Trayectorias de vida de jóvenes rurales: Entre historias de despojos y expectativas de cambio.

SP.30: Jóvenes y ruralidades en Latinoamérica

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Stephanie Gonzalez Farias Universidad Alberto Hurtado

Para contextualizar la realidad actual de los territorios rurales, se vuelve necesario comprender los cambios históricos en la estructura del agro Chileno, con especial atención en la irrupción y expansión del modelo neoliberal desde la década de los 80 ́. Momento, en que se implementó el modelo agroexportador en los territorios rurales y la agricultura ascendió a los mercados globales, trayendo aparejado la configuración de un territorio desigual, con agriculturas de dos velocidades (Kay, 2007), una que crece y otra que desaparece.  

  La reflexión presentada en esta investigación se sitúa en el enfoque de la “nueva ruralidad” y desde las prácticas, referentes y expectativas que dan forma a los procesos de individualización de l-s jóvenes rurales, entendidos estos, como los procesos de autorrealización social que desempeñan los individuos, a raíz de las modernas transformaciones del mundo rural (Paniagua-Mazorra, 2008)-. Con esto, se buscó evidenciar el impacto de los cambios territoriales en la construcción de las trayectorias de vida, y por consiguiente, en la identidad de l-s jóvenes rurales. 


Irrupción del modelo neoliberal a punta de fusil 


En Chile en 1973 sucede el golpe cívico-militar al mando de Augusto Pinochet, momento donde se frenan todos los avances que la reforma agraria de Allende había generado para el campesinado, y se instaura a punta de fusil el proceso de contrarreforma agraria, con el cual, se asentaron las bases para la instauración del Estado Neoliberal en el mundo rural.  Las primeras acciones realizadas restituyen “de forma inmediata cerca de la tercera parte de los 5.809 predios anteriormente expropiados (...); al mismo tiempo, que fueron derogadas las causales de expropiación vigentes con la Ley 16.640 y  se autorizó la venta de parcelas, permitiendo que empresarios no ligados tradicionalmente a la agricultura pudieran acceder a tierras rurales (Matheus e Silva, 2016), dando paso con esto a una reconcentración de los fundos a nivel nacional. Sumado esto, a que en términos sociales se elimina el Fondo de extensión y Educación Sindical y en 1979 se crea el Plan Laboral


Para el autor Matheus e Silva (2016), estas primeras acciones de la junta militar pueden ser entendidas como la primera ola Neoliberal de desposesión que enfrentará Chile, cimentando los pilares de un dinámico mercado de tierras que, por un lado, dejó tranquilos a los terratenientes y, por otro, aumentó el interés de especuladores y grandes capitalistas, quienes terminaron siendo los mayores beneficiarios del desarme del proceso de reforma agraria (p 4). 

La implementación del Estado Neoliberal en el país, tuvo como foco principal instaurar un modelo económico dependiente de la explotación, y exportación de materias primas hacía mercados internacionales. Beneficiando con esto a “sectores en los cuales el país podía competir en los mercado mundiales, (...) en otras palabras, en aquellos rubros intensivos en el uso de recursos básicos” (Gárate, 2013:2023), tales como la minería, la agricultura, la silvicultura y la pesca. 

Con esto, desde los años ochenta comenzó una importante modernización neoliberal de la agricultura chilena, la cual se basó en la implementación paulatina e intensiva de diversas políticas públicas. Al respecto, Cristobal Kay (2002) identifica tres etapas temporales importantes; la primera se denomina de “neoliberalismo pragmático”, momento donde se manifiestan las primeras acciones de exportación a través de la agroindustria y las empresas forestales, luego desde 1982 hasta 1990 se identifica la etapa “pragmática”, caracterizada por la entrega de incentivos económicos y tecnológicos para los agricultores comercialmente más competitivos, y por último en la tercera etapa -desde 1990 hacia adelante-, se sigue manteniendo el continuo de estas políticas, pero respaldadas con un contexto sociopolítico de democracia. Se puede afirmar así, que las políticas agrícolas tendientes al desarrollo económico del país se enfocaron en apoyar al agronegocio, mientras la agricultura familiar campesina (AFC) se dejó desprovista de medios de producción, en desigualdad de condiciones y, por tanto, “impulsada a tener que vender o dejar sus tierras en búsqueda de oportunidades o emplearse como trabajadores temporales” (Cepeda, 2009:11), cimentando así, el paso hacia la proletarización del campesino .

En este tránsito violento hacia nuevos horizontes productivos, el Estado dejó a los campesinos desprotegidos ante el dinamismo del mercado (Portilla, 2005), y terminó siendo este último el protagonista de los procesos de coordinación e integración social (Guerrero, 2008). De esta manera, la imposición violenta del modelo neoliberal, no sólo apuntó a reformas estructurales de la economía, sino que también,  a instaurar un fuerte componente político-ideológico para “redefinir radicalmente las relaciones entre el Estado y la sociedad, y claro, las propias relaciones sociales (...) La economía era el método, pero el objetivo era cambiar el espíritu” (Matheus, 2016:7). 

En este contexto nacional la agricultura campesina sin duda se vio trastocada profundamente, ya que no podían competir con la agroindustria y al encontrarse en desigualdades de condiciones para acceder a la tierra y el agua, sus condiciones de vida se vieron precarizadas. Los pequeños campesinos se vieron apartados de las políticas de incentivos agrícolas y fueron arrastrados, en definitiva, a una situación de extrema pobreza y fragilidad (Matheus e Silva, 2016).  Llevando a que muchos no tuvieran más alternativa que abandonar sus tierras, migrar a la ciudad, o convertirse en mano de obra precarizada y temporal para la agroindustria.

Con todo, el éxito de la economía nacional que ha permitido posicionar al “jaguar de Latinoamérica” como el mayor exportador agrícola del hemisferio sur, no responde a una “naturaleza privilegiada”, es decir, que surja a raíz de sus características geográficas y/o climáticas particulares, como los adeptos al modelo podrían argumentar. Una mirada más crítica del modelo político-ideológico impuesto, nos permite comprender que las ventajas competitivas alcanzadas hoy por Chile fueron inducidas políticamente por una dictadura y “muchas veces, por medio de la violencia, la desposesión y la pauperización de las condiciones de vida de los campesinos, pueblos originarios y trabajadores rurales” (Matheus e Silva, 2016:11). 


Con el velo de la democracia y la vara de la globalización 

En 1990 con el retorno a la democracia, el Estado Chileno volcó sus esfuerzos en la ejecución de políticas sociales -con mecanismos de focalización, privatización y descentralización (Sottoli, 2002)-, diseñadas para apoyar el ingreso de los sectores campesinos y la pequeña agricultura -pero, que fueran “viables”- al modelo exportador. Para asegurar este ingreso el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP) fortaleció sus programas de crédito agrícolas y amplió la cobertura del programa de transferencia tecnológica -iniciado en 1984- (Matheus e Silva, 2016), siendo también, el sector privado el principal encargado de los diseños e implementación de estos programas de fortalecimiento y modernización de la pequeña agricultura (Portilla, 2000). Sumado a esto, cuando el país se sumó a los tratados de libre comercio, la asociación público-privada se transformó en un “instrumento de implementación y legitimación de una forma de practicar agricultura industrializada y “artificial”, basándose en técnicas, insumos y patrones productivos hegemónicos que representan básicamente los intereses de los grandes grupos económicos” (Matheus e Silva, 2016:14). 

Con ello, las políticas de desarrollo rural que pretendían compensar las desigualdades sociales que han aquejado a los agricultores, terminaron nuevamente volcadas a la lógica del mercado y su modernización productiva, generando que los productores se endeudaran y establecieran vínculos dependientes que no han permitido un desarrollo autónomo por parte de las organizaciones usuarias de los programas (Pezo, 2007). Por esta razón, las políticas de desarrollo rural, lejos de propiciar un espacio agrario más “equilibrado” -en términos económicos, sociales y ambientales-, generaron en los sectores rurales,  la reproducción de asimétricas relaciones de poder y una complejización de los problemas socioambientales (Matheus e Silva, 2016).

De esta manera, el modelo agroexportador se adecúo a la reestructuración global del capital, mediante la transnacionalización, la financiarización y una revolución científico-tecnológica de la agricultura, originando una importante especialización productiva del mundo rural (Armijo, 2000). Las alianzas con empresas transnacionales estimularon los “procesos de mercantilización, apropiación y concentración del capital y los recursos naturales en manos de los agronegocios y, por ende, de su poder sobre la sociedad rural” (Kay, 2016:18). La globalización del capitalismo neoliberal, trajo consigo nuevos mecanismos de acumulación por medio de la desposesión en el espacio agrario -acompañados de las medidas impuestas por el Banco mundial, el FMI y la OMC-, con el fin de convertir los territorios en fronteras lucrativas para las inversiones extranjeras. Al condicionar los territorios rurales al dinamismo de los mercados internacionales, se generan altas ofertas de trabajo agrícola, pero temporales y precarias (Kay, 2016). Se debe considerar también que con el paso del tiempo, en las temporadas de cosecha existe una creciente proporción de trabajadores temporales provienen de áreas urbanas, reclutados por la figura del contratista de mano de obra.


Es importante mencionar, que la globalización no sólo irrumpió en los territorios rurales, desde los tratados de libre comercio o el avance tecnológico. Sino que también, llegó a irrumpir en la organización económico-social de las familias rurales, ya que a través del impulso de nuevos modos de producción y explotación agrícolas, se fomenta  una mayor interrelación con el medio urbano a partir del creciente -y dependiente- intercambio de bienes y servicios. Estos procesos han facilitado en parte, un mayor acceso a la electrificación, a medios de comunicación y a una mejor infraestructura vial (Gaete & Salas, 2019). Así como también, el ingreso de nuevos referentes culturales que han provocado una invención simbólica, al conectar la privacidad del hogar con el mundo global mediante imágenes idealizadas (Jelin, 1998), presentadas por el mercado. Tales ideales son alimentados principalmente por nuevos patrones de consumo, los cuales a su vez, están generando sin duda “cambios en la situación de las culturas locales, en los estilos y calidad de vida de las poblaciones, en las condiciones laborales, las redes y los actores sociales” (Hernández, 2009:14).


Las transformaciones territoriales en el mundo rural han impactado sin duda en las familias y sus individuos, reconfigurando sus intereses, prácticas, expectativas y aspiraciones de vida, dando paso a una fragmentación cultural del campo (Valdés, 2007), donde los habitantes rurales ya no tienen una sola opción de vida; hoy coexisten modelos heredados junto a otros modelos emergentes y más flexibles, cobrando suma relevancia los procesos de individualización de los miembros de la familia. 


Por último -y no menos importantes-, otros cambios sociales a destacar es el aumento de la participación de las mujeres en el mercado laboral, quienes fueron fundamentales para consolidar el modelo frutícola en el país. También, se debe mencionar el aumento de familias con jefatura femenina (ODEPA, 2009), cuya aparición ha generado una “diversificación de los patrones familiares, debido al desplazamiento de la autoridad y la responsabilidad económica” (Valdés, 2007:166). Por otra parte, la proletarización del campesino sigue en aumento; por ejemplo, en el año 2007 un 78% de los miembros de familias rurales trabajaban como asalariados de la agroindustria (INDAP, 2007:27). Finalmente, debemos destacar el aumento en el acceso a la educación que tienen las generaciones más jóvenes -en comparación con sus padres o abuelos-, debido a las “políticas de universalización de la educación media y el aumento del acceso a la educación superior” (INDAP, 2017:22), punto clave, para reflexionar sobre el presente y el devenir de los territorios rurales.


No obstante, se debe tener en cuenta que en la ruralidad aún existe una persistencia de ciertas prácticas tradicionales (ancladas en valores patriarcales), “generando un desfase entre los cambios culturales a nivel social y las transformaciones internas de las familias rurales (Castro,  2012: 200). Este desfase implica que el protagonismo de la mujer siga anclado en patrones tradicionales y que, por tanto, no existe un cambio radical de su posición, sino más bien una reorganización de su trabajo productivo y reproductivo; aun cuando el ingreso de la mujer al mercado laboral ha ido en aumento, su figura sigue relegada a las labores domésticas, de cuidado y crianza, sin una verdadera redistribución de tareas y responsabilidades a pesar de que “invadieron actividades del hogar tradicionalmente masculinas” (Wainerman, 2000:149). 

Sin embargo, es importante mencionar que en las últimas décadas ha existido una disminución en la cantidad de hijos dentro del núcleo familiar, lo que lleva a pensar que las mujeres jóvenes son más reticentes a la imposición de la identidad maternal (Valdés & Rebolledo, 2015), cuestionando la carga patriarcal y posibilitando la búsqueda de nuevas identidades (Giddens, 1997). Esta búsqueda se ve reforzada con las mayores posibilidades educacionales y la masificación de imágenes y discursos que rompen con la naturalización de los fenómenos sociales que manifiestan la presión hacia las mujeres (Wittig, 2006).


Jóvenes ante la expansión del neoliberalismo rural. 


Las generaciones jóvenes rurales, se encuentran en medio de un escenario desafiante que es “abierto, paradojal y diverso, donde se reproducen todas las asimetrías del sistema neoliberal” (González & Lizarraga, 2016:35). Con esto, partimos de la base, de que la vida rural  no es junta para quienes deben experimentarla, pues mientras l-s jóvenes son testigos de la expansión y explotación agroindustrial, también deben trabajar en el verano en el mismo fundo donde se produce esa agricultura rentable y lucrativa -con una especie de complicidad forzada-. Ya que, la agricultura familiar dejó de ser una opción de vida y ha sido sustituida por “sueños de cambio”, el éxito de la agroindustria a nivel país no se ve reflejado en una mejora de la vida rural para sus habitantes, y más bien ha agudizado las desigualdades económicas, sociales y territoriales, así como también, la permanencia de las asimetrías de poder (Toledo, 2013). 


El abandono de la agricultura como opción de vida se ubica, en definitiva, entre los fenómenos espaciales y sociales -ocasiones por los mecanismos de desposesión de la agroindustria-, que responden por un lado, al envejecimiento y abandono de la población adulta dedicada a labores agrícolas, y por otro, de las nuevas opciones y aspiraciones de la población joven (Sandoval & García, 2018). Impulsadas a su vez, por el aumento de los niveles de educación formal y la búsqueda de empleos mejor remunerados (Osorio, 2017). 


Los cambios en las aspiraciones y expectativas de vida de l-s jóvenes rurales se construyen -en parte- por el “discurso de sacrificio en torno al trabajo agrícola y por el proceso de urbanización de los territorios, lo que sumado al creciente consumo cultural asociado a las tecnologías, facilitan la absorción de valores culturales propios de las ciudades” (Sandoval & García, 2018:86).  Además de esto, las ofertas laborales disponibles para en sus territorios, suelen ser “simples, no calificadas, basadas sólo en la presencia o disponibilidad física” (INDAP, 2017:23) siendo incapaz de ofrecer una real movilidad o ascenso social. Según palabras de jóvenes rurales, la oferta laboral agrícola permite “vivir, pero no surgir” (INDAP, 2017:35), y esto lleva a que las trayectorias laborales sean “discontinuas y erráticas, de ir y venir” (INDAP, 2017:55), no permitiéndoles progresar ni profesional ni económicamente (p. 78). 

Sin dudas, los procesos de individualización en el mundo rural se dan de manera diferente a los de la urbe, y pueden ser entendidos de manera dual -desde el éxito o el fracaso-, y desde diversas perspectivas, entre las cuales destacamos la territorial, social, perceptual y política-asistencial (Paniagua-Mazorra, 2008), los cuales se insertan además, en un marco de desestabilización y readaptación; por tal motivo, su estudio es complejo ya que simultáneamente, implican procesos sociales, laborales y espaciales (p. 645).


En esta investigación se presta atención a los nuevos discursos e imágenes que llegan a impulsar los nuevos estilos de vida rural, y la heterogeneidad de influencias sobre los hábitos, valores, deseos, y modos de pensar (Arriagada, 2002) de l-s jóvenes rurales. La creciente urbanización y los nuevos valores, representaciones y perspectivas asociadas a lo urbano, tales como educación, consumo, bienes y servicios (Sandoval & García, 2018), han provocado un importante impacto en el estilo de vida rural transformando, a la par, las estrategias, aspiraciones y expectativas de las familias para “tener una mejor calidad de vida” (Sandoval & García, 2018:72). 

Las nuevas estrategias, aspiraciones y expectativas  -que en parte son reforzadas por el consumo y los medios de comunicación- deben acoplarse entonces, con las históricas desigualdades presentes aún en los territorios rurales, pudiendo aumentar la frustración ante la brecha entre las aspiraciones creciente de consumo y la posibilidad real de obtener los bienes que se aspiran (Arriagada, 2002); así tenemos que las estrategias de los sujetos rurales necesitan ser pensadas en razón de sus “necesidades, los recursos materiales disponibles, las prácticas culturales y el tipo e intensidad de sus condiciones estructurales” (Massa, 2010:123). Los individuos, por tanto, deben traducir a partir de sus propios esquemas interpretativos, los cambios que ocurren tanto en los niveles locales como globales (Giarraca, Bidaseca & Mariotti, 2001). 

Las modificaciones económicas, sociales, territoriales y culturales de los últimos tiempos han llevado a una modificación de los imaginarios sociales en los territorios rurales y, al mismo tiempo, a una reconfiguración en las formas de organización de las familias. Tales reconfiguraciones traen consigo “nuevos procesos y estilos de vida que los habitantes del medio rural han debido asimilar, resistir, traducir, co-construir y reproducir en su interacción constante con la sociedad neoliberal” (González & Lizarraga, 2016:34). Al situar las familias en el escenario de la nueva ruralidad, se debe enfatizar en la multifuncionalidad de los espacios rurales (Toledo, 2013) y, subrayar “la individualidad y especificidad de cada opción familiar, así como las dinámicas interrelaciones que se dan en las prácticas cotidianas de las personas” (VVAA, 2013:38).

Ante esto, se construyó la siguiente pregunta de investigación, y sus respectivos objetivos generales y específicos:  ¿Cómo impactan las transformaciones territoriales de los actuales territorios rurales en las trayectorias de vida de cuatro jóvenes rurales pertenecientes al Valle Central de Chile, en la región de O'Higgins? 


Objetivo general: Analizar cómo se configuran las transformaciones territoriales del campo chileno, en las trayectorias de vida de cuatro jóvenes rurales pertenecientes al Valle Central de Chile, en la región de O'Higgins.

Objetivos específicos

1. Identificar las transformaciones sociales y espaciales que construyeron los actuales territorios rurales.

2. Identificar las aspiraciones y estilos de vida de l-s jóvenes que habitan los territorios rurales 

3. Analizar el impacto de las transformaciones territoriales del campo chileno y las trayectorias de vida de l-s jóvenes rurales.  



Metodologías y trabajo de campo



La presente investigación cualitativa tiene un carácter exploratorio-descriptivo; exploratorio porque busca producir conocimiento en torno a la actual relación de l-s jóvenes rurales con la expansión neoliberal en sus territorios, y descriptivo pues busca caracterizar las diferentes formas, dimensiones y niveles en los que se presenta este vínculo en los territorios rurales. 


Al tener la mirada posada en las trayectorias de vida de l-s jóvenes rurales, la investigación fue desarrollada bajo el enfoque narrativo-biográfico, ya que permite “rastrear el particular modo en que las experiencias individuales y los acontecimientos socio-históricos configuran la vida de los individuos” (Di Leo, Camarotti, Touris & Güelman, 2013:135). La ventaja de trabajar con narraciones es poder construir tramas de sentidos a través de la “confrontación y la negociación -entre personajes, argumentaciones, temporalidades y voces protagónicas y secundarias-, todo esto articulado en relatos, cuya lógica interna es susceptible de ser mostrada y no impuesta desde una exterioridad” (2013:196). Los relatos biográficos esperan ser una puerta de entrada para reconstruir la trama social de los territorios rurales, a partir de una re-significación de situaciones y experiencias (Garzón, 2014). Este enfoque de investigación permitió situarnos entre la “intersección de las biografías personales y los procesos sociales” (Di Leo, Camarotti, Touris & Güelman, 2013:144). 


Mi vínculo personal y familiar con los territorios rurales se erigió como una narrativa biográfica para cuestionar las “reglas etnográficas arbitrarias, estrechas, excluyentes y alineadas” (Richartson y St. Pierre, 2005, en Bénard, 2019:56). Ser parte de una familia rural, y haber vivido gran parte de mi infancia y adolescencia en el campo, parecen ser razones suficientes, para que mi “yo” más íntimo no fuera omitido en el relato ni en mi rol como investigadora. Al incorporar mi experiencia personal, se posibilita un mayor entendimiento de la experiencia cultural (Ellis, Adams & Borcher, 2010) de l-s jóvenes en el nuevo escenario rural. No está demás esclarecer, en último término, que mis relatos personales no son la mayoría de los datos a analizar en esta investigación, sino más bien aparecen como relatos complementarios, reflexiones personales e interpretaciones que añaden contexto y complejizan las historias que los participantes relataron (Ellis, 2004).  

 


El propósito de combinar la autobiografía con la etnografía busca plasmar las experiencias pasadas de manera retrospectiva y selectiva (Ellis, Adams & Borcher, 2010, en Bernárd, 2010), para producir descripciones densas, estéticas y evocativas de experiencias personales e impersonales (p. 24). Con este método, la escritura es considerada una práctica analítica-creativa, que más que tener una preocupación por la exactitud, “su objetivo es producir textos analíticos y accesibles, que nos cambien a nosotros y al mundo en que vivimos” (Ellis, Adams & Corcher, 2010 citando a Holman Jones, 2005, en Bernárd, 2019:32).  De esta manera, la finalidad de esta investigación no es producir conocimiento sólo para las esferas académicas, sino construir un texto etnográfico mediante una narración-reflexión que llegue al campo, con otro lenguaje, que pueda ser leída por los habitantes de estos territorios y que la historia pueda ser divulgada; en síntesis, se buscó una etnografía comprometida con la realidad y su posible transformación.



Participantes y herramientas metodológicas  


Se debe aclarar, que esta investigación fue desarrollada durante el año 2020 en contexto sanitario de COVID-19, por lo tanto, por las condiciones contextuales no pudo ser acompañada de un trabajo en terreno constante y exhaustivo, y tampoco pudieron ser llevados a cabo encuentros periódicos con l-s jóvenes rurales.  


Estos impedimentos circunstanciales fueron, finalmente, un impulso para pensar nuevas estrategias metodológicas que permitieran narrar, mostrar -y demostrar- los relatos biográficos de l-s jóvenes. Para esto, se diseñó un modelo de bitácora biográfica con diferentes preguntas, temas e indicaciones, que le fue entregado a cada uno de l-s participantes, tanto en formato digital como impreso.


L-s participantes de esta investigación, somos cuatro jóvenes rurales, tres mujeres y un hombre, de 25, 18, 15 y 24 años respectivamente. L-s cuatro tenemos en común ser jóvenes -en razón del tramo seleccionado de 15 a 29 años-, vivir en un territorio rural - en Los Lingues, Roma y Pedehue - y ser parte de un núcleo familiar con raíces campesinas. La bitácora biográfica que se les entregó resultó ser una plataforma literaria donde se plasmaron acontecimientos, vínculos, lugares, recuerdos, pensamientos y proyecciones en torno a su trayectoria de vida en un territorio rural. 


El trabajo con narrativas apuesta por un “retorno al sujeto, pero asociado a su historicidad, simultaneidad y multiplicidad” (Canales, 2018:66), dando paso a un enfoque que articula la biografía, la historia y la sociedad (Riessman, 2000). El trabajo con relatos biográficos desde las ciencias sociales no sólo apunta a extraer la información que estos propician, sino también a expresar - a través de los relatos -, problemáticas y temas de la sociedad (Di Leo, Camarotti & Touris, 2013). 


 Además de la bitácora biográfica, se realizaron visitas a terreno en donde se implementaron otras técnicas metodológicas para la recolección de datos, tales como la observación etnográfica y técnicas conversacionales. Los viajes a las localidades de Los Lingues, Roma y Pedehue fueron un trayecto ideal para apreciar la realidad a partir de esa experiencia de movilidad y la potencialidad de los sentidos, expresado en la “corporeidad y sensibilidad vital” (Visalichis, 2006:125) como parte del proceso de investigación. “Estar ahí” implica desarrollar formas de observación que sean capaces de “hurgar en lo cotidiano, tratando de entender aquello de lo que se trata, sin dar nada por supuesto y dando rienda suelta a múltiples interrogantes” (Visalichis, 2006:127). Las observaciones etnográficas estuvieron enfocadas, principalmente, en la experiencia del viaje y la descripción espacial de los territorios rurales a partir de sus diversos componentes, como lo son;  las viviendas rurales, los animales, los establos, las herramientas, maquinarias, grandes extensiones de frutales, diversos transportes y velocidades y diversos viajer-s.

Visitar territorios rurales implicó, también, un viaje de retorno a mi historia, peculiarmente cargada de distintas emociones; por esta razón, en los encuentros con l-s jóvenes, se propició un ambiente de diálogo transparente y horizontal, con conversaciones encuadradas bajo las premisas de una  entrevista diádica-reflexiva (Ellis, Adams & Bochner, 2010), donde el foco está puesto en los significados producidos interactivamente y en la dinámica emocional que se da en el encuentro, cobrando importancia “el participante y su historia, sus palabras y sus pensamientos, así como  también los sentimientos del investigador” ( Ellis, Adams & Bochner, 2010, en Bernárd, 2019:25).  Las conversaciones entabladas se pensaron como entrevistas etnográficas abiertas y en profundidad (Agrosino, 2012), que lograron ejecutarse diferenciadamente, dependiendo de los tiempos disponibles y los vínculos logrados -se desarrollaron dos entrevistas abiertas y una en profundidad-.

Las entrevistas de naturaleza abierta fluyen de manera natural, espontánea “y da cabida a digresiones, que pueden establecer nuevos caminos de investigación” (Agrosino,  2012:62) que antes no se tenían considerados. Mientras, las entrevistas en profundidad tienen una batería de temas previamente definidos, profundizando en los marcos de referencia, significados, valoraciones y esquemas de interpretación de los individuos (Gaínza, 2006) que, al mismo tiempo, se van actualizando en la interacción misma de la conversación. Los registros de las observaciones y entrevistas etnográficas se realizaron mediante notas de campo y grabaciones de voz que luego fueron transcritas, codificadas y analizadas.

Otra forma de registro etnográfico importante fue el uso de imágenes fotográficas, que funcionan como notas visuales que representan un fragmento de la realidad, y que pueden ser enriquecidas con narraciones “ubicando y definiendo el punto de vista físico y conceptual desde donde se mira y registra” (Hernández, 1998:42).  La validez de la imagen como dato etnográfico recae en su capacidad de representar la realidad a partir de una “intencionalidad cargada de sentidos emotivos, conceptuales o teóricos, influenciada u orientada por la teoría” (Hernández, 1998:74).


Análisis de los datos 


Los datos recopilados fueron analizados a partir del análisis narrativo y el análisis de contenido. Así, se buscó evidenciar las capacidades existenciales y sociales (Martuccelli, 2007) que los individuos tienen para sostenerse en sus territorios rurales; con el objetivo principal, de comprender y visibilizar las diversas formas en que las transformaciones recientes han impactado en sus trayectorias de vida.


 Al analizar los relatos biográficos bajo el lente del análisis narrativo, se abre la posibilidad de indagar en las formas en que se habla de la experiencia (Riessman, 2000), interpretando los contextos vitales asociados a la capacidad de agencia e imaginación (Bernasconi, 2011). Se debe tener en consideración, tal como lo plantea la autora Claudia Capella (2013), que las narrativas que construyen l-s participantes son siempre contextuales y móviles y, por lo tanto, están en permanente construcción y reconstrucción (p 126). De la mano de estos elementos, los análisis de los relatos biográficos se aproximaron a “los procesos de construcción de la experiencia social de los sujetos y a las vinculaciones entre sus reflexividades y soportes afectivos, materiales y simbólicos” (2013: 136). 

Esta propuesta de mirar en los soportes (Martuccelli, 2007) implica pensar las unidades analíticas (afectiva, material y simbólica) como elementos abiertos, relacionales, heterogéneos, históricos y existenciales (Di Leo, Camartti & Touris, 2013), que permiten que el sujeto se sostenga en su contexto particular, teniendo en consideración que, “el grado de conciencia de los soportes es muy variado, estando condicionado por las desigualdades sociales más que por la reflexividad de los individuos”( Di Leo, Camartti & Touris, 2013:133). El análisis de los soportes fue de la mano de un análisis espacial y social de la nueva territorialidad rural, guiado por la propuesta de Paniagua-Mazorra (20018) respecto de la dimensión territorial de los procesos de individualización. 

Tras la identificación de la nueva territorialidad rural, y una clasificación de los soportes, se dio paso a una codificación a partir de subcategorías. Estas permitieron sistematizar las prácticas, objetos, intereses, vínculos y estilos de vida que se acoplan y ajustan desde las mixturas territoriales y configuran los procesos de individualización de l-s jóvenes rurales. 

La codificación se realizó con la ayuda del software de análisis cualitativo “Atlasti”, e generando categorías, subcategorías y unidades de significado para sintetizar el impacto de la expansión neoliberal en los territorios rurales. Al mismo tiempo, que se visualiza temáticamente el vínculo de los sujetos con la nueva territorialidad rural.  

Luego de esta etapa, los relatos biográficos fueron puestos en diálogo -entrecruzado- con los relatos autobiográficos y las entrevistas etnográficas, dando paso a la segunda etapa del análisis. Esta etapa también implicó una codificación de categorías en torno a las nuevas formas y estrategias que se despliegan para habitar los territorios rurales y el impacto de esto, en sus trayectorias de vida.  


Resultados 


Reordenando el territorio a base del despojo


El éxito de la agroindustria chilena, ha sido en primera instancia a costa de la conquista, y el control de la tierra y del agua. Por esto, los sectores rurales de Colchagua al poseer grandes extensiones de valles fértiles,  se han convertido en el tributo predilecto para saciar el voraz mercado agrícola de la región. Y como la producción agroindustrial es impulsada con fuerza desde el aparato estatal, se ha permitido que los latifundistas sigan manteniendo sus puestos de poder y la tierra se mantenga concentrada en pocas manos.  Por tanto, son estos empresarios agrícolas quienes monopolizan la oferta de trabajo; sobreexplotan incesantemente la tierra y sus trabajadores, se adueñan del agua e intoxican a l-s habitantes y trabajadores agrícolas con el constante uso de pesticidas. 


Se evidencia que la  expansión del agronegocio se sustenta entonces, en formas de control y opresión modernas, las cuales, se apropian de manera masiva, tanto de la mano de obra como del medio ambiente. Estas apropiaciones sociales y espaciales implican un consiguiente cambio del paisaje rural y, también, una inevitable variación en las lógicas y formas de habitar los territorios rurales. Teniendo en consideración además, que las tierras rurales han sido históricamente cotizadas, disputadas y transadas en el mercado, esto ha ocasionado significativas fracturas territoriales. El re-ordenamiento territorial en términos espaciales, por ende, no puede ser separado de las transformaciones sociales que deben enfrentar l-s habitantes rurales. 


Estas transformaciones territoriales y sociales, marcan el inicio de la crisis del hábitat campesino (Armijo, 2000), ocasionando una innegable desarticulación de la vida campesina. La cual, además de ser consolidado por la proletarización del campesinado, fue potenciada con la destrucción y transformación del entorno rural, convirtiendo a al agricultor; en un asalariado precarizado, sin tierras, pero que aún obedece sus ritmos, pero principalmente, obedece al patrón y los tiempos de exportación. 


Estos cambios, pueden ser considerados como los primeros mecanismos de acumulación por desposesión (Matheus Silva,     ) que cimentaron una desvinculación territorial, y que construyeron una realidad rural contradictoria. Marcada por un lado, por la exitosa y competitiva agroindustria y, por otro, por una masa de agricultores y familias campesinas dependientes de las ofertas laborales, temporales y precarias que los fundos ofrecen. 


Juego de máscaras 



Junto a la acumulación de tierras por parte de privados, los territorios rurales también son intervenidos espacialmente por medio de proyectos dependientes del Ministerio de Obras Públicas y de Desarrollo Social. Algunas de estas intervenciones son proyectos estatales que introducen elementos urbanos al campo, cómo;  caminos asfaltados -que bordean las plantaciones frutícolas y no contemplan veredas-, luminarias - las más modernas con paneles solares,-, señaléticas de tránsito y paraderos. Estas construcciones son las que van dotando a los espacios rurales con un tinte más urbano, y con mejor conexión -que no sólo moviliza personas, sino que también todas las frutas a exportar-. 


Respecto a los proyectos estatales debemos destacar que, una cantidad importante de inversiones público-privadas en los territorios rurales tienen que ver con subvenciones a empresarios agrícolas para infraestructura hídrica. Mientras ​paradójicamente, l-s temporer-s, siguen llevando agua ​congelada en botellas de plástico para ​hidratarse durante sus jornadas laborales. Aún así, en el Plan Nacional de Desarrollo Rural - marco normativo que rige las políticas y programas rurales- se presentan principalmente, intervenciones e inversiones estatales para la modernización y productividad agrícola, no para l-s trabajadores. 


Tales incentivos son exigidos a su vez, por la Sociedad ​Nacional de Agricultura -gremio más antiguo de Chile y con ​raíces latifundistas-, quienes marcan las pautas de lo que ​necesita “el campo chileno”, e imponen consecutivamente, las ​necesidades de los patrones por sobre la de l-s trabajadores. Esto último, da cuenta que en el campo se sigue ​concentrando no sólo el poder económico del país, sino ​también, el poder político y social. Lo que antes era el ​latifundio, hoy son las empresas agrícolas. Dos caras de la ​misma moneda. Moneda que por lo demás, es con la que ​negocia el Estado Chileno. Es así, como las negociaciones que han ​llevado al éxito del modelo agroindustrial en el país, son fruto de ​los abusos y las violencias en los campos, lo cual sigue ​perpetuando el poder patronal pero ahora, transformado en ​una nueva élite rural. Todo, bajo una especie de capitalización ​hacendal.


Por otra parte, la incorporación de ciertos elementos urbanos, trae consigo también, la irrupción del mercado inmobiliario en la especulación de tierras rurales. “En Roma, hace diez años atrás no existían todas las casas que hoy están alrededor de la mía. Esto sin duda, da cuenta de un boom inmobiliario importante en la zona. Además, se nota que es gente de afuera, mi vecino por ejemplo, llega en helicóptero” (Iván,27 años).


En los últimos años ha existido un marcado recambio poblacional en los sectores rurales, ya que mientras la mayoría migra a la ciudad, otros llegan de ella en búsqueda de “tranquilidad” en sus parcelas de agrado o predios privados. Este fenómeno -relativamente reciente- puede entregar pistas respecto a la pérdida de tierras, nuevas dinámicas sociales que se están dando en el territorio rural y por otro, impulsa a una necesaria actualización y caracterización demográfica de l-s habitantes rurales . 


Las relaciones sociales con l-s nuevos vecinos se están fundando en una disputa principalmente de clase, donde además, pareciera que no existe un entendimiento de las lógicas colectivas con que se habitan el territorio rural -por ejemplo, en torno a los cuidados de las acequias y la importancia de los tiempos y espacios de regadío-. Dando como resultado que las dinámicas y prácticas sociales entre los habitantes rurales y los nuevos vecinos, se muevan entre un sentido de pertenencia y la externa apropiación territorial; ya que, “aún cuando ellos buscan la tranquilidad nomás y hacer sus cosas, igual llegan a apropiarse de cuestiones y no a adaptarse a nosotros” (Camila). 


Con todo, se debe recalcar que la urbanización que llega al campo es de carácter precario y marginal, ya que no logra hacerse cargo de mejorar la crisis campesina en torno a: sus condiciones laborales, habitacionales, educacionales, alimenticias o medioambientales. Sino más bien, los proyectos que llegan, son principalmente de infraestructura, y tienen como función explícita potenciar la conexión con las ciudades y la productividad agroindustrial. Potenciando con esto, una desvinculación de los habitantes con su territorio rural, y la creación de un vínculo dependiente con la ciudad y los fundos.  


Ya que en los fundos se encuentra el trabajo, y en la ciudad los bienes necesarios para vivir -elementos que la unidad doméstica ya no puede producir familiarmente-, y los servicios que simplemente no se encuentran a disposición en su territorio. En esta época neoliberal la relación dependiente con la urbe, se va alimentando y entrelazando -en gran parte- entre las necesidades y la relación consumista propia de la modernidad. 


  Las fronteras entre lo urbano y lo rural ya se borraron, dando paso a una nueva territorialidad rural.  El “ir y venir” entre el campo y la ciudad es la forma de habitar los territorios rurales y está desencadenando una multiplicidad de relaciones, flujos y vínculos entre los habitantes rurales, su entorno y la ciudad. Está nueva territorialidad rural se caracteriza, entonces, por este movimiento constante, frecuente e interdependiente entre el campo y la ciudad, el cual agudiza el proceso de desarticulación de la vida campesina, y da paso a nuevas prácticas, múltiples realidades y diferentes formas de habitar los territorios rurales. 


Ante esto, son particularmente las generaciones jóvenes quienes experimentan este constante vínculo con la ciudad, y se ha transformado en un elemento fundamental en la configuración de sus  trayectorias biográficas y sus estilos de vida.


Desmitificando el sacrificio


En el trabajo agrícola las ganancias sólo están aseguradas para los patrones, mientras l-s trabajador-s ni siquiera tienen asegurados sus derechos laborales básicos.  En la comuna de San Fernando los patrones son dueños de extensiones desorbitantes de tierras fértiles, las cuales son cultivadas en su mayoría con frutales; por ejemplo, sólo en  San Fernando se destinan alrededor de 2.122 hectáreas para el cultivo de cerezos, la fruta de oro del momento. 


Por ello, en el campo hay agua para los cerezos, pero no para la gente, sus animales y ni hablar de los bosques nativos. Ya que, para que los cerezos lleguen en perfectas condiciones a sus destinos de exportación, las tienen sumergidas durante toda la cadena de embalaje en agua.  Se ha vuelto un secreto a voces que los fundos desvían los cauces de los ríos. ¿Pero, qué hacer? ¿Cómo evidenciarlos?. Si son ellos quienes disponen las fuentes de ingreso económico para l-s habitantes rurales. 


“Si bien se sabe que el trabajo en los fundos no es justo, tampoco se puede llegar y reclamar porque mientras una está juntando plata para sus gastos, al lado está alguien juntando plata pa comer, para mantener la familia, para comprar esto y lo otro y, lamentablemente, ellos van a acatar lo que dicen los patrones nomas. Hay gente que esa es su pega durante todo el año, y no se puede dar el lujo de perderla ".(Camila, 18 años).


La lógica más utilizada en los fundos para trabajar es “a trato”, la cual es una práctica histórica y generalizada ​en los tiempos de cosecha. Sin embargo, no es exclusiva de esta ​temporada, sino que es una forma de trabajo que se desarrolla durante ​todo el año, y en diversas labores agrícolas. Esta forma de trabajar ​implica básicamente que los fundos -sin regulación alguna- establecen ​el pago a partir del kilo de fruta cosechada (o de la cantidad de matas ​podadas o raleadas, según corresponda la labor). Por tanto, lo que puedan ganar ​diariamente las y los temporeros, dependerá de cuántos kilos de fruta ​puedan extraer de las matas durante su jornada laboral. Explotación y ​auto-explotación diaria de los cuerpos. Lo cual promueve sin duda, la ​competencia entre trabajadores, la productividad laboral y las ganancias ​en los campos. Además, en este régimen laboral la figura del contratista es ​fundamental para captar mano de obra, fijar las condiciones del “trato”, ​convertirse en el intermediario predilecto entre las empresas y lxs ​trabajadores, y precarizar aún más las condiciones laborales. 


Se trabaja sin contrato, se almuerza bajo las matas, y su sombra es la que provee tiempos de descanso y una escapatoria al calor. Son pocos los fundos que disponen de baños para l-s temporer-s, y para qué hablar de agua fría, comedores o bloqueador. Por ello, el trabajo en el campo está marcado por el sacrificio y la desigualdad; nunca se tiene certeza de si la próxima semana habrá pega, si se tendrá dinero para comer, o si llegarás a la casa sin un hueso quebrado. La seguridad no es algo que deambule entre las hileras de frutales, ni algo que se susurre en los oídos de l-s temporer-s, mientras suben a escaleras de dos metros para lograr sacar hasta la última fruta. Y ni hablar de los peligros a los que se ven expuestos sus familias, debido a la utilización de pesticidas de manera constante y prolongada.


Y lamentablemente, pasan las décadas y el miedo a perder el trabajo por exigir condiciones laborales dignas, sigue presente. Los reclamos no están permitidos en los fundos, así que, la obediencia y fidelidad son cualidades que se siguen exigiendo y perpetuando en el trabajo agrícola. Estas cualidades son huellas de las lógicas coloniales y hacendales que se impusieron en el Chile Central, y son parte fundamental, para el funcionamiento de la agroindustria. 


Estas son las condiciones laborales que han influido en trayectorias de vida de l-s jóvenes rurales, y son parte también, de sus propias trayectorias laborales. El sacrificio no es sólo un discurso -que se escucha de las generaciones anteriores-; es también una experiencia que l-s jóvenes encarnan en su cuerpo y memoria, y que además, se va re-actualizando acorde a las exigencias de la producción agroindustrial. Ante esto, el sacrificio puede ser considerado como una experiencia histórica, transgeneracional y a la vez,  una forma actual de habitar los territorios rurales. 


También, se convierte en un articulador -o propulsor- de las aspiraciones y expectativas que se anidan y gestan en el seno de las nuevas generaciones (impulsadas y respaldadas además, por las historias de despojo y explotación relatadas por sus generaciones pasadas). De esta manera, son las mismas trayectorias laborales sacrificadas, las que se convierten en las estrategias económicas que les sirven para concretar las expectativas de cambio de l-s jóvenes rurales. 


Expectativas de cambio 


La posibilidad de educarse, puede ser considerada una de las mayores expresiones de desarrollo rural, y por ende, es parte central de las trayectorias de vida de las generaciones más jóvenes. Convirtiendo a la educación en una estrategia para conseguir mejores opciones de vida, y una meta a alcanzar a nivel familiar, y personal. Pero, como la educación rural no se encuentra bien calificada y sólo está disponible para la enseñanza básica, se ha vuelto indispensable que l-s jóvenes desarrollen sus trayectorias educativas en la ciudad. Iván, por ejemplo, pasó de vivir y estudiar en el campo cuando era pequeño, a vivir en el campo y estudiar en la ciudad en su etapa adolescente, para luego, vivir y estudiar en la ciudad cuando tuvo que emigrar a Santiago para acceder a la educación superior (Iván). 


Antiguamente, las opciones de vida en el campo eran bastante restringidas. Las mujeres, por ejemplo, tenían un abanico de tres virtuales opciones: irse a la ciudad como trabajadora doméstica, casarse y ser madres o encargarse del cuidado de los padres -esta última responsabilidad recaía la mayoría de las veces en la hija menor quien, en la mayoría de las ocasiones además, se quedaba solterona-.


Sin embargo, hoy pareciera que existen más opciones. A diferencia del abuelo de Camila -a quien no le interesaba darle educación a sus hijos-, los padres de l-s jóvenes rurales parecieran no concebir que sus hij-s no escojan el camino de la educación y la consiguiente profesionalización. Es por esto, que los recursos y estrategias económicas de las familias giran en torno a concretar esta meta la cual se convierte, a su vez, en un proceso vital que los individuos deben experimentar.


No obstante, es importante mencionar que una baja cantidad de jóvenes rurales puede acceder a la educación universitaria en Chile, siendo un poco más accesible, la educación técnica. Mientras por otro lado, una alta cantidad de jóvenes rurales no puede/quiere acceder a la educación superior. 


Pero, independiente de los niveles educacionales a los cuales se puede acceder, su acceso busca ponerle fin al sacrificio y  debe ser bajo las lógicas de la ciudad. Poniendo a prueba con esto, la capacidad de adaptación y asimilación de l-s jóvenes rurales ante sus propias hibridaciones culturales. Estos procesos, son parte de las trayectorias de vida de l-s jóvenes rurales, y están impulsando un particular proceso de reconfiguración de la identidad rural. 


Sin embargo, la vinculación con la tierra sigue siendo un denominador común entre l-s jóvenes, ya que este no se ciñe solamente a su trabajo de temporer-s, sino que tiene que ver con un vínculo personal, familiar y un genuino interés y cariño. Por ello, irse a estudiar no implica en todos los casos alejarse para siempre del campo, aunque en algunos casos sí lo sea. Aunque, valoración del espacio rural, sus historias y dinámicas propias, no son compartidas de manera homogénea entre l-s jóvenes esto no puede ser reprochable. Ya qué, como se ha mencionado, la vida en el campo es violenta, dolorosa y desigual. 


Un futuro enredado 


De esta manera, las trayectorias biográficas de l-s jóvenes rurales se construyen en razón de sus expectativas familiares e individuales -que se anclan en sus historias de sacrificio-, y por otro lado, por la influencia de referentes culturales y de aspiraciones de clase.  Donde además, la influencia de internet, las modas y las redes sociales ha diversificado y complejizado, el impacto de los discursos, imágenes e ideales a seguir en los territorios rurales. La influencia del mundo globalizado, podríamos sostener que estaría acelerando la re-configuración de individuos rurales jóvenes, a partir de una hibridación espacial, social y cultural.  Ilustrativo podría ser la vestimenta popular actualmente, entre  los jóvenes rurales; pantalones de jeans, zapatos de cuero, camisa cuadrille y el jockey de “Jhon Deere”. Estos, son identificados como huasos jóvenes, con la pura pinta de patrón. 


Hay que resaltar, sin embargo, que aún cuando existan estas hibridaciones culturales que complejizan la identidad rural y a pesar de las diferentes trayectorias de vida que puedan tener l-s jóvenes rurales, sigue existiendo -ojalá más de los que pensamos- una valoración y compromiso con los territorios rurales. Mostrando intenciones de seguir habitando esos espacios, intentando ser un aporte a las comunidades e idealmente retornando a la producción de la tierra. Porque si bien la agricultura fue arrebatada como actividad familiar, el vínculo con la tierra aún no puede ser arrebatado de las manos, ni menos de la memoria de la gente de campo. 



Conclusiones 



Las nuevas expectativas y estilos de vida rural, con todo, dan cuenta de una transformación de base cultural. Las transformaciones territoriales han desencadenado y configurado nuevas formas de habitar el espacio, impactando en las trayectorias de vida e identidad de las generaciones más jóvenes. Los cambios en sus estilos de vida -en comparación con sus generaciones anteriores- podrían evidenciar un cambio radical en la construcción identitaria del individuo rural quién está, dotado ahora, de nuevos vínculos, nuevas expectativas y nuevos referentes; influenciados, por cierto, por los contemporáneos procesos neoliberales del país. 


Los movimientos -en diferentes espacios y escalas-, las experiencias familiares, los discursos, imágenes y representaciones del mundo campesino del siglo XXI se están reconstruyendo, ya que la identidad rural de l-s jóvenes se está creando bajo una suerte de collage; donde se recorta, superpone, mezcla, une y transforma, pero lamentablemente, bajo una base inamovible aún, de clasismo y machismo. Por que, si bien se ha dado una desarticulación con la “tradicional” vida campesina, esto no ha implicado una desarticulación con los referentes patriarcales propios del campo. 


La educación por su parte, pareciera ser el mecanismo para efectivo para agudizar la desarticulación "tradicional" con los territorios rurales, pero aún así, no ha logrado masificar una desvalorización y abandono del territorio; es más, l-s jóvenes presentes en estos relatos proyectan sus trayectorias de vida en el campo, puesto que aún valoran ese territorio como un espacio adecuado para vivir, y donde pueden seguir conectados con la tierra y su historia. Pero,  ¿en qué medida será esto posible en el futuro?. Parece lamentablemente, que desde ahora, depende -principalmente- del avance de la agroexportación y la urbanización, o de la resistencia y adaptabilidad de l-s habitantes rurales. 


Por último, es importante considerar que una gran cantidad de jóvenes está escogiendo el camino de la educación agrícola como una estrategia para no abandonar el campo, por lo tanto, es un espacio interesante para observar y potenciar. Por otro lado, aún existe una cantidad importante de jóvenes para quienes la educación no es una opción y el trabajo apatronado sigue siendo la alternativa más viable para sustentarse económicamente. Si bien estos casos no fueron analizados en esta investigación, son igual de relevantes para entender el devenir de los territorios rurales, caracterizar a quienes siguen habitando en ellos, y reflexionar sobre el rol de las generaciones más jóvenes en la defensa de la tierra y el fin al sacrificio. 

¿Será posible que la agricultura familiar se convierta nuevamente en una opción de vida digna para las generaciones más jóvenes? y si el camino es la educación, ¿Cómo convertirla en una herramienta para la tierra? o, quizás hay que partir por reconocernos y organizarnos


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