Desigualdad en el acceso al tenis: un estudio de caso en la Ciudad de Buenos Aires

SP.34: Estudios socio-antropológicos de los deportes

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Yannick Iván Zaputovich Universidad de Buenos Aires. Facultad de Ciencias Sociales. Instituto de Investigaciones Gino Germani

Desde sus orígenes el “Lawn Tennis” ha sido una práctica física vinculada a las clases altas. Heredero del “Real Tennis”, comenzó su proceso de institucionalización en la segunda mitad del siglo XIX, período en el cual muchas otras actividades cobraron forma como deporte, en tanto incluían el involucramiento del cuerpo y la mente, mediado por un reglamento que fijaba reglas de competencia. El año 1874, cuando el coronel Walter Clopton Wingfield patentó las reglas del “Lawn Tennis” y puso en venta un juego de instrumentos para practicarlo entre la aristocracia inglesa, puede ser considerado como un importante hito. Pronto el deporte fue adaptado en los clubes de campo británicos no sólo por ser una actividad física, sino por portar una elegancia y exclusividad históricamente ligada a la elite (Hummel y Dyreson, 2019: 21).

 

Al igual que sucedió con la mayoría de los deportes a finales del siglo XIX, en Argentina el tenis entró por los puertos y se difundió al costado de las vías de los ferrocarriles como parte de la expansión cultural y económica británica en nuestro país, ocupando un lugar central. Como señala Archetti, “Los británicos se enorgullecían de haber traído al país no solo capitales, industria, nueva tecnología, nuevas razas vacunas y lanares, sino también el gusto y la pasión por los deportes que permitieron el desarrollo moral de la juventud” (2005: 1-2). Si bien al menos desde 1877 se encuentran evidencias de la práctica del deporte bajo las reglas establecidas en Londres, la creación de canchas, clubes y jugadores fue paulatina hasta alcanzar a inicios del siglo XX un proceso de institucionalización consolidado.

 

A diferencia de la mayoría de los deportes originados a finales del siglo XIX en Gran Bretaña, el tenis se constituyó prontamente como una práctica habilitada para los cuerpos femeninos. Esto sucedió tanto en los países precursores como en los que lo vieron desarrollarse gracias a un flujo migratorio, como Argentina. Tadie (2019: 270) postula que la participación tanto del género masculino como del femenino fue un factor importante que potenció su popularidad, debido a que se desarrolló primero como un juego social celebrado principalmente en tradicionales fiestas al aire libres en Gran Bretaña, conocidas como “Garden Parties”. Aun así, la participación femenina no se limitó a la esfera social del deporte, sino que también alcanzó pronto las competencias. Diversas experiencias y campeonatos lo evidencian.

 

Wimbledon, el certamen más antiguo del deporte, tuvo su edición inaugural en el año 1877, sólo con la modalidad de singles masculino. La competencia femenina se incorporó en el año 1884, apenas siete años después de su inicio. Sin embargo, a pesar de haber trascendido hasta la actualidad, el torneo celebrado en Londres no fue el precursor. En 1879 se inauguró el Campeonato irlandés, en Dublin, que contó con competencia masculina y femenina tanto en singles como en dobles, para quedar en la historia como el primer torneo femenino de tenis. Progresivamente, los torneos femeninos se fueron incorporando a los campeonatos más importantes del deporte celebrados en los distintos continentes y para inicios del siglo XX la competencia femenina ya se desarrollaba casi en todo el mundo. Para 1900 ya existen registros de torneos femeninos en Europa, Norteamérica, Asia y África. Entre los cuatro Grand Slams (los torneos más importantes del mundo), el que más demoró el ingreso de mujeres fue el Abierto de Australia, que tuvo su primera edición masculina en 1905, pero esperó hasta 1922 para habilitar la participación femenina. Incluso, en la segunda edición de los Juegos Olímpicos modernos, en 1900, de las veintitrés mujeres que compitieron oficialmente, seis lo hicieron en esta disciplina. Tras la ausencia de mujeres en 1904 (sólo 6 se presentaron en arquería), en 1908 el tenis fue una de las cinco disciplinas que contó con al menos una participante femenina (compitieron diez). Hasta 1924, última presentación en Juegos Olímpicos hasta su regreso oficial en 1988, el deporte fue uno de los pocos que contó con presencia femenina, además de competencias mixtas. En Argentina el primer torneo femenino oficial fue el Campeonato del Río de la Plata, celebrado en 1903, diez años después de la primera edición exclusiva para varones, aunque al menos desde la década de 1880 se registran torneos femeninos internos en diversos clubes[1].

 

Algunos hitos son importantes para dimensionar cómo se ha transformado el tenis en Argentina. Luego de la fundación en 1921 de la Asociación Argentina de Tenis, el país participó en 1923 por primera vez de la Copa Davis, el máximo certamen de naciones del deporte. Luego de ese período de institucionalización, el tenis comenzó a ganar popularidad. La primera figura trascendente en el país fue la de Mary Terán de Weiss, quien conquistó 21 títulos internacionales y promovió –proveniente de un origen privilegiado- la difusión del deporte a las clases populares durante el primer gobierno peronista, lo que le valió la persecución de la posterior dictadura militar, que la condenó al exilio (Rodriguez, 2019). Además de la importante presencia de Enrique Morea en la década de 1950, fue otra mujer, Norma Baylon, quien se destacó a nivel internacional antes de la emergencia de Guillermo Vilas, quien marcaría a fuego la historia del tenis argentino.

 

Durante la década del 70, Vilas se convirtió en el primer tenista argentino en conquistar un Grand Slam en modalidad individual y aún reclama el reconocimiento como número 1 del mundo, que la Asociación de Tenistas Profesionales le niega. Sin embargo, quizás su mayor logro haya sido la difusión que el deporte tuvo en Argentina y el impulso que se generó en su práctica deportiva a partir de la consagración de Vilas como ídolo popular (Lupo, 2004: 278). En la década siguiente, otra mujer, Gabriela Sabatini, fue la encargada de llevar la bandera del tenis argentino a lo más alto y de darle otro impulso a un deporte que ya había alcanzado un alto reconocimiento en la cultura nacional, que continuó con los jugadores de la denominada “Legión” de inicios del siglo y el título de la Copa Davis obtenido en 2016.

 

Breve historia del club

 

El Darling Tennis Club, en donde se realizó la investigación, es una institución fundada en el año 1918 en el barrio de La Boca, que se emplazó originalmente en los terrenos que hoy ocupa el Hospital General de Agudos Dr, Cosme Argerich. El barrio se ubica en la zona sur de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, notoriamente distanciado del epicentro tenístico de la ciudad, en los barrios de Belgrano, Recoleta y Palermo, donde se fundaron y desarrollaron los primeros y más importantes clubes porteños de tenis, principalmente con el impulso de la aristocracia nacional y representantes de la burguesía británica que se instalaron en el país. La Boca era por aquel entonces la puerta de entrada para los inmigrantes que llegaban en barco al país, lo que ocasionó que el barrio se pueble principalmente por familias obreras de origen italiano y español que habitaban conventillos y viviendas pequeñas con un mayor índice de hacinamiento que el existente en las grandes casonas construidas al norte de la ciudad (Herzer et al, 2008).

 

Una serie de particularidades son meritorias de destacar. A diferencia de la gran mayoría de los clubes de tenis fundados entre finales del siglo XIX e inicios del siglo XX en Argentina, la creación del Darling estuvo impulsada por vecinos del barrio que en su mayoría no eran de apellidos británicos, sino españoles e italianos. Por otra parte, la institución contaba para 1930, 12 años después de su fundación, con una cantidad casi equitativa de socixs, con 175 caballeros y 160 damas. Ese mismo año comenzaron a celebrarse los Campeonatos Crepusculares, que se disputaban los días de semana por la tarde, para posibilitar la participación de trabajadores y trabajadoras, lo que evidencia un vínculo cercano con la clase trabajadora del barrio portuario.

 

Esta introducción hasta aquí presentada tiene el propósito de contextualizar el trabajo de campo realizado en el Darling Tennis Club durante 2022, donde se recogieron los testimonios y experiencias sobre los que se reflexiona. Aquella investigación fue posible en el marco de una beca de grado otorgada por la Universidad de Buenos Aires bajo la dirección de la Dra. María Verónica Moreira. En un principio, la etnografía y las guías de preguntas apuntaban a conocer la experiencia de las mujeres jugadoras del club, dando por hecho la conformación de equipos y la participación de mujeres en el club. Si bien esta hipótesis no era del todo incorrecta, rápidamente aparecieron en las entrevistas cuestiones referidas a las distintas dificultades referidas a la participación deportiva en el club, que no estaban consideradas en el proyecto de investigación original.

 

Deporte ¿para todxs?

 

Al enfrentar esa realidad en el trabajo de campo, surge un interrogante: ¿Qué hace posible que un club exclusivamente de tenis no tenga como principal objetivo que sus socixs practiquen tenis? Para intentar responder debemos seguir repensando la historia de la disciplina.

 

Hay elementos para considerar la temprana participación de mujeres en el tenis como un aspecto ornamental, más que como un atípico avance de mujeres dentro de un espacio considerado masculino como el deporte. Lake (2015: 28-29) sugiere que los encantos sociales atribuidos a las mujeres contribuyeron a la popularidad de los torneos de tenis. Recoge incluso algunos documentos de finales del siglo XX en donde se evidencia que la presencia de las mujeres funcionaba como un dique de contención para los exabruptos masculinos, un elemento que encontraba una especial afinidad con la búsqueda de construir al tenis como una práctica elegante y educada para damas y caballeros por parte de la clase alta británica, que favoreciera a su distinción.

 

En tanto forman parte de una lógica binaria y polarizada (Connell, 1997), no pueden construirse representaciones de masculinidad sin que se construyan al mismo tiempo representaciones de feminidad. Si bien la construcción de masculinidad dentro de un espacio social puede darse eliminando y clausurando la identidad femenina (el caso del fútbol de inicios del siglo XX es un ejemplo de ello), también puede requerir de ella, como parece haber acontecido en los primeros años de desarrollo del tenis.

 

A pesar de que el deporte fue primero pensado como un dispositivo que posibilitara la producción de una determinada forma de masculinidad (Scharagrodsky, 2006: 83), como apunta Anderson (2015: 702), también sirvió para la construcción de nuevos ideales de feminidad y ciudadanía. Las mujeres que comenzaron a practicar deporte pudieron observar transformaciones en su cuerpo y en sus experiencias corporales, pero los cambios no se agotan allí. Anderson (2015: 703) señala el modo en que el deporte modificó la manera en que las mujeres se relacionaban y ayudó a ampliar sus relaciones sociales, al validar una mayor participación en la esfera pública. Si tomamos el ejemplo específico del tenis, podemos encontrar que al momento de la inauguración del Departamento de Educación Física de la Asociación Cristiana Femenina en 1919, éste fue uno de los deportes elegidos para la formación de “buenas ciudadanas” (Anderson, 2016: 195-6), convirtiéndose así en uno de los deportes “habilitados” para las mujeres.

 

En el trabajo de campo realizado se evidenciaron algunos aspectos a partir de los testimonios recogidos. En primer lugar, se advirtió una desigualdad de género para acceder a la práctica del deporte, ocasionada por diversos factores. Por un lado, la existencia de una desigual distribución de las tareas de cuidado de otres integrantes de la familia, que recaen en mayor medida sobre las mujeres y debe ser considerada como una problemática que excede al ámbito social del club. Por otra parte, dentro del club se presentaron dinámicas particulares que obstaculizaban la participación e iniciación de mujeres en la práctica del deporte: oferta de clases más limitada y canchas exclusivas para hombres, por ejemplo.

 

Si bien Anderson estudia la realidad de las mujeres de inicios del siglo XX, puede trazarse un paralelismo con la experiencia aquí analizada. De acuerdo a sus relatos, la mayoría de las mujeres no llegaron al club de manera solitaria, sino que accedieron sumándose a un plan “familiar”, ya sea en compañía de sus esposos e hijos -en la adultez- o de sus padres, madres y hermanes -en la infancia-. Pocas fueron las que vieron en el tenis su principal atractivo para asociarse al club. Por el contrario, la experiencia de incorporarse en busca de un lugar donde desarrollar espacios de sociabilidad, contar con un lugar de recreación y acceso a un espacio verde seguro se observa común a muchos de los relatos recogidos en las entrevistas:

 

Marcela: No, en mi caso se hizo socio mi marido, y nada, resultó como un buen plan familiar más que nada. Lo verde, lo cerca… pileta… es eso, buscar un poco qué hacer cuando ya no estás tan pendiente de los chicos, es eso.

Claudia: Y después, al ser un club de tenis, o te quedás tomando mate o empezás a jugar. Porque no brinda otra actividad, ¿viste?

Denise: Y hay un montón de mujeres que empezaron a jugar al tenis que vinieron para el mate y están jugando al tenis porque se embolan porque no hay otra cosa

 

Una entrevista realizada de manera conjunta a dos mujeres reveló la situación que enfrentaron cuando comenzaron a interesarse por la práctica del deporte. Inés, de 51 años, ya no integra ningún equipo de interclubes pero sigue siendo socia del club. Su amiga Eugenia, de 48, forma parte de uno de los dos equipos de la categoría +40 que compite en la tercera división. De manera espontánea se generó un intercambio en el que relataron de manera conjunta parte de esta experiencia común:

 

Inés: Yo entré al club mucho antes, pero era socia… de estas que tomamos mate nada más y estamos en la plaza. Y nada más. Y después yo decía “no puede ser que yo solo venga a tomar mate”. Era esperar a tu marido que termine de jugar catorce mil millones de partidos. Entonces yo digo “no puede ser, algo más tengo que hacer”. Entonces ahí dije “¿qué hay para hacer?…” Tenis

Eugenia: Con otras mujeres que venían a ver a sus maridos también

Inés: Claro. Pero no hay para tomar clases. Entonces eran clases individuales que son muy caras, entonces yo no las podía pagar. Empecé a insistir con que haya un profesor para un grupo de mujeres que recién comienzan. Y lo logramos. Lo logramos, está el profe todavía. Un profe que nos enseñaba a principiantes. Bueno, nos daban esos horarios tipo 1 de la tarde con 40 grados.

Eugenia: Había que darle de comer a los chicos… y ellos estaban charlando entre ellos entonces los chiquitos quedaban sin comer, entonces nosotras teníamos que no ir a la clase para darle de comer a los chiquitos, entonces pedimos cambio de horario porque se nos complicaba con los chiquitos…

 

Aquí se ve uno de los aspectos de determinada construcción de la feminidad mencionados por Scharagrodsky (2006: 85). Aún en la actualidad, vemos cómo muchas veces las mujeres deben asumir casi en solitario las tareas de cuidado y alimentación de sus hijxs en tanto se percibe como una tarea “natural para las mujeres” (Esquivel, Faur y Jelin, 2011: 22-3). Esto se vincula con una forma específica de relacionarse con su familia, que dificulta o puede llegar a volver incompatible el ejercicio de la maternidad con la participación deportiva. Como sugiere Federici (2018: 69) a finales del siglo XIX se llevó adelante por parte de las clases capitalistas una transformación que creó “la ama de casa a tiempo completo”, destinada a realizar trabajo doméstico, un conjunto de tareas imprescindibles para la subsistencia familiar y la reproducción de la clase obrera. Estas tareas que pueden incluir limpieza de la vivienda, de otras personas, cocina, aseo y cuidado de personas, entre otras, han sido históricamente asignadas a las mujeres. Actualmente esa división del trabajo en la familia perdura.

 

De acuerdo a los resultados de la Encuesta Nacional de Uso de Tiempo (ENUT) 2021 realizada por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, en hogares con demandantes de cuidado[2], el 93,9% de las mujeres realiza trabajo no renumerado[3] frente al 75,2% de los varones. Las mujeres además son las que más tiempo destinan a este tipo de trabajo, ya que en este tipo de hogares dedican 9 horas diarias, mientras que los hombres apenas alcanzan las 4 horas y media, es decir, la mitad del tiempo (INDEC: 2022b). Si nos centramos en hogares sólo con demandantes de cuidado de hasta 13 años, podemos encontrar que la mayor participación de mujeres en la distribución de trabajo no remunerado se da en el trabajo doméstico (92,2% de mujeres frente a 63,6% de varones), Sin embargo, la mayor brecha de género se observa en lo referido a las tareas de cuidado, donde la tasa participación de las mujeres alcanza el 72,2%, casi un 60% mayor que entre los varones (45,3%) (INDEC: 2022a).

 

Esto, junto a la ausencia de horarios de entrenamientos variados para las mujeres, traían como consecuencia una dificultad considerable para que las mujeres puedan jugar al tenis. Planteado en otros términos, podemos sugerir lo siguiente: frente a la desigual posibilidad de acceder a la práctica del deporte entre mujeres y hombres, el club no aparecía como una institución transformadora, capaz de modificar esa realidad, sino como un instrumento que reproducía la misma que, como vemos, se asienta en una división sexual del trabajo. Como sostienen Esquivel, Faur y Jelin (2011: 11), “la organización social de las actividades de cuidado es un aspecto central de los patrones de desigualdad social”, aislando a las mujeres de la vida pública y recluyéndolas a roles asociados a la maternidad, al mismo tiempo que potencia las posibilidades de desarrollo de los varones en la esfera pública. Esta lógica presente en la sociedad es inseparable del modo de llegada al club que acabamos de ver. No sólo se trata de que la gran mayoría de las mujeres entrevistadas no llegó al club con el deseo de jugar al tenis como principal motivación, sino que su arribo al mismo se ocasionó como una consecuencia de otros intereses (generalmente por las preferencias de un hombre, ya sea cónyuge o padre, o por el deseo de que sus hijes comiencen a practicar una actividad física).

 

Sin embargo, al igual que expone Anderson en la Asociación Cristiana Femenina, el deporte sirvió como una manera de llevar adelante una disputa para producir una nueva forma de ser mujer que no necesariamente estuviera ligada únicamente a lo “maternal, doméstico y privado” (2016: 190). Las mujeres dejaron de ir al club sólo “a tomar mate” y decidieron ensuciarse las zapatillas de polvo de ladrillo. El interés de un pequeño grupo canalizó las inquietudes de muchas más por entrar a la cancha y prontamente las clases ganaron más alumnas.

 

Claudia: Yo me hago socia del club hace 17 años con dos nenes chiquitos, no jugué al tenis nunca. Mis hijos fueron creciendo… siendo un club de tenis, la única actividad que tenía. Así que bueno, con el grupo de amigas que nos hicimos, que éramos como 10, empezamos a tomar clase las 10 juntas, así que era muy divertido. Y bueno, de a poquito fue así como engancharnos, empezar a jugar entre nosotras, y bueno, después una amiga nos invitó a formar parte de un equipo y empezar a competir. Hará… unos ocho años. Más o menos.

Marcela: Y jugamos en la semana y competimos… más allá de la competencia es un momento de encuentro y de pasarla bien

 

El caso de Claudia, capitana de uno de los equipos de categoría +40 de la tercera división, es representativo de lo que experimentaron muchas otras jugadoras. Una vez en el club (al que llegaron sin que necesariamente el deporte de la raqueta fuera una prioridad para ellas), practicar tenis era la única posibilidad si querían expandir sus actividades en la institución. El “momento de encuentro” ya no se lleva adelante sentadas en el patio o en la confitería, tomando mate, sino que es dentro de las canchas, un lugar que con anterioridad estaba reservado en su mayor parte para hombres y un pequeño grupo de mujeres. Pero ¿de dónde vino este impulso? ¿Cómo y por qué un grupo de mujeres decidió jugar al tenis y formar equipos, muchas pisando una cancha por primera vez?

 

Beatriz: Y, si. Seguro. Bueno, acá, ponele hace… Te diría cinco años, o un poco menos. Ponele que había tres equipos que jugaran de chicas. Y ahora son… no sé. Más de cuarenta, cincuenta chicas. Que son como diez equipos ponele. Es como que hay más lugar. Se le da más lugar, porque lo venimos luchando también. Es el espacio para todos. Tiene que ser así. Si, si, si. Hay un cambio. No sé si todo el que queremos, pero si, si. Hay. Por ahora… está ahí

 

Beatriz, capitana de otro de los equipos de categoría +40 de la tercera división, señala el abrupto crecimiento. La imagen en perspectiva otorgará más claridad. Para el año 2018, el club contaba con cuatro equipos de mujeres. En 2022, la cantidad de equipos de damas se elevó a ocho. La gran mayoría de las nuevas jugadoras no fueron nuevas socias que se incorporaron al club luego de jugar en otras instituciones, sino socias que pasaron de la categoría “adherente” a “activa”, conformaron equipos y se inscribieron oficialmente a los torneos. El testimonio de Beatriz también replica de cierto modo el carácter colectivo que tuvo el proceso que analizamos. Si bien había tomado la decisión de volver a jugar, fue la invitación de una amiga a las clases de Gustavo, el profesor del club que comenzó a entrenar a mujeres, lo que la llevó a conocer a un nuevo grupo de compañeras, extendiendo sus espacios de sociabilidad, incluso para ella, socia del club hace más de 30 años:

 

Beatriz: Si, empecé… en realidad cuando volví, empecé con Gustavo. Viene una de las chicas y me dice “¿vamos a la clase de Gustavo?”, no… yo ya clases otra vez… “Dale, acompañame”, qué se yo… y ahí conocí a todas las chicas. Porque si no, era mi grupo, un grupo cerrado. Unos de mi grupo que no juega al tenis. Entonces conocí a todas las otras chicas que ahora son de mi equipo. Si no, me hubiera quedado en nada, venir a tomar mate.

 

Para alcanzar la participación actual, sin embargo, todas reconocen también que debieron escuchar múltiples expresiones en contra del desembarco de mujeres a las canchas de tenis, teniendo que transitar experiencias desagradables.

 

Claudia: Como que todavía hay ciertas barreras de escuchar “uuh mirá cuántas mujeres hay jugando”, “uuhh, todas las canchas están copadas por mujeres…”. Como que todavía se escucha esto. Son los menos, pero bueno… viste, como todo, es un proceso. Llevará tiempo. Por suerte nos involucramos y decimos “no, mirá, esto ya no es así”. Somos muchas mujeres y hay que dar lugar a un espacio femenino dentro del tenis del club.

 

En su trabajo etnográfico con el equipo de fútbol “La Nuestra” en la cancha Güemes ubicada en el barrio Carlos Mujica de la Villa 31, Álvarez Litke (2020: 14) detalla la experiencia de las mujeres que lograron apropiarse de un espacio físico en el que llevar adelante la práctica deportiva que antes estaba ocupado por hombres. Ese proceso no sólo habilitó para las mujeres un lugar en donde jugar al fútbol, sino que volvió legítima una práctica que con anterioridad estaba clausurada.

 

Un proceso similar se llevó adelante dentro del club de tenis analizado, especialmente con las principales canchas del club. De las 13 habilitadas para jugar hay tres que son las más codiciadas: cuentan de un lado con una pequeña grada de tres escalones desde la que se puede observar lo que ocurre en tres partidos en simultaneo. Son las que se reservan para los partidos de interclubes, ubicadas junto a la “terraza” del club, el lugar en donde se desarrolla la mayor parte de la vida social, cerca de los vestuarios, el patio y el buffet. Esas canchas continúan en disputa aún para los entrenamientos o los partidos informales que se disputan en la semana.

 

Tatiana: Entonces las canchas de adelante, que son las 7, 8 y 10, que son las que juegan interclubes, en donde se dan las ceremonias, ponele, los rituales de los interclubes [risas], donde se genera toda esta cuestión de que te miren, entendés, y toda la escena esa… antes era siempre tomada por hombres. […] Sigue habiendo esa cuestión, esa disputa por las canchas de adelante. Y porque son grupos aparte de hombres que tienen como historia acá, y viste, las 7 era intocable acá. Era intocable, porque tiene las gradas y no se la sacabas a dos o tres, no se las sacabas. Hasta que empezamos a anotar ahí, a anotar y anotar, váyanse a otras… [risas]

Beatriz: Nos dijeron que gastábamos flejes y polvo de ladrillo. El otro día me contestaron… no le contesté porque dije “no, los tengo que mandar a la mierda”. Me dijeron que no use estas dos canchas para entrenamiento porque las zapateábamos. No sé, yo no estoy haciendo folklore en el coso… Pero bueno. “Zapateábamos”. ¿Qué me querés decir con eso? O sea, que nos vayamos atrás. Para que no nos vea nadie. “Ok” le puse. Está bien. Una pelotudez. […] Porque si, está bien, el polvo se gasta, con todos los que juegan… no con las mujeres nada más. Es más, creo que lo gastan peor los hombres. pero bueno, está bien. Nosotras nos venimos fumando cosas así. Pero bueno, ya está. Hay que aceptarlas, y poder cambiarlas. Se puede, buenísimo. Y si no, bueno. Elegir si seguís estando o te vas. Hay muchos que están en la duda porque están enojados y bueno, como que se quieren ir a la mierda

 

Virginia es una de las profesoras de alto rendimiento de la academia del club, que forma jugadores y jugadoras con vistas a ser profesionales. Además, es la capitana de uno de los equipos de la categoría +40 que transitaba al momento del trabajo de campo la categoría intermedia. Durante la entrevista realizada, destacó el crecimiento tanto de las mujeres que realizan deportes a nivel nacional, como de equipos femeninos dentro del club, por lo que pareció pertinente realizar una pregunta: “A vos, personalmente, la cuestión feminista, los reclamos de las mujeres, ¿cómo te impactó, si te impactó de alguna forma?”.

 

Virginia: reflexionando con todo el movimiento, sí me doy cuenta que esto simplifica mucho las cosas. Este movimiento simplifica mucho las cosas de que puedan entrar más mujeres, o a que podamos, o me simplifica incluso a mi, que ya estoy adentro, para hacer ciertas cosas

 

Ninguna de las entrevistadas se presenta como militante. No realizan menciones directas a la política o al involucramiento activo de manifestaciones y reclamos colectivos fuera del club. Por el contrario, la política suele ser un tema esquivo en las charlas. Pero el feminismo las permea. Impacta sobre ellas en tanto mujeres y sobre las acciones que llevan adelante dentro del club. Claro que no sólo a ellas: también a los demás socios. Se reconocen como mujeres que pelean por algo, como actoras de una lucha colectiva en la que debieron enfrentar barreras materiales, dirigenciales e institucionales, pero también sociales e inmateriales.

 

Claudia: y me parece que a partir de eso se genera una movida como bueno, de poder… siempre hay como [señala una barrera con la mano] traba, ¿no?  En montones de cuestiones frente a entrenamientos que solicitamos, frente a campeonatos que son fuera de la Asociación [Argentina] de Tenis. Como que siempre el “no” está primero. Entonces hay que pelear eso, presentar una nota, hablar con la comisión… ¿viste? Siempre…

 

En las entrevistas, las mujeres relataban constantemente episodios de discriminación en el acceso a facilidades para competir o llevar adelante la organización necesaria para formar un equipo. Además de las trabas para realizar entrenamientos en horarios del día más aptos para la actividad física, hay multiplicidad de hechos que siguen demostrando un trato diferencial con ellas: van desde la falta de pelotas para los entrenamientos hasta la no realización de asados para celebrar ascensos de equipos femeninos, como sí ocurre con los equipos masculinos. Para Tatiana, capitana de uno de los equipos, estas diferencias con el tratamiento de hombres existieron siempre y el crecimiento del rendimiento de los equipos femeninos no lo modificó, sino que lo volvió incluso más evidente:

 

Tatiana: cuando llegamos las mujeres la mismo “level”, ponele, nos hicieron pasar malísimos momentos. El no reconocer, el no dar los mismos beneficios, viste, en ahorrarte unos mangos, que encima lo paga el club, que lo pagamos nosotros, también. No querer un tercer tiempo para festejar… bueno, ese estilo de cosas.

 

Una vez mencionada en la entrevista la lucha feminista y consultadas por si impactó de alguna manera en su propia experiencia en el club, las mujeres efectivamente encuentran un vínculo, pero no aparece de primera mano por ellas. Lo que es evidente es su orgullo por haber formado parte de una lucha que transformó las condiciones en las que se encontraban anteriormente.

 

Tatiana: Para mí, a las mujeres las impactó gratamente. O sea, preguntales a ellas. Cambió la vida. Es como tener un hijo [risas]. Te cambia la vida, rotundamente. [...] Yo estoy re orgullosa de eso. O sea, porque ¿sabés qué? Siento que contribuí con la causa. Entonces es como que yo ya logré, creo que en… no es que yo lo logré, sino como que fui parte de ese movimiento, y me encanta. Me encantó. Pero no solamente por decir, ¿me entendés? Sino que yo le puse el cuerpo a muchas situaciones. Y me da un orgullo tremendo. Que hoy estén las canchas llenas de minas es espectacular. Y después que compitan, y que las fantasías que se le crea a cada una en la cabeza, viste, de lo que es la competencia, y… y tenés de todo. O sea, es genial. Es genial, porque es un universo nuevo. La mina que de nada pasó a ver la planilla y a ver cuántos números falta para ascender, o que esto, que lo otro… es genial, ¿entendés? [Risas]. O sea… es re saludable. Entonces, es como que eso es genial. Y por eso para mi este club tiene tanta importancia. Como que me permitió desplegar esta parte más… como idealista, viste, de decir que sí se pueden cambiar las cosas.

 

Muchas parecen haber encontrado en el club un espacio en el que la disputa de espacios y sentidos era legítima. Acompañadas por decenas de mujeres lograron organizarse en pos de un reclamo colectivo, pero que no se limitaba sólo a lo meramente enunciativo. Involucró también llevar su cuerpo a otro plano que para muchas estaba restringido: el deporte.

 

Palabras finales

 

Hemos visto que el tenis ha sido una práctica habilitada para mujeres desde finales del siglo XIX, una actividad física pionera para el desenvolvimiento de las mujeres en espacios sociales como así también para la puesta en movimiento de su físico. Es un deporte, incluso, que contempla desde hace más de cien años la competencia mixta en igualdad de condiciones, algo difícil de imaginar aún hoy en la mayoría de los deportes más populares. Y por si esas dos condiciones fueran menores, realizamos el trabajo de campo en una institución que desde sus primeros años contaba con representación deportiva femenina, la fomentaba e incluso casi tenía una distribución equitativa de socixs. Sin embargo, como hemos visto, aparecen en la actualidad múltiples instancias de desigualdad para acceder a la práctica del deporte. Frente a eso, surge una pregunta ¿Cómo es posible que en un club de tenis no se desee que todxs sus socixs jueguen al tenis? ¿En qué radica esa aparente contradicción antinatural?

 

El deporte en general y el tenis en particular, a pesar de las características mencionadas, sigue siendo un espacio netamente masculino. Lo evidencian tanto las experiencias recogidas en estas líneas acontecidas en un club con jugadoras de nivel recreativo como la actualidad del circuito profesional de tenis. Un episodio curioso aconteció recientemente en una entrevista realizada a Carlos Alcaraz, ex número 1 del mundo y campeón de Grand Slams. Luego de una victoria en el Australian Open, el ex jugador y entrevistador Jim Courier le preguntó al español qué jugadores, independientemente de su género, le gusta ver cuando tiene tiempo libre para mirar tenis. Alcaraz responde que es un gran fan del tenis, que le gusta mirar todos los partidos si puede, y nombra a tres de los jugadores masculinos más importantes: Djokovic, Medvedev y Sinner. Dice que le gusta mirar tenis de primer nivel y disfruta de ellos porque cada vez que éstos entran a la cancha dan lo mejor de sí mismos. Hasta ahí, el español logra sortear la entrevista que enfrenta con algunas dificultades por las comprensibles barreras del idioma. Pero Courier repregunta por el circuito femenino. Allí es cuando Alcaraz comienza a titubear. “Si, miro la WTA también” dice antes de ser interrumpido por las risas de la multitud que permanecía en el estadio, durante las cuales aprovecha para liberar una risa nerviosa. Finalmente aclara que “cuando prende la TV” y hay tenis de cualquier género, le gusta mirar. Logra salir de la situación de la manera más educada posible, pero evidenciando un total desconocimiento del circuito femenino. No es nada contra Alcaraz, ni mucho menos. El español de apenas 20 años no tiene la obligación de ser un erudito en la actualidad del tenis profesional disputado entre mujeres. Pero la situación refleja algo: el tenis femenino es despreciado y considerado de menor valía que el masculino. Menos partidos en horario central, menos jugadoras que viven de su profesión, menos torneos femeninos, menos premios en dinero. En consecuencia, menos oportunidades para una mujer de vivir jugando al tenis que para un hombre. Ni siquiera hace falta llegar tan lejos.

 

Como vimos en el club, también son menos para las mujeres las oportunidades para jugar al tenis. Es posible pensar que en tanto la participación femenina en el tenis sigue respetando una lógica ornamental y subordinada. Mientras esa jerarquía se mantenga no habrá mayores problemas. En tanto se busque modificar el orden establecido, surgirán evidentes tensiones y obstáculos que se expresan en las disputas por el espacio físico (ciertas canchas del club) y simbólico (posiciones dirigenciales o directivas, acceso a ciertos beneficios). Es eso lo que permite entender cómo, a pesar de esas aparentes ventajas comparativas con otras disciplinas, perduran en el tenis estructuras de desigualdad de acceso a la práctica deportiva.

Notas de la ponencia:

Álvarez Litke, M. (2020) ¿Fútbol femenino o feminista? Disputas de sentido en torno al género y el deporte en Argentina. Kula: Antropología y Ciencias Sociales, 22, 9-26. Recuperado de https://www.revistakula.com.ar/wp-content/uploads/2020/08/Kula-22-Alvarez-8-26-.pdf

 

Anderson, P. (2015) Sporting Women and Machonas: negotiating gender through sports in Argentina, 1900–1946, Women's History Review, 24:5, 700-720, Recuperado de https://doi.org/10.1080/09612025.2015.1028210

 

Anderson, P. (2016). Deporte y civismo femenino en la Asociación Cristiana Femenina de Buenos Aires, 1890-1940. En Scharagrodsky, P. (Comps.) Mujeres en movimiento. Deporte, cultura física y feminidades. Argentina, 1870-1980. Buenos Aires: Prometeo

 

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[2] El INDEC incluye en esta categoría a las personas de hasta 13 años y las personas demandantes de cuidado de 14 años y más.

[3] El trabajo no renumerado comprende trabajo doméstico, trabajo de cuidado de otros integrantes del hogar y trabajos no remunerados para otros hogares, la comunidad y voluntario

Bibliografía de la ponencia

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