Hacia un entretejido cooperativista alternativo: acciones colectivas en el casco histórico de Montevideo

SP.29: Procesos de producción urbana de las ciudades latinoamericanas en diferentes escalas. Transformaciones socioproductivas, memorias, sensibilidades e imaginarios

Ponentes

Nombre Pertenencia Institucional
Eduardo Álvarez Pedrosian Universidad de la República
Gerardo Barbieri Petersen Universidad de la República

Presentación:

Una propuesta democratizadora para el casco histórico de Montevideo


Esta ponencia constituye una nueva sistematización de los procesos que venimos sosteniendo junto al colectivo de la cooperativa de viviendas por ayuda mutua Guruyú, la cual desarrolla un proyecto habitacional en el área urbana que lleva por nombre, en el extremo peninsular de la Ciudad Vieja de Montevideo. El Municipio B es el correspondiente a las áreas históricamente centrales de la ciudad, incluyendo el casco histórico fundacional (Ciudad Vieja), el primer ensanche (Ciudad Nueva, actual Centro) y la mitad sur del segundo ensanche (Ciudad Novísima, actualmente una pluralidad de territorialidades barriales emblemáticas de la identidad montevideana). Como veremos más adelante, la situación de esas áreas, y en particular donde se encuentran ubicados los lotes correspondientes a esta experiencia piloto, están caracterizadas por dinámicas de vaciamiento, deterioro y gentrificación, en particular la promovida por la turistificación (Pérez Winter, 2017) y el “embellecimiento” de los escenarios patrimoniales.

En tanto plan piloto de una política pública municipal de mayor alcance centrada en el stock de fincas abandonadas (IM, 2019), implica desafíos y oportunidades por demás relevantes. En primer término, surge a partir de la demanda de movimientos sociales, los cuales son significativos no sólo para el área en concreto, como la Comisión Plaza 1 y la Comisión Derecho a la Ciudad surgida en 2018 por la preocupación desencadenada por los posibles efectos gentrificadores de las obras de remodelación de dicho espacio público (Ibarlucea, 2021). También la Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua (FUCVAM) y el Centro Cooperativista Uruguayo (CCU), el último en calidad de instituto técnico asesor, que a diferencia de otros emprendimientos ordinarios fue designado directamente. También se suma la Universidad de la República, a través de un convenio con la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo, desde donde nuestro equipo procuró involucrarse no bien nos llegó la noticia, en tanto oportunidad privilegiada para desenvolver nuestras prácticas integrales de investigación, enseñanza y extensión. Diversos actores sociales en ámbitos más o menos afines ideológicamente, con la participación directa en ciertos órganos políticos, para nada exentos de conflictos y tensiones propias de los diagramas de poder entre formas partidarias y movimientos sociales, constituyen el magma del que emerge la propuesta, la cual, a su vez, encuentra sus antecedentes en otras experiencias, siendo una de sus líneas genealógicas la serie de emprendimientos llevados a cabo por FUCVAM en comunidades campesinas de El Salvador posbélico y en un gran asentamiento periurbano en Paraguay (González, 2013).

La naturaleza experimental del plan radica en dos elementos principales: la conformación del colectivo cooperativo en forma inversa a lo habitual (un gran sorteo público a partir de un listado de inscritos según ciertos requisitos acordados entre las actores involucrados, relacionados al vínculo vecinal con el territorio -estar o haber residido en el barrio- y la situación socioeconómica de las familias) y la existencia de un grupo de lotes donde proyectar y construir las obras arquitectónicas, en vez de tratarse de una sola unidad edilicia.

 

 

Buscando cooperar: un diseño metodológico acorde al proceso

 

Orientados por dichos objetivos y propósitos, fuimos elaborando sobre la marcha una serie de dispositivos etnográficos caracterizados por la experimentación, y en particular, considerando a la colaboración como imperativo ético y oportunidad epistemológica sin igual para la creación de conocimiento (Lassiter, 2005). En tal sentido, lo mediacional resulta la materia prima del oficio etnográfico, a un tiempo que las prácticas profesionales de la comunicación constituyen una plataforma privilegiada para este tipo de abordajes (Álvarez Pedrosian, Barbieri Petersen, Burjel Verstraete y Vidal Faracchio, 2023).

Una vez conocimos la propuesta a través de los medios de comunicación, nos acercamos y planteamos la posibilidad de sumarnos desde la Universidad de la República, en el acuerdo de trabajo firmado anteriormente indicado. Por entonces presentamos una propuesta de trabajo ante todos los involucrados, incluyendo -por supuesto- al grupo cooperativo. Hemos avanzado en diferentes etapas, según las posibilidades propias y las dinámicas del proceso, pandemia de COVID-19 mediante. Entre las principales actividades llevadas a cabo en 2019 cabe destacar: la participación en reuniones con las diversas autoridades y representantes, la participación en los talleres de FUCVAM y CCU con la cooperativa, la realización de entrevistas a técnicos y autoridades vinculadas al proyecto, el recorrido y registro de los predios asignados para la construcción junto a un equipo multiinstitucional, y la participación y registro de la instancia de firma de los estatutos de la cooperativa.

Durante 2020 volvimos a plantear nuestra propuesta general ante la cooperativa en un encuentro plenario ocurrido en la Plaza 1 el 7 de octubre. Luego, ya en 2021, en plena pandemia de COVID-19, propusimos nuestra primera serie de talleres con la cooperativa, la cual tuvo que hacerse en forma remota y significó un gran desafío para todos los participantes, así como constituyó un aporte para mantener los vínculos y avanzar dentro de las posibilidades del momento. Planificamos y llevamos a cabo cuatro talleres: un primero de puesta a punto y lluvia de ideas, un segundo donde compartimos y pusimos a discusión nuestro primer producto generado sobre la experiencia (Álvarez Pedrosian, Barbieri Petersen y Bertero Cardoso, 2021), un tercero donde compartimos los primeros materiales biográficos de integrantes de la cooperativa (previamente publicados en un blog creado por nosotros para tales fines, aún en línea y disponible para seguir trabajando sobre él), y un cuarto donde compartimos la serie fotográfica elaborada por una integrante de la cooperativa que junto a nosotros participó de la recorrida (lo que nos permitió reflexionar y proyectar posibles usos y situaciones para cada caso y en general). Algunos cooperativistas aceptaron nuestras consignas y enviaron mensajes de presentación desde el blog, así como compartieron fotografías históricas y recientes sobre la Ciudad Vieja y los entornos barriales más próximos y específicos de los predios. En la última instancia, también se proyectaron posibles caminos a seguir, retomando nuestro planteo original. A todo ello, sumamos la realización de una entrevista grupal a los arquitectos de la Intendencia de Montevideo (IM) encargados del plan, para profundizar en las características de los predios seleccionados para la construcción de la cooperativa.

Durante 2022, uno de nuestros compañeros se incorporó formalmente como comunicador al colectivo cooperativista para apoyar los procesos de consolidación de los vínculos internos y sus relaciones con otras entidades, desarrollando desde allí una investigación específica en el marco de su tesis de maestría en Información y Comunicación, aún en marcha. Es así como, para 2023, y en base a los diálogos renovados con las comisiones de la cooperativa y el CCU, proponemos una nueva serie de talleres, con la finalidad de seguir avanzando en nuestros aportes para la consolidación del colectivo cooperativo y la experiencia de este plan piloto más en general, desde nuestras herramientas antropológicas y comunicacionales volcadas a la investigación sobre las formas de habitar, los fenómenos urbanos y territoriales.

Dicho ciclo de talleres, denominado Hacia un habitar colectivo, fue presencial y de periodicidad mensual. En el primero (Dónde estamos y hacia dónde vamos) compartimos los antecedentes de trabajo, realizamos una puesta a punto de la situación del proyecto cooperativista y los aportes de nuestra investigación y ejercitamos las técnicas del FODA (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas) y la Línea de Tiempo desde el surgimiento de la cooperativa hasta el presente (Red Cimas, 2015). En el segundo (Cómo nos relacionamos), convocamos a los psicólogos sociales de nuestro equipo, y se trabajó sobre lo vincular desde la afectividad, problematizando las máquinas deseantes, la micropolítica y la producción de subjetividad en primer plano (Deleuze y Guattari, 1997), lo cual luego fue retomado en los talleres siguientes. En el tercer encuentro nos focalizamos en lo mediacional (Cómo nos comunicamos), llevando las discusiones anteriores a un siguiente nivel de problematización, retomando los temas del taller anterior en clave de medios y lenguajes, explorando posibilidades y revisando nuestras prácticas, a la vez que se ofrecieron herramientas específicas a tener en cuenta para la creación de un ambiente colectivo propicio para avanzar en el emprendimiento vital. En cuarto lugar, llegó el momento de explorar colectivamente las historias de vida y avanzar en el conocimiento mutuo de las subjetividades involucradas, centrados a su vez en reflexionar sobre las formas de habitar implicadas en cada caso (De dónde venimos y cómo hemos vivido). Para ello se realizó un ejercicio de mapeo colectivo (Risler y Ares, 2013) donde se esbozaron los trayectos migratorios a escala barrial, urbana, nacional y regional, considerando acontecimientos significativos e históricamente importantes a nivel personal y social. Por último, en un quinto encuentro (Nuestro barrio: la Ciudad Vieja), trabajamos sobre las experiencias ligadas al entorno de construcción de la cooperativa de viviendas, involucrado ya en la mayoría de las trayectorias de vida anteriormente planteadas y en otras de otros miembros del colectivo, elaborando nuevas cartografías al respecto, identificando temas, lugares, aspectos y dimensiones significativas para los participantes desde las memorias suscitadas y las expectativas a futuro. Con posterioridad, participamos de la presentación del proyecto arquitectónico por parte del CCU ante el colectivo cooperativista.

Como veremos en las conclusiones, el trabajo prosigue sobre un proceso ya consolidado, donde hemos ido construyendo en conjunto un profundo sentido de confianza desde el involucramiento etnográfico con las características antes señaladas, lo cual nos augura nuevas instancias de campo y exploración ante la inminencia de las etapas decisivas en la concreción del proyecto.

 

 

Una cooperativa de vivienda “para los del barrio”

 

La Ciudad Vieja de Montevideo es identificada como el casco histórico por excelencia. En dicha península tuvo lugar el proceso fundacional de la ciudad (1724-1726) en la puja entre los imperios portugués y español en estas zonas liminares. En términos generales ha sufrido el característico deterioro de los cascos históricos latinoamericanos (Carrión, 2009). Siguiendo los procesos de lucha de los movimientos sociales y en asociación con ellos, en particular con el desarrollo del cooperativismo de vivienda, se ha planteado la necesidad de insistir en el derecho a residir en áreas consolidadas, caracterizadas por la centralidad (Franco y Vallés, 2012). Desde la década de 1940 migra la burguesía hacia la zona costera este de la ciudad, dejando grandes estructuras arquitectónicas que entran paulatinamente en decadencia (Laboratorio Urbano Reactor, 2020, p. 14). La degradación acentuada durante el régimen cívico-militar (1973-1984) y los años posteriores de apertura democrática, quedó impresa en el paisaje de antiguos hoteles decimonónicos convertidos en ocupaciones con residentes en situación de gran precariedad, quienes a su vez fueron objeto de desalojos y expulsión hacia áreas de la periferia urbana para engrosar nuevos asentamientos irregulares, manteniéndose en algunos casos de familias de décadas de arraigo un “nomadismo de circuito corto” (Romero Gorski, 2003, pp. 21-22). En 1994 se inaugura la primera cooperativa de viviendas en la zona (Covicivi), rompiéndose una tendencia que las situaba en su gran mayoría en las áreas periféricas de transición y muy en menor medida en las intermedias. Comenzando con reciclajes de viejas estructuras, algunas patrimoniales, se fue incorporando la obra nueva, pasando ahora, con este plan piloto, a una nueva fase de gran potencialidad. Abin (2017) ya señalaba la tensión entre la promoción del acceso a la vivienda y el derecho a la ciudad para dicha población objetivo, y la especulación inmobiliaria de alcance internacional.

Lo que corrientemente se denomina Ciudad Vieja es identificado por los montevideanos como un barrio, pero como suele suceder, está conformado por áreas más o menos superpuestas, variables en sus límites. Una de ellas, posee tal grado de consistencia identitaria, asociada al paisaje urbano y la posición ambiental más en general, una historia de instituciones, instalaciones culturales, sociales y deportivas, que constituye un barrio en sí mismo, dentro del mayor. Es el caso del Guruyú, el extremo de la península. Como hemos planteado anteriormente, en varios de nuestros talleres de investigación colaborativa llevamos a cabo la elaboración de cartografías sociales, con el fin de aprehender los imaginarios y las memorias presentes en el grupo cooperativista. En el mapa específico sobre la concepción del territorio, se identificaron áreas, fueron asignados nombres, reconocidos lugares emblemáticos, así como se suscitaron recuerdos en referencia a acontecimientos, tanto de alcance local como a otras escalas. Las territorialidades que pueden inferirse del ejercicio concuerdan en gran medida con otros registros elaborados en diversas instancias sociales y según otros campos disciplinares, desde la sociología urbana al activismo artístico y el diseño en comunicación visual (Ibarlucea, 2021), con divergencias igualmente relevantes.

Es así como se identifica “El Bajo”, hacia la franja norte bordeando la bahía (a diferencia del Bajo de antaño, situado hacia la orilla sur, sobre la costa rioplatense), y “La Rambla” -faja sur de toda la extensión, sección de la gran obra urbanística que justamente eliminó aquellas manzanas arrabaleras de los antiguos prostíbulos, pensiones y bares de los albores del tango a finales del siglo XIX y comienzos del XX, adyacencias a la antigua muralla demolida, consideradas insalubres e inmorales por el higienismo de entonces (Carmona, 1993, p. 89)-. También a “El Puerto” (volviendo a la orilla norte, sobre la bahía, donde se imponen las grandes estructuras del comercio marítimo en expansión). Asimismo, se localiza la “La Aduana” y el “Guruyú”, nuestro barrio dentro del barrio, a partir de la calle Colón hacia el extremo peninsular (una treintena de manzanas por lo general regulares, salvo el extremo suroeste curvado que altera la trama vial). El área de la Aduana opera de transición entre lo portuario y el resto del Guruyú, en el extremo noroeste, bajo la imagen del emblemático edificio por la que se identifica a la primera, la presencia del histórico mercado turístico gastronómico, sedes de entidades marítimas y demás. El resto es concebido como “Ciudad Vieja”, en especial la conocida en otros registros como “La City”, el área central ocupada principalmente por sedes financieras y de organismos públicos y otras entidades privadas, entre más monumentos históricos y antiguos edificios nobiliarios desperdigados, algunos de los cuales ofician de pensiones en situación de más o menos informalidad, como en el resto de la trama urbana que se extiende desde allí hacia el Centro y los barrios vecinos del segundo ensanche (La Aguada y el Cordón), en gran medida habitadas por migrantes latinoamericanos en condiciones de gran precariedad (Fossatti y Uriarte, 2018). Hay marcas particulares que sirven para denominar ciertos entornos particulares, como “La Ciudadela”, y otros mojones sobre la rambla costera, como “las rocas”, “el cañón”, y ya en el vecino Barrio Sur, “la playa del gas”.

Según una encuesta llevada a cabo por autoridades municipales en 2010, un 41% de la población se autodefinió como residente “de siempre”, mientras la mayor parte del resto manifestaron haberse afincado durante la última década (Laboratorio Urbano Reactor, 2020, p. 16). El llamado recambio poblacional parece constatarse. El perfil de dichos nuevos residentes implica mayor capital educativo y social, incluyendo aquellas nuevas cooperativas antes mencionadas (Abin, 2014, 2017). En relación con ello, podemos afirmar que los integrantes de la cooperativa Guruyú -resultantes en su totalidad hasta hace unos pocos meses del sorteo efectuado el 22 de agosto de 2019-, pertenecen a aquél primer grupo de “oriundos” del territorio barrial. Hacia ellos, justamente, va dirigida esta política pública, en tanto se reconoce la necesidad de contrarrestar el efecto contrario.

Ahora bien, dichos vínculos con el territorio barrial no es el mismo en todos los casos, más allá de la formalidad de presentar algún documento comprobante de estar o haber estado recientemente residiendo allí. Están quienes han nacido y residido toda su vida mudándose de uno a otro lado, alquilando cuartos en pensiones, o alguna vivienda completa en menor medida, con su familia de origen y/o con la que gestaron, variando en la conformación de sus integraciones que incluyen varias generaciones. Están quienes encontraron allí su independencia luego de migrar de jóvenes desde otras localidades del Uruguay (en una nueva etapa de un proceso de larga duración) o desde países sudamericanos en la nueva ola migratoria (en este caso en particular desde Perú), formaron sus familias y tuvieron sus hijos e hijas, buscando una vida digna en estas tierras.

Otro rasgo distintivo del colectivo, desde su formación, es su carácter femenino. Son mujeres quienes se encuentran liderando los núcleos familiares, siendo las “socias” que formalmente integran los órganos de funcionamiento de la cooperativa, salvo contadas excepciones. Del listado inicial del sorteo, que fue para 24 unidades familiares, quedan 9, siendo 26 el número total en la actualidad, habiendo alguna unidad vacante por una renuncia reciente. Estas “fundadoras” han sostenido el proceso a pesar de enormes dificultades, luchando por sus núcleos familiares al tiempo que impulsaban el proyecto cooperativista. El término es utilizado en el contexto del colectivo, aunque es puesto en discusión por aquellas nuevas integrantes, lo cual es comprendido por el resto, más considerando que, salvo un porcentaje bajo de casos (cuatro o cinco), el resto, unas 10, se han incorporado en este último año, transformando al colectivo según un “nuevo inicio”. Y es que muchas familias han quedado por el camino, en estos años de pandemia de COVID-19 (desde marzo de 2020 hasta el fin de la emergencia sanitaria en abril de 2022), cambios en la gestión política del proyecto (en octubre de 2020) y demás. En dicho proceso, hay una serie de mojones identificados por el colectivo que merecen especial consideración.



La gestación de un colectivo entre las tramas del habitar

 

El modelo cooperativista de ayuda mutua implica un largo proceso hasta la concreción de la vivienda, lo que solo es el comienzo de una convivencia colectiva que se sostiene en la autogestión. En ese trayecto se realizan actividades obligatorias -pautadas por ley y transmitidas tanto por el instituto técnico como por la federación que nuclea los emprendimientos-, a las que se han sumado otras de carácter productivo con fines, primariamente, recaudatorios, que son impulsadas por el propio colectivo en cuestión. Estas se vuelven centrales para el diseño y fortalecimiento de los vínculos. En este caso piloto, significó el comienzo de la organización grupal al definirse roles y perfiles de sus integrantes. Es importante, en este punto, insistir en la particularidad de la conformación del colectivo, a partir de un sorteo público entre inscritos según los requisitos pautados por la asociación de actores institucionales en juego, lo que significó que los lazos relacionales se fueran forjando con la instalación del “grupo operativo” (Pichon-Rivière, 1985). Si bien, en todo proyecto cooperativista, la identidad colectiva se va construyendo en el devenir de los acontecimientos compartidos, en este caso, dada la configuración mediada por el azar regulado por autoridades púbicas, el proceso es aún más complejo, lo que puede explicar en parte el importante porcentaje de integrantes que se han ido hasta el momento y la necesidad de fortalecer el grupo, para dar un salto cualitativo hacia una nueva etapa de consolidación.

Culminada la emergencia sanitaria -que tuvo, como en general, un efecto de interrupción o enlentecimiento de las actividades sociales- el colectivo cooperativo procuró dinamizar el proceso una vez más, lo que también se vio estimulado por el resto de los actores institucionales en juego. En la Línea de Tiempo elaborada en uno de nuestros talleres, se identificó como evento significativo la “pérdida del terreno de la calle Piedras”, el ubicado frente al Museo del Carnaval y el Mercado del Puerto (o sea, hacia La Aduana), el más distante de los cuatro originarios, a comienzos de 2022. También cuando se “termina la lista de prelación”, en septiembre de ese año, y se realiza la “compra del carrito” para el elaboración y venta de comida callejera típica de la ciudad de Montevideo (tortas fritas), ambas cuestiones trascendentes para la configuración concreta del colectivo.

En relación con el primer aspecto, una serie de nuevos talleres con FUCVAM resulta decisiva. A un tiempo que el colectivo se enfrenta a la necesidad de llamar a nuevos integrantes para llenar las vacantes de la cooperativa, al darse de baja un número cercano a la mitad del total, encuentra en la federación el apoyo necesario para orientar sus esfuerzos. El listado original, fruto del sorteo promovido por las autoridades municipales, es respetado como mecanismo obligatorio de consulta para el ingreso de nuevos miembros, llegándose al final de los doscientos veinte nombres de referentes anotados allí. Pero a un tiempo, la necesidad de configurar un colectivo solvente en sus vínculos, con proyección temporal, simpatía y compromiso efectivo, se fue imponiendo. FUCVAM fue clave en la toma de decisiones para que el colectivo, aún en gestación, asumiera la necesidad de definir los criterios de ingreso de los nuevos miembros, lo que impacta directamente en la conformación de la identidad grupal. Se optó por recomendaciones directas realizadas por parte de integrantes, lo que en concreto remite a familiares o amistades cercanas. También se volvieron a contactar algunas de las personas inscritas en el listado y que por razones difíciles de establecer no habían respondido en su momento, y que ahora pasaban a ser candidatas ideales.

El segundo asunto señalado, constituye uno de los acontecimientos más significativos en lo relativo a la cooperativa como unidad de producción. Luego de algunas actividades barriales, organizadas por otros colectivos afines de carácter social, donde se pudo participar vendiendo alimentos, la necesidad de contar con una fuente de ingresos mínima para cumplir con los gastos de administración ante los trámites en marcha, llevó a la decisión de una compra colectiva de un bien para ello, así como de la gestión para llevar adelante la tarea en cuestión. Según lo dialogado y problematizado en nuestros espacios de encuentro, la experiencia resultó por demás reveladora en lo tocante a los vínculos intersubjetivos. Los aportes monetarios y de insumos, el sitio donde quedara el carro guardado, la participación en la producción y venta de alimentos: resultó ser uno de los primeros grandes desafíos organizativos, lo cual precipitó inclusive la toma de conciencia de la importancia del compromiso, la obligatoriedad inherente al régimen estatutario de la cooperativa, y por supuesto, en forma más amplia, puso de relieve la dimensión ética y estética de los vínculos en tanto plano de inmanencia de producción de subjetivación (Deleuze y Guattari, 1997). La presencia en las jornadas de festejo del Día del Patrimonio (tan especial en lugares como la Ciudad Vieja), y recurrentemente en la peatonal Sarandí, constituye además un acto expresivo que da presencia al colectivo en el espacio urbano, haciéndolo visible y reforzando su identidad, tanto hacia los demás como hacia el grupo mismo.

 

 

Imaginar y construir una vida en común


Habitar no es solamente residir, implica toda forma de ser y estar en el mundo (Heidegger, 1994; Álvarez Pedrosian, 2021). Las historias de vida de cada cual expresan devenires entramados que hacen a la conformación de las territorialidades en cuestión, a diferentes escalas, tanto de la Ciudad Vieja como de Montevideo, el Uruguay y el continente. Durante el segundo taller realizado en 2023, con la participación de los psicólogos sociales de nuestro equipo y con una convocatoria cercana a la mitad de las unidades familiares (en algunos casos con varios integrantes presentes), logramos compartir imaginarios a través de los gustos, espacios de disfrute y autopercepción. Así, bailar, leer, preocuparse por el otro, escuchar música, jugar juegos de mesa, meditar, conocer personas, tejer, cocinar, ir al cine y a espectáculos culturales, sacar fotos, cuidar las plantas, pintar y jugar al Playstation, fueron algunas de las actividades expuestas como las que más les gusta hacer a los integrantes del grupo cooperativo. El taller profundizó luego en el concepto de red: cuáles son las concepciones y apreciaciones que se tienen al respecto, para alcanzar a esbozar algunos objetivos grupales. Para el grupo en una red se genera unión, conocimiento, lazos, relacionamientos, convivencia, proyectos y obstáculos. Entienden que a través de la red “donde no había nada empieza a haberlo”, encuentran contención. Se plantearon como objetivos el “estar unidos por la vivienda” y el “generar un espacio confortable y que permita que los hijos crezcan seguros”.

El grupo se encontraba pensando una vida en común con un entusiasmo que hasta el momento no había surgido, en nuestra presencia por lo menos. Pusieron sus “superpoderes” imaginarios -en base al ejercicio planteado por los psicólogos sociales- a disposición del bien colectivo, imaginaron actividades y formas de dar apoyo a compañeras y compañeros que atravesaban situaciones complejas de salud y trabajo, así como desmotivaciones producto de un proceso cooperativista tan extendido en el tiempo. Se mostró un especial interés en comenzar a cuidar ciertas formas de lenguaje y equilibrar ciertas emociones, un diálogo que decantó en la importancia de esforzarse por comprender las realidades de los compañeros y compañeras. Esta experiencia les permitió auto percibirse en una “etapa de maduración y reconocimiento”, comprendiendo que forman parte de un sistema cooperativo con formas y normas establecidas para la vinculación de los integrantes y es allí donde están encontrando su propia manera de hacer, todo lo cual se trabajó en profundidad en el siguiente taller de la serie planteada, donde lo comunicacional fue el tópico principal. Si bien los participantes de las diversos espacios de colaboración han ido variando, tanto por el recambio de integrantes de la propia cooperativa durante estos años como por las convocatorias en sí mismas, consideramos que hemos aportado a la generación de cierta disposición o agenciamiento (Deleuze y Guattari, 1997), un habitus (Bourdieu y Wacquant, 2008) emergente que tiende a consolidar ese común en construcción, en forma reflexiva y comprensiva, lo que habilita el diálogo de saberes y la puesta en circulación de las experiencias vitales, transversalizando las diferencias (Álvarez Pedrosian, Barbieri Petersen, Bertero Cardoso, Blanco Latierro, Burjel Verstraete, Fagundez D´Anello, Giucci Bellán y Vidal Faracchio, 2022).

En el cuarto taller de 2023, centrado en el ejercicio de compartir diversas historias de vida centradas en el habitar, lanzamos la siguiente pregunta, en base a las experiencias recogidas hasta el momento por parte de cuatro integrantes de los nueve presentes: ¿qué diferencias hay entre un edificio de apartamentos corriente y un complejo cooperativo de viviendas como el que se está proyectando, con edificios en altura?:

 

Joana: Te diría la convivencia, hay reglamentos, hay normas que cumplir. Si bien en un edificio se cumple, no es lo mismo. Porque, para empezar, el reglamento, lo aplicamos nosotros, que yo siempre digo que tenemos que tener cuidado lo que ponemos (en los reglamentos) entre nosotros mismos porque después, nos quejamos. (risas generales): “Ah, pero vos votaste por…”, la lamento, a llorar al cuartito, entonces… En el edificio bueno, cuando entraste te imponen esas reglas, sabes que una vez que pisas el edificio vas a… Éstas, las pones vos. Bueno, ta: las entradas, las salidas, la música, del pegadito, que está al lado. Es todo.

Claudia: Del que está arriba. (asentimiento generalizado).

Joana: Y los lugares en común, los espacios en común.

Javier: Una diferencia importante, entre un edificio de apartamentos y una cooperativa, en primer lugar (…) pienso que es el tema de la propiedad. Partamos de la base que en un lugar determinado donde se construye un edificio, muy rápido hoy por hoy, se vende enseguida, o no, y cada familia es propietaria, es dueña, a diferencia de nosotros que es cooperativa. Yo creo que es más lindo, me atrevo a decirlo, yo nunca viví en una cooperativa, pero no es lo mismo desde el punto de vista de la integración. Yo creo que es mucho más sociable, más integrable, una cooperativa como el caso nuestro que un edificio de apartamento. Porque lo compra cualquier familia, entonces no se conocen. (…) La integración sociocultural, el vínculo es tan importante en la sociedad actual… A diferencia de cualquier otro departamento de nuestro país, Montevideo es una ciudad fría, una ciudad que, si bien hay mucha movilidad, la comunicación es muy deficiente.

Eduardo: En comparación, decís vos, a otras ciudades del país.

Javier: No lo digo únicamente porque soy sanducero. Lo digo porque llevo viviendo muchos años más acá en Montevideo que en Paysandú. En cualquier otro punto del país, yo siempre embromo, hice una pregunta a mis amigos de acá: “¿dónde está Montevideo, en el exterior o en el interior?” Los fui con picardía…

Eduardo: Seguro, mirá la ambigüedad nuestra, incluso hablamos: “afuera, en el interior”, ¿de qué? De la ciudad amurallada, que era un fuerte, que era (justamente) la Ciudad Vieja, ¿no?

Javier: Exactamente. Parte del concepto histórico que no se modificó, que se arraigó, es parte de nuestra actitud, de que, el exterior de la ciudad amurallada… Y quedó en el imaginario colectivo.

Jessica: Yo creo que hay cosas que se van marcando, que hoy por hoy con mi madre y mi hija estamos viviendo, lo que es parecido a una cooperativa. Donde estamos nosotros; qué pasa: los apartamentos son uno al lado del otro. Y es un patio, y la convivencia es terrible (…) No se respeta nada. Encima, tengo una pareja vecina, no sabés… se matan a palos, denuncia tras denuncia. (…) Lo buenos es que tenemos balcón para afuera, que es lo que te cobran porque estamos pagando un platal, literal (…). Sinceramente, es hermoso el apartamento, es hermoso: claro, tiene dos balcones, uno hacia la cocina y otro en el comedor, eso es lo que te cobran (los dos balcones a la calle), y también escalera, son de dos plantas. Pero igual, es un platal. (…) (Mudarse) es un estrés. La mudanza la hicimos solas. No nos ayudó nadie, solas estábamos, nosotras dos, mamá y yo. (…) Y la convivencia también. Nada… (tuve) un cruce con una señora, que era propietaria, la “señora”, re desubicada (…) me remarcó “porque soy propietaria, hable con el dueño”, (…) porque fui a buscar un gatito perdido a la azotea. Pero encima para hacerle el bien a una persona, una chiquilina llorando en la puerta de casa. “¿¡Y quién está ahí!?” empezó. “Ya bajo, señora, estoy buscando un gato”, “No se puede a esta hora, porque yo soy la propietaria”. Pero digo, a mí qué me importa que seas propietaria si… o sea, estoy buscando un gatito y ya bajo. Encima se tiende la ropa arriba, yo ya ni tiendo, para tener problemas… (…) Puse cuerdas en el balcón para tender (…). Porque encima, supuestamente, hay horarios para colgar la ropa. Nosotros no estamos antes (…)

Joana: Este es un buen ejemplo para poner horarios en la cooperativa también (risas).

Eduardo: Es una experiencia que vale mucho para pensar la cooperativa.

 

Este fragmento de diálogo colectivo es sustancial. En primer término, se destaca la cuestión de las reglamentaciones de cohabitación: quién las determina, cómo se cumplen, y en definitiva qué tipo de habitar se desprende de ello en lo cotidiano, cuando se trata de otro tipo de propiedad y uso (Sosa, 2015). Las relaciones de poder y la posición relativa de las subjetividades implicadas pueden visualizarse en los dispositivos residenciales, los regímenes habitacionales. Allí se encuentra una de las principales diferencias entre una cooperativa y otro tipo de complejo habitacional, más que nada en contraposición con los edificios de copropietarios. Esto, a su vez, se pone aún más en tensión en el caso de los edificios de renta, donde se combinan residentes propietarios e inquilinos. Las experiencias narradas nos informan de conflictos donde las posiciones sociales parecen anteponerse a todo, sin importar el sentido ni valor de lo que esté aconteciendo, en un reforzamiento de la autoridad como legitimación de la distinción y discriminación en tanto que fin en sí mismo. Inclusive, se llega a abandonar el uso de espacios comunes para no entrar en mayores conflictos, replegándose al espacio privado y forzándolo según usos que no son los más eficaces en relación con el diseño existente. Dicho autoritarismo del propietario, podríamos decir, es uno de los aspectos más indignantes para nuestras protagonistas, lo que se potencia cuando se está a un tiempo sosteniendo un proceso de transformación gracias a la participación en un proyecto cooperativo, lo que implica paciencia para la espera y sacrificio para destinar energía, tiempo y recursos de todo tipo a lo largo del proceso de organización, construcción edilicia y mudanza. Las cualidades tipológicas arquitectónicas resultan más o menos las mismas, lo que implica una proximidad que se reconoce como problemática, dado el pasaje del sonido, principalmente (Domínguez Ruiz, 2011). A escala urbana, quienes han migrado hacia la ciudad capital encuentran diferencias en relación con ello y valoran, en algún caso, la propuesta frente a una suerte de vaciamiento de sentido o enfriamiento en los vínculos, propio de la anomia social que puede percibirse como factor de no-lugaridad (Tuan, 2003), apreciada de manera comparativa a partir de localidades tradicionalmente más reducidas.

Resulta por demás importante la reflexión colectiva realizada para pensar el futuro próximo de la cooperativa, en tanto se reconoce la autonomía en la creación de las disposiciones en torno al uso y las prácticas posibles, que afectan a quienes deben llevarlas a cabo y, por tanto, autogobernarse, lo cual puede resultar sumamente difícil. Algún participante que ya ha residido en una cooperativa plantea que luego, cuando se pasa a la convivencia efectiva, la situación resulta ser la misma que en un edificio cualquiera. Esto es discutido por el resto que, si bien no tiene la experiencia de haberlo hecho aún, aspira a una transformación en su vida. Lo cierto es que las reglas de juego son distintas, y saberlas utilizar de una u otra forma depende, en definitiva, de los protagonistas y sus circunstancias. Sin caer en romanticismos estériles, es factible que la convivencia resulte todo un desafío, como de costumbre, pero los mecanismos para gestionar el proceso de manera democrática están al alcance de los habitantes.

 

 

Desafíos actuales: arqueología, arquitectura y convivencia

 

Como lo expresan representantes de la federación del cooperativismo de vivienda, tanto en estudios publicados como en entrevistas que hemos realizado, existe preocupación en base a las experiencias que sirven de antecedente: el desafío de mantener una organización conjunta a pesar de la dispersión espacial en edificios aparte, desde la gestión más cotidiana de la construcción y posterior mantenimiento al agenciamiento colectivo, más amplio, desde el cual ello cobra sentido en base a prácticas y sentidos comunales (González, 2013, p. 202). Estas mismas cuestiones fueron retomadas en nuestros talleres de reflexión junto al colectivo cooperativista en variadas ocasiones, en especial en la jornada dedicada a las trayectorias de vida centradas en el habitar de los diferentes participantes, donde problematizamos las diversas modalidades de vivienda pasadas y presentes, con vistas al futuro en construcción que implica una vida en común. Cuestión que, de hecho, ya ha comenzado, desde el momento de la organización del colectivo para comenzar a funcionar, obtener recursos para los gastos necesarios, cumplir con las formalidades que implica el régimen de funcionamiento asambleario y la administración fiscal de la empresa, lo cual pasará a una fase decisiva una vez se comience con la custodia de los predios otorgados, y más aún, con las obras de autoconstrucción. En los términos de Heidegger (1994), construir ya es habitar, es decir, implica una forma de ser y estar en el mundo, incluso en aquellas situaciones donde aún no se reside en un lugar, sino que se le está dando la forma primigenia, la cual luego será, a su vez, alterada en diversos modos.

El “diseño de lo comunal” (Escobar, 2016), implica considerar las tramas socioterritoriales en forma holística (Álvarez Pedrosian, 2021), donde se constituyen en sus diferentes sentidos, prácticas y materialidades. Por ello, ante la propuesta proyectual arquitectónica que el instituto de asesoramiento técnico ha presentado recientemente, se pasa a una nueva etapa donde tomar decisiones colectivas trascendentes, entre las cuales destacan los usos que pueden imaginarse para aquellos espacios colectivos pensados, hasta ahora, en términos genéricos, y que, por fortuna, encontraron lugar entre tantos requerimientos normativos de variada índole que dejan poco espacio para lo que no son las unidades habitacionales. En tal dirección, es importante considerar la crisis de paradigma de la vivienda contemporánea en tanto programa arquitectónico, dado el avance de las tecnologías de la información y la comunicación y las transformaciones sociales implicadas en los sistemas laborales, educativos y de cuidados. En tal sentido, estamos asistiendo a una hibridación de los clásicos espacios de producción y reproducción, a la generación de innovaciones en relación con la cohabitación, en sus diversas variantes (Ynzenga, 2014). Esto puede constituir una gran oportunidad para el diseño de las cooperativas de vivienda, lo cual se potencia en este caso piloto, donde nos encontramos con lotes dispersos (aunque, de hecho, se fueron reduciendo, de cuatro originales a tres, de los cuales dos son contiguos y donde el proyecto actual los considera como uno solo). Imaginar, proyectar y hacer posibles espacialidades y prácticas, dentro de cada unidad habitacional y en los espacios comunes, es una tarea por demás alentadora para el avance del colectivo.

Una de las líneas principales de desarrollo, al respecto, tiene que ver con los cuidados compartidos, ligado directamente a la convivencia. Si nos referimos a las infancias, a la posibilidad de generar vínculos de familiaridad entre quienes pasen a criarse en común, lo que también puede combinarse con la ancianidad, en propuestas intergeneracionales de excelentes resultados. Otra línea tiene que ver con propuestas productivas colectivas, nada menor dadas las necesidades económicas de las familias involucradas, lo que puede llevar al cooperativismo a otro nivel. Al respecto resulta interesante la presencia del hospital Maciel, ubicado frente a los dos predios contiguos (donde justamente se propone uno de los espacios colectivos del complejo edilicio) y a pocos metros del tercero, a media calle de distancia doblando la esquina. El hospital más antiguo de la ciudad y el país, patrimonio nacional, es fuente de grandes dinámicas socioeconómicas, como lo atestiguan los locales comerciales (en especial alimenticios) ubicados en la misma calle de los predios otorgados para la construcción de la cooperativa. Allí también se ubica el Centro de Salud Ciudad Vieja, una de las principales policlínicas de la red pública de atención primaria en salud, de gran relevancia. Existe un microcosmos alrededor del hospital, el cual desborda hacia otra manzana a través de un pasaje en elevación, sobre un edificio anexo igual de dinámico (Álvarez Pedrosian, 2009).

Otros de los aspectos resaltados en esta etapa por parte del equipo de arquitectos del instituto de asesoramiento técnico designado, es un asunto que viene estando presente desde las bases del plan piloto: proponer una obra en la Ciudad Vieja de Montevideo implica atender las cuestiones patrimoniales. Si bien, se han considerado diversas ideas al respecto, la cuestión resulta inexorable en esta fase del proceso. Las comisiones oficiales han dictaminado diferentes requerimientos al respecto, que han sido considerados en la propuesta arquitectónica: limitaciones que van formalizando el proyecto, desde las alturas permitidas a las áreas consideradas, desde las proporciones entre llenos y vacíos de las fachadas y el color, a otros asuntos que vienen a complejizarse cuando se los cruza con las normativas de construcción más en general, y de viviendas en régimen cooperativo en particular. Pero estar situado en la Ciudad Vieja implica una especial atención a ello, incluso la intervención de un equipo arqueológico para realizar un estudio de impacto. Frente a ello surgen los naturales temores, fruto de las necesidades de avanzar con las tareas constructivas. Nuestro equipo se encuentra también abocado a considerar estas demandas de forma creativa, como oportunidades para la exploración transdisciplinaria de proyectos colaborativos. Pueden encontrarse restos materiales susceptibles de ser considerados como patrimonio histórico, puede ser necesario mantenerlos e incluso resguardar su existencia. También puede suceder de que la comisión respectiva resuelva preservar ciertos rasgos arquitectónicos a través de alusiones espaciales, se puede resolver con exposiciones de imágenes, gestos compositivos más sutiles, etcétera. Todo ello implica un manejo de la situación que suma más saberes a los que ya están en juego, más aprendizajes y otras posibilidades para el diseño de los ambientes y la vida de sus habitantes (Ingold, 2013), en diálogo entre las escalas edilicia y urbana y en diversas temporalidades, en la comunicación entre el colectivo cooperativo y las barrialidades de su entorno, así como su proyección nacional e internacional. Tendrá que aguzarse el ingenio y sopesarse los costos de las posibles soluciones, contemplando siempre que se trata de un espacio residencial cooperativo, constituido principalmente por mujeres trabajadoras jefas de hogar.

 

 

A modo de cierre

 

El novedoso método cooperativo de construcción en lotes dispersos es un plan piloto que, de probar su viabilidad, puede suponer el acceso a la vivienda para un gran número de habitantes en áreas consolidadas de la ciudad. Significa un cambio de paradigma para el cooperativismo que, desde la década de 1990, construye en el caso histórico de Montevideo (Abin, 2014); significa la posibilidad de acceder a terrenos de menores dimensiones e interpelar métodos constructivos. Recuperar fincas abandonadas significa recuperar tierras para fines habitacionales y densificar la trama socioterritorial. Constituye una alternativa a la turistificación de los cascos históricos y los procesos de gentrificación que expulsan a sus residentes (Pérez Winter, 2017). Sin erradicar estas prácticas propias del mercado de grandes capitales, pueden representar, de todas formas, una acción tendiente a contrarrestar las fuerzas para una convivencia, siempre conflictiva, de modelos, como ocurre a diferente escala en otras áreas más o menos centrales de la ciudad de Montevideo (Álvarez Pedrosian, 2023).

Como ya hemos planteado (Álvarez Pedrosian, Barbieri Petersen y Bertero Cardoso, 2021), desde la gestación del plan piloto se presentaron dos dimensiones en forma medular, relativas a la concepción multiterritorial (Haesbaert, 2011), desde la cual estamos desarrollando la investigación etnográfica colaborativa, centrada en los intersticios rizomáticos, los “entre” (Deleuze y Guattari, 1997) dimensionales y escalares de las espacio-temporalidades implicadas.

Por un lado, el rol de la virtualidad para la generación de territorialidades que apoyen la conformación de un colectivo de estas características (Alonso Mallén, 2019), lo que no ha dejado de potenciarse durante estos años, a partir del uso de las redes sociales, y lo que nuestros intentos a través de plataformas revelaron, más allá de las dificultades para gestionarlas, lo que también evidencia la necesaria formación en el manejo de dichos recursos para optimizar sus usos. Si la realidad se torna cada vez más compleja, qué se puede esperar de un colectivo cooperativista que en breve deberá comenzar a construir en diferentes lotes, manejando, en tanto empresa, recursos financieros y materiales, de forma autogestionaria y según mecanismos democráticos en la toma de decisiones. Igual de importante será, en el futuro cercano, la gestión cotidiana de los recursos existentes, las necesidades del mantenimiento, el fomento de la convivencia gracias a prácticas que habiliten usos espaciales específicos situados en diferentes edificios.

Y, en segundo término, el potencial que constituye el planteo para la transformación del Guruyú, con las características ya señaladas, en tanto pueda tejerse una trama socioterritorial de corte cooperativista entre múltiples predios que, de otra forma, seguirían ocupados por los llamados “vacíos urbanos”, o fueran tomados por el capital para otro tipo de usos mercantiles. Cooperativismo que, además, no se limita solo a la vivienda, pues puede ser soporte de actividades productivas, en tanto espacio de trabajo generador de economías solidarias. La imponente presión que está sufriendo el área actualmente requiere de los mayores esfuerzos, en especial la franja limítrofe entre el río y la bahía, donde el mar se ha alejado considerablemente fruto de la expansión de la playa de contenedores del puerto, ocultando la mítica escollera Sarandí. Un par de estructuras en deterioro son objeto de disputa (el antiguo Hotel Nacional, patrimonio en ruinas y en manos de una multinacional naviera, y las instalaciones del emblemático Club Neptuno, gran predio de instalaciones deportivas de larga tradición para residentes y la ciudad en su conjunto), así como la terminal de autobuses de la Aduana, lindera a la Plaza 1, para la cual hay propuestas para la construcción de más cooperativas de viviendas por parte de los colectivos sociales involucrados.

 

Notas de la ponencia:

Bibliografía según normas APA.

Bibliografía de la ponencia

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