua totonaca para fines de los años cuarenta del siglo pasado y que nos permite observar las regiones de estudio en su contexto cultural. Nos referimos al plano de Kelly y Palerm (1952) en el que se muestra la extensión del Totonacapan[3] y se puede observar claramente como existe una clara contracción del grupo y la lengua hacia el norte del área cultural, donde se concentra la mayor densidad y cantidad de hablantes de la lengua, existiendo en contraparte un vacío de elementos culturales en el sur, donde solo perviven para 1950 unas cuantas islas de hablantes del totonaco en las inmediaciones de Misantla y Xalapa, la situación se puede constatar en la actualidad en el plano del atlas de los pueblos indígenas con datos de este siglo (Atlas, 2020) .

La existencia de pueblos ceramistas en ambas áreas nos llamaba la atención y fue el motivo de proponer el estudio en el sur, en la región que ahora denominamos Totonacapan meridional y en el municipio de Ixhuatlán de Madero en el norte, ya contando con los datos antecedentes de la región intermedia de Papantla con el estudio de los entornos de El Tajín. Las preguntas son ¿Qué ha sucedido con la cultura mesoamericana, en estas regiones, que se manifiesta en esta situación contrastante de pérdida y conservación de elementos culturales? ¿Puede el estudio de la cerámica aportarnos a la comprensión de los procesos de historia cultural que han llevado a esta condición al área cultural?

Resultados de la investigación

Papantla de Olarte

Nuestro primer registro se realizó en siete comunidades de los entornos de la zona arqueológica de El Tajín, ciudad arqueológica que motivó el inicio de los trabajos, en el municipio de Papantla de Olarte. La región ha sido ocupada por hablantes de totonaco de la variante lingüística conocida como de la costa, la región permaneció en un aislamiento relativo durante muchos años, como da constancia la pervivencia de importantes rasgos culturales, como ejemplo el ritual del palo volador, el cual sobrevivió en esta región pese a la persecución de la Santa Inquisición en la época colonial. La presencia española se daba fundamentalmente en los enclaves de dominación como eñ propio Papantla. El aislamiento se rompe hacia la década de los años treinta del siglo XX en que los procesos de exploración, extracción y refinación petrolera se convierten en un factor de acelerado cambio regional.

Se inicia un procesos acelerado de industrialización y urbanización que tiene como eje la ciudad de Poza Rica de Hidalgo, en la cual se instalan las refinerías que procesarán el hidrocarburo que se extrae de los ricos campos petroleros de la región, llegan migrantes de distintas partes del país y del extranjero y la ciudad crecen donde antes había un paraje selvático.

Este fenómeno transforma la región y no deja de influir en los pueblos totonacos del área, los cuales se ven expuestos a procesos modernizadores que se encuentran además sometidos a procesos de despojo por los neo latifundistas que acaparan las ricas tierras de los pueblos indios. Aunado a ello la modernidad, en la que el consumo capitalista es la fuerza motriz del desarrollos histórico, genera cambios en la sociedad y la cultura de los pueblos totonacos, sin embargo perviven muchos elementos que siguen caracterizando a estas comunidades que no pierden su identidad y mantienen una resistencia cultural ante la sociedad nacional y las fuerzas económicas que las transforman.

Así, a pesar del cambio, los pueblos conservan elementos que les permiten resistir desde su cultura propia (Bonfil: 1988): el mismo sentido de comunidad, las festividades, la ritualidad y la lengua parecen ser elementos que aunque sufren cambios, mantienen el sentido de identidad y comunidad de las poblaciones, ante los acelerados cambios de la vida moderna. Aunque hay que reconocer que existen perdida acelerada de la lengua en los últimos años.

Existen cambios en toda la materialidad de estos pueblos, la casa tradicional de muros de madera y barro con techos de palma o zacate, ha dejado su lugar a las construcciones de concreto y techos de lámina o de cemento mismo, la producción agrícola se ha transformado introduciéndose nuevos productos y elementos químicos, agotándose el sistema de producción rotativo de tumba roza y quema. En el ajuar doméstico, en el que la cerámica ocupaba un lugar muy importante, se han introducido también cambios muy importantes, los nuevos materiales y productos del mercado industrializado, plásticos, vidrios y metales, ocupan el lugar de los elementos que antes tenían los elementos de producción artesanal, tal es el caso significativo de la cerámica.

La cerámica era producida por cada familia para su autoconsumo y algún intercambio de tipo ritual o familiar, la vajilla era elaborada por las mujeres y los hombres aprovisionaban de los materiales necesarios, barro, arena y leña. Las formas que daban las mujeres al barro, convertido en cerámica, cubrían gran cantidad de necesidades de las familias: cocción y contención de los alimentos en ollas, comales y cajetes de diversas formas y usos; ollas para la captura de agua pluvial, la producción de miel en ollas colmena y la producción de lejía para la limpieza de la ropa; para los rituales en incensarios, candeleros y portacopaleros; hasta dedales para la producción textil, bacinicas, etcétera, etcétera. El barro permite cubrir una gran cantidad de necesidades de la población y es un recurso de fácil adquisición y una tecnología heredada de tiempos inmemoriales.

Las técnicas de fabricación, así como la gran mayoría de las formas que se logran tienen origen en la tradición cerámica mesoamericana, esto es, la tradición se remonta a tiempos prehispánicos, cerca de cinco mil años en el norte del centro de Veracruz, según Wilkerson (1989).

Los materiales, barro, arena y leña, son recolectados en fuentes de aprovisionamiento cercanas a la vivienda y que ahora representan problemas por los procesos de privatización de las tierra, los hombres los trasladan a las áreas de la casa, donde son procesados por las manos femeninas que limpian el barro, mezclándolo con las arenas y amasándolos para después proceder a la construcción de las piezas por medio del modelado, no existen tornos, si acaso un falso torno de hoja de plátano o plástico que permite ir girando la pieza para su modelado, después las piezas son secadas a la sombra y, a pesar de conocerse el horno para cocer los panes rituales de las fiestas, no se emplean en la cochura de la cerámica, la cual sigue haciéndose quemada a cielo abierto, como en tiempos prehispánicos[4].

La influencia recibida por la dominación española se nota en algunos elementos, como los portavelas o candeleros, formas inexistentes en el México prehispánico y adoptadas por los pueblos indios a partir de la imposición de la religión cristiana por los conquistadores (Díaz del Castillo,2005 ), pero en general la cerámica se puede considerar de una clara tradición mesoamericana con ciertas piezas de tradición europea incorporadas a la cultura propia por adopción o por  imposición. Es relevante destacar la existencia de voces nahuas en los nombres de la cerámica y elementos asociados a ellas, asunto digno de un estudio más profundo que realiza el grupo de lingüistas del proyecto.

Ixhuatlán de Madero

La situación es similar para el área de Ixhuatlán de Madero, este municipio se considera indígena (un 90% de población es indígena, 60% habla una lengua, puesd también hay un fuerte proceso de pérdida de la lengua) de alta marginación, conviviendo poblaciones de tradición nahua, otomí, totonaca y tepehua, siendo estas dos últimas las variantes del totonaco habladas más al norte, de hecho se hallan en la región conocida como Huasteca y no en el Totonacapan, el problema de la regionalización presente nuevamente. El municipio se encuentra enclavado en la vertiente oriental de la sierra Madre, ocupando terrenos pedregosos y de gran cantidad de elevaciones que rematan al poniente con el altiplano central. Mantuvo un aislamiento relativo bastante tardío, el cual se rompió hacia fines del siglo XX en que se abren paso las carreteras y los puentes que libran la barrera impuesta por los caudalosos ríos que bajan de la sierra.

Esta región nos ha aportado elementos significativos para el conocimiento de nuestro tema de estudio. Si bien la producción cerámica es muy parecida a la de la región de Papantla en formas y usos, mantiene elementos o características particulares que destacamos y que son dignas de análisis.

Es de destacar que la técnica de producción cerámica es la misma en las poblaciones de las cuatro variantes lingüísticas, con ligeras diferencias que son casi imperceptibles y que más que deberse a diferencias entre grupos culturales, son diferencias menores entre pueblos, aún nos falta un registro más fino de la vajilla de cada grupo cultural para un análisis más profundo. Es de destacar que muchas veces desde la arqueología se asume que los tipos cerámicos corresponden a culturas y lenguas particulares, lo cual no parece ser así en el caso de Ixhuatlán de Madero, ya la arqueología procesual ha hecho la crítica a esta perspectiva (Dietler y Herbich, 1998)

En las variaciones entre la cerámica de Ixhuatlán y la de Papantla tenemos un elemento que caracteriza a la cerámica serrana, en que se incluye Ixhuatlán, de una amplia área geográfica, nos referimos al chililite, piedra compuesta fundamentalmente de calcita (carbonato de calcio) que es recolectada en las pedregosas tierras de la región, quemada y molida para conformar el desgrasante que se adicionará a las arcillas para hacerlas maleables. La arena de arroyo o de mina es el desgrasante más común en la cerámica, por lo que el chililite es una peculiaridad de esta región serrana, aún no sabemos que extensión abarca el uso del chililite, sin embargo por sus connotaciones toponímicas y algunas referencias etnográficas sabemos que se extiende a los estados de Hidalgo y San Luis Potosí, en la vertiente oriental de la Sierra Madre y es usado por diversos grupos culturales, entre otros los pames (Moguel, 2002).

Otro elemento que distingue ambas cerámicas es la presencia de decoraciones en la de Ixhuatlán con minerales calizos para el blanco y hematita, óxido ferroso[5], ()  para el rojo, lo que vincula con tradiciones prehispánicas de la Huasteca, llamadas rojo sobre blanco, decoración que es inexistente en Papantla en donde se ha optado por decorar los incensarios con calados en el barro fresco.

Las pastas finas para hacer piezas de contención de líquidos o suntuarias, que se ha desarrollado con mayor fuerza en el barrio de Chililico (lugar de chililite) de Huejutla Hidalgo, que también vinculan con las cerámicas arqueológicas de tipo huasteco, pastas finas que no se usan en la región de Papantla, en donde se usan pastas burdas par los objetos.

La producción de barro, como el resto de la cultura, tiene una fuerte conservación de tradiciones mesoamericanas, aunque la modernidad no deja de transformar a estos pueblos. Aunque la producción de autoconsumo familiar se encuentra en franca desaparición, aún es posible observarla en algunas familias y la memoria de esta forma de producción está viva en las generaciones contemporáneas. Ahora algunas ceramistas mantienen la producción de barro, el cual se comercializa en la comunidad o pueblos vecinos mediante los sistemas de mercados rotativos, conocidos como tianguis, aunque es claro que las nuevas generaciones no están aprendiendo la técnica, con lo que existe una clara tendencia a su pérdida..

Muy cerca de la región se encuentra un importante polo de producción cerámica también de tradición mesoamericana pero que se ha incorporado fuertemente al mercado, el barrio de Chililico en Huejutla Hidalgo, el cual presenta una clara tendencia hacia el proceso artesanal (Hirt, 2011), esto es la producción fundamentalmente para el intercambio, las piezas de Chililico inundan los mercados regionales y son llevadas más allá de la región.

Entre muchos elementos que se han registrado es de destacar la fuerte ritualidad que existe en las comunidades (véase Trejo, 2014) en la que la vida del barro sigue presente, como ejemplo tenemos la representación de las deidades acuáticas, Apachame o la sirena, que es representada en las ofrendas a manantiales o cuerpos de agua por una olla con vestuario especial para la ocasión. La agencia de las cosas se da no solo como un elemento de información para los científicos, en este caso, en la cosmovisión de los pueblos de origen mesoamericano, los objetos adquieren vida propia y personalidad, las mazorcas de maíz son deidades que son vestidas, las campanas y las ollas se convierten en las mismísimas deidades del agua y participan activamente en la vida de los pueblos, el tema da para mayor análisis.

Los incensarios son decorados con los cuatro elementos fundamentales de la cosmovisión mesoamericana, agua, fuego viento y tierra, con la que son construidos y permiten un vínculo entre el mundo terrenal y el divino, a través del humo y la ritualidad. La ritualidad en ambas regiones es un elemento muy importante y permite la pervivencia, por resistencia, de algunos elementos cerámicos como los incensarios y las copaleras, así como los candeleros, aunque estos en Papantla casi ya no se fabrican y han sido sustituidos por las veladoras, las piezas deben ser nuevas para usarse en las fiestas más importantes, entre ellas todos santos o días de muertos (llamada Xantolo en la Huasteca y Ninin en Papantla).

Hay otros elementos cerámicos de gran resistencia en ambas regiones, particularmente los comales de barro que perviven ante los modernos de metal y los cajetes de moler, indispensables en la hechura de salsas para las enchiladas, platillo tradicional de fuerte arraigo en la Huasteca y el Totonacapan (Sahagún, 1969), los migrantes llevan sus cajetes de moler a las ciudades o a los Estados Unidos.

Es de destacar la producción de miel de abejas americanas (meliponas) como una tradición que se remonta al año 300 de nuestra era (Zralka, 2014) y que se ha conservado fuertemente entre los totonacos de la costa y la sierra, aunque es mínimo su uso en la región de Ixhuatlán. 

El Totonacapan meridional

Incluye la planicie de Misantla y su sierra, la Sierra de Chiconquiaco y los entornos de la ciudad de Xalapa. El área, si bien mencionada y reconocida por la investigación antropológica, muestra una significativa carencia de estudios, siendo investigada un poco más por la etnohistoria y la lingüística y muy escasamente vista por la etnografía y la arqueología, siendo un terreno de gran perspectiva para la investigación.

Una de sus características es la acelerada pérdida de elementos culturales mesoamericanos, entre ellos el lenguaje, los hablantes de totonaco llegarán actualmente a una centena en todo el territorio, considerándose el misanteco en sus cinco variantes como una lengua en extinción (Vez, 2015). La población de lengua nahua que compartió territorio con los totonacos del sur, también se halla muy disminuida, quizá ya esté extinta.

La pérdida de la lengua se da a la par de la transformación y pérdida también de otros elementos culturales como los sistemas productivos, el traje tradicional, etc., aunque otros rasgos perviven a pesar de la transformación, como el sistema de danzas o la comida, la ritualidad pervive muy reducida y transformada, pero ahí está.

La cerámica no está exenta de este proceso de cambio sociocultural, la producción familiar de autoconsumo es inexistente en el sur del Totonacapan, aunque pervive en el recuerdo de las poblaciones, sin embargo se ha generado un interesante sistema de  especialización en la producción cerámica. Diversos pueblos han conservado la tecnología y la producción, pero como artesanos especialistas que producen para el mercado (Hirt, 2011).

Así Colipa fue productor de comales para la región, quizá desde la época prehispánica según estudio en marcha de Isaías Fernández, historiador misanteco, aún los produce pero ya no en las magnitudes de antaño. San Miguel Aguazuelos produjo contenedores de aguas en pastas finas de gran diseño, ahora orientada su producción a objetos de barro para el turismo. El Castillo produce ladrillos y ollas, Chiltoyac barro para la cocina, como también lo hace hasta la fecha Santa María Tatetla, población de tradición nahua y otros pueblos se suman, como Blanca Espuma, Rancho Nuevo y Chavarrillo.

En todo este espacio hemos detectado claramente dos tradiciones cerámicas que es digno destacar y que nos ayudaran a responder las preguntas que nos hemos hecho en el inicio de este trabajo. De un lado la tradición cerámica mesoamericana y de otro la clara influencia española en la cerámica de algunas comunidades, a efecto del impacto de la conquista y colonia en esta región, área clave de comunicación entre el golfo y su principal puerto, Veracruz, y el altiplano central y la ciudad de México.

La tradición cerámica mesoamericana es claramente observable en las formas y técnicas de fabricación, en Colipa pudimos constatar en entrevistas y por medio de elicitación, que la cerámica antigua era muy parecida a la de la región de Papantla, lo mismo parece suceder en Chiltoyac, donde estudió Paula Krotzer (1966) en uno de los escasísimos estudios sistemáticos de cerámica contemporánea, lo que uniría a las tres regiones que hemos descrito en una misma tradición cerámica. Las piezas son modeladas, sin torno y con quemas a cielo abierto.

Esto no implica que existan particularidades regionales, en la técnica es claro el uso de bruñidos para los terminados de las piezas en el Totonacapan meridional, particularmente para los comales, algunas piezas cambian de dimensión como los cajetes de moler que son de grandes dimensiones en el sur a diferencia de los pequeños del norte, pero las formas y los usos siguen siendo los mismos, no pudimos sin embargo localizar el uso de las ollas colmenas de las otras dos regiones.

Esta tradición nos hace suponer que quizá existió en la región un sistema de producción familiar de autoconsumo como el que pudimos percibir en la región septentrional, mismo que fue cediendo su lugar a un sistema de especialización de producción de los pueblos, lo que obviamente tuvo que tener como consecuencia un sistema de intercambio comercial el cual registramos de manera oral, ya que los sistemas de carreteras han transformado su comunicación y su comercio.    

El sistema de intercambio de cerámicas regional abarcó los valles de Xalapa y Misantla y la agreste cordillera de Chiconquiaco que los separa, en este sistema operó el trueque de mercancías en el que el barro tuvo un lugar fundamental, sistema del que queda memoria y algunas prácticas menores. Este sistema de intercambio de cerámica lo conocimos e iniciamos tareas para su registro y para profundizar en su estudio.

Tenemos que a la región llegaban vendedores de loza de Puebla, “sanjuaneros” se les llamaba por proceder de un pueblo denominado San Juan, estos loceros coincidían con las vendedoras regionales llamadas “naquitas o “lupitas” ya que el transporte se hacía en mecapal, clara reminiscencia de la vida prehispánica y que aún podemos observar en el traslado de la leña por ejemplo en muchos lugares. El mecapal es un contenedor que se sujeta a la frente y la carga va a la espalda del portador quien lo traslada a pie.

Las mercancías eran distribuidas por la importante red de caminos que estamos estudiando en el proyecto (Fernández, 2023), se trasladaba café, cachiquin (nuez endémica de la región muy apreciada), plantas medicinales (las comerciantes eran también acompañadas de curanderos) y cerámica, entre las mercaderías más importantes y podían ser intercambiadas en un interesante sistema de trueque que perduró hasta la década de los años sesentas, en la que las carreteras para vehículos motorizados transformaron el rostro de la agreste región.

A la par de este sistema de producción y comercio de origen mesoamericano, en al sur de del Totonacapan meridional, en la cuenca del rio Actopan se desarrolló otro sistema de producción cerámico que hemos registrado, particularmente en el corredor San Miguel Aguazuelos, Blanca Espuma y Cerro Gordo, pueblos especializados en producción de vasijas contenedoras de líquidos, aunque también se producen algunas ollas de cocción.

Desde siempre se había visto a la cerámica de Aguazuelos como una cerámica indígena de tradición mesoamericana, por desarrollarse en un pueblo de habla totonaca, pero nosotros proponemos otra interpretación. Se trata de una cerámica con una profunda influencia de la cerámica europea, española. Aunque Aguazuelos es un pueblo en el que se habló el totonaco hasta hace muy pocos años, quizá todavía haya algunos hablantes de edad avanzada, Blanca Espuma y Cerro Gordo sin embargo son pueblos que no reconocen un pasado indígena, lo cual es muy significativo.

La cuenca del Actopan fue poblada muy tempranamente en la colonia por población española, la cual ocupó las mejores tierras para sus haciendas orillando a la población indígena a las sierras, sus regiones de refugio (Aguirre, 1967), se introdujo también a población africana para trabajar en las haciendas en un patrón similar al de las Antillas. Aun hoy los pueblos españoles se reconocen como tales, a pesar de los siglos transcurridos, y han mantenido una endogamia para mantener su estirpe española, tal es el caso de Otates (Fernández, 2015) y Alto Lucero, los pueblos negros como Coyoliyo mantienen importantes elementos de la cultura africana, la cual han empezado a reivindicar, aunque las poblaciones de origen africano son consumidoras y no productoras de cerámica.

Esto no tuvo por más que tener influencia en la cerámica regional y se puede observar actualmente en las técnicas y las formas, aunque pensamos que existe una simbiosis entre la cerámica mesoamericana y la española. Las técnicas de hechura de las piezas tienen la influencia mesoamericana en sus materiales de pastas finas y decorados minerales, así como en la técnica de construcción por modelado, sin uso de torno. Es probable que las técnicas indígenas y españolas se hayan fusionado desde tiempos tempranos, por lo que se ha llegado a asociar a las cerámicas contemporáneas de este corredor de la cuenca del Actopan con los tipos arqueológicos de Isla de Sacrificios y Quiahuixtlan, estudios mas detallados de materiales y manufacturas de piezas arqueológicas y contempopráneas nos podrán dar luz sobre este asunto más adelante.

El significativo uso del horno para la cochura de las piezas nos empieza a hablar de la presencia europea, aunque se usaron hornos para la cerámica en la época prehispánica, pensamos como hipótesis, que los que se emplean en esta región, circulares y de doble cámara, fueron una adopción del nuevo mundo, habría que confirmarlo.

La influencia española se ve claramente en las formas y en sus nombres, predominan las “botijas”, las “tinajas” y los “lebrillos”, formas claras de la cerámica del nuevo mundo y los nombres españoles lo dicen todo. Hay más voces españolas en la cerámica, el producto se le llama “loza” y a las artesanas que lo realizan se les conoce como “alfareras”. Ninguna de estas voces se emplea en la cerámica de la región norteña que hemos estudiado. Pero hay más, el comercio de esta cerámica, a diferencia del realizado a mecapal de la tradición mesoamericana, se realizó en “bestia”, caballos, mulas y burros que recorrían, con los comerciantes de loza, la región para distribuir el producto.

Hay otros pueblos de tradición cerámica con fuerte influencia española como Chavarrillo, El Castillo y Rancho Nuevo, incluso hemos tenido noticias de que se utilizan los vidriados, técnica de indudable origen europeo y también se produce otro elemento cerámico de tradición europea, el ladrillo, sin embargo aún se encuentran en nuestros pendientes de investigación de campo y esperan para su aporte al análisis que realizamos de esta región.      

Palabras finales

Podemos tratar de contestar la pregunta hecha al inicio de este ensayo sobre la contracción de lo totonaco en el Totonacapan y su relación o expresión en la cerámica. Es claro desde nuestra perspectiva que el Totonacapan meridional ha sufrido una aguda transformación cultural por efectos de la colonización española, la cual no solo implicó el control de tierras y pueblos, sino que tuvo una importante presencia de grupos culturales del viejo mundo, españoles y africanos fundamentalmente. Esto ocasionó una cerámica de nuevo tipo, técnicas como el modelado y la decoración y materiales de tradición mesoamericana y técnicas, como el horno, y formas de origen español, que conservan incluso las denominaciones españolas antiguas.  

A diferencia de ello, la región septentrional, que si bien tuvo enclaves españoles de dominio regional, no presento la irrupción amplia de poblaciones españolas o negras que impusieran su sello cultural, así a pesar de existir elementos de origen europeo en las cerámicas de Papantla e Ixhuatlán, son menores, como los candeleros incorporados a la cultura propia de los pueblos indios. Así en estas regiones que se constituyeron en refugio de la población de origen mesoamericano, la producción cerámica mantuvo el sello mesoamericano por excelencia.

Estos son análisis preliminares de un trabajo más amplio y que apenas comienza, en el que hacen falta concretar líneas de investigación y profundizar en otras, para contribuir a la historia cultural de la región. Son los primeros pasos de un ambicioso proyecto de etnoarqueología del Golfo de México, rica y diversa región cultural del país y de su antecedente cultural Mesoamérica.  

Estamos en deuda con nuestros informantes, con sus familias, con los pueblos y sus autoridades y con las instituciones académicas que nos apoyan, vaya nuestro agradecimiento. La etnografía de la cerámica está en marcha. 

 


 

 

 




Notas de la ponencia:

[1] Cuerpo Académico de Etnoarqueología del Golfo de México: Daniel Nahmad (coordinador), Alan Uriel Olvera, Génesis Escobar, Minerva Estefanía Meza, Isaías Fernández, Ricardo Sánchez, Miguel Cruz, Jannine Silva, Tania Rivera. Especial reconocimiento y agradecimiento a dos amigos que apoyan el proyecto, tanto con información, como en innumerables aspectos: Ramón Hernández de Colipa y José Bautista Hernández de Ixhuatlán de Madero, miembros honorarios del proyecto. 

[2] Agradecemos que la carrera de Patrimonio Cultural, natural e histórico de la Universidad de El Bienestar Benito Juárez García, con sede en Papantla, colabore con el proyecto habilitando los espacios para esta bodega-laboratorio, la cual contribuirá también a la formación de los estudiantes.  

 

[3] El Totonacapan es un área cultural de Mesoamérica que fue definidas entre otros por Kelly y Palerm en su clásica obra The Tajín Totonac. Sin embargo la propuesta ha sido muy polémica, sobre todo por la historia cultural del pueblo totonaco que le da nombre y que en diversos planteamientos de arqueólogos se dice que son de ocupación tardía. Nosotros mantenemos la designación del territorio como un recurso metodológico, ante la ausencia de otro concepto que nos permita el análisis del área. 

[4] Existen algunos sitios prehispánicos en donde se han encontrado hornos para la cerámica, como el caso de Matacapan, en el sur de Veracruz.

[5] Los minerales fueron identificados por la Subdirección de Laboratorios del INAH

Bibliografía de la ponencia

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